A propósito de la histeria que nos ocupa estos días estoy escuchando algunas cosas curiosas -unas nuevas, otras no tanto- que me llevan a pensar en cómo se ha instalado cierto infantilismo (o quizás estuvo siempre) en nuestro país.
Por partes:
1.- Los alemanes tienen la culpa y lo hacen porque se financian barato. Una mierda. Lo que ganan financiándose barato es una minucia al lado de lo que pueden perder si el euro se va a tomar por culo.
2.- Los alemanes son frívolos porque no se dan cuenta de los “esfuerzos” que hacemos, que son terribles. Otra mierda. Los esfuerzos que hacemos no son tan terribles -excepción hecha de una parte de la población. El personal no sabe qué es hacer esfuerzos terribles. Puedo comprender que se diga que una contracción excesiva del déficit es mala porque agrava la recesión (aunque a bote pronto me suena a “sigamos haciendo lo mismo que nos metió en el agujero”), pero eso no es lo mismo que “hacemos terribles esfuerzos”. Les aseguro que estamos muy lejos de que nuestros esfuerzos (históricamente comparados) empiecen a ser serios. Todavía hay quien cree que el que una clase pase de 30 a 40 alumnos es una tragedia griega.
3.- Los del norte no recompensan los esfuerzos que hacemos. Puede. Pasa que no confían en nosotros y, sobre todo, no confían en que, una vez levanten la mano, no volvamos por el mismo camino. Por tanto, el único mensaje que yo esperaría de un Gobierno es que hará lo que sea para que dejemos de endeudarnos. Repartiendo el esfuerzo y aunque tenga que afectar a eso que llamamos el Estado del bienestar.
4.- Que el Estado del bienestar gaste menos es terrorismo o ausencia del estado del bienestar. Enorme mentira. Para empezar se puede gastar mejor. Se puede cambiar el modelo (en educación esto es absolutamente evidente: hemos gastado y nuestro sistema es una porquería). Además, no se pasa de tener Sanidad y Educación a no tenerla porque se recorte. Se pasa de una que gasta más a una que gasta menos. Puede que a una peor, pero eso no equivale a volver al siglo XIX o al feudalismo.
5.- No se deben subir impuestos. Pues no. Si es para pagar las deudas y rebajar el déficit no sólo se puede sino que se debe. Eso sí, hay que empezar por un plan antifraude. En España se defrauda muchísimo y la economía sumergida afecta a Hacienda y a la Seguridad Social. Por desgracia, la AEAT prefiere recaudar a entrullar a pastosos. Ése ha sido el mensaje con el asunto del HSBC.
6.- Hay que tapar el asunto Bankia o hay que hacer una comisión de investigación. Basura. Este asunto es el ejemplo más claro de corrupción global: afecta a empresarios cercanos al poder y a políticos. No sólo hay que investigarlo ya, sino que habría que utilizar una figura similar a la que existe en Estados Unidos: el fiscal especial. Yo no espero que esa investigación se haga en un plató. Me basta con que se designe a un fiscal competente, al que se le dé autonomía, presupuesto y personal. Por mí puede tardar un par de años. Luego veremos resultados. Naturalmente, no se hará nada ni remotamente parecido.
Este Gobierno ha hecho algunas reformas correctas -aunque quedándose corto. Y parecía tener un impulso saludable (supongo que porque conocen la alternativa), pero se ha enfangado en lo mismo de siempre: mentir y querer que no se conozcan los trapos sucios de los ricos y poderosos (es decir, también de ellos). Esto lo desautoriza. Por mucho que el pueblo español se comporte de manera infantil y llorona y no quiera asumir que el mal que nos trae aquí es un mal general, no le puedes pedir a la gente que sea mejor si tú te sigues comportando igual. El asunto es simple: se encontraron con su Rubicón y decidieron no cruzarlo. Podían haberse puesto a la cabeza de una manifestación saludable, pero les ha faltado estatura. No esperaba nada diferente, por desgracia. Al fin y al cabo han salido del pueblo que gobiernan.
La gente -ahora- gracias a un asunto tan nítido, ya está preparada para escuchar el discurso que en el fondo desea escuchar: que nada es culpa suya y que los responsables son otros, que los otros son los inmorales y los chorizos. Más aún, les dirá que no tienen que cambiar, que pueden seguir igual. Es lo que han escuchado y votado los griegos. La alternativa ilusa a un problema que requeriría una solución adulta. Tampoco es nuevo. ¡Ha pasado tantas veces y en tantos países!
Dentro de cuatro o cinco décadas nosotros seremos un ejemplo, un capítulo más, de lo que no se debe hacer, de la incapacidad e inmoralidad de unos y del discurso populista y suicida de otros.
Casi podría empezar a escribirlo.







