Hace un rato salía de unos juzgados y he ido a pillar un pelas (perdón, coger un taxi). Mientras andaba por la calle para cogerlo en la dirección adecuada, veía como pasaban uno detrás de otro, con la lucecita verde. Y he recordado que un rato antes, delante del Meliá de Capitán Haya, había muchos, muchos taxis parados. Soy un tío despistado, muy despistado, pero claro, el asunto era llamativo hasta para mí. Estaban parados en el carril del hotel y luego salían a la calle y formaban una cola que se extendía incluso al otro lado de la calle Francisco Gervás, detrás del semáforo y esperando. Es verdad que se anunciaba no sé qué congreso de algo y podía deberse a esa circunstancia. El caso es que finalmente he cogido el taxi y el taxista, por ser amable, me ha preguntado que qué tal. No suelo hablar con los taxistas, porque son como borrachos de bar permanentes, con una explicación certera de los misterios de la física cuántica o la lista de los tipos del club Bilderberg al alcance de la mano. Sin embargo, en esta ocasión me ha podido la curiosidad y le he preguntado por lo suyo. Sólo le ha faltado llorar. Mientras circulábamos me iba enseñando todas las paradas de taxis. Todas repletas, muchas con coches en doble fila. “Y en el aeropuerto es peor, hasta cuatro horas para cargar”, me ha dicho. Esto que cuento no es una metáfora de la crisis, claro. Menos mal que podemos evadirnos con cuentos chinos.

Los españoles pensaban que hay cosas gratis. Pronto nos van a imponer un Tratado de Versalles. Nunca es tarde para aprender.















