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Archivar como 31 marzo 2011


He leído en Libertad Digital un artículo sobre un artículo de The New York Times.

Tiene su gracia que un periódico estadounidense nos regañe por no hablar otros idiomas y, en particular, el inglés, cuando las estadísticas de su país son bastante oscuras en este asunto. Por lo que leo, salvo el español (y éste es idioma materno de un mazo de gente), no parece que los norteamericanos puedan presumir mucho sobre su conocimiento de lenguas extranjeras.

Considerando que ya hablan inglés, la cosa es bastante menos grave, así que el anterior párrafo no pasa de hispánica pataleta.

Además, la noticia del periódico español tiene un tono más sarcástico que la original del periódico neoyorquino. Eso sí que es cachondo, porque, como dice LD …

Spain don’t speak english

… y lo demuestra escribiéndolo mal.

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Refrán:

«Cuando las pelas de tu vecino veas barbar…»

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Megadedicado a Josefa Arroz

Si algo aprende uno, después de tanta charla en tantos blogs, es que hay que cuidarse de los superlativos, absolutos y relativos. Ahora viene la adversativa: pero, ¿qué hacer si los usan los demás? Ya ven, es un círculo vicioso que explica una de las grandes aportaciones al lenguaje: el uso de palabras como super, hiper, mega y otras similares que seguro irán inventándose.

Ahora aparecen las actas etarras. Perdonen que me descojone un momento. (…)

Ya, ya me he descojonado. Anda la gente discutiendo acerca de la verdad, la veracidad, el mal y demás cosas similares. Anda el personal, también, sacando titulares de lo que escribió un etarra en un papel. Muchos de los que ahora se indignan con ese proceder tan poco edificante (porque sí, es poco edificante) vendieron su alma y ahora vuelve el diablo a pedirles que cumplan el contrato. Y uno, en los asuntos de derecho privado, no se mete. Todo este circo actual, la verdad, me la trae floja, y de eso quería yo hablarles.

Antes de las últimas elecciones, escribí que había que echar a Zapatero por embustero. Y sólo había un camino para lograrlo: votar al PP. O, al menos, no votar al PSOE. Ya sabíamos entonces que había mentido en un asunto superhipermegagrave (iba a escribir gravísimo, pero he recordado lo de los superlativos).

En las próximas elecciones generales no voy a votar. Que le superdén por el hiperculo a los españoles.

Y ahora, pueden volver a los organillos de Stalin.

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El organillo...

El sábado pasado estuve visitando el “Deutsch-Russisches Museum” de Berlín en el encantador barrio de Karlshorst. Llevo unos cuantos años visitando esta ciudad, creo conocer todos los lugares de necesaria visita para aquellos interesados en la historia alemana del siglo XX, sin embargo, desconocía esta importantísima villa. En el U-Bahn de la línea 8 aparecía hace unos meses publicidad del museo, y tras el timo de visita del sábado anterior en el  “El Búnker” , fui con escasas expectativas. No obstante, la visita a esta fundamental villa me reconcilió con la calidad, profundidad e interés que siempre tienen este tipo de exposiciones en Berlín.

El museo se encuentra en el mismo edificio en el que el 8 y 9 de mayo de      1.945 se firmó la capitulación de Alemania en la II WW. Me enteré del dato nada más llegar al ver la placa a la entrada del museo. Fue emocionante volver a sentir la sensación extraordinaria de saberse en un lugar tan importante, tan fundamental, tan extraordinaria de nuestra historia más reciente. Todos esos relatos, todas esas películas, escenarios imaginados que de pronto adquieren una realidad. Sí, existen.

El museo alberga, como todos los museos de esta ciudad, una cantidad ingente de documentación, y profusos textos que describen cada objeto expuesto con un detalle y rigor de tesis doctoral en el “seminario de Friburgo”. Un análisis de las relaciones rusas y alemanas desde la primera guerra mundial, pasando por la DDR, caída de la Unión Soviética y situación actual. Por cierto, fue también el edificio donde el Mariscal Zhukov tenía su despacho tras la guerra. Antes de que Stalin le diera su particular jubilación.

Llama la atención la dureza y crueldad de los carteles publicitarios de uno y otro bando durante la II Guerra Mundial. La inmensa mentira que desde los dos bandos se voceaba a diestro y siniestro, el llamamiento al derramamiento de sangre, la absoluta falta de compasión con el enemigo, la brutal llamada al aniquilamiento y la destrucción total. Las caricaturas de el perverso y malvado Capital, representado por un señor viejo con cara de malísimo perverso, de frak y sombrero de copa, que mueve como a marionetas a la iglesia, el ejército, los nazis y hasta la nobleza contra la Revolución bolchevique liberadora. O las caricaturas representando al Capital, el ejército nazi, y la iglesia con las mismas intenciones para con los trabajadores del mundo unidos (¡Ay!, Forges. ¡Ay!, Público).

Y lo mismo en el otro lado del espejo: un Estado nazi bueno y justo amenazado por las perversas fuerzas del mal y de la muerte.

Y, cómo no, el judío, el malvado y perverso judío, con una mano pidiendo y en la otra la hoz y el martillo.

Aquí un cartel que anuncia la destrucción de la amenaza nazi por los aliados en el que, ojo al dato, no aparece por ninguna parte la bandera de la infaticable lucha en la resistencia de la querida Francia.

 

Eso sí: el museo pasa de puntillas sobre el tema de las violaciones de mujeres alemanas en Berlín tras la liberación de la ciudad por las tropas rusas. Simplemente dos pequeñas fotos de un soldado soviético quitándole una bicicleta a una mujer alemana y otra, espeluznante, de dos soldados rusos de aspecto grotesco y gesto aterrador, intentando levantarle las faldas a una joven y delgada alemana que esconde el rostro con gesto aterrorizado. Muy lejos todo del ambiente civilizado en el que se firma una capitulación (aquí ya sí con la querida Francia).

Y les dejo estas palabras del Dr. Goebbels en un cartel publicitario que también me llamaron mucho la atención pero que no sé qué quieren decir. Si es que ya lo decía el periodista de Barcelona…

ALLES kann in diesem Kriege möglich sein, NUR NICHT dass wir jemals KAPITULIEREN. Dr. Goebbels.

 

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Abu Simbel


2011. Hay estadistas que cumplen. Alberto Ruiz Gallardón es uno de ellos. Nos acaba de entregar el Palacio de Cibeles. Mudos de asombro, sus súbditos pueden pisar la gran acera que se ha construido (¡teconología punta!) frente a su monumental entrada.

Y no sólo podemos pisar la acera: podemos “acceder, y de forma gratuita, al interior del imponente edificio”. ¡Ah, qué hermosa recompensa para el hombre de a pie! Podemos verlo ¡sin pagar un duro!

Más aún, podemos descubrirlo, hacerlo nuestro (aunque a las ocho hay que irse), y “recorrer sus entrañas”, dejándonos sorprender. Podemos volver, solos o en compañía de otros (igual, igual que el alcalde). Podemos buscar dentro “un rincón favorito”. Ah, ya lo siento, ya lo veo venir, el momento en que pueda convertir en una parte de mi biografía ese trozo de viga de acero de la mejor calidad, colocado allí sin pensar en costes, mirando sólo hacia la eternidad y la memoria.

Gracias a la visión de un hombre, Cibeles dejará de ser es sitio gris y frío desde el que mandábamos burofaxes, y se convertirá en “una gran fábrica de experiencias, de ideas, de encuentros, de propuestas”. Sólo un visionario es capaz de implicarnos así, minusvalorando la gesta, y diciéndonos que “ahora es cuando de verdad empieza a construirse” y que lo vamos a construir nosotros, el buen pueblo de Madrid, los que andamos, vivimos y palpamos.

Sí, Cibeles es nuestro. Es mío. Gracias. Gracias sinceras.

Desde hoy, este símbolo, este puente que nos une a otras grandes ciudades, nos contará su propia historia. Una historia de conquistadores. De hombres que vieron más allá y, casi sin medios, abordaron el gran reto técnico de rehabilitar una joya arquitectónica y hacerla sostenible. Sí, amigos, sí. Abu Simbel es sostenible. Se sostiene. Seis años han tardado las mejores mentes del país en lograr que no se caiga, pero lo han logrado.

Hordas de visitantes van a acudir a la llamada de este foco de exaltación cultural, a esta “plataforma de debate y reflexión”, capaz de atraer talento, innovación, tecnología y desarrollo económico.

Estoy deseando perderme dentro, trascender y quedarme. Estoy deseando descansar y consultar la agenda cultural.

Por desgracia, la brevedad de la vida humana me impedirá comprobar algo que doy por indiscutible. Cuando las generaciones pasen, se redondeen los picos de las montañas y los ríos cambien sus cauces, muchas cosas que nos parecían importantes se olvidarán. Tempus fugit

Sin embargo, alguien, desde lo alto de la gran obra del estadista Gallardón, podrá decir: desde aquí siglos nos contemplan.

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Años atrás intenté explicar por qué pienso que la Missa Solemnis es una de las cumbres de la cultura universal. La escuché de nuevo ayer, con la OCNE, y Christian Zacharias dirigiendo. Bien, en general. Me ha gustado mucho la elección de los tempi y su trabajo con la parte coral, con un enorme esmero y sutileza en el aspecto dinámico. Lo peor, el concertino, que ha tocado el solo del benedictus con un exceso de vibrato y, sobre todo, la gente, que no ha comprendido que las pausas del director entre las partes no eran consecuencia de problemas de memoria, sino de ruido ambiente. El problema de Zacharias es que ingenuamente ha creído que, por tardar, iba a conseguir que el personal dejase de tocar los huevos.

En fin, si escribo de esto no es por Beethoven, sino por Mark Padmore, que ha interpretado la parte de tenor. Aunque su voz presenta problemas en los graves, y quizás le falta cuerpo para una obra tan exigente, su trabajo ha sido sensacional. Musicalmente es prodigioso, su dicción es estupenda, su timbre hermosísimo, y ha interpretado con enorme hondura. Su escuela es la que es capaz de producir esto:



Para que lo comprueben escuchen sólo dos de sus interpretaciones. La primera, en el exquisito dúo As steals the morn, de L’Allegro, il Penseroso, ed il Moderato de Händel.


As steals the morn upon the night,
And melts the shades away:
So Truth does Fancy’s charm dissolve,
And rising Reason puts to flight
The fumes that did the mind involve,
Restoring intellectual day

Es interesante compararlo con otro gran tenor de su generación, Ian Bostridge. La comparación nos muestra sus cualidades y sus carencias. La voz de Padmore es mucho más dulce, casi transparente, y también es menos dramática. Musicalmente, la versión de Padmore, con esas líneas vocales que parecen no acabarse, es más abstracta, menos directa, que la de Bostridge, que resulta más enfática y operística, menos sutil. En cualquier caso, las dos son estupendas.



Y ahora, escúchen a Padmore interpretando a Jefté. La música es, naturalmente, de Händel.


Waft her, angels, through the skies,
Far above yon azure plain,
Glorious there, like you, to rise,
There, like you, for ever reign.
Waft her. . .

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Don Frenando Halo Onso es caballero de la orden metódica que ha pasado días de zozobra tratando de demostrar lo fácilmente demostrable, y que llegado un punto se ha embarcado en la aventura de tirar por la calle del medio para solemnizar lo obvio.

Don Frenando vive martirizado por la idea de medir: lo mide todo en un sinvivir desmedido. Es una especie de síndrome de Diógenes. Solo que los griegos nunca midieron algo y, a fin de cuentas, no descubrieron el síndrome de Anaxispérides que caracteriza esta perversión.

Don Frenando usa un coche que, por supuesto, mide y no deja de medir. Siempre presto al combate de la salvación del bolsillo don Frenando ha usado el coche para medir cuánto gasta y cuánto cuesta. Siempre con un método metódico don Frenando llena el depósito, tira millas, lo gasta y vuelve a llenar. Sabe que es una opción arriesgada pues con el coche pasado y jorobado gastará más que si estuviera liviano y sediento. Valora, no obstante, la artimaña de no ir tener que ir por la gasolinera en tiempo y estima que con tal proceder se ha ahorrado ya unas cien visitas a la gasolinería.

Don Frenando ha comprobado someramente cuánto tarda el coche en pedir gasoilna: unos 575km dependiendo del pelaje y la condición. Época del año, uso del climatizador, carga, descarga, ciudad o carretera. Esos quinientos kilómetros bastante largos se han llegado a convertir en una mejor marca de setecientos, que es un nada desdeñable 20% más.

Don Frenando podría mostrarles gráficas, figuras e imágenes de cuánto y cómo se gasta pero no quiere aburrirles. Va a hacer uso de sus limitadas posibilidades metricionales para contarles, en el futuro, los resultados de un experimento. Los medidores de los que disponen son: el sentido (no) común, un cuentakilómetros, un caudalímetro fijo alquilado, y un consumímetro móvil. Desgraciadamente no dispone de un caudalímetro móvil que le vaya diciendo cuando va consumiendo. Sí dispone de un consumímetro que es lo mismo pero distinto ya que le dice lo que gasta por unidad de kilómetro. Desgraciadamente no puede hacerlo por unidad de tiempo.

¿Qué va a hacer don Frenando? Don Frenando va a realizar consumir un depósito completo bajo condiciones de conducción ahorrativa y les va a mostrar, aquí, en público cuánto cuesta el placer de conducir. La hipótesis de don Frenando es arriesgada pues, en ausencia de conocimiento empírico preciso, supone que el pedal del acelerador controla una palometa que se abre más o menos según la intensidad de la pedalada y que, consecuentemente, deja pasar más o menos gasolina según se pise más o menos. Lejos de zarandajas de revoluciones, marchas, efectos viscocinemático y radiactividad ambiental, don Frenando piensa que la razón está ahí: a más pistón más consumo. La arriesgada hipóstesis, al parecer, pero esto lo desconoce don Frenando, está soportada por complejos estudios científico-técnios del INTH (Instituto de Técnica Haerohespacial) que concluyen, sin el menor género de dudas, que «cuanto más se pisa el acelerador más gasolina se consume».

Don Frenando, como su alter ego, quiere optimizar la conducción y, para ello, se va a conectar unos electrodos a la planta del pie y un sensor a la altura de la rodilla. Así detectará la inclinación del plano del pie respecto del eje formado por la tibia y el peroné. Si esa inclinación sobrepasa un cierto umbral unos electrodos colocados en sus gónadas superiores le recordarán sutilmente la necesidad de no pisar. Don Frenando, pavloviano de vocación autónoma, espera aprender reflejamente.

Don Frenando pensaba en ir a Köninsberg y volver de seguido pero como es un animal pavloviano y de costumbres realizará un mismo y pequeño recorrido casi todos los días. Será un recorrido mixto (urbano y carretera) que, normalmente y las más de las veces, es un recorrido urbano. Don Frenando, por la cuenta que le trae, va a tratar frenar poco y bien. Igual que su alter ego, don Frenando tratará determinar el toque óptimo que le procure no perder tontamente energía cinética o no gastar tontamente si la parada es inevitable.

Don Frenando presentará sus conclusiones en algunas (pocas) semanas cuando se haya agotado el combustible.

¡¡SABOTAJE!!

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Les voy revelar algunos secretos que conocemos solo algunos cientos de miles de españoles. Precisaré, que deberíamos conocer. Vendrá lo siguiente a cuento de una entrevista que he escuchado hace un rato, en medio de un atasco. Un abogado sevillano hablaba de la sentencia por la que se condena a un tal “Cuco”, como menor. El prólogo del asunto era ruido de gente que quiere decir algo, pero no lo dice. Esa gente es gente que opina como opinante oficial y gente que sólo es aficionada. Digo ruido porque la gente cree que es un escándalo que no se le haya “sacado” información al “Cuco” y lo critica, pero cuidándose de dar el remedio, más allá de una brumosa referencia a lo que habría pasado en otros países. Bueno, la gente tiene derecho a opinar, como tiene derecho a saber, que dirían los clásicos. Lo interesante es lo del abogado sevillano. El buen hombre critica a un compañero explicando lo que él habría hecho y que se resume en dos cosas: coger del pescuezo al cliente hasta que cante y soplar informacíon reservada recibida del cliente. Más aún, ha dejado claro que el abogado no está “obligado” (sic) a decir nada de lo que le dice confidencialmente el cliente.

Pues bien, ahora es cuando voy a revelar algunos secretos turbios. Quizás le sirva a alguien que se ha planteado ser abogado o quizás le sirva a alguien para descubrir que no lo es, aunque tenga carnet, placa en la puerta y nombre en la tarjeta. No se junte con abogados, lector. Somos mala gente. No crea al que diga que la nuestra es una profesión difícil por los asuntos con los que tratamos. Lo malo no es que trabajemos con la mierda, es que formamos parte de ella. Los basureros son más dignos que nosotros, mucho más; sobre todo ahora que llevan el ipod y escuchan a Amaral. Ellos tratan con la basura. Nosotros somos cómplices de la basura. Hablemos de los buenos abogados. Los buenos abogados no se conforman con saber que pueden no revelar secretos. Simplemente no los revelan. Y han sido tan listos que han convertido la revelación de secretos en delito. Sí, quizás el abogado sevillano lo haya olvidado, pero soplar lo que dice que soplaría es un delito. Ya, ya sé que la gente cree que eso es lo que haría alguien decente, pero es que, ya lo he dicho, no somos decentes. No sólo somos cómplices, somos mentirosos profesionales. Mejor, somos dioses. Ya saben cuál es el lema de est blog; les revelaré otro secreto: los buenos abogados vencemos a la entropía. Viajamos atrás, al pasado, cambiamos lo que ocurrió, y al final hasta el cliente sabe que lo que nosostros le dijimos que había hecho es lo que había hecho. Contar lo que te han contado es peor que un delito, es una muestra de honestidad. Es como la puta que fotografía al alcalde en calzoncillos y filtra la foto a la prensa. Es honesto y es cosa de gente de no fiar. Yo al abogado sevillano le recomendaría dedicarse a una profesión decente: que se hiciera juez o policía. Es verdad que somos gentuza legal. Y es verdad que eso es así, porque alguien se tiene que ocupar de algunas cosas. Los anglosajones, que tienen más asumidos los vicios (a pesar del lugar común ese acerca de la confesión católica), hace tiempo que llegaron a la conclusión de que el sistema, en su conjunto, tiene que tener algo de mal. Que no basta conque se ocupen del mal personas honradas. Que alguien adiestrado e indecente tiene que estar del lado de la hez, aunque sólo sea para guardar las formas y evitar espectáculos indecorosos. Y aprendieron que el precio de un sistema tan leibniziano es que hay que convivir con abogados. Aquí no nos queremos enterar, porque no nos ha intoxicado del todo la hipocresía. La gente de aquí, el rollo ese de que todo el mundo tiene derecho a que le defiendan, no se lo traga. Bueno, no se lo traga cuando se trata de cabrones y todos sabemos quiénes son los cabrones. Por eso el abogado sevillano dice lo que dice. Él es un tipo decente que compadece a la víctima y cree que socialmente al hijoputa ese habría que meterle en la cárcel y tirar la llave, pero que el juez, qué va a hacer el juez, tiene que aplicar la ley, aunque no le guste.

Si usted no se va a alegrar de aumentar el mal, el mal concreto, no se haga abogado. Si sólo se ocupa de los inocentes no podrá comer, y la glucosa es necesaria para el funcionamiento del cerebro. Si usted quiere ser abogado sepa que, si lo hace bien, el mundo será un lugar peor. Un lugar en el que menos gente recibirá lo que merece. Si usted cree en el progreso de la Humanidad, por favor, no se haga abogado. Puede que piense que esto es irónico. Si sonríe al leer esto y cree que soy un tipo de fiar, a pesar de todo, más le vale que no se cruce en mi camino. ¿Qué es un buen comienzo?: cien mil abogados en el fondo del mar. Sólo, y para que quede claro que tampoco debe fiarse de esta entrada (¡la escribe un abogado!), le diré que, si la cosa se pone chunga, y necesita alguien que escuche, sin torcer el gesto, esa historia que demuestra que lo que hizo, eso que hizo y que preferiría no contar, no es lo que parece, o sí, pero … venga a verme. Por un buen precio, no sólo le consolaré, sino que le explicaré qué hizo de verdad, y se lo podrá usted contar a sus amigos y familiares. Y ni siquiera tendrá que saludarme por la calle si vuelve a verme.

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Aunque la anésdota que voy a contar es real, cualquier parecido con una anésdota real es pura casualidad y declino toda responsabilidad.

Una clase de una prestigiosa Uni privada. Allí, los alumnos de último curso de una carrera que como buen limpiador que se precie es tres en uno escuchan una informal charla del profesor. No son muchos alumnos, porque es una prestigiosa Uni privada y porque los padres pagan para que todos se conozcan por el nombre de pila y los cuatro apellidos que son dos gracias a los guiones. Más de la mitad de los alumnos son alumnas. El profesor les está explicando que es interesante completar su ya prestigioso título de la Uni privada con un máster o estudio de postgrado en otra insti prestigiosa de aquí o de allende los mares. Les explica además, a los alumnos, correctas estrategias a la hora de buscar trabajo y cuáles son los sectores de futuro más prometedor. Como la Uni, además de prestigiosa, es de ideario, digamos, conservador, el profesor añade …

… y además, ya deben ir ustedes pensando en casarse. Aquí mismo, en ……… (rellenen mentalmente la línea de puntos) hay chicas muy monas.

Y es que no hay nada como un buen profesor que recuerde que algunas cosas muertas, a veces, vuelven a la vida.


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Leo con estupor que los señores de Webislam leen con estupor. La cosa viene de esto:

Tendrán su 11M

Si entran en la web, verán que nos aclaran ahora la metáfora. Ahora resulta que no somos los españoles, ni los restantes que aparecen en el artículo: Zapatero, los diputados, los estrategas del sistema o los periodistas, los que tendremos nuestro o su 11 M.

No, no son esos, no somos nosotros, Dios no lo quiera. No, la explicación es ésta:

esto no quiere decir que se este expresando el temor de que vaya a haber un nuevo atentado terrorista en España (de hecho, no creo que el 11-M fuese un atentado “islamista”). Lo que quiere decir es que cada bomba que cae sobre Libia y mata a civiles inocentes, con la ayuda española, es ya una reedición del 11-M. Este texto constituye un alegato apasionado contra la violencia, un grito de dolor frente a la barbarie. Estoy enormemente sorprendido de que alguien haya podido ver en este texto un disparate que repugna a cualquier persona de bien y a cualquier mente civilizada

Lo verdaderamente asqueroso de la explicación es que los responsables de la “mala lectura” somos los demás. Ahora resulta que causa estupor que pensemos que la web pretende amenazar o intimidar. Y que se añada que sus retorcidos e infundados argumentos y tergiversan palabras para proyectar sus inseguridades y evidentes hostilidades hacia el islam y los musulmanes y, lo que es más inquietante, pervierten su pensamiento y su discurso, agitando los fantasmas del odio, el resentimiento, la discriminación y el rechazo en el seno de la sociedad española.

Esta peña está tan anclada en su puto doble lenguaje, ese tan común a los totalitarios que eran demócratas en la DDR, partidarios de la libertad en la constitución estalinista y de la paz en el discurso del tipejo que gobierna Irán, que piensa que tenemos que tragar con sus peticiones de disculpa “si alguien se siente ofendido”. Ya está bien del rollete de te doy la paz con una mano y una hostia con la otra.

Vean, vean:

Por último, mencionamos una vez más las palabras del Sagrado Corán, que específicamente declara: Quien mata a una persona sin que ésta haya cometido un crimen o sembrado la corrupción en la Tierra es como si matase a toda la humanidad. Y quien salva una vida es como si salvase a toda la humanidad) [Corán 5:32].

Ah, ¿y qué es crimen y corrupción para éstos?

Así que “tendrán su 11-M” se refiere a las bombas que caen en Libia, ¿no? Y no los tenemos que creer. Al tipo (a él y a sus colegas) se le va la pinza y dice lo que piensa, que está muy bien cepillarse a unos cuantos infieles hijoputas para que vayan aprendiendo, y ahora es una metáfora. Y si te mosqueas se asombran y te acusan de incitar el odio. Y además, como somos gilipollas, les subvencionamos la web.

Yo sólo espero que las explicaciones, esas explicaciones que da tan asombrado, las dé delante de un juez y un fiscal. Y les cuente a ellos eso del negocio de protección que se han montado.


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