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El miedo a ganar

Esta tarde volvía de pasear por el campo y me encontraba en lo twitter con un bonito artículo de GO sobre Jean van de Velde. Todos los meses de julio nos acordamos de Jean van de Velde… y de Miguel Indurain.

La conocida historia de VdV es la historia del miedo a ganar y llama a dos sucedidos. El primero y conocido es el hecho de que a VdV le retaran a hacer el decimooctavo hoyo de Carnustie en seis golpes con un putter. El putter es el único palo que nunca falta en una bolsa porque es el único palo cuya cara no tiene loft, lo que impide que la bola vuele. Es ideal para el verde pero no hace nada, o casi nada, fuera de él. VdV fue capaz de embocar de seis con un putter. Al tercer intento eso sí.

El segundo sucedido es menos conocido. Yo no lo conocía hasta antesdeayer cuando uno de los Piñero lo contó en el Open de este año. VdV tropezó dos veces en la misma piedra.

En el año 2005 empató con Jean François Remésy en la última ronda del Open de Francia. VdV es francés y debe tener un cierto interés en ganar el Open de Francia. El playoff se juega en el hoyo decimoctavo de Le Golf National (sede de la Ryder Cup en el 2018). No sé quién sale primero pero Remésy es el primero en dar el segundo golpe.

En golf normal (strokeplay) el compañero competidor es un estorbo que ralentiza el juego y que no te influye más que para dar la murga. En un playoff (casi un matchplay) juegas contra él. Es importante quién tira primero. Claro que todo depende del resultado del tiro: si es bueno es fantástico haber tirado; si es malo es una desgracia que ya hayas tirado.

Remésy tira y envía la bola al lago que hay antes del green. Tendrá golpe de penalidad y su siguiente golpe sera el cuarto y desde una posición incómodamente alejada de green. El doblebogey sería un buen resultado.

VdV se dispone a tirar y sabe que con meter la bola en green tendría los famosos tres putts para ganar. Por nada del mundo quiere meter la bola en el agua así que agarra el palo con fuerza y zassss…

Zasss, se pasa del green y va a caer al mismo obstáculo de agua pero por detrás. En el dropaje VdV sale perdiendo y su zona es peor. O quizá toma la peor opción de entre las tres que tiene (una de ellas repetir el tiro). Acaba su hoyo en siete (¡otro triple bogey en una situación crítica!) y su compañero competidor es capaz de ganar el Open de Francia con un miserable doblebogey. Algo así como si un equipo ganara una copa de Europa después de empatar a cero en tiempo reglamentario y prórroga y marcara un sólo penalty en la tanda de fatídicos.

Dicen que nadie se acuerda del ganador del Open del 1999 y sí del segundo. No es cierto. Todos los años Paul Lawrie recibe una carta emitida por el R&A invitándole a participar en el Open de julio. Y así será por lo menos hasta que muera o haya cumplido los sesenta años. Lo que ocurra antes.

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Un Tsenigma

Uds. se preguntarán (o no, que no es la primera vez que desaparece) por dónde parará el dueño de la cosa, que no publica ni dice esta boca es mía. Que es un sujeto sin escrúpulos, rebotado de la política y leguleyo (caray, me suena la cantinela), es de dominio público. Por eso creemos saber en qué está metido ahora, aunque dudamos, dudamos. Hay quien dice que es el indignado que huyó de Sol tras ver su boleto de “primitiva” lleno de euros; otros dicen que anda en lo de Chueca. Uds. verán. Vergüenza no le sobra, desde luego. Mis fuentes me dicen, no obstante, que la foto fue tomada en un habitat que le es propio: una covachuela. ¿Qué estará tramando?

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Flatseh mob!!


Pues sí. Pensé en acabar con todo, con la concentración de Sol, haciendo algo así:

.

Se imaginan si los del 15-M, de repente, se ponen los pantalones campana, y se ponen a bailar con una coreografía con la música de Libertad sin ira.

Sin embargo, he decidido ser serio.

No queremos más partidos. No queremos más intermediarios de la auténtica voluntad popular. Para acabar con este estado de cosas, sólo hay una solución. Ya lo decían días atrás: no tenemos nada contra los políticos, sólo contra los partidos.

Hace falta un hombre fuerte.

Se preguntaban quién está detrás. Es hora de que se sepa.



ACTUALIZACIÓN:

Esto es imparable:

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De otro tiempo

y de otro mundo era Severiano Ballesteros. Y no solo su nombre. O su apellido (pronounced buy-yuh-STAY-ros).

Ayer y hoy repasan parte de su vida. La imágenes son de otro tiempo:

  • Los colores, por llamarlos de alguna forma, de la televisión de la época. Pálidos y desvahídos frente a la saturación actual de los grines verdes.
  • Las blusas frente a la omnipresencia del polo (con cuello, por supuesto) actual Los generosos cuellos de los polos.
  • Los jerseys de cuello de pico monocolor. Preferentemente el tradicional azul marino con el que jugaba los domingos y con el que fue llevado al crematorio. Tuvo visión de futuro: no deja de ser una forma de vestir un cadáver. Hoy se usan improbables combinaciones de cuadros, rombos, rayas y arlequines.
  • La cabeza descubierta. Hoy inevitablemente usan gorra: por cuestiones publicitarias imagino. No hay momento más delicado de una retransmisión de golf que el saludo del hoyo 18. Los jugadores se descubren y descubrimos, la mayor parte de la veces, una alopecia incipiente o una alopecia galopante. Y las marcas del moreno.
  • La cabeza cubierta. En 1980 Ballesteros juega la última ronda del Masters de Augusta cubierto con una especie de quepis. De otro tiempo.
  • El público invadiendo la calle del dieciocho mientras los jugadores se dirigen al último grin.
  • El País se refiere hoy a ese tiempo en su portada: la miseria del franquismo. Ballesteros nació el año de gracia de 1976 en el Open jugado en Royal Birkdale. Tenía diecinueve años (con esa edad TW no era aún profesional mientras que Manassero aún no ha llegado a ella y ya ha sido decimotercero en un Open: su gorra lleva aún publicidad de Kinder) y una sonrisa. Llegó líder a la última jornada para solo aprender a perder.

    En ese verano Adolfo Suárez fue investido presidente del Gobierno, se disputaron los JJ OO de Montreal y, lo que es más raro, el Atlético había ganado una copa.

    También en las miserias del franquismo nació El País.

Ayer la CBS inició la retransmisión sabatina de golf dedicando veinte minutos a la vida de SB. Nick Faldo es color-commentator y apenas puede contener las lágrimas. Nick Faldo es contemporáneo, competidor y compañero de Ballesteros. Y, también, es el Valdano del golf. Valdano es el Valdano del fútbol y es famoso, sobre todo, por haber sido el mejor espectador de la jugada de todos los tiempos. Nick Faldo jugaba la partida final del Open de 1988 en Royal LItham and St Annes. Era lunes y completan la partida Nick Price y Ballesteros. Price lleva dos golpes de ventaja a Ballesteros y Faldo. Hasta el hoyo once siete todo es más o menos normal pero desde elen los once en adelanterestantes Ballesteros encadena birdie tras birdie [dos pares, dos bogeys, seis birdies y un eagle: un total de -6 en once hoyos] en respuesta a los buenos birdies de Price. Uno de los mejores finales de un major. Incidentally, Ballesteros nunca volvería a ganar uno.

También está Ian Baker-Finch quien ganó el Open de 1991. Antes, en el Open de 1984 en St. Andrews IBF es colíder al llegar a la última jornada. Disputa el partido estelar con Tom Watson justo detrás de la partida en la que viaja Ballesteros. Desde el tee del 18 de St. Andrews asiste al momento más recordado de la vida de Ballesteros: el putt de “la metí”. Comenta lo que vio y, sobre todo, lo que alcanzó a oír desde el tee.

(el vídeo fue subido a principios de julio del 2009, veinticinco años después de los hechos. A mediados de ese mismísimo mes Tom Watson, quien jugó las primeras jornadas con un Manassero de dieciséis años, tuvo un putt para ganar su sexto Open… y falló).

También repasaron ayer el Masters de 1980. Allí Ballesteros ganó su primer Masters y su segundo major. Llegó líder a la última jornada con nueve golpes de ventaja sobre Newton. Ballesteros se deja siete en el Amen Corner después de mandar dos bolas al aguan. La victoria no peligra: su competidor es australiano. En 1980 sólo un extranjero, Gary Player sudafricano, había ganado un Masters. Ningún europeo, ningún australiano. Ballesteros gana. Después vienen Faldo, Langer, Woosnan, Langer, Olazábal. También Weir, Cabrera, Singh, Immelman o Schwartzel… pero aún hoy ningún australiano ha ganado un masters.

En el año de gracia de 1979, también en Royal Lyntham and St. Annes, Ballesteros gana su primer Open 73-65-75-70. Es el año del tiro al párking; más famoso por la imagen que por lo que fue: audacia y estrategia. Ballesteros viaja en la última jornada con Hale Irwin, vigente ganador del US Open. Hale Irwin tiene un gesto inédito antes de llegar al último green: saca un puñuelo blanco de rendición.

En golf social mulligan es la segunda oportunidad que se toma uno después de fallar un golpe. Ballesteros decía que en su vida tuvo un mulligan: el 7 de diciembre del 1983 estaba en la lista de embarque del vuelo AO134 con salida en Madrid y destino Santander. Pero lo perdió.

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73-65-75-70

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Gromek

Se decía de Hamburgo, aunque había nacido en Altona. Es cierto que desde 1937 el viejo burgo danés se había incorporado al Gau de Hamburgo, y que luego siguió perteneciendo a la ciudad del Elba. En 1916, segundo año de la Gran Guerra, cuando nació Hermann Gromek, hijo de emigrado de la Silesia, católico resignado a una vida de penurias, minero en su disputada tierra natal y estibador en la de acogida, nada hacía pensar que el niño que cantaba en el coro parroquial fuera muy distinto de sus padres y abuelos, salvo por su privilegiada voz, que adornaba igual una cantata que el Horst Wessel, al principiar la década hitleriana. De ahí a las SA y más tarde a las SS, apenas tres o cuatro años, no recuerdo, tras falsificar un certificado de Auslandeutsche. Corpulento y obstinado, se destacó como un tenaz obediente: si había que amedrentar a alguien era quien más miedo daba; si se precisaba un escarmiento, el que más rápido actuaba, y con mejores resultados. Ganó así la confianza de algunos chupatintas de la Sicherheitdienst Amt que necesitaban de sus facultades para algunos trabajos especialmente desagradables, cuando todavía no convenía escandalizar a los industriales prusianos que tanto apoyo daban al Grofaz en ciernes. Claro que la virtud de no preguntar y sólo obedecer implica riesgos y si te usan para aplastar la cabeza de alguien y resulta que el finado tiene contactos mejores, la cosa se pone fea y hay que buscar amigos para ponerse a salvo, cobrando viejos favores y recordando papeles que otros guardan. Así que de Berlín a América, en 1938. Nueva York o Buenos Aires, le dieron a elegir.  Fue la ciudad del norte, que había allí no sé qué parientes lejanos que tenían una pizzería -Pete’s- entre la 88ª y la 8ª, cuando se convierte en Central Park West. Claro que no se acostumbró, y además, en 1940 ya era un sospechoso que no había evitado relaciones peligrosas con los tarados del Deustche-American Bund. Unas llamadas le convencieron de que su incidente se podría olvidar si se alistaba en el cuerpo de combate de sus SS, que ya se había fogueado en Polonia y parece que iba a cobrar más protagonismo bien pronto. Le mantuvieron el grado, Scharführer SS, pero tuvo que pasar por la rígida instrucción de Cernay, en la Alsacia ocupada, que los nuevos señores llamaban campo de entrenamiento de Sennheim, donde coincidió con voluntarios extranjeros de toda calaña, locos, idealistas, oportunistas, traidores y delincuentes veteranos, con algunos de los cuales no perdería ocasión de hacer tratos en años por venir. De allí a la 4ª División  SS Polizei y al norte de Europa, a ayudar al Grupo de Ejércitos del Norte en su marcha hacia Leningrado, que es lo que decían en los cuarteles de Prusia Oriental antes del 24 de junio de 1941, sin pararse a considerar que esa era un división de policías y matones a la que iban a dedicar a operaciones antipartisanas, oficio ideal para un tipo como Gromek, y una suerte además, porque aún no vestía las runas germánicas en el cuello, para eso hubieron de esperar sus camaradas al año 42, cuando pelearon junto a unos dementes españoles en el sector del río Volkhov. Una suerte, digo, haber caído prisionero de una patrulla soviética perdida tras las líneas alemanas, en retirada, en diciembre de 1941. Y una suerte que su años de lucha callejera con los comunistas en Hamburgo y en Berlín le hubieran permitido conocer los modos y los gestos de sus enemigos, que sólo lo eran porque tenían al proletariado como dios, en lugar de a la blonda nación alemana, que tampoco era la suya de origen y bien que lo sabía él, tanto tiempo mintiendo y justificando un acento extraño. Pero como la adoración común era el Estado y conocía los lemas y además el polaco era su idioma materno, les convenció de que era un desertor y que quería unirse a las fuerzas rojas. Con los seis o siete comisarios que le interrogaron en una isba en la retaguardia, humo y cebollas, cuero y vodka, ya no fue tan fácil, pero alguien decidió que en la lucha de la Madrecita Rusia a la vanguardia del proletariado era mejor sumar que restar y que al fin y al cabo, moreno de pelo, hablando polaco y algo de ruso y con ese apellido, bien podía ser que sirviera para algo: para empezar revelar posiciones alemanas, y colaborar con la propaganda roja. Todo a satisfacción, así que pronto, cinco o seis meses y en el verano de ese año nos lo encontramos como enlace con la Armija Ludowa del comunista polaco Berling. De Leningrado a Varsovia, con otro uniforme, pero mejorando en lo suyo, el sutil arte de doblegar voluntades y servir a sus amos. Nada que Gromek no dejara de disfrutar. Lo que pasa es que no era de fiar, porque, todo se sabe, un expediente con tantos vaivenes da que pensar y aunque fue abnegado y puntilloso en el servicio encomendado, no dejaba de ser inverosímil su conversión -él ya lo veía venir- así que fue reuniendo confidencias, detalles y alguna amistad que, llegado un apuro, le sirvieran para conservar la vida en un torbellino como el que vivía. Supo que le llegaba la carta del triunfo cuando conoció, durante un interrogatorio, a un tipo especialmente abyecto, un comunista alemán que colaboraba desde la Guerra Civil española con el NKVD (en España había liquidado a los alemanes que no eran suficientemente estalinistas). Había llegado el camarada Ulbricht a su sector para interesarse por un par de generales prisioneros, a ver si hacía de ellos lo mismo que en abril del 43 con Paulus y allí, en Jarkov, selló un pacto con el futuro presidente de la República Democrática Alemana. Y es que a Ulbricht, bastante bebido, se le fue la mano, pero fue Gromek el que asumió la responsabilidad, la reprimenda y unos meses en un batallón de castigo, del que salió milagrosamente vivo porque después de Kursk los Grupos de Ejércitos Centro y Sur alemanes no hicieron más que correr en dirección a casa. Reclamado por Ulbricht ya no dejó su compañía hasta 1953, en momentos complicados para el camarada Primer Secretario, tras la muerte de Stalin, lo que hacía conveniente eliminar testigos innecesarios de sucesos inconvenientes. Así fue para unos cuantos, no para Gromek, no se sabe si por simpatía, lo que sería inaudito para un sesudo comunista alemán, o porque el sagaz Hermann tuviera un seguro de vida frente al malévolo Walter. Decidió el camarada Primer Secretario que el esbirro siguiera al servicio del Estado, en la organización más depurada y eficiente de la Alemania popular, su querido Ministerium fur Staatssicherheit, la omnipresente Stasi, en al que Gromek iba a pasar, un tanto amargado y más cínico que nunca, sus últimos años de servicio como simple escolta en la Sección 10ª, por aquella casualidad de que recordaba su inglés de emigrante forzoso. Podía haberlo evitado, pero le llamaba la atención el pulcro americano, tan aseado y con una novia tan entregada. Le siguió. Podía haberle esperado en el hotel, ya nada iba a ganar en la Stasi, ni ascensos ni un retiro mejor  que el habitual, pero se aburría y la querencia de una vida entrometiéndose le pudo. El símbolo matemático garabateado en la tierra, en la entrada, el Zippo que nunca funcionaba, los golpecitos sobre el abrigo del desconcertado Armstrong (¡si estaba confesando!), mezclados con las notas de la BWV 39 Brich dem Hungrigen dein Brot, y el viento frío de Rusia alimentaron sus últimos pensamientos, dentro de aquel sucio horno.!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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José Antonio Peñascales Robles-Ripoll no fue un estudiante brillante. El niño Peñascales, para ser sinceros, era bastante malo en casi todas las asignaturas, a la par que un punto díscolo y lenguaraz, cualidades que había heredado de su habladora y fértil madre, esposa del contable Pedro Peñascales e hija de un notario arruinado por culpa de unos desalmados estafadores, valones creo, que le vendieron, allá por 1950, unas acciones en la sociedad explotadora de las minas de diamantes de Songoro-Cosongo, en la frontera entre el Congo Belga y Tanganica. Siendo un hombre tan culto y preparado, nadie entendió como no vio venir a esos malandrines, cuya mercantil decían domiciliada en Moulinsart Castle, en Gravesend, Londres, y además llamándose uno de ellos Archivald Kurtz. Lo cierto es que nadie lamentó su ruina, que colmó de paz y dicha a los que le habían conocido como Pere Roures i Ripoll en los tiempos de su militancia en la Lliga. Claro que ese desafortunado golpe de fortuna truncó los planes que la familia tenía para la unigénita y mimada Monserrat Robles-Ripoll Fornieles, que solamente pudo hacer casamiento con el joven Pedrito Peñascales, a secas, alguien que a duras penas terminó perito mercantil en una escuela nocturna de Tarrasa y único candidato al alcance de una familia tan venida a menos. Así que el niño de la nueva España se crió entre lamentos de su ajada mamá por el oropel perdido y las fatigas del esforzado progenitor de familia de aluvión, que no en vano Pepito fue el mayor de siete hermanos engendrados, casi, casi, cuando el chupatintas iba y venía de los múltiples trabajos que afanosamente compaginaba en jornadas de veinte horas. Además salió vago y resentido. Contra los fascistas, por haber dado de lado a su ingenuo y dúctil abuelo. Contra los capitalistas, por explotar a su padre y contra los Hermanos Maristas porque le hacían estudiar, formar en fila india antes de entrar en clase y levantar el brazo sin flexionar el codo para preguntar. Contra su madre también, que le sometía noche tras noche a sesiones malévolas y empalagosas de inquina y resabio, destinadas a recordarle su obligación, como primogénito, de recuperar la posición del abuelo y de encontrar el camino de baldosas amarillas (había visto a la Garland en una sesión doble, allá por 1948, saltar por ese sendero acompañada por unos curiosos personajes y su término le parecía, inexplicablemente, el colmo de la felicidad). Ocurre que el infante no tenía inclinaciones definidas, salvo por la molicie y ese improbable retorno a la buena sociedad que le había grabado a fuego su doliente mamá. Eso sí, demostraba un agudo instinto de supervivencia que le hizo acercarse, una vez iniciados sus estudios universitarios -ya imaginaran que le matricularon en Derecho- a las Juventudes Socialistas, lo que le facilitó el tránsito por las más áridas asignaturas de la carrera entre manifas y encierros, al tiempo que desarrollaba unos lumbares flexibles, resistentes y tonificados, algo que anticipaba ya una incipiente capacidad para el medro personal. Terminada sin pena ni gloria la carrera ejerció de laboralista en Magistratura, al amparo de la federación del metal de la UGT, para lo que tampoco había que saber mucho, salvo tocar las narices en la Seat y acudir trufado de pegatinas a cuanta movilización se convocara, y además siempre había algún compañero, de esos que las habían pasado canutas con los grises, que podía dar una solución de última hora, esto es, entre el momento de recoger la toga y entrar en sala. Claro que esa es una vida de tensión y fatiga que nunca había querido para sí, y algo, era palmario, que había que cambiar, puesto que, sin descanso, su madre le recordaba que para cuándo el traslado al piso de Paseo de San Juan con la Diagonal que hace tiempo tenía mirado. Tuvo suerte, porque la corriente de los tiempos fluía con él. Los suyos acaban de ganar las elecciones, como quien dice, y el asalto al Poder Judicial se había desatado, furibundo, en 1985, que no en vano allí residían las peores alimañas de la represión, agazapadas y sonrientes bajo las satinadas togas, arteras y taimadas, no como los militares, a los que se veía venir y eran torpes en sus componendas y ya se habían encargado los suyos con la modélica pinza de Narcís y Enrique, el de todas las sopas, de laminarlos. Afortunadamente era abogado de sindicato y Ledesma (pena que su apellido fuera fascistoide) había urdido normas para que los suyos ocuparan lo que por derecho les pertenecía. Entre la instancia y las puñetas apenas transcurrieron seis meses. Una batalla ganada, al fin y al cabo ya había dicho Guerra que eso de la división de poderes era algo rancio y burgués. Sin embargo el combate continuaba, pues desde las covachuelas del gobierno de los jueces, aún mal dominado, se le exijía fallar, fallar y fallar, algo un punto excesivo y que, en demasía, no entraba en su planes. Incluso reprimendas le llegaron desde Jueces para la Democracia, asociación a la que se había apresurado a incorporarse en cuanto llegó al juzgado por el turno del reconocido prestigio (y cuan orgullosa se veía a la Sra. Viuda de Peñascales -sí, el padre murió de infarto en una casa de mala nota, aunque dijeron que fue por exceso de trabajo, que también-).

Pobre José Antonio. Haber sentado plaza en juzgado de instrucción no le había gustado, pues el Derecho Penal es enjundioso y desagradable, ¡pero que le hicieran trabajar a destajo era inaudito! Por eso se adhirió con fervor a la doctrina constitucional que declaró, bien declarado, que los instructores no podía resolver asuntos que hubieran investigado. Su fino olfato, sin embargo, le hizo ver que con una reconversión industrial casi finiquitada, la gente corriente y moliente sin un duro y con Solchaga y Boyer inoperantes, esa jurisdicción no iba a ofrecerle más que sinsabores porque el no era quien para condenar a reos de hurto famélico. El siguiente paso en su carrera era lógico: Magistratura (sí, ya la llamaban “lo Social”, para olvidar el vocabulario de la Oprobiosa), donde era conocido, se sabía -más o menos- la materia y era todo fácil y campechano. Además allí el rey era el trabajador, faltaría más, y la empresa poco menos que iba a hacer autocrítica. Un repaso al Estatuto y a sentenciar alegremente. Además aquello es el paraíso de la justicia rápida y popular: inversión de la carga de la prueba y testigos y más testigos. El imperio absoluto del principio pro operario, tan nítido, tan bien diseñado por el Supremo, tan -duele decirlo- joseantoniano, tan cómodo. Tanto que hace unos meses, después de, no se vayan a pensar, veintitantos años en la Carrera, han expedientado al niño Peñascales, dicen que porque el sesgo de sus sentencias es unívoco desde entonces; dicen, mal pensados, que la prueba reina en su juzgado, intangible en suplicación, es la testifical; y dicen, en fin, que víctima de algún tapado popular que desató el bulo de que su aversión a ninguna promoción al Tribunal Superior de Justicia (oportunidades hubo incluso con la criatura Michavila) ocultaba una escasa afición a los legajos, rollos -stricto sensu, no sean retorcidos- y autos. Envidiosos y traidores los creo más bien, vendidos al bandazo zapateril, entregado a las órdenes de la prusiana Merkel, enemiga natural de los obreros, que tantos derechos tenían en el Estado de las Autonomías. Menos el de trabajar.

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La vida de Lanzmann

De Claude Lanzmann sabía poco más que es el director de Shoah. No he visto completa la película, aunque sí casi toda, a salto de mata, por así decir, y en la Red. Y no por su extensión, sino porque hay fragmentos que te hacen abandonar, hasta que recuperas el ánimo para seguir, que no suele ser pronto. Debe de ser por eso que el dueño de esta casa retiene desde hace ¿dos años? los discos que Brazil le prestó y que me prometió “en cuanto yo los vea”.

Hace unos meses vi que Gallimard había publicado una especie de autobiografía de Lanzmann: Le lièvre de Patagonie. La compré en la librería Pasajes, en rústica, en la edición de Folio. Y la he leído como he visto la película, saltando de aquí allá. Unas setecientas cincuenta páginas que nos revelan una vida casi de aventura y, desde luego, que hubo detrás del lento camino hasta esa película en la que consigue que víctimas y verdugos revivieran aquello que a veces no se sabe ni nombrar, eso que sucedía mientras él colaboraba con la resistencia comunista en la Francia ocupada, en la que por circunstancias más bien casuales, como sus compañeros Womser y Hoffnung, no se vio en los vagones de mercancías.

El libro, muy bien escrito, con el oficio del periodista trotamundos que dice que no quiere ser, nos relata el camino tortuoso y un tanto inconsciente que le lleva a saltar de aquí allá, como el roedor del título, inasible como su vida. Un camino que va desde el exilio interior junto a un padre veterano de la Gran Guerra, abandonado por su muy semita mujer, y que es miembro también de la resistencia, pero de la que sostienen los aliados y los gaullistas. Condenado a muerte por el Partido Comunista Francés en 1944 por no traicionar a su padre, precisamente, y después estudiante en París, viajero subvencionado y desplumado en Italia, ladrón de libros de filosofía hegeliana, amigo de Israel y del Tsahal, profesor en la novísima Universidad Libre de Berlín durante el Puente Aéreo (y donde solivianta a la administración militar francesa con sus seminarios sobre antisemitismo, producto de su acercamiento a la cuestión desde la sartriana Réflexions sur la question juive), admirador del filósofo bizco y parte del círculo más que intelectual que formaba con la Beauvoir, pionero occidental en el reino opaco de Kim Il Sung, partidario de la independencia de Argelia y cineasta documental ejemplar.

Ya digo que me parece que escribe muy bien Lanzmann, que la obra se deja leer como una novela de aventuras, y que la agilidad narrativa se hace compatible con las reflexiones de quien ha militado -y mucho- en causas comprometidas y que -más allá de su razón- se ha jugado el tipo por ellas, lo que le permite distanciarse de la izquierda epatante y de salón, aficionada a la alfombra roja y las huevas de esturión. Que el autor sea honesto en lo que cuenta no lo voy a poner en duda, pues si afronta el relato de su vida con la honestidad que revela Shoah, le doy crédito, eso sí, con presunción iuris tantum.

Dos detalles me llaman especialmente la atención: la admiración por Sartre y su actitud ante los insurgentes argelinos. Sobre el primero diré que no es habitual para el lector español encontrar un perfil agradable del filósofo francés, y Lanzmann lo da. Deja claro que admira al autor existencialista y esto hay que tomarlo como viene, pues es el fruto de las relaciones personales con el personaje, su compartida concubina y su entorno. El tiempo ya ha puesto en su sitio al autor de La nausée y a muchas de sus opiniones y amistades políticas. Y en cuanto al segundo detalle, el entusiasmo por la causa argelina raya en la traición, que no es lo mismo manifestar el apoyo intelectual a la independencia de una colonia que andar pegando saltos de risco en risco por las montañas cabileñas con una columna de insurgentes. Los acuerdos de Evian que firmó Mendes France para acabar con la guerra colonial y que el antiguo maquisard tuviera ya formada una tupida red de relaciones supongo datos esenciales para hacer olvidar a los fiscales de la República su cometido acusador, que ya habían satisfecho en el famoso proceso Jeanson, en el que se juzgó y condenó a algunos de los que llevaron hasta sus últimas consecuencias los postulados del Manifiesto de los 121.

Una vida o muchas, todas interesantes. Filosofía, la historia reciente de Francia, Shoah y sus demás películas, Israel, la revista Les Temps Modernes, que dirige desde 1986, mil cosas más, como ramas del tronco robusto de una personalidad desbordante. No sé si está traducido, pero si leen francés, no dejen pasar la ocasión de hacerse con el libro.

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Tsesperanza


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No, no pido el voto para Esperanza …


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Jim en Sarawak

Para Mercutio, rediós

En el n º 13 de la calle Albion de Londres, murió el 9 de mayo de 1963 el último de los rajás blancos. Se llamaba Charles Brooke Vyner. Realmente no tenía historia, ya que no dejaba de ser un simple heredero. Había gobernado en Sarawak desde 1917 hasta 1946. El hombre se piró con toda su familia a Sidney cuando vio que los japoneses no leían Lord Jim. Como estaba forrado no lo pasó muy mal. Eso sí, aprovechó la ocasión para ceder Sarawak a los ingleses. Por esa razón, después de la guerra, sólo estuvo unos pocos meses en lo que había sido su reino, antes de marcharse a Inglaterra a vivir de la generosa pensión concedida por el Gobierno inglés.

El tipo, además, había nacido en Londres, se había educado en los mejores colegios y estudiado en Cambridge, estaba casado con una inglesa, hija de un lord, y tiene una pinta que no mola. Así que sus problemas para gobernar sus cien mil kilómetros cuadrados y sus expediciones para acabar con los cazadores de cabezas, no nos interesan.

En fin, heredó porque era el hijo mayor (de los supervivientes) de Charles Anthoni Johnson Brooke, y éste, el segundo rajá blanco, es más interesante. Charles heredó porque su hermano John era un bocazas. Los dos eran sobrinos de James Brooke, pero John era el mayor. Como James no tenía hijos (al menos legítimos), le tocó la lotería. Sin embargo, le dio por hablar mal de su tío (y, como veremos, el contenido de la maledicencia podía ser variado), que se cabreó y cambió un sobrino por otro.

Charles era marino (de los de la Royal Navy), y después de unos años ascendiendo desde guardiamarina a teniente, pensó que le iría mejor con su tío, desalvajizando salvajes y ganando dinero. Al nombrarlo heredero le dieron el nombre de Rajá Muda (que vayan ustedes a saber qué significa), y en 1868 se hizo cargo de todo el pastel. El hombre se casó, en Inglaterra, con Margaret, que se llevó a su hermano, Harry, con ella. El hermano se dedicó a publicar libros de viajes de esos que debían de leer Verne y Salgari.

Bueno, a Charles le dio por perseguir la piratería, abolir la esclavitud, meterse con los pobres cazadores de cabezas, buscar petróleo, construir caminos de tren. También creó los Rangers de Sarawak, a los que los japos darían para el pelo en 1941. Su pinta me convence más, con sus grandes bigotones. Además, tuvo con la Ranee (ese era el título de su mujer) siete hijos, y se le fueron muriendo hasta que optó por llevarla a Inglaterra a parir. Los tres últimos se salvaron del cólera. También vivió lo suficiente Esca Brooke, el hijo adoptivo de un reverendo anglicano que tenía un aspecto entre malayo e inglés (ya me entienden).

El caso es que, aunque me convence más, no justifica la entrada, por muy rajá blanco que fuera.

James Brooke es otra cosa, sin embargo.



El tipo había nacido en Benarés, en 1803. Su padre era juez y su madre era hija ilegítima de un noble escocés (de algún sitio debió de salir la fortuna). Al chaval le mandaron a casa a estudiar, pero era rebelde y le dio por escaparse, antes de terminar ingresando en la escuela militar de la Compañía de las Indias Orientales. Se supone que allí tuvo un romance con la hija de un clérigo, pero se rumorea que ese episodio lo añadieron después sus biógrafos para hacerle conocer mujer. El caso es que el tipo volvió, como oficial, a la India, y en la Primera Guerra Birmana, estuvo a punto de palmarla, aunque se llevó unas cuantas medallas. Las heridas debieron de ser de consideración, porque vuelve a Inglaterra y tarda cinco años en intentar reincorporarse. No me pregunten por qué no fue readmitido, porque no lo sé. El caso es que durante unos años intentó ganar dinero en la decente actividad de import-export, pero no se le dio muy bien. Así que, cuando murió su padre y le dejó 30.000 libras, ¿qué hizo? ¡Joder, lo que haría cualquiera! Se compró una goleta de 142 toneladas, The Royalist, la armó, contrató una tripulación de tíos bragados, cagondiós, con el cuchillo entre los dientes, y se ofreció al mejor postor.

Y el mejor postor fue el sultán de Brunei, un sujeto melifluo que no nos interesa, y que estaba hasta los mismos de los dayaks (usamos ese nombre porque nos da la gana) y otros tipos levantiscos que pululaban por Kuching. Resolvió rápido la controversia puntual y, al parecer, sin gran derramamiento de sangre, pero como el sultán no estaba por la labor de pagar sus servicios, se fue con la goleta hasta Brunei y, recontradiós, le obligó a nombrarle gobernador de Sarawak. Así comenzó la dinastía de los Rajás Blancos.

La verdad es que los “estados” de James, al principio, eran una cosa pequeña, pero terminaron convirtiéndose en un estado tocho, ya que James y su sobrino Charles, después, solían convencer cada cinco o diez años al sultán de que les concediera un pedazo más (fíjense en las divisiones: la primera es de 1846, la segunda de 1853, la tercera de 1961, la cuarta de 1882 y la quinta de 1890; ya ven cómo le dejaron al pobre -es una manera de hablar- sultán).



También ayudaba que los ingleses se hubieran “establecido” en Labuán y que hubiesen designado a James (que, no lo olvidamos, era uno de los suyos), gobernador del lugar (además de nombrarle caballero, para que no cantase que un inglés de origen tan dudoso estuviese mandando tanto por el Mar de China). Algo de resentimiento por los orígenes debió de haber en las denuncias (que fueron archivadas, ¡eh!) que en 1851 llegaron desde la metrópoli sobre el supuesto comportamiento excesivo del Rajá. Puaj.

James se las tuvo que ver con unos tipos de cuidado, como Syarif Masahor y el Rajá Ulu; tipos contra los que no te podías andar con mariconadas, y el caso es que estuvo ocupado en sus batallas, asedios y demás. Nos cuentan que tuvo un hijo ilegítimo (llamado Reuben G. Walker, que años más tarde se hacía llamar George Brooke, “nacido en Sarawak”) y que se casó con una nieta del sultán, Penigran Anak Fátima. Sin embargo, los rumores sobre su amistad con adolescentes le persiguieron toda su vida. Tampoco es raro, considerando los efluvios epistolares respecto del príncipe Badruddin, un (por suponer que no quede) hermoso malayo de piel cetrina, …


… my love for him was deeper than anyone I knew …

…y sus (dicen algunos) amoríos con el nieto de un conde, durante el par de años que estuvo en Inglaterra para ser nombrado cónsul, gobernador y caballero de no sé qué de Bath. Debía de ser un tipo encantador, ya que, al principio, acosado por la poca rentabilidad (¡dónde están mi oro y mis diamantes!) de sus tierras fue capaz de convencer a la Baronesa Angela Burdett-Couts, una señora ampliamente forrada, para que le financiase. En fin, no añadiré cosas acerca de lo buen gobernante autócrata que fue y de cómo llevó a inglesitas como maestras. Total, seguro que fue un cabrón con pintas, ¡recontrarediós!



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