Supe de la historia de Ignacio González de la Puebla en un viaje del ecuador. Me la contó Doña Carlota, en las casi tres horas que pasamos en Vermont o en Maine, que ya no recuerdo dónde. Íbamos camino de la República Dominicana, para una semana, cuando hicimos escala. Doña Carlota me pidió ayuda. Dijo que para un chico tan guapo y tan fuerte era cosa de nada acarrear su pequeña maleta, y yo no supe qué contestar. Era una negra rotunda, tal y como había imaginado al creador de impostores inverosímiles, aunque quizás lo fueran todos y sólo pasase que no les estaba acostumbrado. Y es que no es como ahora; entonces sólo veíamos negros por la televisión. Mientras caminábamos por el pasillo me preguntó mi nombre dos veces. Yo estaba despistado, viendo cómo mis amigos se partían de risa. Y Doña Carlota tuvo que preguntar de nuevo y advertirme de que si no prestaba atención podía caer por una escalera mecánica o perder el tren del amor, y por la cursilada estuve a punto de tropezar y convertirla en pitonisa. Así que le dije como me llamaba y ella me contó que un primo suyo se había llamado igual y que había muerto de unas fiebres en Ciudad de Panamá. La cosa se estaba volviendo francamente ridícula, cuando me explicó para qué volvía a la República Dominicana. Su último marido “dormía plácidamente en el vientre del avión” y ella lo llevaba de vuelta a casa. Tenía entonces, como tantos otros ilusos de veinte años, la fiebre del escritor, y pensé que había algo fascinante –seguro que pensé en esa palabra- en una viuda que hace un viaje en avión con un ataúd forrado de plomo como acompañante. Ahora sé, no necesito que me lo digan, que no es algo precisamente muy extraño, pero ¿qué quieren?
Le pregunté de dónde venía, y me contestó que había salido hacía tres días de Zurich. Doña Carlota había enviudado dos veces, y las dos de diplomáticos. El último era vicecónsul, o algo parecido, y había muerto de frío. Así me lo dijo, y yo la creí, porque al decirlo miraba la ventisca al otro lado de los ventanales. Entonces fue cuando me contó la historia.
Yo desciendo de españoles, ¿no sabes? Mi tatarabuelo fue guarnicionero. Le fusilaron los trinitarios cuando la restauración. A mi tatarabuela, que les gritaba “mentecatos” sin saber qué significaba, le dijeron que por espía de los españoles, pero yo creo que todo fue por una confusión. Se llamaba Ignacio González de la Puebla
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Doña Carlota me contó una historia y me dio un número de teléfono y una dirección. Tenía taaantos papeles que enseñarme sobre su tatarabuelo. Pero no la llamé. Sí, estaba infectado por el virus literario, pero era una infección leve. Había playas y mojitos y chicas a la vista, y el realismo mágico podía esperar ante tanto realismo real. Pero, a la vuelta, le escribí. Y ella, sin mencionar mis faltas juveniles, me contestó y nos carteamos varias veces. Me hablaba de muchas cosas, pero sobre todo de su tatarabuelo, corrigiendo las versiones oficiales, que encontraba por ahí, con la historia familiar, a veces acompañada de copia de algún documento que probaba esto o aquello. Doña Carlota me decía: “Tú escribirás la verdadera historia de mi tatarabuelo”, asegurando saber que tendría un gran éxito, porque yo, además de guapo y fuerte, era talentoso. Pero no creo que lo pensase realmente, era sólo que tenía alma romántica y le gustaba doblar las hojas y meterlas en el sobre y andarse hasta la estafeta y hacerse la interesante delante del empleado de correos. Murió hace unos años. Lo sé porque una sobrina suya me escribió. Había encontrado mis cartas y pensó que quizás me gustase saberlo. Ahora, que han pasado tantos años, es un buen momento para “escribir” la historia y darla a conocer. Seguro que Doña Carlota me perdona el retraso de dos décadas.
No existen casi datos de Ignacio González de la Puebla. En las actas del juicio se dice que nació en 1829 en La Puebla de Montalbán, pero Doña Carlota afirmaba que eso era falso. Él nunca desveló su auténtico lugar de nacimiento, pero su mujer y sus hijos fueron recogiendo detalles, como migas de pan, descuidos o pistas abandonadas a posta, a lo largo de su vida. Uno de los más recurrentes hablaba del mar y de barcos que partían hacia las Américas, y de ahogados y tormentas. Cuando se le preguntaba por la familia, afirmaba que la difteria se la había llevado toda de niño, y que fue criado por un tío materno, guarnicionero y sacristán itinerante, que le enseñó tres cosas: a trabajar el cuero, a hacer sonar un órgano y a ver venir los golpes. En las actas se dice que sus tratos con Porfirio Robles de Villafañe, vicecónsul de España en Puerto Plata, se inician a raíz de un parentesco lejano, y sobre el que González de la Puebla se negó a contestar, a pesar de que reforzaba la versión de sus acusadores. Pero es inverosímil por la diferencia de clases sociales, y tiene una explicación sencilla: esa relación era la última piedra del edificio en el que trabajó toda su vida, un legado para su mujer y sus hijos. Frente a eso tenía quizás poca importancia una mínima esperanza de absolución. El juicio era político; era necesaria una conspiración oscura e intrincada para unos hechos que, sin ella, demostraban una inmensa negligencia de los padres de la patria. La sentencia estaba dictada y no se libraría de ella echándose fango, así que callaría. Todo eso les decía. Pero me estoy anticipando.
El primer dato conocido de Ignacio González lo sitúa en Minas Gerais, más concretamente en Ouro Preto, como dueño de varias lojas. Así lo cuenta Pedro Errinate en su Historia de la República Dominicana. Y algo de verdad habría, porque en el pliego que presentó a la Secretaría de Comercio para hacerse cargo de la aduana del puerto de Santo Domingo, afirmaba contar con gran experiencia en la materia, y acompañaba una cédula dictada por Luís António Furtado de Castro do Rio de Mendonça e Faro, Gobernador de Minas Gerais, que le autorizaba la venta de tabaco y alcohol, y la adquisición de metales preciosos al peso. Tengo, delante de mí, una copia de la cédula, que creo auténtica, salvo en la fecha y el nombre del autorizado. Debió Ignacio González comprarla en el Brasil, presumiendo, con razón, que nadie notaría la pequeña circunstancia de que, al Gobernador, la tierra portuguesa le estuviese siendo leve desde antes del nacimiento del guarnicionero. También sabemos que vino de Brasil porque se trajo dos sirvientes: un mestizo que decía ser descendiente del bandeirante Juagaretê, y que profesó por su amo una fidelidad insobornable, y una mujer negra, de edad desconocida, sordomuda y malencarada. Ignacio González siempre dijo que seguía siendo dueño de sus establecimientos brasileños, y así lo hizo constar en su testamento. Pero nadie los reclamó. Su viuda decía que el Mato Grosso le quedaba demasiado lejos y bastante tenía con conservar los bienes de Santo Domingo.
Se cuenta que es en Sao Paulo donde conoce a Sebastião Filipe da Silva Gaspar Nunes Canhao, un portugués de Madeira -habrá, por dar color al relato, que suponerle refinado y decadente- descendiente de dueños de ingenios de azúcar. Hacen migas y negocios, y se embarcan juntos, y, al parecer a toda prisa, camino de La Habana (donde no llegaron por culpa de una tormenta), sin que conste la razón. Sabemos que el viaje no fue planificado por lo escaso de su equipaje, porque no reembarcaron hacia La Habana, y porque lo primero que hace Ignacio González, al desembarcar en Puerto Plata es vender piedras preciosas. En el juicio se declarará probado que se las había entregado el vicecónsul de España. Y es cierto que antes de la venta Ignacio González había visitado la legación, pero es más sensata la explicación que me dio Doña Carlota: su tatarabuelo se había dirigido a un compatriota para obtener una recomendación y no ser estafado en la venta de su tesoro.
Ignacio González de la Puebla cae en gracia en la pequeña sociedad dominicana, en la que empieza a construir una leyenda llena de misterio, fundamentada en los silencios del español. Todos dan por cierta la versión de que es rico y está a la espera de realizar sus inversiones brasileñas.
Ignacio González se encuentra con un país sin rumbo. Muchos dicen que el presidente, Pedro Santana, es lo que es gracias a los trinitarios, a los filantrópicos, a los dramáticos …, pero él no cree deberles nada. Él es un hombre de acción, y mientras los padres de la patria hablaban, él actuaba y vencía a los haitianos. Cuando pregunta a su alrededor quién ha echado a Boyer de la República Dominicana, todos responden a su entera satisfacción. La misma respuesta obtiene cuando pregunta quién ha vencido tres veces a Faustino I, Emperador de Haití. Los únicos que no responden son los muertos y los exiliados.
Sí, él se ríe de sus enemigos: o están bajo tierra o han huido como los perros que son. Sin embargo, las cosas no van bien. La patria no prospera y los haitianos siguen inquietos (ya manda, en Haití, Fabre Gefrrard, el presidente vitalicio que siguió viviendo tras ser derrocado e imitar los pasos de Faustino I, cargado de joyas, camino de Jamaica). Y, además, Santana advierte que está rodeado de traidores que no agradecen sus desvelos. Es el año de 1859.
Ignacio González lleva ya cinco años en Puerto Plata. Se ha casado con la hija adoptada de un hacendado de la frontera, llamada Dorotea. Mi tatarabuela siempre decía que conoció a su marido gracias a los haitianos, me escribió Doña Carlota, que hablaba de ella como si la hubiese conocido. Y es así, que debía agradecerlo a los haitianos, porque su padre la envió a Puerto Plata para aprender modales de señorita y para protegerla de las incursiones de los soldados de Faustino I. No aprendió mucho, porque a los tres meses de llegar ya pedía Ignacio González su mano. Dorotea tenía dieciséis y él veintisiete.
Doña Carlota me envió una copia de las capitulaciones matrimoniales: Dorotea está representada por su padre, viudo -así lo dice-, que une el acta de adopción, y que dota a su hija con gran generosidad.
Pero ella siempre se llamó hija del amor, y que si su padre la adoptó, fue porque no quiso mancharla con el estigma de ser hija natural
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Doña Carlota añadía que una cosa era casarse con una mujer nacida esclava y otra desentenderse de su propia sangre, contradiciendo un punto, con su añadido, su propia visión romántica de la vida
Dorotea le da hijos rápidamente y nuestro protagonista compra una hacienda. En ella también vive, por temporadas, su socio, Canhao, que, a menudo, desaparece de la isla durante semanas. El portugués, aficionado a relacionarse con gente de mal vivir, sin embargo, mantiene una habitación cerca del puerto.
El 15 de abril de 1858, Ignacio González da una fiesta a la que acuden todos los principales del lugar. En las actas del juicio se menciona esa fiesta por dos razones: en primer lugar, porque allí -nos dicen- Ignacio recibe a enviados de Santana, y, en segundo lugar, porque allí se da muerte a Canhao de un pistoletazo. La explicación es evidente para sus acusadores: Canhao ha estado haciendo de correo entre Ignacio González y sus amigos españoles de La Habana, y había que eliminarlo para que no hablase.
La acusación es absurda. Sí, es verdad que el socio viaja mucho, pero para hacer contrabando, me dice Doña Carlota. Y además, ¿por qué iba a desear Ignacio González que no hablase de esos supuestos esfuerzos para recuperar Santo Domingo para la Corona de España? ¿Por qué, de ser cierto, si Ignacio González era español y los nuevos dueños de la isla iban a ser españoles?
Además, es mucho más simple. Mi tatarabuelo se encontró a Canhao rondando a su mujer y le descerrajó un tiro. Y mira que se lo tenía avisado, que una mujer iba a ser su ruina.
Cuando se escucha el disparo, los invitados acuden y ven al sirviente mestizo agachado sobre el cuerpo, con la pistola en la mano, pero las explicaciones las da su amo. Así quedó, como el matador del portugués, al que había confundido con un ladrón; y nadie preguntó, porque nadie había que tuviera interés en protestar, o porque todos sospecharon que era asunto entre hombres, que sólo concernía al vivo y al muerto.
El suceso fue rescatado sólo para incluir la muerte entre los delitos del espía y hacer más florida la historia del maldito español.
La continuación es más resbaladiza, porque hay que hacer suposiciones, muchas suposiciones. Las cosas van mal en la República, y Santana empieza a estar harto de los haitianos, de los próceres y de la máquina de hacer billetes. En ese momento, le traen los papeles ocupados a un muerto en San Pedro de Macorís. No sabemos lo que decían, salvo que en ellos se menciona a un tal I. G., agente de los españoles. Santana ordena que busquen y alguien menciona a Ignacio González, notorio por su pistoletazo al portugués Canhao, y al que relacionan con Felipe Alfau, militar, trinitario, y aragonés nacido accidentalmente en Santo Domingo, como dice con gracia la Enciclopedia Dominicana.
Santana llama a Alfau y éste admite conocer a Ignacio González y haber asistido, con otro par de oficiales, a algunas fiestas del español. Así se cuenta en la nota manuscrita que aparece en las actas del juicio, escrita por Santana un mes antes de morir, defenestrado por sus amos, y con todos sus títulos oxidándose. Dice:
Fue el general Alfau el que me envenenó los oídos y me convenció para enviar los despachos utilizando a un tal Ignacio González, hacendado de Puerto Plata, y espía al servicio de los españoles. Él juraba no conocerle más que de alguna velada, pero el aragonés fue siempre un traidor y un embustero, maldito el día en que le conocí …
Nadie dudó. Nadie pareció preocuparse por el hecho de que dos iniciales y una distancia de costa a costa no parecieran suficiente base. No estaban las cosas como para dudar. Santana manda a un enviado personal. Le pide que sondee a Ignacio González sobre las intenciones de España. Hace ya tiempo que, sin pronunciarse, se ha filtrado en el ambiente que rodea al gobierno, una posibilidad poco patriótica.
Mi tatarabuela siempre habló mal de aquel hombre. Nunca nos dijo su nombre, por miedo, pero sospecho que debió ser uno de los jueces de mi tatarabuelo. Lo sospecho porque mi tatarabuela siempre terminaba hablando de su sonrisa el día que dictaron sentencia. Quizás estaba en la sala solamente. Contaba que en aquella primera visita, su marido la dijo que se fuera de la estancia, pero ella escuchó desde detrás de un biombo. El hombre hablaba de la corona y de la moneda, y mi tatarabuelo sólo asentía, sin decir palabra. Al partir, le dijo que vería qué podía hacer.
Supongo que Ignacio González es sorprendido por la visita del enviado de Santana. Como no comprende por qué se le habla a él de cosas tan graves e importantes, decide callarse y escuchar, añadiendo un “mmm” o un “claro”, de vez en cuando. Sólo quiere ganar tiempo. Lo malo es que su silencio produce el efecto de confirmar definitivamente su estatus. Desde ese momento, para Santana y su camarilla, Ignacio González es un inteligente y precavido agente al servicio de España; alguien que puede ser utilizado como correo.
Es el año 1860, y Santana ve como su gobierno se agota. Sin embargo, quiere seguridades antes de enviar a un embajador a Madrid. Se las pide a la reina Isabel II, a través de Ignacio González: títulos, dignididades, una pensión vitalicia. Los quiere para él y para sus hombres, la mayoría de ellos antiguos miembros de las sociedades que habían creado la República. Ignacio González no sabe qué hacer. Por miedo a que descubran que no es quien sospechan que es, se compromete a hacer gestiones y parte para La Habana con unos despachos secretos.
A su vuelta, manda un simple mensaje: “ya está hecho”. Santana ve una puerta abierta y manda a Felipe Alfau a Madrid.
En España nadie sabe nada. Sólo ven a un embajador del presidente de la República, alguien que deja caer el nombre de un tal Ignacio González, y que afirma querer entregar Santo Domingo de nuevo a la corona de España. La oferta es tan estrambótica que, al principio, no se toma con seriedad. Sin embargo, los informes llegados desde Cuba confirman la posición del enviado y las dificultades de Santana.
El gobierno español, necesitado de algún éxito internacional, se apresura a consentir. Que quiere Santana ser marqués, pues se le hace. Que quiere ser gobernador civil, pues se le hace. Y, además, se le nombra capitán general, y senador del reino.
El regreso de Alfau lo precipita todo. Santana decide apoyarse en el dúctil ayuntamiento de Santo Domingo, y el 18 de marzo de 1861, tiene lugar la opereta: los concejales redactan y firman un acta de “anexión espontánea” y arrían la bandera de la torre del homenaje, que es sustituida por la de la corona castellana, con saludo de cañoneo. Y luego, en procesión, se celebra un Te-Deum en la catedral.
¿Cuál ha sido el papel de Ignacio González en todo esto? Ninguno …
Mi tatarabuelo, en realidad, no salió para La Habana. Abrió las cartas y las quemó, y se encerró dos meses en su hacienda. Siguió la máxima de su vida: nunca hagas nada que confirme o desmienta los pensamientos de los poderosos.
Los dos años siguientes son años de prosperidad. Todo el mundo quiere hacer negocios con Ignacio González, al que en los mentideros consideran el hombre en la sombre de los españoles. Santana recibe sus títulos: le hacen Gobernador Civil, Capitán General de la Colonia, Senador del reino, Teniente General de Los Reales Ejércitos y Marqués de las Carreras, y, a la vez, le quitan todo el poder. El héroe de la independencia se empieza a acordar de sus desterrados camaradas de juventud, y murmura por los rincones, a todo el que le quiere oír, sobre la hora en que prestó atención a los cantos de sirena de Alfau y de Ignacio González, al que no llega a conocer, pero al que atribuye cada vez más responsabilidad en la anexión. Comienza a aparecer su nombre en la correspondencia de Duarte, de Mella, de Pimentel … Cuando Francisco del Rosario grita, justo antes de morir ajusticiado, que la patria ha sido vendida a un buhonero, se esparce el rumor de que el comprador es Ignacio González.
Es inevitable que se entere de que es un hombre importante. Los viejos resortes siguen funcionando y decide no hacer nada. No intenta desmentir los rumores. Quizás le produzca un cierto placer observar la reacción indefinida, puede que temor, que produce su presencia, pero es más probable que se imponga su instinto de supervivencia. Obrando como ha obrado ha llegado donde está.
Así que permanece fiel a la máscara que otros le han colocado, a pesar de que la situación se va haciendo más difícil: los alzamientos, las conspiraciones, las proclamaciones se suceden. Santana muere, enemigo de los españoles y de su mala sombra, en 1864, cuando la insurrección es generalizada y los españoles llevan casi un año poniendo emplastos. Y el temor se va convirtiendo en resentimiento. Cuando la retirada a Puerto Plata de las tropas del general Buceta, se oyen gritos que llaman a la matanza del invasor. Y entre ellos se oye, por vez primera, el grito de “Muerte al traidor González”. La familia se asusta: Dorotea le suplica que dejen todo atrás y se marchen a Cuba, pero él, terco y altanero, se niega. No tiene nada de que arrepentirse, proclama. Él es un hombre de negocios y no tiene que ver con las revueltas y las peleas de los políticos.
En 1865 los españoles, hartos de mandar tropas a la isla, la abandonan, y comienza la pelea de los próceres por ocupar el lugar de Santana. Es curioso que no se mencione a Ignacio González en la Anexión y guerra de Santo Domingo, la obra del general español José de la Gándara, el hombre que firmará los documentos que reconocen la derrota de España. Digo que es curioso porque una de las exigencias que se hacen por el plenipotenciario es que se respete la vida y hacienda de los propietarios, y los insurrectos lo aceptan, después de exigir y obtener que se excluya a unos pocos. La lista la encabeza Ignacio González, que en el “imaginario” de los padres de la patria ha ido alcanzando proporciones monstruosas. Y no sospechan que puede que estén equivocados, considerando la rapidez con la que se sella el acuerdo y la poca importancia que da De la Gándara a uno de los suyos. A lo mejor creyeron que si Roma no paga a traidores, España estaba haciendo lo propio.
Una turba está a punto de linchar a Ignacio González, y sólo se salva por la intervención del general Pedro Pimentel, que, contrariando su fama de hombre violento y poco dado a formalismos, afirma que matar al traidor, sí, pero con una sentencia. Esa decisión le llevará finalmente al cargo de Presidente de la República, aunque la excepción demostró su naturaleza: años después, moría en la miseria, en Haití.
Los padres de la patria no se ponen de acuerdo en nada, salvo en una cosa: el juicio de González es una gran idea y servirá para recuperar el fervor patriótico. Así que se convierte en un espectáculo nacional.
Mientras tanto, el preso parece no comprender. Pide que vayan a verle amigos suyos, con los que ha hecho negocios durante años. Ricos e influyentes con Santana, y más tarde con los españoles, es perfectamente comprensible que lo sigan siendo con la República renacida, a la que apoyan sin fisuras. Y también es comprensible que no quieran saber nada del español. Sorprendentemente, el general Gregorio Luperón, héroe y Vicepresidente, va a visitarle a prisión. Nadie sabe qué le lleva allí, aunque la explicación que Doña Carlota me da en una de sus cartas parece convincente:
Luperón era de Puerto Plata, hijo de una negra inglesa. El sirviente de mi tatarabuelo, el que se trajo de Brasil, se ocupaba de contratar peones para cortar madera en las propiedades de la frontera. Sé, porque lo decía siempre mi tatarabuela, que era justo y que nunca dejó de pagar un jornal. Quizás pidió un favor a un general que fue niño, pobre y peón.
Tampoco importa mucho el por qué. Lo trascendental es lo que sucedió, porque ahí se encuentra la verdadera incógnita de la vida de Ignacio González.
Mi tatarabuelo le contó a Luperón la verdad. Que él no había hecho nada de lo que se le acusaba. Que era un simple hombre de negocios, y que las famosas cartas dirigidas al Gobernador español de La Habana las había quemado antes de encerrarse dos meses en su estancia y disimular el viaje. Luperón le creyó y le aseguró que si contaba la verdad, saldría absuelto; que él estaba dispuesto a apoyarle. Que la historia era tan estúpida e increíble que tenía que ser verdad, y que, por desgracia, eso sólo demostraba en qué manos había estado la república, durante tantos años.
Días después le hicieron una indagatoria y, a la primera pregunta, si había sido espía y agente al servicio de los españoles, facilitando la venta de la patria, Ignacio González contestó que sí. Y, más adelante, hasta el día de su fusilamiento, aseguró que era él, sólo él, el artífice de la traición de Santana, que sólo había sido un títere en sus manos. Lo único que pidió fue que se respetase a su familia y sus posesiones, ya que ellos no eran responsables de sus crímenes y eran dominicanos como el que más.
No se admitieron otras pruebas en el proceso: el reo había confesado y dado todos los detalles.
La familia siempre creyó, decía Doña Carlota, que la verdad era tan deshonrosa para Santana y su Gobierno, formado por tantos patriotas de la Independencia, que su tatarabuelo fue torturado o se le amenazó con la prisión o la ruina de los suyos. Decenas de miles de muertos de la guerra no podían ser resultado de un vodevil.
Nunca le comuniqué a Doña Carlota mi escepticismo. Tanto andar arriba y abajo por la vida de Ignacio González me llevaron a una conclusión que no puedo probar. Llegado el momento de aparecer como un hazmerreír, Ignacio González optó por la más constante de sus habilidades: el fingimiento.
Mientras esperaba la muerte, se entretenía trabajando el cuero. Doña Carlota me mandó, en su última carta, un prendedor que, decía, había hecho su tatarabuelo, en prisión. Por detrás aparece grabado: Maior sum.
Puede que siguiera fingiendo.






La infección leve progresó y da como resultado esta espléndida página, tsevan, pero estoy seguro que Doña Carlota no perdonó nunca, cuando recordara al agradable joven turista con ínfulas, y mientras pudo hacerlo.
Sin embargo, gracias a su afán, y a nuestra coetaneidad, he podido ilustrarme en la wiki sobre estos acontecimientos y sus increíbles, hic et nunc, protagonistas.
Saludos.