Ya lo he hecho antes y he flaqueado. Siempre aparecía algo que comentar y me decía -demostrándome de nuevo que no por reconocer (y reconocerme) que la vanidad es mi peor defecto el defecto desaparecía- “quién mejor que yo para hablar de esto”. Así que, esta vez, he probado algo diferente. He dejado de escribir durante un mes, a ver qué pasaba. Y me he entretenido menos paseando por la interné. La cosa ha ido bien. De vez en cuando he escrito mentalmente un comentario o he pensado que tal cuestión merecía una entrada, pero ha sido pasajero. Un mes más tarde me he hecho un chequeo y el resultado ha sido satisfactorio.
Aclaro: las cosas me van estupendamente bien. Tampoco es, en realidad, un problema de tiempo, aunque ganaré tiempo para algunas cosas importantes. Pasa, además, que no me gano el pan con mis opiniones (y, no crean, no estaría mal como excusa), que eso sí obliga en esta época a estar en la pomada. Es cierto, disfruto hablando con ustedes, sobre todo cuando me dan la razón, pero la contrapartida es una dependencia excesiva, una adicción a la opinión pronta y a estar pendiente de lo que dicen los demás, incluso a la obligación de intentar estar al nivel de ciertas expectativas.
Me voy a curar de mi adicción. En cierto sentido, algo así intenté al ir aumentando el número de editores; pero es una falsa respuesta ya conocida. No se deja de fumar intentando fumar sólo cinco cigarrillos al día.
Sólo publicaré, muy de vez en cuando, una entrada para la Antología. Quiero, al menos, terminar eso, aunque tarde en hacerlo, pero no voy a intervenir ni este blog, ni en otros blogs, ni en twitter.
Naturalmente, el blog queda abierto. Me voy a convertir en lector anónimo de Las cuatro esquinas del mundo, mientras haya quien quiera actualizarlo.
Estoy localizable en mi correo, para lo que precisen.
Read Full Post »