¡Comportaos como hombres!


Tengo fiebre. No es aconsejable que escriba, pero el deber me lo exige. Tengo que compartir con otros los frutos de la inversión parental, esa cantidad obscena de pasta (¡no, obscena no, verdaderamente ofensiva!) que mis progenitores repartieron para cambiarme el gesto de constante sorpresa ante las cosas de la vida. Así que, como tengo fiebre, voy a hablarles de esa gran difamada: la fiebre.

Todo el mundo habla mal de ella, quiere acabar con ella, como si fuese nuestro enemigo. Sí, es verdad que nos deja baldados, que vemos peor, que produce dolor de cabeza, que decimos cosas extrañas. También es verdad que puede que terminemos mareándonos, vomitando, con un dolor de olla notable, y ¡hasta palmando! Pero, dejen de lado esas pequeñas incomodidades: ¡la fiebre es nuestra amiga!

Los bichitos (esos tan pequeños, tan pequeños que si se caen se matan) no producen la fiebre para jodernos. Es nuestro organismo el que produce la fiebre para joderlos a ellos. En nuestro hipotálamo hay unas neuronas que regulan la temperatura del cuerpo. Funcionan como un termostato, manteniéndonos en torno a los 37º C. Pero claro, los bichitos que nos invaden suelen prosperar a esa misma temperatura, la ideal para su multiplicación.

Por eso, cuando la cosa se pone mal, y no basta con una simple inflamación (vamos, un embotellamiento local de macrófagos y otras células que se dedican a fagocitar a los bichitos), los leucocitos -y algunas otras células- liberan unas hormonas que se llaman pirógenos endógenos (por cierto, se fabrican ad hoc, no están almacenados; el gen está desactivado hasta que se reciben las señales y se pone a currar, transcribiéndose en ARN mensajero que activa la maquinaria de la célula). Las hormonas, a través del torrente sanguíneo, llegan al hipotálamo y actúan, bien directamente, bien provocando la producción de prostaglandinas -unos ácidos grasos que realizan funciones hormonales- de forma que se modifica la temperatura del termostato, aumentándola.

Es decir, le dicen al hipotálamo que la temperatura debe ser superior y, en consecuencia -igual que hace el climatizador cuando baja la temperatura-, hace lo que debe para aumentarla: se provocan temblores, aumenta el metabolismo de grasas, y sentimos frío, de forma que nos abrigamos más y más. Es la sensación conocida del aumento de la fiebre. Así sigue, hasta que se alcanza ese nuevo nivel y para. Por cierto, también se produce una disminución de la cantidad de hierro en la sangre. Y aumenta la producción de interferón, una proteína que hace a las células más resistentes al ataque de los virus.

Todo esos tiene como finalidad dificultar la reproducción de los virus y microorganismos. La mayor parte de los bichitos necesitan, a mayor temperatura, una mayor cantidad de hierro para reproducirse. Además el aumento de temperatura produce en los leucocitos un ansia asesina que les hace comportarse con un valor y una lealtad más allá de lo exigible.

Así que, si pueden soportar una fiebre leve, déjenla actuar. No usen antipiréticos. No se comporten como esa gentuza que manda a los soldados a las trincheras mientras se pone cerda de foie gras. Piense que en cada tiritona se están cargando un montón de bichos hijoputas.

Anuncios