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Archivar como 28 febrero 2011

Valor de ley




Esta entrada es una ocasión estupenda para enlazar expresamente una entrada del blog de Fernando Couto, Desenfocado.

He tardado en hacerlo, porque quería hacerlo el día en que pudiera discrepar de una de sus críticas. Yo no haré, como él, ningún recorrido por la historia del western. Ni siquiera para discutir sobre la supuesta maestría de Raíces Profundas. Antes, sin embargo, es importante dejar constancia de lo siguiente: la banda sonora es excelente …



… y Jeff Bridges hace una interpretación magnífica. Tampoco es una novedad. ¿Alguna vez está mal Jeff Bridges? Les pondré un ejemplo. Vean a Jeff Bridges en la lamentable Starman de Carpenter.



Ahora imaginen en el mismo papel a, no sé, Dustin Hoffman, y entenderán lo que digo.

También es cierto que Hailee Steinfeld mejora a la actriz de la peli de Hathaway, pero joder, ¡eso era inevitable!

Hablemos de la película. Los hermanos Coen son, en mi animalario particular, el negativo de Tim Burton. Cuando Burton estrena una película siempre pienso: “no, otro bodrio de Tim Burton”. Luego veo, por casualidad, la formidable Ed Wood, la estupenda Sleepy Hollow, o la maravillosa Big Fish, y termino imaginándome que existe un Hugo del “Bart” Burton, que hace sus películas buenas.

Con los Coen es al revés. Voy al cine esperando ver una gran película, no sé, como Barton Fink, O Brother, o Fargo, y te encuentras con sus últimas películas.

Vamos, te encuentras con esta Valor de ley. Los Coen tienen tres maneras de rodar: la dura, que cuando sale bien nos regala Fargo, y cuando mal, nos azota con No es país para viejos. La infantil y cachonda, capaz de producir la escena de la sirenas de O Brother, …



… o hacernos bostezar con Tim Robbins haciendo el majadero en El Gran Salto. Y la enfática. La enfática está siempre en el filo. Cuando vimos (vean el uso del plural mayestático) Muerte entre las flores, hace veinte años, pensamos que estaba bien, pero es que éramos jóvenes y el producto nos pareció nuevo. Y, joder, molaba lo de la canción irlandesa mientras suenan las ametralladoras (además siempre es mejor eso -suena la música porque hay un gramófono- que la patética escena supuestamente similar de la sobrevalorada Camino a Perdición). Ahora, veintiún años después, ver la nieve caer sobre el cadáver del padre, tal y como el viento movía las ramas que mira Tom Reagan, resulta enfático, enfático, enfático.

El problema del western crepuscular es que los que lo practican llevan cuarenta años empeñados en que nunca anochezca. Para conseguirlo, los planos generales se mueven lentamente, los tipos siempre miran como si conocieran un salmo apropiado para cada momento, y los villanos nos muestran su lado filosófico. Y esta terrible noche de los tiempos es la que explica que la flojísima Million dolar baby sea considerada una obra maestra, o que esta película de los Coen, que padece de un guión lamentable (diosss, toda la parte de negociación con el tratante de caballos) esté nominada por ese apartado en los Óscar. Aunque quizás se explique esto considerando la lista de películas nominadas.

En fin, una película menor, con una estupenda fotografía, bien interpretada y que cuenta una historia que hemos visto, igual, mil veces. Digo igual, porque lo que filman los buenos no se repite, ni siquiera cuando se filma otra escena igual.



Y no crean que digo lo de la historia vista mil veces por la escena más famosa de la película de Hathaway, que como menciona Fernando Couto, es muy parecida en la versión de los Coen. Lo digo por cualquier western de Mann, por ejemplo.



Eso sí, y para terminar, repitamos el primer mandamiento: Centauros es insuperable.


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Come, ficha, predice…

Leo una entrevista a Esteve Calzada agente FIFA y consejero delegado de Prime Time Sport. Gracias a ello me entero de que en España hay má agentes FIFA (585) que futbolistas en 1ª división. Ahora entiendo lo del marcaje al hombre.

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Revilla, qué gran vidente se ha perdido el mundo de Iker Romero:

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No me extraña que se cachondeen de sus comidas. Si es que son…

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Oíganse a sí mismos pidiendo la última opción de los segundos del menú
y ya verán como les suena raro:

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Acabo de leer que en el programa de Ana Rosa Quintana se ha realizado una enorme contribución a la justicia, consiguiendo lo que no han sido capaces de conseguir los abúlicos jueces y fiscales: esclarecer el caso de la niña Mari Luz.



Se cuenta en la noticia que en el programa han “exprimido hasta el límite a la mujer, enfocándole cuando estaba a punto de desmayarse y diciéndola que “fuera a un psiquiatra”.

También se dice que

Minutos antes de que la mujer se derrumbara, el colaborador de Ana Rosa, Nacho Abad estaba entrevistándole. Para provocar su confesión éste le ha llamado “mentirosa” varias veces, y se ha dirigido a ella afirmando que “tu familia no te quiere ni quiere saber nada de ti , tus vecinos no te soportan y te vas a quedar sola”. La entrevista finalizaba y el programa no había conseguido la confesión buscada

y que

la reportera que se encontraba con ella ha pedido paso después de despedir la conexión, asegurando que la mujer tenía algo que decir: “No puedo aguantarlo más. Sí, es verdad, mi marido mató a la niña, pero fue por accidente” aseguró la mujer, con una crisis de ansiedad más que evidente.

“Por qué has mentido hasta ahora?”, pregunta Ana Rosa, a lo que Isabel responde: “Porque quiero mucho a mi marido, pero ya no puedo más”.

Nacho Abad insistía en saber si Santiago del Valle quiso violar a la niña, pero la mujer lo ha negado: “La única intención era que yo la conociera, porque la única que conocía a la niña era mi cuñada”.




Éste, el hombre de la mirada inquisitiva, es Nacho Abad.

En fin, quiero adelantarme a las previsibles críticas. ¿Qué periodista se negaría a entrevistar a Hitler? ¡Eh!

Pues eso.

ACTUALIZACIÓN

Acabo de ver el vídeo completo. Es un documento extraordinario.

Quiero felicitar a Ana Rosa Quintana por sobreponerse a sus visibles emociones y continuar con la entrevista.

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La feliz vida de pareja


Ayer un cliente felizmente casado y con hijos, me preguntaba, como quien no quiere la cosa, como podía proteger su patrimonio en caso de divorcio. No les explicaré el know how, que de eso vive uno. Sólo les contaré cuál fue el comienzo de mi respuesta:

Cualquier relación estable con un tía es como conducir de noche por la autopista: un acto de fe. Actúas pensando que no hay ningún obstáculo, pero si aparece de repente te estampas. Sólo podemos minimizar el daño, llevando un buen coche, con buenos frenos y buenas luces.

No le dije que también podemos ir a 60 km/h, sobre todo porque eso equivale a no tener una relación estable con una tía.

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Una aberración


El abogado desenvuelve el legajo. Por casualidad, abre el tomo que está más arriba y se encuentra con la traducción de una carta y unas fotografías unidas. Son fotografías familiares. En todas ellas aparece un hombre, llamémosle P. Es la casualidad la que crea el punto de vista. La carta le parece, al principio, algo afectada. En ella se habla de P. Se le elogia como hombre bueno. Y se cuenta una historia pequeña y trágica.

El abogado escarba un poco más. La carta es una aberración entre las palabras frías que nos cuentan otra historia. Es curioso cómo hacen falta cientos de hojas para explicar unas pocas horas, y como sólo dos folios nos bastan para compartir un pésame. P está muerto. Su dinero servía para pagar su droga y la de otros. Un día los otros no quisieron esperar más. Le golpean, le maniatan y le roban su tarjeta de crédito, la navaja en el cuello. Mientras uno de ellos, de esos a los que les compra cocaína, comprueba el número de la tarjeta en un cajero, los demás le meten una bolsa de plástico en la boca hasta que le obstruyen las vías respiratorias. No sabemos lo que tarda en morir, quizás cinco minutos, quizás más. Puede que muera en el asiento de atrás del coche, o en el maletero. Si hay una pequeña rendija que le permita respirar, su agonía se alarga hasta que sus amigos paran en mitad del campo, le echan encima cinco litros de gasolina y le prenden fuego. Apenas tres mil euros sacarán de la tarjeta de crédito.

P sonríe en las fotografías. Con su hermana y su madre; con su padrastro. Es difícil para el abogado no imaginárselo boqueando o retorciéndose entre las llamas. La historia pequeña es más sencilla y común. La madre se está curando de un cáncer cuando recibe la noticia de que su hijo ha muerto en otro país, a miles de kilómetros. La enfermedad se ceba en ese caldo y la mata. La hermana, tan joven y tan guapa en esa fotografía que ha salido de un álbum cualquiera, no puede soportar la pérdida de la madre y el hermano y se suicida.

Sólo queda el cronista. Escribe con gran corrección una carta que dirige al fiscal de un país del que no sabe nada. Sólo quiere contar quien era P y el dolor que ha provocado su muerte. Eso y pedir que sus asesinos sean castigados tal y como dicte la ley. Y lo hace en una carta que es una hermosa aberración.

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Al albur de acontecimientos recientes iba a escribir algo sobre esta cita:

Sé que esto es así [que las matemáticas despechan a Asimov] porque de vez en cuando me meto de lleno a trabajar con papel y lápiz por ver si logro realizar algún gran descubrimiento matemático, y hasta ahora he obtenido solamente dos clases de resultados:

1) hallazgos totalmente correctos que son muy viejos y
2) hallazgos completamente nuevos que son totalmente incorrectos.

Por ejemplo (como muestra de la primera clase de resultado) descubrí, cuando era muy joven, que las sumas de números impares sucesivos daban los cuadrados de los números enteros. En otras palabras: 1 = 1; 1 + 3 = 4; 1 + 3 + 5 = 9; 1 + 3 + 5 + 7 = 16, etc. Lamentablemente, Pitágoras también conoció este resultado en el año 500 a. C. y yo sospecho que algún babilonio lo supo allá por el 1.500 a.C.

Un ejemplo de la segunda clase de resultado tiene que ver con el Ultimo Teorema de Fermat. Hace un par de meses estaba pensando en el problema cuando sentí un repentino resplandor interior y una especie de brillo deslumbrante irradió el interior de mi cráneo. Había logrado demostrar de una manera muy simple que el Ultimo Teorema de Fermat es cierto.

Si les digo que los más grandes matemáticos de los tres últimos siglos han atacado el Ultimo Teorema de Fermat con herramientas matemáticas cada vez más complejas y que todos ellos han fracasado, advertirán qué rasgo de incomparable genio representó haberlo logrado yo empleando sólo razonamientos aritméticos elementales.

Mi éxtasis delirante no me encegueció tanto como para no ver que mi demostración dependía de una suposición que yo mismo podía verificar fácilmente con lápiz y papel. Subí las escaleras hasta mi escritorio para hacer esa verificación… pisando cada escalón con mucho cuidado para que no se sacudiera todo ese fulgor que invadía mi cráneo.

Estoy seguro que ya lo adivinaron. En pocos minutos quedó claro que mi suposición era completamente falsa. Pese a todo, el Ultimo Teorema de Fermat no estaba demostrado [aún; hoy ya sí, N. del I. de P.]; y todo aquel fulgor palideció frente a la luz vulgar del día mientras yo permanecía sentado ante mi escritorio, infeliz y desilusionado.

Pero ahora que me he recuperado por completo, reflexiono sobre aquel episodio con cierta satisfacción, Después de todo, durante cinco minutos me sentí convencido que muy pronto me iban a reconocer como al matemático viviente más famoso del mundo, y ¡no hay palabras que puedan expresar cuan maravillosamente me sentí mientras duró!

pero como soy un intelectual de pacotilla desisto.

La cita es de Asimov’s on numbers de Asimov Isaac Asimov. Hace mucho mucho tiempo adquirí una traducción al castellano. Era un ejemplar más de una biblioteca roja de Muy Interesante. Qué cosas hay que confesar.

Recordaba perfectamente esta cita y pensaba bajar al trastero a por el viejo volumen. En alguna caja está. Recordé el método SG y me dije que si ya había pagado derechos de autor y tal y cual… que porqué no lo buscaba por internet para copipastear la pequeña cita. Y de paso hacer publicidad del libro.

Así introduje (con perdón) el sintagma en el campo de búsqueda y busqué. Busqué y no encontré lo que buscaba. Sí algunas referencias al libro en amazon, en algunas bibliotecas, catálogos, lupanares y cosas similares. Hube buscado, claro, la versión original en inglés que es la que siempre me pide Funes.

Se me ocurrió entonces buscar en castellano y ahí brillan como el sol, y con simple sencillez, varias versiones electrónicas para consumo del lector.

Y se me ocurrió dar gracias al Señor Almighty por la gracia que me ha concedido de ser bilingüe en inglés legal y en español paranormal.

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Asoma y verás


Hace unos años, y durante cierto tiempo, anduve como Poe, borracho sin causa. Eso leí en el famoso ensayo de Cortázar que aparecía en los cuentos completos en dos volúmenes de Alianza; que Poe no era borracho, que bebía un poquito y se cogía unos trozos equinos. Lo mío fue peor, porque ni siquiera bebía. Todo empezó con unos pitidos insistentes en el oído. Yo miraba alrededor buscando al hijoputa que pitaba en mi oído. En algún momento de desesperación me fui a mirar al espejo, para ver si pillaba al homúnculo maligno emboscado detrás de la oreja. Cuando el pitido degeneró en borrachera constante, acudí a uno de esos tipos que usan el método de ensayo-error, conocidos como médicos. El sujeto (supongo que después de oler mi aliento) decidió que lo mío no eran síntomas de la común enfermedad del etilismo, sino vulgares mareos originados por alguna causa misteriosa. A mí el nombre me daba igual. Solo quería curarme, aunque para ello tuviera que terminar como un alcohólico, Cambié de curandero, no por desconfianza en sus conocimientos, sino por la sospecha de que, el primero, tenía paquetes de acciones en todas las farmacéuticas de occidente y había decidido mejorar los resultados del primer semestre a costa de mi bolsillo. El segundo me pareció más atinado, básicamente porque tras dar un nombre a mi dolencia decidió que no necesitaba medicarme (también porque en su consulta había un cierto olor a formol que yo conocía de la época en que mi hermano, también curandero, se presentaba con pedazos de congéneres recientemente fallecidos -no los usamos para ningún caldo, que conste). El segundo Frankenstein me dijo que lo que tenía que hacer era dejar de echarme en el oído una salsa de mantequilla, limón, sal y perejil, y que eso era lo que explicaba mi ausencia de equilibrio mental, espiritual y físico. Salí de allí a toda hostia, rebotando de pared en pared (el tipo tenía la consulta en una de esas casas con escaleras circulares y escalones compensados- creo que se dice así, y si no que el señor mmerda me corrija). Al llegar a casa consulté con la wikipedia familiar, es decir, con mi hermano, que me aclaró que lo de la salsa era metafórico, y que había desarrollado el síndrome de un médico gabacho (al que les juro no conozco de nada) y que eso lo explicaba todo. Cuando le pregunté qué causaba la enfermedad, me dijo que nadie tenía puta idea y que el gabacho sólo le había puesto el nombre y que a ver si pensaba que los médicos estaban para hacer otra cosa que para ponerle nombre a las neuras del personal. Eso, unido al hecho de que se me pasase la borrachera espontáneamente, y gracias al uso de unos parches electromagnéticos y unas pulseras con carga de ión iridio, me hicieron olvidarme del asunto. Han pasado años, pero el homúnculo hijoputa estaba al acecho, esperando la crisis inmobiliaria. Hace unos días me cogí un catarro por culpa de unos baños en el Moscova; y de repente, mientras veía en la tele un interesante programa en el que se elegía la canción de Eurovisión 2011, reaparecieron los acúfenos (ese es el nombre oficial de los pitidos). Pensé: es lógico, juegas con fuego. Sin embargo, los pitidos han continuado. Al día siguiente fui al Auditorio. La ONCE, digo la OCNE, nos presentaba en riguroso estreno de este año, el concierto nº 3 de piano de Rajmáninof (léanlo con el énfasis adecuado). Tocaba una china famosa. Apareció la china, vestida de forma harto mejorable y con unos tacones de aguja de alrededor de metro y medio, y se puso a aporrear el piano. Fue acojonante. Me suele pasar que, cuando la peña se calla en las salas de concierto, lo oigo todo. Oigo a todos esos cabrones/as que abren bolsos, pasan hojas, rozan abrigos. Los oigo respirar. Oigo todos los borborigmos de sus putrefactos abdómenes. He pensado alguna vez comprar todas las entradas, para así poder oír el concierto con el silencio adecuado, pero me ha desistido la certeza de que oiría al tipo del timbal rascándose la entrepierna. Gracias a los pitidos, sin embargo, ya no oía ninguno de esos ruidos molestos. Lo malo es que tampoco oía bien a la banda del Mirlitón y a la china. Tenía la sensación de que todo lo tocaban mal, que desafinaban constantemente. Luego descubrí que el que desafinaba era mi pitido. Creo que daba (y da) un mi6, y claro, el concierto es en re menor. Cuando terminó la obra, la masa bramó bravos y aplaudió a rabiar. Y yo lo agradecí: sólo en ese momento dejé de oír al homúnculo tocando el mi. La china, a la quinta, se decidió a regalarnos una cosa mozartiana tocada a toda hostia, pegando unos golpes abominables (así al menos los oía yo). Yo esperaba que al final cogiera el piano y lo rompiese golpeándolo contra la tarima, pero no, se fue a firmar discos. Así que decidí joder al homúnculo saltándome la segunda parte. Y eso que Patética está en si. Mientras esperaba a que terminase el concierto y saliesen mi mujer y retoñas, tomé el sol, comprobé el aceite del coche, leí El Mundo, y escuché el agradable tránsito de los vehículos automóviles y de los autobuses 29 y 52. Ya han pasado tres días y el pitido sigue y sigue. Mientras, afilo un cuchillo jamonero. Más tarde o temprano le pillaré desprevenido.

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El cuarto oscuro

Justo un segundo después de que Jeremías hubiera roto el equilibrio sonoro del ambiente al tropezar con una silla en el comedor de la casa, el hombre se levantó iracundo del sofá y fue a su encuentro:

- ¡Mierda de niño! -y lo tomó del brazo con fuerza, arrastrándolo violentamente hasta que la presencia de una puerta le obligó a detenerse.

- ¡No, por favor! ¡Al cuarto oscuro, no! ¡Ha sido sin querer! -se disculpó el pequeño mientras el hombre sacaba una llave de su bolsillo.

- ¡Vas a pasar la noche aquí dentro, calladito! ¡Así aprenderás a tener más cuidado!

Abrió la puerta con apremio, y de un empellón, la criatura dio con sus huesos en la oscuridad de la estancia.

Cómodamente instalado frente al televisor y sin la perspectiva de una nueva interrupción, el padrastro de Jeremías respiró aliviado mientras las imágenes que brotaban de la pantalla absorbían toda su atención.

El temido cuarto oscuro era en realidad un viejo trastero al que solía ir a parar cualquier cachivache cuya utilidad hubiera flaqueado durante meses hasta desfallecer por completo. Así pues, dos lámparas, cinco garrafones, y restos de un mobiliario enclenque que ya no servía ni para hacer madera se apiñaba en el lugar a la espera de un destino peor. Al padrastro no le gustaba tirar nada sin antes haber meditado a fondo cualquier posibilidad de intercambio o venta. Decía que todo lo que se compraba por un valor podía volver a venderse por otro. Desde la muerte de su mujer, hacía ya un año, había decidido llevar bien recto al muchachito. La advertencia de no hacer ruido cuando él estuviera en casa había sido una norma tajante, una cláusula de obligado cumplimiento que dejó muy clara entre los muchos deberes impuestos al crío. Iba a aprender, sí señor, ya lo creo que aprendería el mocoso aquél.

Jeremías comenzó a temblar. Le aterrorizaba la visión de aquel cuarto incluso cuando su padrastro lo abría en pleno día, y entonces ni siquiera miraba. Pero ahora, dentro, acurrucado en mitad de aquella amenazadora oscuridad, su cuerpecito latía de espanto, brincaba de horror. Odiaba a su padrastro. Cómo lo odiaba. Permaneció durante unos minutos en posición fetal, sin moverse, pero expectante, como si le fuera posible escrutar a su alrededor y atisbar el peligro incluso envuelto en aquella cortina de sombras. “Primero se ha de advertir el peligro, luego podremos hacerle frente”, le había dicho su madre una vez. Jeremías respiró hondo y trató de serenarse, de recuperar la prudencia mental necesaria para  encarar la situación. Allí dentro no podía haber nada malo, fue lo primero que se le ocurrió pensar para darse ánimos. Luego pasó a enumerar los imaginarios habitantes del recinto: ¿qué tal una silla vieja y un jarrón amarillento con moho para empezar?… Bien, se dijo, eso está bien, pensaré en algo agradable. Y entonces le vino a la cabeza la imagen de su madre riendo, mientras él se enjabonaba la cabeza. Recordó que se había tirado encima el recipiente de la miel. El intento de alcanzarlo después de abrir el armarito resultó un tremendo fracaso, demasiado elevado para su metro diez de estatura. La masa pringosa le cubrió el cuero cabelludo y descendió a mayor velocidad de lo imaginable hasta llegar a humedecer el dedo gordo de su pie derecho. De haber podido contemplarse en un espejo Jeremías habría disfrutado con la sonrisa que se dibujó en su cara. ¿Qué tal debía lucir una  sonrisa en plena oscuridad?, se preguntó. El crío se relajó. Bueno, aquello no parecía ser tan malo como sospechaba. Estaba oscuro, pero no pasaba nada. Al menos nada se movía. Y eso ya era un auténtico alivio. Pero, de pronto, la luz inundó el cuartucho. Jeremías pudo contemplar los “terribles misterios” que encerraba el lugar. El niño sonrió. Allí dentro no había nada que pudiera asustarlo. Lo primero que pensó Jeremías fue que le había sido perdonado el castigo. Tras levantarse, estirar un poco sus adormecidas piernas y colocar su mano en el picaporte para abrir la puerta, su opinión ya no fue la misma. La puerta no se abría. Escuchó ruido en el exterior, como de estar cambiando mobiliario de sitio. Algo muy extraño. Jeremías pegó la oreja a la puerta.

Ahora, las sombras, como si dispusieran de entidad física propia, habían decidido mudarse del cuartucho al comedor.

- ¡Esa maldita luz! -gritó el padrastro mientras intentaba levantarse del sillón donde se encontraba adormilado con la tele encendida.

Pero antes de que pudiera llevar a cabo el movimiento, sus rodillas se doblaron y le impidieron ponerse en pie.

- ¡Joder! -exclamó.

Algo golpeó su cabeza, cerca de la coronilla. No había sido un porrazo, más bien un cachete. De todas maneras, fue lo suficientemente intimidador para considerar que mantenerse quieto sería la mejor opción por el momento.

- ¿Qui… quién es?

No hubo respuesta. Tan solo otro cachete. Este ligeramente más fuerte que el anterior.

- ¿Quiere dinero?

Cachete.

- ¿Busca dinero?

Cachete.

- Yo no tengo dinero.

Cachete.

- Bueno, sí, un poco, pero no vale la pena que me mate por él. Se lo daré si me suelta.

Cachete.

Necesitó siete medidas de aquella medicina para darse cuenta de que, de momento, quien estuviera detrás de él no parecía dispuesto a mantener ninguna charla.

El padrastro se hallaba encogido de miedo. Sus músculos ya no respondían a las órdenes que el cerebro les enviaba, y su sentido más preciado (la vista), le impedía hacer uso de los cuatro restantes con la destreza acostumbrada. Comenzó a temblar. Ahora, su cuerpo parecía un flan recién sacado del recipiente, como si alguien lo hubiera dejado caer a peso en el sillón. Tuvo miedo de que lo asesinaran. Pánico de morir en su propia casa y sin poder verle la cara a su asesino. Horror a morir sin saber el porqué. Se sintió inocente como… como un niño; eso era, inocente como un niño.

- ¿Te asusta la oscuridad?

La voz no parecía venir de su espalda. Más bien daba la impresión de hallarse sobre su cabeza. O peor aún, estaba seguro de que procedía de dos sitios a la vez. No era un sonido desagradable. Al contrario. La voz era suave, incluso dulce.

- ¿Te asusta la oscuridad?

El padrastro rememoró la anterior ración de cachetes. No sabía si aquello era una trampa. Antes de arriesgarse a que su respuesta pudiera ampliar la dosis, quiso curarse en salud:

- ¿Puedo contestar?

- Claro -le invitó la voz.

- ¿Me hará daño?

- ¿Tienes miedo a que te haga daño?

Bueno, pensó el hombre, esto se complica, porque ahora ya eran dos preguntas las que tenía responder.

- Sí, señor, tengo miedo a la oscuridad y tengo miedo de que me haga daño.

El padrastro apretó los dientes y cerró los ojos en previsión de nuevas acometidas. Era terrible no saber de dónde te venían los golpes. Los de antes le habían llegado desde lugares distintos. Nunca en su vida había tenido tanto miedo.

- ¿Y crees que eres la única persona en el mundo que le tiene miedo a la oscuridad?

- No, claro.

- ¿Dónde está el niño?

- En el trastero -dijo, tragando saliva y temiéndose lo peor.

- ¿Lo enviaste a buscar algo?

El hombre no sabía a qué jugaba aquel tipo, pero estaba convencido de que era el único que conocía las reglas del juego.

- No, lo castigué.

- ¿Lo haces a menudo, verdad?

- Es la única manera de que aprenda a comportarse -se defendió desde su atalaya de responsable máximo de la criatura.

- ¿A comportarse?

- Es muy travieso.

- Ya.

- ¿Quién es usted? –se atrevió a preguntar, esta vez sin pensar en las consecuencias.

- Soy el vigilante.

- ¿Una especie de Ángel de la Guarda del niño?

- No digas tonterías. Soy el Vigilante de las Sombras.

Aquello sonaba fuerte, muy fuerte. Había leído algo a cerca de diablos, de demonios, de seres de las tinieblas. ¡Vaya, así que le había tocado vérselas con uno de ésos! ¡Bueno, qué se le iba a hacer!

- ¿Y eso es bueno o malo para mí? -preguntó, intentando hacer una pequeña broma.

Cachete.

- Vale, vale, malo -admitió el hombre después de recibir aquella respuesta reveladora.

- ¿Sabes lo que le pasa a la gente que se vale de las tinieblas para realizar sus fines?

El padrastro meneó la cabeza negando por dos veces. Durante unos segundos se olvidó de la oscuridad reinante. Pero antes de que tuviera tiempo de responder oralmente, el otro se le adelantó:

- No lo sabes. Bien…

Cachete.

- ¡Jolín, deme una pista para orientarme sobre lo que tengo que responder! ¡Nunca sé cuándo va a arrearme!

De pronto, el hombre advirtió el cambio. Sus músculos se relajaron. La presión sobre sus piernas había desaparecido. Ahora ya podía moverlas a voluntad. Aquel ser era bastante rarito, se dijo el padrastro.

- ¿Mejor así?

- Dónde va a parar -dijo, dando unas pataditas en el suelo para que los ligamentos volvieran a funcionar como sabían.

- Escucha atentamente. Mi morada es la oscuridad, pero no soy una presencia más en la penumbra. Yo soy la penumbra. Envuelvo las cosas, los objetos, la masa. Soy su velo, su manto, su esencia. Yo soy el responsable, el leal custodio de todo lo inanimado. Pero lo humano me perturba, me agita, me violenta. Por eso, cuando un ser de vuestra especie osa invadir mis dominios, mi energía se dispara como una alarma frente a la figura de un ente animado, de una naturaleza viva. Sobre todo cuando las vibraciones de ese ser son negativas y recelosas, cuando están propagadas por el pavor, por el miedo. En mi reino quiero paz, quietud y ondas positivas. Nada de cargas de profundidad ni métodos represivos que puedan alterar el equilibrio de mis súbditos. No deseo volver a ser molestado.

La voz cesó aquí su perorata. ¿Habría acabado?, se preguntó el hombre.

- Espero que hayas captado el mensaje.

- Por supuesto. A partir de ahora, nada de cuartos oscuros cuando decida castigar al niño.

- Exacto.

- ¿Eso es todo? -preguntó con cierta urgencia, como si quisiera dejar zanjado el asunto cuanto antes.

Cachete.

- Esto para que no se te olvide -. Y entonces la luz volvió a lucir majestuosa, con todos sus vatios. El padrastro miró a su alrededor. Nadie. De buena se había librado. Respiró hondo. Reflexionaría, se dijo. Aquello iba a hacer que todo cambiara en su manera de tratar al niño. Se encaminó hasta el cuarto trastero y abrió la puerta. No se sorprendió al descubrir que dentro había luz.

- Sal, Jeremías-. El crío lo miró con cierto recelo, aunque agradeció no tener que pasarse la noche allí dentro.

Una semana más tarde, Jeremías tropezó con la base de la mesita sobre la que padrastro tenía apoyados los pies. El hombre se levantó enfadado:

- ¡Mierda de crío!

Iba a cogerle de la mano para arrastrarlo hasta el cuarto trastero cuando aquella advertencia, grabada con letras de oro en la portada de su cerebro, lo retuvo. Y de inmediato, fue otra imagen, mental, sentida, experimentada también en iguales circunstancias, la que le dio la clave para discernir de qué manera debería actuar en lo futuro.

- ¡Toma! – Y le dio a Jeremías un cachete de pronóstico reservado.

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El amigo Ejecución infinita (se paseó alguna vez por aquí, ahora viene disfrazado, me malicio y otras veces usó otro disfraz) dio hace dos días un contrapunto final a la semana ajedrecística que hemos vivido. No se quejaran los ignotos; ha dado para nociones de jaque mate, zugzwanz y mate kamikaze.

El mate kamikaze es una variante del ajedrez no muy practicada ni extendida pero muy curiosa. Quizá el amigo infinito la desconozca. Yo supe de ella a través de un libro de problemas de ajedrez que aún guardo en un desván. De entre las muchas variantes de problemas de ajedrez hay uno que se llama automate.

El problema de automate refiere a preguntas del tipo: blancas juegan y reciben mate en x movimientos. Hmmm no crean que es fácil jugar al automate kamikaze. Se juega bajo la premisa de que los dos bandos quieren perder. Y que el que pierde, gana.

Los que ya hayan transitado por el mundo del escaque sabrán del mate del león: la partida más corta posible del ajedrez normal. No se trata de un automate porque las negras no tienen que seguir los deseos de las blancas: pueden jugar igual de locas.

Una partida en la que los dos bandos jugaran a perder se desarrollaría con unas estrategias diferentes a las de la partida normal. Si es que tal partida negativa pudiera llevarse a cabo. Por eso el automate es una cuestión de problemas.

Como ejemplo canónico el wikipédico, de Pauly 1912. Blancas juegan y se dan mate en dos.

Pauli 1912, automate en dos

En una partida normal 1. g8=S es mate y a otra cosa mariposa. La coronaciones en c8 tienen el problema de que presentan una pieza que eventualmente podría parar un jaque del alfil negro al tomar en g2; cualquier otra coronación en g8, también. Si el caballo se mueve, el rey negro mueve y huye, no hay forma de forzar el automate. Si los otros peones blancos avanzan dejarán huecos por donde huirá el peón negro de e7 o el rey negro. Así, la clave es 1. c8=S!! (esta coronación no protege al rey blanco si el alfil negro toma en g2) y las negras están en zugzwanz. Si capturan el alfil ya es mate, y eso es lo que no quieren. Si avanzan el peón a e6, entonces g8=B deja como único y útimo movimiento la captura del alfil blanco en g2 jaquemater. Si capturan el peón de f6, la blancas recapturan y, de nuevo, tendrían que volver a capturar en g2 y matar sin redención al rey blanco. Dije redención, no compasión.

Automate, el mate kamikaze.

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Irrelevante


El Tribunal Supremo acaba de dictar una sentencia que afecta a un consejero y a varios ex-consejeros del Gobierno de la Comunidad de Madrid, y que afecta a su Presidenta. Entre los ex-consejeros está la candidata a Presidenta de la Comunidad de Castilla La Mancha.

Los recurridos, de un grupo ecologista, han comentado que están pensando presentar querellas por prevaricación.

Sólo dos cosas. Los implicados, Aguirre y sus ex-consejeros, sobre todo la señora Cospedal, que lo era en 2005, deberían ser castigados políticamente por haber tomado una decisión (vean) manifiestamente ilegal, y a sabiendas de que, con total seguridad, no podría retrotraerse. Un asunto así debería costarles el puesto. Quizás por eso el actual consejero dice que la sentencia es “irrelevante”. (*)

La segunda y más grave: ¿dónde va un país en el que los jueces necesitan seis años para decidir que unas obras ilegales del calibre de éstas no se inicien?

(*) Me adelanto: si piensan en buscar ejemplos similares en los que estén implicados dirigentes de otros partidos, no se cansen; si son iguales, digo lo mismo.

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