La duda que plantea el experimento de Opera (si el neutrino realmente viaja a más velocidad que la luz) no se plantearía si un experimento dijera que el incremento de entropía del universo desciende.
Aún hay clases en esta casa.
Publicado en Ciencia el 23 septiembre, 2011 | 32 Comentarios »
La duda que plantea el experimento de Opera (si el neutrino realmente viaja a más velocidad que la luz) no se plantearía si un experimento dijera que el incremento de entropía del universo desciende.
Aún hay clases en esta casa.
Publicado en Ciencia el 4 mayo, 2011 | 24 Comentarios »
Un metro es la distancia que recorre la luz en el vacío durante un intervalo de 1/299.792.458 de segundo.
Y esto un segundo:
Un segundo es la duración de 9 192 631 770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), a una temperatura de 0 K.1
Frente a tamaños conjuros, vean lo que es un kilogramo:

El kilogramo es la masa de un cilindro hecho de una aleación de platino e iridio que está en Sèvres. Se hicieron otros, pero no son el kilogramo, jeje. Como el kilogramo (llamémosle IPK) tiene exactamente una masa de un kilogramo por definición, no hay forma de saber hasta qué punto es estable o no esa masa. Comparándola con la masa de otros prototipos (ah, probes imitaciones) hay quien sostiene que el kilogramo ha perdido peso. Es una infamia, claro, ya que el kilogramo sigue pesando hoy, como en 1883, exactamente un kilogramo. Por cierto, he leído que cuando viajó la copia americana a París, en 1984, la llevaban en una caja “especial” (a saber qué entienden por especial) y que la transportaban dos personas, para evitar el riesgo de caída. Pena de foto.
En fin, a mí me gusta el IPK porque es un tipo estable y es fácil de comprender, no como lo de la transición hiperfina de su puta calavera.
Sin embargo, los cuatrojos no hacen más que darle vueltas al asunto para convertirlo en un jodío cachivache. Primero se les ocurrió contar átomos. Alguien dijo, por ejemplo: es la duodécima parte de la masa de 6,022x 10 elevado a la vigesimosexta potencia átomos de carbono 12. Lo malo es que por cosas del Avogadro los errores al contar átomos se disparan cuando se trata de contar tantos. Y te podía salir una vez un kilogramo y otra un piazo de algo. Otro se planteó hacer una esfera de silicio (que es un elemento muy ordenado y limpio), medir su volumen, luego medir el volumen de cada átomo y dividir. Al parecer la cosa es algo más complicada, porque a pesar de su germánico comportamiento, algunos de esos átomos de silicio (¡apestosa sangre sucia!) no se ponen donde deben, y además, hay tres isótopos de silicio en esos cristales y no se puede saber con exactitud (¡estamos midiendo!) sus porcentajes respectivos en cada caso. Parece que el último camino de los tipejos (los ingleses comenzaron) es usar la enigmática electricidad. Pensaron definirlo sobre la base de la fuerza electromagnética (ya saben una corriente y un campo magnético) que levantase determinada masa. Al parecer la cosa parecía difícil por no sé qué rollo de la geometría de las bobinas (ah, la geometría de las bovinas), pero están cerca de lograrlo usando un cachivache llamado balanza de Watt, inventada por un tío que no se apellida Watt. Como se trata de decir qué es un kilogramo a partir de las unidades de corriente eléctrica y voltaje, y éstas se definen por referencia a constantes absolutas, la velocidad de la luz y la constante de Planck, ya podríamos tirar el IPK a la basura.
Hace unos meses ya se dieron los primeros pasos.
Personalmente les creo unos cabronazos.
Publicado en Ciencia, Entropía el 26 octubre, 2010 | 64 Comentarios »
Permítame que recapitule. Tenemos a ese señor que ha estudiado un montón y le han explicado miles de fenómenos reales. Sabe cómo se mueve el sistema solar, cómo se mueve una partícula y dos y tres. Ha llegado hasta el femtosegundo anterior al inicio del todo y, si ha tenido la suerte de no liarse en una supercuerda, aún respira.
Todo cumplirá la simetría de inversión temporal: es incapaz de saber si el tiempo avanza o retrocede. Si graba uno de sus experimentos y reproduce el vídeo es incapaz de saber si lo están reproduciendo marcha adelante o marcha atrás …
Sin embargo sabe distinguir cuando, por ejemplo, se trata de un asunto de vida o muerte …
La simetría de inversión temporal está relacionada con la conservación de la energía y con el adagio universal de que la energía ni se crea ni se destruye, únicamente se transforma. Pero implica algo más. Si la única restricción fuera que la energía inicial y la energía final coincidan, las etiquetas ‘inicial’ y ‘final’ serían intercambiables. La pareja principio-fin funciona tan bien (obedece a la conservación de la energía tan bien) como la pareja fin-principio. Que es tanto como decir que ni hay principio ni fin.
Si desciendo a los accidentes de un ejemplo, la idea expresa que lo mismo me da hacer caer un objeto y aprovechar su energía gravitatoria para mover un dispositivo (energía cinética) adecuado que cargue una pila (energía eléctrica); que descargar la pila eléctrica para poder elevar un objeto hasta la misma altura. Así, todas las formas de trabajo (todas las formas de intercambiar energía) son equivalentes y, salvo aspectos accidentales, indistinguibles. Y las reconocemos como trabajo. Y un último punto: el problema del trabajo resulta ser meramente cuantitativo; de cuánto.
La única forma de romper esta simetría es rompiéndola. Qué pasaría si existiera una forma de intercambiar energía que no tuviese esa propiedad: que yo pudiera, por ejemplo, transformar el trabajo que quisiera en esa forma de energía, pero no al revés. Planteado como un gedankenexperiment, su importancia radica en las consecuencias de la hipótesis.
Lo primero es una cuestión de terminología. Esa forma de transmitir energía no podría llamarse trabajo, ya que no obedece a esa propiedad característica. Llamémosla calor. La hipótesis significa que si soy capaz de hacer descender un cuerpo y transformar su energía potencial gravitatoria en lo que hemos llamado calor (y que se almacenará en alguna parte), soy incapaz de hacer lo contrario. Es decir, si extraigo el calor de ese almacén no podré elevar el cuerpo hasta su altura original. Y, evidentemente, tampoco hasta un altura más alta (quien puede lo más, puede lo menos). Se quedará algo más bajo.
La pregunta es natural. ¿Qué pasa con ese defecto de energía? Dónde fue. La respuesta es que sólo pudo almacenarse en otro almacén en forma de calor. La razón es sencilla: si hubiera quedado como un trabajo, ese trabajo se podría haber utilizado en seguir subiendo el cuerpo y dejarlo en su altura original.
Necesitamos pues dos almacenes… y todo para no conseguir lo que queremos. Lo importante del asunto es que los almacenes se relacionan de nuevo por una condición ‘puedo esto pero no lo contrario’. Se trata de lo siguiente: hemos sacado calor (llamemos a esto enfriar) de un primer almacén para meter calor (llamemos a esto calentar) en un segundo almacén y elevar un cuerpo. Siempre que ocurriera eso, no podría ocurrir nunca lo siguiente: enfriar el segundo almacén para calentar el primero y elevar un cuerpo. Nunca. Ambas acciones descritas, ocurriendo simultáneamente, destruirían la hipótesis de partida.
Esta imposibilidad (insisto de nuevo: yo puedo hacer algo pero no puedo hacer lo contrario) permite ordenar los almacenes ya que obdecen a las mismas reglas de la relación “mayor que”: si A es mayor que B entonces B no es mayor que A. Y al observable físico que determina el orden lo llamamos temperatura.
Aquí se ha introducido ya otro aspecto nuevo que ha pasado inadvertido. El problema del calor no puede ser meramente cuantitativo; es cuantitativo y cualitativo. De cuánto calor estamos hablando y de con qué almacén lo estamos intercambiando (a qué temperatura).
Relea el texto y entiéndalo, ya que no encontrará algo igual. Y comprendan también por qué dicen que el segundo principio ocupa una posición preminente en la filosofía natural. Si se violara, sus consecuencias se desvanecerían como los fotogramas de Regreso al Futuro. Así, por de pronto, no habría nada parecido a calor o temperatura. Por eso estamos muy seguros de que funciona. Así en la muerte como en la vida.
¿Es suficiente por hoy? Hay otra ordenación subyacente. Se refiere a los sistemas aislados pero se pospone para otro día.
Publicado en Ciencia, Entropía el 13 octubre, 2010 | 38 Comentarios »
La primera anotación será sobre la termodinámica, qué es y cómo fue. El cómo es la doma del fuego: el entender y racionalizar la sensación de calor y temperatura, el ser capaz de construir ingenios mecánicos capaces de producir provecho a costa del fuego. La mismísima revolución industrial del diecinueve. Eso fue el contexto histórico en el que se desarrolló, pero sería miópico reducirla hoy a eso.
La termodinámica es, sí, el estudio de los sistemas físicos reales sujetos a (casi) ninguna hipótesis de partida. Me explicaré: lo que se estudia es una porción del mundo en la que centramos nuestra atención y sobre la no presuponemos nada. Si nada presuponemos, mucho abarcaremos, pero siempre que el estudio mantega esa generalidad. Sí podemos decir que la termodinámica estudia las relaciones energéticas entre sistemas. Porque admitida con la naturalidad con la que hoy se admite que la energía existe, no especificamos nada diciendo que estudiaremos las relaciones energéticas entre sistemas. La termodinámica, así, es filosofía natural en su más amplia y natural expresión. Siéntese y observe.
Lo que he escrito trata de poner peros a una afirmación: que la termodinámica estudie los sistemas no como son en la realidad sino sujetos a restricciones. Por ejemplo, que estén aislados o que la evolución termine en un estado de equilibrio. Nada más lejos de la realidad.
Respecto de la restricción de que los sistemas estén aislados daré un argumento: el ideal de energía sólo puede funcionar en tanto que podamos aislar lo que estudiamos. Aislar significa tener capacidad de controlar la energía. Hacer que la energía de lo que estamos estudiando tenga energía constante. Esto es así, aquí, y en la China. En la mecánica y en la termodinámica.
En la mecánica reconocemos el “aislamiento” cuando estudiamos una partícula puntual (inexistente) solita en el universo que se mueve a velocidad constante y sobre la que no actúa ninguna fuerza, y sobre la que deducimos que su energía (cinética en este caso) es constante. O cuando esa partícula se mueve en un campo de fuerzas conservativo y deducimos que su energía (potencial más cinética) se conserva. En ambos casos, que hay algo que podemos controlar y conservar en la evolución.
El aislamiento en termodinámica corresponde a la misma necesidad. No a la necesidad de estudiar “sólo” sistemas aislados; a la necesidad de conocer las operaciones necesarias para poder controlar y medir la energía. Y, en caso último, garantizar su conservación. No olvide nunca que la energía sólo se conserva si somos capaces de controlar y tener en cuenta todas sus contribuciones. Y en este sentido la termodinámica sólo va describir una forma particular de transmitir energía y, por tanto, de las condiciones para poder controlarla.
Respecto de que la evolución siempre termine en un estado de equilibrio se trata de un problema. Un problema muy serio. Es una percepción bastante natural y tozuda ante la que una descripción científica tiene que vacilar: ¿es esto una premisa o será una conclusión?. El problema será, quizá, un problema de la literatura, de cómo contar la historia. Ninguna restricción.
Sí podemos achacar a la termodinámica una pequeña limitación inicial: los sistemas que estudia son homogéneos y discretos. Discretos como los números naturales en comparación con los reales. Discretos quiere decir identificable; una porción del universo: esta. Es una limitación práctica y lógica: se empieza entendiendo lo fácil y general, después habrá tiempo para complejidades. La mecánica también empieza así: estudia la partícula puntual; puntual y discreta. Después sistemas de partículas (puntuales y discretas) y sólo después el continuo: el sólido rígido (la peonza que gira) o el sólido deformable (la goma elástica que estiramos). Tanto lo mismo en termodinámica: primero la termodinámica de sistemas discretos, y después la termodinámica de sistemas continuos, también llamada irreversible o del no equilibrio; y basada en la primera.
Permítame que enlace y termine esta pequeña disertación con dos apuntes sobre el calor y la temperatura. Primero, lo mismo que ocurre con los estados de equilibrio (son algo que tomamos por natural) ocurre con estos conceptos. Son sensaciones evidentes que el hombre dominó de forma dispar. Desde el fuego como elemento primario griego, hasta los termómetros florentinos, la calorimetría dieciochesca, su calórico y la teoría mecánica del calor. Siempre observadas estas magnitudes como dadas; porque si puedo construir un termómetro es que tengo garantiza una temperatura.
Una aproximación diferente es no presuponer nada más que la mecánica con sus leyes de Newton, sus ecuaciones de Maxwell, de Schrödinger, sus supercuerdas galantes, los infinitos universos, los agujeros negros y su simetría de inversión temporal. Y ver cómo podemos destruir esa la ilusión de un soplo. Lo dejo para otro día.
El segundo apunte es una pequeña pirueta. Hay algo que tienen en común todos los trabajos. Lo reconocemos en la mismísima primigenia idea de trabajo: el producto de la fuerza que actúa sobre una partícula por el desplazmiento producido. Fuerza y desplazamiento son siempre los sostentos del trabajo y, en definitiva, de la energía. Esta idea está tan desarrollada que no mezclamos los conceptos. Por ejemplo los gases que explotan en el interior del cilindro de su coche se expanden (se desplazan) y proporcionan un trabajo. Pero usted distingue perfectamente entre la carrera del pistón y su trabajo. La termodinámica enseña a diferenciar entre el calor, como forma de energía; su fuerza, que le cuento que es la temperatura; y su desplazamiento, que sería la entropía. Pero para el común es difícil manejar estos tres conceptos como un malabarista maneja sus bolas. Y distinguir lo que es fuerza (temperatura) de energía (calor), o lo que es desplazamiento (entropía) de energía (calor).
Publicado en Ciencia, Entropía el 30 septiembre, 2010 | 34 Comentarios »
Además, si acierto (“a nivel básico”: ¿está claro?), podremos evitar discusiones futuras que sólo sirven para enrarecer el ambiente y demostrar que el alumno no ha asimilado los fundamentos de la asignatura.
El primero de esos conceptos es el de calor. La relación de la vida con el calor y de la muerte con el frío son notorias. La muerte se ve, desde la antigüedad, como una pérdida del calor interno, de la llama que algunos fueron localizando en diferentes órganos. No es extraño que se haya considerado, al Sol, dios máximo en tantas religiones hoy desaparecidas. Cuando los primeros “medidores”, Fahrenheit y Celsius, establecieron sus reglas no cayeron en la cuenta de que dos sustancias diferentes no modificaban su temperatura en el mismo grado a pesar de “absorber” la misma cantidad de calor. Esa consecuencia, que implicaba un problema a la hora de utilizar diferentes materiales como termómetro, fue explicada por Joseph Black mezclando la idea de que el calor era un fluido con la de que sólo provocaba un aumento de temperatura cuando saturaba la capacidad del material al que se le aplicaba. Y ese fluido se almacenaba y podía extraerse. A ese fluido se le dio el nombre de calórico e incluso fue medido: a la medida se le llamó caloría.
Esa teoría, sin embargo, no explicaba por qué dos materiales que se calentaban por rozamiento seguían pesando lo mismo, a pesar de haber perdido “calórico”. A lo largo del siglo XIX se fue confirmando que el calor no era un fluido, sino movimiento. Nosotros sentimos que un cuerpo está caliente porque se suman los movimientos atómicos y moleculares de las partículas que los forman, y los cuerpos aumentan o disminuyen de temperatura según aumenta o disminuye la velocidad media de sus partículas. En gran medida, esa conclusión fue resultado del análisis del comportamiento de los gases: en el comportamiento de los gases es imposible medir partícula a partícula. El globo lleno de aire parece tener una forma constante, aunque es resultado del golpeo en las paredes del plástico de los innumerables átomos y moléculas del gas. Cuando se relacionó el volumen de un gas con su presión y su temperatura (si usted disminuye el volumen, la presión y la temperatura del gas aumentarán), y se descubrió que todos los gases se expandían en una misma proporción cuando se aumentaba la temperatura en una misma escala, la idea de que el calor era resultado del movimiento y de que al cesar el movimiento no habría calor, se impuso. Cuando se calculó la disminución de la presión al disminuir la temperatura, en un recipiente que se mantenía igual, y se vio que era de 1/273 por cada grado Celsius, se pudo fijar el mínimo, el cero absoluto: aquél en el que las partículas del gas ya no se mueven. Ya veremos en la próxima entrada que una de las leyes de la termodinámica impide llegar ahí.
Pero, si se transfería el calor y el calor es una medida del movimiento, la pregunta sobre qué se transfiere permanece. La respuesta requiere la presentación del segundo concepto: energía. Nuestros amigos los físicos, tremendamente prácticos como son, nos explican descriptivamente qué es energía: la capacidad para realizar un trabajo. Y nos aseguran que hay diferentes tipos de energía: cinética, potencial gravitatoria, magnética, eléctrica, química y de los enlaces nucleares.
Alguien me dijo, en cierta ocasión, cuando preguntaba por la transformación de la energía y su conservación (eso de que no se crea ni se destruye, sólo se transforma), que una cosa es energía y otra calor. Esto tiene que ver con ese proceso que denominamos trabajo. Cuando se transfiere energía de un cuerpo a otro de forma coherente, a ese proceso le denominamos trabajo. Cuando parte de la energía simplemente aumenta, de forma caótica, el movimiento de los átomos y moléculas del cuerpo que lo recibe, ese segundo proceso es el calor, o flujo calórico. El flujo calórico se dirige a todas partes, en todas direcciones, de forma que el movimiento global se va igualando. Es una forma de reparto de la energía que se caracteriza porque esa energía termina por no ser utilizable para realizar ningún trabajo. Es energía de “mala calidad”. Una de las “versiones” del segundo principio de la termodinámica, la de Clausius, dice: no es posible ningún proceso cuyo único resultado sea la transferencia de energía de un cuerpo más frío a otro más caliente. La conversión de energía en calor señala un camino irreversible.
Esto nos permite introducir nuestro tercer concepto: exergía. La exergía mide la “calidad” de la energía, pero es una medida que se produce entre un sistema y su entorno. Nos dice, teóricamente, qué cantidad de trabajo se puede realizar en el sistema por la existencia de energía utilizable en el entorno. Mide, en consecuencia, también, cómo de alejados están del equilibrio, el sistema y el entorno. Esto es así, porque la existencia de un gradiente, de una diferencia, entre el sistema y su entorno, es lo que permite que se produzca esa transferencia de energía en forma de trabajo.
Finalmente, podemos entrar en el cuarto concepto: el de equilibrio. La termodinámica clásica partía de una idealización que le permitía trabajar (¡ajá!). Los sistemas estudiados están aislados, encerrados entre paredes rígidas, y no deben permitir que el calor se escape. Por desgracia, esa idealización, como su nombre indica, no se da en la naturaleza. Así que, para trabajar, se llega a compromisos. En cualquier caso, el resultado ideal final de todo sistema cerrado es el de equilibrio; partículas que terminan repartiéndose uniformemente. Sin embargo, en algunos, la presencia de un gradiente, de una fuente de energía del entorno, impide que el sistema llegue a ese estado de equilibrio. En estos caso, los físicos distinguen entre sistemas cercanos y alejados del equilibrio. La distinción tiene que ver con la predecibilidad de los cambios que se producen en el sistema dependiendo de los cambios que se producen en su fuente de alimentación energética. Algunos de esos sistemas alejados del equilibrio, sin embargo, terminan organizados de manera que resultan estables: usted, lector, es uno de esos sistemas.
2.
Muchas gracias por haberme dejado revisar su valioso manuscrito y por permitirme hacer algunas anotaciones.
Realmente es curiosa la mezcla entre temperatura y calor que se observa en su primer párrafo expositivo. Lo único que se puede decir de estas cosas es que se trata de un caso, extraño, en el que una sensación acaba midiéndose. No habrá conocido un medidor de alegría o de dolor; pero, al fin, sí tuvimos termoscopios, termómetros y calorímetros. Es un trabajo interesante entender por qué podemos construir termómetros y no, aún, dolorómetros.
Cierto es que al principio fue el calórico. Es quizá uno de los casos más idiotas de teoría existosa pero idiota. El sistema ptolemaico aún hoy se respeta como un error natural: a fin de cuentas todos vemos cómo nace y muere el Sol. ¿Pero el calórico? Cómo pudo sobrevivir dos meses si el mero hecho de frotarse las manos ya sirve para cuestionarla. Bueno sí, hay un motivo: explica muy bien cómo se enfría una taza de té bien caliente. Y en general explica todos los fenónemos en los que el calor se conserva. Lo que ocurre cuando no hay trabajo.
Esto me lleva a la energía. La energía es lo que permanece. Vuelto en pasiva, observamos que algo permanece y eso es importante y lo prestigiamos dándole nombre. Sobre la energía, el calor y el trabajo sólo daré un ejemplo canónico. Imagine un embalse que se llena por el aporte pluvial y el aporte fluvial de aguas arriba. Y se vacía por evaporación o por la apertura de compuertas aguas abajo. Llover o evaporar es todo uno. Entrar o salir por el curso del río también. La energía es el agua del embalse; calor y trabajo son formas diferentes de llenar o vaciar el embalse: uno por lluvia/evaporación otro por entrada/salida. Lo significativo, sin embargo, es que el agua que reside en el embalse, agua es. Es decir, no puede etiquetarse o distinguirse si llegó del cielo o del cauce.
No obstante, a la hora de hablar de trabajo, calor o energía conviene adoptar la sabia decisión de empezar la casa por el suelo. Y dejar el tejado para después. El suelo es el formalismo mecánico, que permite conocer el trabajo y la energía. El techo es observar que no todo lo que reluce es mecánica. Y ahí topamos con el frío.
Mire, un mecánico (y no me refiero a los del mono azul) habrá aprendido del trabajo, de la energía y de su conservación. Pero no sabrá nada de calor ni de temperatura. Un mecánico observa una grabación de, digamos, un péndulo, ideal por supuesto, batiendo, y no sabrá si la grabación va marcha adelante o marcha atrás.
Un mecánico necesita algo más para comprender por qué sí sabemos distinguir entre un vídeo marcha adelante y uno marcha atrás. Y la respuesta, que es sorprendemente fácil y diríase hoy evidente, debe de ser una respuesta ontológicamente direccional: que marque y deje claro una preferencia, y rompa una equivalencia. Otro día se la cuento: que, además, tiene que ver con la muerte, destrucción y transfiguración del calórico.
Lo importante es que de esa respuesta se deduzcan consecuencias. Y se hace; vaya que si se hace. Por ejemplo, oh lá lá, la temperatura o el equilibrio (el cuarto concepto, qué bien dejarlo para el final). Es mejor reconocer dónde se soportan estos dos conceptos, antes que admitirlos como verdades evidentes; pues es trabajo de la ciencia explicar las verdades que tomamos como evidentes. Esta, más o menos, es una erudita cita de un tal Proclo (donde ciencia es geometría y verdad evidente es la desigualdad triangular, tan euclediana y discutida), pero no me extenderé en la filosofía tardoneoplatónica porque, realmente, no me apetece.
De la exergía no hablaré. Se necesita mucho valor para hablar ahora de ella. Yo comprendo que quiera. Pero se necesita valor. Es como empezar por el techo. Se corre el riesgo de precipitarse.
Y permítame ahora un apunte sobre el sistema aislado. Hay un error conceptual en esa parte. Diríase que la hubiera escrito un ingeniero. Es legendaria la capacidad del hombre para estudiar las cosas más extrañas: desde el melón esférico al planeta puntual. Pero… no, no es eso. Que no existan los sistemas aislados no quiere decir que no se puedan inferir sus propiedades. Se infieren, se estudian y, si quiere, se hipotizan. Lo bueno es que conocidas las propiedades del sistema aislado se pueden conocer las propiedades de un sistema que no esté aislado. ¿Cómo? Usando el viejo truco de las matrioskas rusas. Rodeándolo de su entorno tal que el sistema y el entorno constituyan un sistema aislado. ¿Que no? Pues se rodea el entorno del entorno y santas pascuas. ¿Hay trampa? Exactamente la misma que permite decir que la energía se conserva: la energía sólo se conserva si las contamos todos. Si no se conserva es que se nos ha ‘olvidado’ contar una. Una matrioska.
Y, para finalizar, hablemos de los gradientes. Los jodidos gradientes. En eso, como de la exergía, se corre el riesgo de despeñar pronto. Gradiente es diferencia; gradiente es desequilibrio; gradiente es la perdición. Hay gradiente cuando dejamos enfriar la taza de té caliente. Otro día le explicaría qué significa eso. Pero el gradiente muere porque el equilibrio triunfa siempre. Sí, es otra de las consecuencias poderosas de esa idea que no he querido terminar de explicarle. Pero no, los sistemas alejados del equilibrio nunca son estables. Se refiere usted a estacionarios. Ambos (equilibrio y estacionario) dan idea de permanencia en el tiempo. Y así es. Pero con una diferencia: el equilibrio es un estado muerto, que perdura eternamente. El estacionario es un estado vivo que sólo permanece mientras haya algo que lo alimente. ¿Que alimente qué? Que alimente el gradiente. No voy a decirle que usted pueda ser un ejemplo de estacionario, tal vez. Me voy a referir a su coche funcionando estacionariamente, y con todos sus gradientes, a la velocidad constante de cien kilómetros a la hora. Mientras tenga combustible.
Publicado en Ciencia, Entropía, Relatos el 15 septiembre, 2010 | 21 Comentarios »
Las tres conferencias de Schrödinger en el Trinity College son uno de los lugares comunes de cualquier libro sobre el ADN. Lo son y lo merecen. No lo digo yo, lo dicen Watson y Crick, por ejemplo, en varios de sus libros. En ellos siempre aparecen esas conferencias y el libro publicado unos años después como hitos en su propia biografía. Ahí estaba uno de los grandes genios de la física abriendo un camino fascinante (jeje). Y casi siempre se hace hincapié en la predicción de la existencia de un “cristal aperiódico” al que ahora llamamos ADN. Es lógico: el tipo casi inventó una disciplina científica y, además, el avance en las décadas transcurridas desde entonces es espectacular. En particular, en lo relativo al conocimiento de las “leyes” de la replicación y expresión de los genes.
Sin embargo, Schrödinger, en su última conferencia, se planteó una pregunta que, considerando su profesión, era bastante pertinente: ¿cómo logra la vida sortear el problema de la segunda ley de la termodinámica? La vida parece precisamente lo contrario de la dirección que señala la segunda ley, que se dirige hacia un estado de máxima entropía con su entorno. Como estas entradas van a hablar precisamente de la segunda ley en relación con la vida, bastará para el propósito de enunciar el problema, recuerden que la entropía mide qué parte de la energía de un sistema es de baja calidad, es decir, es incapaz de producir trabajo. La ley nos dice que la entropía de un sistema aislado crece hasta que se alcanza un estado de equilibrio en el que la temperatura es uniforme. Los seres vivos parecen contradecir la segunda ley, pero, ya lo sabemos, la contradicción es aparente.
Schrödinger dio la respuesta: los seres vivos producen un aumento de la entropía de su entorno por definición. Si no es capaz de revertir localmente (y cuando digo localmente me refiero al propio ser vivo) ese proceso le llevará a la muerte y a la disgregación. Schrödinger afirmó que sólo extrayendo “entropía negativa” del ambiente puede seguir vivo. El metabolismo del ser vivo nos permite definirlo como tal siempre que sea capaz de “liberarse de toda la entropía que no puede dejar de producir mientras está vivo”.
Ese concepto, el de entropía negativa o neguentropía, desaparecerá de sus formulaciones posteriores (y se sustituirá por energía libre, capaz de producir trabajo), aunque tendrá éxito en la teoría de la información.
Lo verdaderamente interesante es que este proceso no es simplemente una manera de evitar esa paradoja aparente entre la vida y la segunda ley. Va más lejos; en realidad, es posible que el camino hacia la vida y hacia el desarrollo de su complejidad se explique precisamente por el impulso de la segunda ley. Esta posibilidad no aparece en Schrödinger, sino que es resultado del análisis de qué sucede en algunos sistemas alejados del equilibrio termodinámico en los que el proceso de reducción de gradientes genera una organización que favorece la disipación, y, por tanto, esa misma reducción. De ser así, la aleatoriedad de la vida (de su origen y de su creciente complejidad) podría ser discutida: la existencia de energía de calidad disponible y su inexorable degradación serían un motor para la aparición de estructuras relativamente estables, capaces de acelerar ese proceso de degradación.
Uno de los aspectos más interesantes de un planteamiento así es que se aleja de cuestiones que aparecen a menudo en polémicas relacionadas con el origen de la vida. Existe una entropía en la teoría de la información; pero la relación con la entropía termodinámica es producto de la decisión de los fundadores de la teoría, Claude Shannon y Warren Weaver, que partían de la similitud de las matemáticas utilizadas. La entropía informacional mide un tipo de incertidumbre, y su uso parecía justificado por el hecho de que la entropía termodinámica es, se supone, una medida del desorden. Sin embargo, esto se relaciona con una vulgarización de la segunda ley. A menudo se relaciona con el aumento del desorden y alguien nos dice que una habitación tiende, por ejemplo, a desordenarse y no al contrario. Sin embargo, la entropía termodinámica no se produce en niveles macroscópicos: desordenar la habitación aumenta la entropía igual que ordenarla, porque tenemos que trabajar y parte de la energía utilizada no puede posteriormente reutilizarse para producir trabajo. Sin embargo, ambas situaciones no son equivalentes en teoría de la información: hace falta más información para explicar la situación de la habitación desordenada que de la ordenada. La conexión que existe tiene más que ver con el hecho de que la complejidad creciente de los sistemas (no necesariamente vivos) sí aumenta la cantidad de información y el intercambio de datos, pero como consecuencia del propio proceso. Digamos que esa relación puede introducir una quiebra en los planteamientos estáticos que parten de la improbabilidad estadística del producto final, considerando la información precisa para la aparición y replicación del sistema. Algunos ejemplos de sistemas organizados no vivos derivados de situaciones de no equilibrio termodinámico son tan espectaculares que servirán muy bien a este propósito.
Continuará.
2
Sigue desde …
Las tres conferencias de Schrödinger en el Trinity College son uno de los lugares comunes de cualquier libro sobre el ADN. Lo son y lo merecen. No lo digo yo, lo dicen Watson y Crick, por ejemplo, en varios de sus libros. En ellos siempre aparecen esas conferencias y el libro publicado unos años después como hitos en su propia biografía. Ahí estaba uno de los grandes genios de la física abriendo un camino fascinante (jeje). Y casi siempre se hace hincapié en la predicción de la existencia de un “cristal aperiódico” al que ahora llamamos ADN. Es lógico: el tipo casi inventó una disciplina científica y, además, el avance en las décadas transcurridas desde entonces es espectacular. En particular, en lo relativo al conocimiento de las “leyes” de la replicación y expresión de los genes.
Sin embargo, Schrödinger, en su última conferencia, se planteó una pregunta que, considerando su profesión, era bastante pertinente: ¿cómo logra la vida sortear el problema de la segunda ley de la termodinámica? La vida parece precisamente lo contrario de la dirección que señala la segunda ley, que describe la evolución de los sistemas físicos por el incremento de entropía de los sistemas y su entorno. Como estas entradas van a hablar precisamente de la segunda ley en relación con la vida, bastará para el propósito de enunciar el problema, recuerden que la entropía se relaciona con qué parte de la energía de un sistema es de baja calidad, es decir, es incapaz de producir trabajo. Lo de “baja calidad” es un peyorativo antrópico: el hombre es un animal vago por naturaleza. La ley nos dice que un sistema aislado (y me perdonaran que no defina lo que es un sistema aislado) evoluciona mientras que su entropía pueda crecer. Cuando la entropía del sistema ha dicho basta, la evolución cesa y el sistema alcanza un estado de equilibrio. No por casualidad ese estado de equilibrio está caracterizado por unas propiedades homogéneas: la temperatura, por ejemplo, sería uniforme. Los seres vivos parecen contradecir la segunda ley, pero, ya lo sabemos, la contradicción es aparente.
Schrödinger dio la respuesta: los seres vivos producen un aumento de la entropía de su entorno por definición. Si no es capaz de revertir localmente (y cuando digo localmente me refiero al propio ser vivo) ese proceso le llevará a la muerte y a la disgregación. Schrödinger afirmó que sólo extrayendo “entropía negativa” del ambiente puede seguir vivo. El metabolismo del ser vivo nos permite definirlo como tal siempre que sea capaz de “liberarse de toda la entropía que no puede dejar de producir mientras está vivo”.
Ese concepto, el de entropía negativa o neguentropía, desaparecerá de sus formulaciones posteriores (y se sustituirá por energía libre o exergía, energía capaz de producir trabajo en un ambiente definido), aunque tendrá éxito en la teoría de la información.
Lo verdaderamente interesante es que este proceso no es simplemente una manera de evitar esa paradoja aparente entre la vida y la segunda ley. Va más lejos; en realidad, es posible que el camino hacia la vida y hacia el desarrollo de su complejidad se explique precisamente por el impulso de la segunda ley. Aunque, en principio, esto también puede ser una falacia post hoc ergo propter hoc si admitimos que la entropía de un sistema aislado siempre crece; lo cual no es mucho admitir porque nunca se ha observado lo contrario. Esta posibilidad no aparece en los trabajos de Schrödinger, sino que es resultado del análisis de qué sucede en algunos sistemas alejados del equilibrio termodinámico en los que el proceso de reducción de gradientes genera una organización que favorece la disipación, y, por tanto, esa misma reducción. De ser así, la aleatoriedad de la vida (de su origen y de su creciente complejidad) podría ser discutida: la existencia de energía de calidad disponible y su inexorable degradación serían un motor para la aparición de estructuras relativamente estables, capaces de acelerar ese proceso de degradación.
Uno de los aspectos más interesantes de un planteamiento así es que se aleja de cuestiones que aparecen a menudo en polémicas relacionadas con el origen de la vida. Existe una entropía en la teoría de la información; pero la relación con la entropía termodinámica es producto de la decisión de los fundadores de la teoría, Claude Shannon y Warren Weaver, que partían de la similitud de las matemáticas utilizadas. La entropía informacional mide un tipo de incertidumbre, y su uso parecía justificado por el hecho de que la entropía termodinámica es, se supone, una medida del desorden. Sin embargo, esto se relaciona con una vulgarización de la segunda ley. A menudo se relaciona con el aumento del desorden y alguien nos dice que una habitación tiende, por ejemplo, a desordenarse y no al contrario. Sin embargo, la entropía termodinámica no se produce en niveles macroscópicos: desordenar la habitación aumenta la entropía igual que ordenarla, porque tenemos que trabajar y parte de la energía utilizada no puede posteriormente reutilizarse para producir trabajo (Nota). Sin embargo, ambas situaciones no son equivalentes en teoría de la información: hace falta más información para explicar la situación de la habitación desordenada que de la ordenada. La conexión que existe tiene más que ver con el hecho de que la complejidad creciente de los sistemas (no necesariamente vivos) sí aumenta la cantidad de información y el intercambio de datos, pero como consecuencia del propio proceso. Digamos que esa relación puede introducir una quiebra en los planteamientos estáticos que parten de la improbabilidad estadística del producto final, considerando la información precisa para la aparición y replicación del sistema. Algunos ejemplos de sistemas organizados no vivos derivados de situaciones de no equilibrio termodinámico son tan espectaculares que servirán muy bien a este propósito.
Continuará.
Nota: por ser de interés general, añado esto (a pesar de ser una comunicación privada)
EMPERO, la relación entre entropía y desorden microscópico es bastante evidente y conocida. Aunque trasciende de la termodinámica porque ésta no se ocupa de lo microscópico. Las fases más desordenadas (microscópicamente) de una sustancia son más entrópicas que las fases más ordenadas. Ejemplo típico el gas: sistema muy desordenado localmente, muy simétrico y muy entrópico. Frente al sólido, ordenado localmente, con menos simetría y menos entropía. Y dentro de una fase sólida, una fase sólida más simétrica y desordenada (por ejemplo una cúbica) es más entrópica que una menos simétrica y más ordenada (por ejemplo una tetragonal, un cubo estirado en una dirección).
EMPERO DOS, el ejemplo del orden y el desorden de una habitación está resuelto torpemente. Claro si admitimos, y todos lo hacemos, que todos los procesos naturales aumentan la entropia, hagas lo que hagas aumentará la entropía: ordenes o desordenes la habitación. Es tan trivial que no hace falta escribirlo. Lo que pasa es que esa explicación toma por tonto al que pone el ejemplo. Que no es más que una analogía y que no quiere describir estrictamente un proceso termodinámica.
La idea es la siguiente. Una habitación se desordena porque, normalmente, uno deja las cosas (calzoncillos, calcetines, libros perdidos de Fernando Báez, restos orgánicos etc. etc.) en el primer lugar que caen. Eso es lo que en termodinámica se identificaría como un proceso espontáneo. Dejamos el calcentín y punto. No nos preocupamos de colocarlo en su sitio. Y ese proceso, espontáneo (dejar caer y punto), es siempre entrópico. Así es la naturaleza.
Otra cosa es que uno se preocupe de soltar los calzoncillos, los calcetines, los libros etc etc en su sitio. Eso no es espontáneo y requiere algún tipo de mecanismo ‘inteligente’ [aquí un análisis en términos de información requeriría analizar cómo se sabe dónde dejar el calcetín, etc. etc.]. Bah, da igual. Lo que importa es que no es espontáneo, requiere una cierta acción, ingenio o máquina inteligente [que en el ejemplo que nos ocupa suele llamarse 'madre']. Eso se relaciona en termodinámica con los procesos reversibles (aquellos que no hacen aumentar la entropía): nunca podrían ser espontáneos y necesitarían de un cierto ‘diseño’ para que pudieran ocurrir; para que pudieran ocurrir sin aumentar la entropía del sistema y su entorno. Estos procesos reversibles nunca ocurren en la naturaleza pero uno puede idealizarlos como un paso al límite de la misma forma que las leyes de Newton pueden idealizar el movimiento de una partícula sin acción de fuerzas exteriores.
Publicado en Ciencia, Ley e injusticia el 7 septiembre, 2010 | 35 Comentarios »
Antes necesito aclarar algunas cuestiones previas. Puede que piensen que no tienen que ver, pero les ruego, como hacen los abogados en las películas, que me den, jueces-lectores, algo de margen, para que vean dónde quiero llegar.
Visualicen ustedes un mapa del mundo. Éste nos puede servir:

Puede parecerles evidente que ese mapa es una plasmación en dos dimensiones de la superficie de la Tierra: ya saben, una esfera sin lo de dentro. Bueno, la superficie de la esfera también lo es en dos dimensiones, sólo que para verla tal y cómo es, necesitamos una tercera. El caso es que tenemos claro que lo que pasa es que los límites de la izquierda hay que “pegarlos” con los de la derecha y los de arriba con los de abajo, aunque para convertirlo en esfera hay que “deshacer” el estiramiento que hemos necesitado para poner el mapa en el plano. Sin embargo, supongan que el que ve el mapa no sabe que la Tierra es esférica. Podría reconstruir el mapa juntando lo de arriba con lo de abajo, y luego doblando el cilindro resultante, hasta pegar sus extremos. Ya ven, nuestro mundo sería una rosquilla, o como dicen los cursis, un toro. También la superficie de ese toro tendría dos dimensiones.
Para no liarnos, llamaremos a esas superficies “variedades bidimensionales”. No tienen por qué ser planas, como ven. Para llamarlas así, nos basta con saber que necesitamos dos coordenadas para situar un punto sobre la variedad. En una variedad bidimensional, todos los puntos vecinos a un punto cualquiera se pueden reflejar en un mapa bidimensional. Una variedad así tiene dos dimensiones, y esto es importante, aunque pueda requerir, como ya he dicho, para “verlo” como es, tres dimensiones, como en el caso de la superficie de la esfera o de la superficie de un toro.
Una variedad bidimensional puede ser finita o infinita. Y puede tener frontera o no. Es importante tener claro que no es lo mismo. Un plano que se extiende hacia el infinito no tiene frontera. Sin embargo, la superficie de una esfera es finita, ya que si viajamos por ella, terminamos en el mismo punto del que partimos, pero no tiene frontera, ya que nunca llegamos a un límite de la propia superficie. Para saber si una variedad es finita, basta con preguntarnos si podemos hacer un mapa o mapas en el que se representen todos sus puntos. Si la respuesta es afirmativa, como en el caso de nuestro mapa, la variedad es finita. Hay, por otra parte, infinitas variedades bidimensionales que podrían resultar de nuestros mapas; basta ir pegando toros y haciendo dónuts con dos, con tres, con cuatro, … agujeros.

Si un tipo curioso le pregunta al estudioso de los mapas si puede, basándose exclusivamente en ellos, decirnos la forma de la variedad, podríamos encontrarnos con el problema de que existen infinitas variedades que podrían resultar de ese mapa o mapas. Sin embargo, el pobre estudioso del mapa tiene un esperanza. Resulta que sólo la superficie de la esfera, como variedad bidimensional finita, tiene la divertida virtud de que si usted sale de un punto con un cordel y viaja y viaja, y llega al mismo punto, haga el viaje que haga, puede sujetar los dos extremos del cordel y recogerlo y recogerlo totalmente. Si hace usted lo mismo en el mundo-rosquilla y el viaje que usted ha hecho es éste …

…, ya puede tirar lo que quiera, que no recogerá el cordel. Así que, puede examinar y examinar los mapas hasta comprobar si se puede o no recoger el cordel. Si se puede, está de suerte: el mapa representa la superficie de una esfera.
Ahora damos un salto y nos vamos a las variedades tridimensionales. Necesitamos para colocar un punto en ellas tres coordenadas. Un mapa (o un conjunto de mapas) de una variedad así, también sería tridimensional, claro (por ejemplo un cubo). Imaginen que nos dan unos cuantos cubos que, aun solapándose (como ocurre a menudo con los mapas bidimensionales, en los que nos aparece Albacete en el 43A y en el 24B, una vez arriba y otra a la derecha), representan esa variedad tridimensional de forma completa. Si es así, ya sabemos que es finita, claro (no hacen falta infinitos mapas para representarla). Ahora bien, aun siendo finita, puede no tener bordes o fronteras.
Hay una cosa curiosa, fíjense en esta representación de la superficie esférica de la Tierra.

Como ven se trata de dos mapas con forma de disco. Se trata de una superficie finita y con frontera. La frontera es la circunferencia de cada uno. Ahora peguen los puntos de esas fronteras, es decir, las dos circunferencias y estiren y estiren tirando del centro de cada disco. Las dos unidas se convierten en una esfera bidimensional sin frontera (no se preocupe si se pasa estirando y le sale algo parecido a un plátano, porque topológicamente también es una esfera bidimensional, ya que cumple los requisitos que vimos). Las fronteras han desaparecido porque el viajero que parte de un punto de un disco y llega a la frontera, lo que hace es entrar en el otro disco, y así sucesivamente.
¡Hagamos lo mismo con dos esferas! Imaginen dos esferas que sean mapas de una parte de una variedad tridimensional (como es evidente ya no sólo consideramos la superficie de la esfera, sino también su interior). Ese mapa también tiene, como tenía el disco, una frontera. Por ejemplo, soy un topo viajero y parto desde el centro de la Tierra; un día llego a su superficie, pero ya no puedo ir más allá. La superficie, en este caso es la frontera. Bien, ya termino: ahora cojan dos esferas tridimensionales y unan cada punto de su límite, de su frontera, con un punto de la superficie de la otra esfera. Estamos haciendo lo mismo que hicimos con los discos. Nuestro topo llega a lo que antes era una frontera y se encuentra con que puede horadar por la otra esfera, llegar al centro y seguir y seguir, hasta llegar a lo que era la superficie y pasar de nuevo a la primera esfera. El resultado de esa suma es una esfera tridimensional, una variedad tridimensional finita y sin fronteras.
Hay infinitas variedades tridimensionales finitas y sin fronteras. En todas ellas se da la circunstancia de que usted regresará al punto de partida si tira por la calle de “enmedio” durante el tiempo suficiente. Nos dicen que el universo puede ser así: usted coge su nave espacial, se pira de la Tierra a toda leche y no cambia el rumbo. Unos eones después llega otra vez a casa. Acojona porque no hay manera de visualizarlo: nosotros para ver la superficie de una esfera bidimensional, necesitamos una tercera dimensión. Fíjese en la bola del mundo que le regaló a su hijo. La putada es que no podemos salirnos fuera de la esfera tridimensional: nos falta una dimensión.
Ahora, imagine que nuestro estudioso tiene una colección de mapas tridimensionales que contienen todos los puntos de una variedad tridimensional. Alguien le pregunta, ¿qué forma tiene esa variedad? El estudioso le dice: “que tu amigo coja la nave espacial con el cordel y tire todo recto: cuando vuelva que sujete ambos extremos e intente enrollarlos. Si lo consigue es que es una esfera tridimensional”.
Hasta hace poco no sabíamos si la prueba era válida. Un tal Perelman ha demostrado que sí.
Gracias por seguir estos razonamientos. Ahora retomo la cuestión principal. Básicamente lo que los magistrados han dicho en su auto es: Ubi maior, minor cessat.
Publicado en Ciencia, Entropía el 1 septiembre, 2010 | 47 Comentarios »
El caso es que me he encontrado con un libro que, con independencia de su valor intrínseco, me ha mostrado un punto de vista que me ha sorprendido y, además, sobre un tema capital. Es posible que se trate de algo conocido y que sea como el tonto que acaba de descubrir que habla en prosa, pero no voy a dejar de escribir sobre ello por eso. El asunto me parece tan interesante que lo voy a compartir. Me arriesgaré a que descubran que lo he entendido mal o a que sonrían o suspiren con mis lugares comunes. Tse es un hombre del pueblo y no teme equivocarse.
Además tengo algún as en la manga. He decidido hablar del tema y, al final, decirles cuál es el libro en cuestión, por si les interesa comprarlo, usufructuarlo o sustraerlo por motivos altruistas. Y lo haré en varias entradas, porque el tema da mucho de sí.
Básicamente tiene que ver con la importancia de la termodinámica del no equilibrio en la evolución de la vida y en el desarrollo de su complejidad. Se trata de un asunto fascinante. Creo que es la primera vez, después de más de mil posts, que uso la palabra fascinante.
No aclaro más en esta entrada para permitir que puedan (podamos) reírnos de mi trastorno mental transitorio y de un objeto del deseo tan poco sexy. No quiero decir que no puedan seguir haciéndolo después. Estaría bueno. Sin embargo, espero que el asunto les interese también.

Publicado en Ciencia, Historia el 9 junio, 2010 | 12 Comentarios »

Los animales pluricelulares más simples se alimentan mediante digestión intracelular: todas las células comen, atrapando el alimento mediante unas bolsas creadas ad hoc, las vacuolas digestivas. Bah, no nos interesan, son como comunas hippies.
A diferencia de los anteriores, los restantes animales comen mediante un saco extracelular, que llenan de enzimas. El alimento entra en esa cavidad a través de un agujero. Todo el mundo le llama boca, pero ¿es correcto?
Los animales que sólo tienen un agujero lo usan para ingerir comida y para expulsar los desechos. Usan el mismo agujero. El proceso es poco eficiente: hasta que no han digerido el alimento y han expulsado los desechos, no pueden volver a comer. Este es el plan vital de, por ejemplo, los cnidarios (así, las medusas).
Como ese plan vital es un poco asqueroso, la mayoría de los animales decidieron que era más práctico contar con dos agujeros. Es más limpio y, además, puede usted seguir comiendo y comiendo, mientras digiere. Así que evolucionaron hacia la urbanidad.
La pregunta del millón, la única ineludible, es: cuando se desarrolló un agujero extra, ¿se desarrolló una boca o un agujero del culo?
Para resolver esa cuestión capital, nos tenemos que ir a hace unos seiscientos millones de años. En aquel momento, los animales quedaron divididos en dos grupos (ahora los llaman superfilos): los deuteróstomos y los protóstomos.
Para distinguirlos hay que partir de lo que sucede tras el desarrollo celular por segmentación (las primeras divisiones del óvulo fecundado). A esa masa compacta de células se la llama mórula. Luego se forma un hueco interior, y la masa compacta se convierte en una pelota, a la que se llama blástula. A continuación, la cubierta se introduce hacia el interior, invaginándose, a través de un ¡¡agujero!! llamado blastoporo.
Pues bien, en los protóstomos, el blastóporo se convertirá en la boca del animal.
En los deuteróstomos, sin embargo, el blastóporo se convertirá en el ano.
Usted, estimado lector, es todo esto:
Superreino: (Dominio): Eukaryota
Reino: Animalia
Subreino: Eumetazoa
(sin clasif.) Bilateria
Superfilo: Deuterostomia
Filo: Chordata
Subfilo: Vertebrata
Infrafilo: Gnathostomata
Superclase: Tetrapoda
Clase: Mammalia
Subclase: Theria
Infraclase: Placentalia
Superorden: Euarchontoglires
Orden: Primates
Suborden: Haplorrhini
Infraorden: Simiiformes
Parvorden: Catarrhini
(sin clasif.): Euarchonta
Superfamilia: Hominoidea
Familia: Hominidae
Subfamilia: Homininae
Tribu: Hominini
Subtribu: Hominina
Género: Homo
Especie: H. sapiens
En estos momentos de duda y aflicción, hay que recordar lo que somos: la naturaleza no engaña.
Creo que los datos que acabo de dar, aunque duros, tendrán la virtud de situarnos a ras de suelo, de explicarnos por qué, aunque nos creemos dioses, el bajo vientre demuestra que no lo somos.
No, no se dejen engañar. Básicamente somos lo que rodea al agujero del culo.
Publicado en Ciencia, Cine, Flatus vocis, Stuffs, Textos el 3 junio, 2010 | 23 Comentarios »

1.- Tiene un miembro viril de gran tamaño que utiliza para tocar el piano.
2.- Está calvo y gusta de enseñar el culo.
En caso contrario, ¡¡huyan!!

Miren que llevo años intentando reconciliarme con Ridley. No hay manera: cuando hace una película que contiene un porcentaje inferior al 50 % de material tóxico, va y la caga de nuevo.

Hablando de defecaciones. Para que vean lo que son las normas. Ya saben que la patata, ese gran invento, fue traída a Europa por los españoles. He leído en la wiki que el primer lugar europeo en el que se plantó, fue en un hospital para indigentes en Sevilla. Será. El caso es que su éxito (bueno el de las “variedades” europeas) fue indiscutible. Lo gracioso es que, si hacemos historia ficción, y nos imaginamos a un cooperante de 35 años actual que descubre la papa y se plantea traerla a Europa o a Estados Unidos, lo normal es que se prohibiese su consumo e importación. La culpa la tendría, en el caso de Europa, el Reglamento sobre nuevos alimentos e ingredientes alimentarios.
La patata es una solanácea. También lo son los tomates, los pimientos y las berenjenas. Las solanáceas producen solanina, un alcaloide la hostia de resistente, que si no te mata, te provoca una diarrea de caballo y un dolor de cabeza peor que el de una peli de Ridley. Y la patata produce mucha, sobre todo cuando le da la luz del sol (la mayor parte está en la piel). Si ven que se pone verde y le empiezan a salir Kuatos
, ¡corran! De ahí que la peña, que es sabia, metiese las patatas, llenas de tierra, en lugares oscuros. Como la gente es así, ahora, si no te las dan lavadas y con pinta de huevo de avestruz, en bolsas transparentes, no las compramos. Si se come la patata entera, con su piel, puede bastar un par de kilos para que al asunto se convierta en francamente molesto.
Así que, ya ven, si el rastas intentase vender la papa en Europa, el funcionario le diría: “pero, ¿qué quieres, envenenarnos? ¡Anda, circula!”

Hace unos meses, le decía al robot, a cuento de Pinker, que todos esos recién llegados newageterceravianeurocomomola no tenían ni puta idea, y que el libro bueno no es el de la tabla, sino Como trabaja la mente.
Bueno, admito, que lo decía por una razón auténtica y otra espuria. La auténtica: que es un libro más concreto sobre eso de lo que el autor sabe mucho y te explica muchas cosas sobre el cerebro y tal. En cuanto a la espuria: ¡que yo lo leí primero! Fue casualidad. Lo saqué de una biblioteca, sin tener ni puta idea de quién era Pinker. Me gustó mucho y me lo leí un par de veces. Dos o tres años después se publicó La tabla rasa y se puso de moda. Yo, desde entonces, siempre digo que el bueno es el que yo vi primero.
El caso es que acabo de releer La tabla rasa. Y es un libro cojonudo. Y además, de nuevo saco la impresión de que, la sensatez de Pinker, su sentido del humor, su ponderación de las teorías alternativas y su escasa grandilocuencia, contrastan, a lo bestia, con el comportamiento de su grey.