Tiempo (II)


Wheeler y Feynman se imaginaron una forma de entender la conocida creación de parejas de electrones y positrones que se produce cuando un fotón muy energético pasa cerca de un núcleo habitado. La cosa es así:



Como ven, el fotón (en amarillo), en un momento determinado, crea dos partículas, exactamente iguales, salvo por su carga: el electrón tiene carga negativa, el positrón, positiva. El electrón no tiene problemas en este mundo materialista. Sin embargo, el positrón como miembro de la familia de la antimateria, lo tiene crudo. Le basta con encontrarse con un electrón (y hay un montón) para que ambos (electrón y positrón) se desintegren creando un nuevo fotón, en un momento posterior.

Feynman y Wheeler, sin embargo, pensaron que había otra forma de entender el asunto: en vez de las líneas temporales de tres partículas diferentes, quizás estemos viendo la misma partícula. El positrón, según esta hipótesis, no choca con un electrón y crea el fotón. No, simplemente emite un fotón, va «hacia atrás» en el tiempo, en forma de positrón (es lo que pasa cuando haces algo así), hasta que, en su viaje, absorbe otro fotón y, al hacerlo, «rebota» hacia el futuro, bajo la conocida forma, de nuevo de electrón.

Lo cachondo es que, según Wheeler, ese fotón que absorbe puede estar creado por el dichoso electrón. Bueno, ése y todos. Vamos, que bastaría con un solo electrón (y un solo ejemplar de las restantes partículas elementales) para explicar toda la materia. Cada una de ellas, rebotando hacia delante y hacia atrás, crearían este entramado de cosas que tanto nos motiva.

(ACTUALIZACIÓN)

Recibo una prueba sorprendente de la hipótesis de que toda la materia está hecha de lo mismo.

Pongan los vídeos a la vez:




¿Avatar?: mejor Nada


Después de ver Avatar me he acordado de eso de que las segundas partes nunca fueron buenas.

No vayan a verla, es la versión infantil de Bailando con Lobos (y eso que Bailando con Lobos era la versión infantil de Un hombre llamado Caballo).

(¡Joder! Si el malo es el Aguafiestas)



Creo que Cameron se ha gastado en Apotar 300 millones de dólares. Tampoco es extraño, Cameron suele gastarse mucho dinero en convencernos de que hace buenas películas.

Sin embargo, el parecido de los nombres y esa cantidad ingente de pasta me han hecho recordar a John Carpenter. Hay una película estupenda de Carpenter, también de ciencia ficción, que es una antítesis de la película de Cameron: se llama Viven y, de modo simplemente enunciativo:

1.- Es cojonuda y «anticapitalista» (jeje).

2.- Costó muy poco dinero.

3.- No sale Sigourney Weaver.

4.- Los científicos no son los buenos.

5.- Los militares no son los malos.

6.- Las hostias parecen hostias y no un baile de la serie Fama.

7.- La gente no tiene conexiones místicas con los animales, la Tierra o Gaia; todo lo más se pone unas gafas de sol y ve tíos feos.

8.- No salen indios (quizás alguno en segundo plano, pero lleva vaqueros).

9.- Los extraterrestres son los malos.

10.- Sucede en Los Ángeles, que es feo de cojones, y no en un parque de atracciones.

11.- No hay «sardanas» en cuclillas.

12.- El protagonista se llama Nada.

13.- Cuando lo ves no te dan ganas de exterminar indígenas sinceros y puros, sino de matar yuppies.

Yo, la verdad, no le veo más que ventajas.

Tanto que, en vez de ver Apotar con las gafas de 3D, usé las de Nada, y sólo veía mensajes así:

Semprún y Nada


Gracias a mi reaccionario amigo Phil (¡no dejen de visitar su casa!), he conocido Una temporada en el infierno, el blog de Juan Pedro Quiñonero. De momento, y por lo que he visto, me parece un blog muy interesante.

Y entre lo que he visto se encuentra este artículo, que lleva a otros varios relacionados con el papel de Jorge Semprún en Buchenwald.

Desde allí he terminado en la crítica que hizo Semprún a la novela Nada, de Carmen Laforet, y que fue publicada en la revista Cultura y Democracia, el 2 de febrero de 1950. El artículo no necesita comentario alguno:

La novela elegida hoy para esta sección de crítica, y el análisis de la cual merece nuestra atención, es la obra de una joven escritora de la actual generación literaria, coronada por el premio Eugenio Nadal en 1944, siete veces editada hasta abril de 1949. Nada, de Carmen Laforet, es una novela característica, cuyo éxito vertiginoso nos obligaría por sí solo a desentrañar su alcance verdadero, su significación profunda.

Que conste ante todo, y quede sentada de una vez para siempre, la afirmación de que, en esta revista, la crítica literaria no tendrá ningún parecido con la que suelen practicar los «especialistas» de las publicaciones reaccionarias. Esto quiere decir que no será una crítica personal, que no nos importa saber si Carmen Laforet es rubia o morena, si prefiere Faulkner a Dostoievski, o Vicki Baum a Somerset Maughan, si escribe por la mañana o por la noche, si necesita café para poder trabajar. Tampoco nos importan las intenciones de la escritora, los móviles que la alentaron. Sólo importa la significación objetiva de la novela, o sea, su contenido real, hoy en la España franquista, y sus consecuencias posibles, tanto entre los lectores en general, por la visión del mundo que en ellos despierte, Como entre los jóvenes escritores de la última generación que quizá intentan, en la soledad de su alma, buscar una salida a la angustiosa situación moral en que se encuentran.

Y eso, ¿por qué? Porque «uno de los principales medios de combate de los escritores y artistas es la crítica literaria y artística». Esto decía, en 1942, ante un congreso de escritores y artistas progresivos, en la ciudad de Yenan, un gran poeta chino de nuestro siglo, un heroico luchador, un gran dirigente político, un general victorioso, el jefe del Partido Comunista chino, Mao Tse Tung. Y añadía en su informe al trazar el papel que debe desempeñar la crítica literaria democrática: «Todo lo que favorece la resistencia, la unión, todo lo que puede alentar al pueblo, exaltar su entusiasmo, sostener su moral, todo lo que permita impedir una retirada eventual ante el enemigo o ante el progreso, debe ser aprobado, y, en cambio, ha de rechazarse todo lo que sea desfavorable a la resistencia, a la unión, lo que desmoralice al pueblo e impida el progreso».

Éstos son, pues, concisamente expresados, los criterios de la crítica literaria progresiva que aquí intenta llevarse a efecto. Ninguna consideración personal, sino el examen de la significación moral y política de la obra. Y, en segundo lugar, ninguna apreciación «puramente» artística. Y esto, porque en —49→ el incesante proceso de muerte y creación, la lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre el pasado y el porvenir, que es la característica del mundo espiritual, tanto como del natural y del social, los destinos del arte y de la cultura, sus posibilidades de desarrollo y del descubrimiento de nuevos valores y nuevas formas, dependen del éxito de las fuerzas vivas de la historia, están en manos de la clase ascendente. Pues bien, ¿qué espíritu objetivo puede poner hoy en duda que las fuerzas históricas vivas son las masas populares, con la clase obrera a su frente? Los destinos del arte y la cultura, en nuestro país, dependen de la victoria del pueblo. Éste es hoy el depositario de las tradiciones progresivas de nuestra cultura, en él recae la misión de enriquecerlas, de llevarlas a su pleno florecimiento.

En ese frente de combate, por consiguiente, la crítica literaria democrática debe asignarse estas tareas fundamentales: desenmascarar las ideologías y tendencias artísticas que podríamos llamar de «repliegue», es decir, las ideologías y tendencias mistificadoras que la clase opresora en decadencia inventa o reanima para cubrir y esconder su retirada; y, finalmente, participar de una manera constructiva en la elaboración de una auténtica literatura popular, realista y optimista.

* * *

La trama de la novela de Carmen Laforet es bastante tenue y puede resumirse en pocas frases. Andrea, joven estudiante, viene a Barcelona a seguir los cursos de la Universidad. Vive en casa de unos parientes suyos: la abuela, medio loca; la tía Angustias, beata histérica y malvada; el tío Román, falangista depravado y estraperlista; el tío Juan, falangista, verdadero residuo humano. En definitiva, una bonita colección de monstruos, una verdadera basura moral. Andrea permanece un año en esa casa. Por diversas razones la familia se disuelve en la deshonra y el crimen, y finalmente Andrea se va a Madrid con su mejor amiga, Ena, cuyos padres se trasladan a esa ciudad. En resumen, no ocurre gran cosa.

No sería difícil determinar cuáles son las influencias literarias que se reflejan en Nada. Pero eso no es en sí importante. Lo principal es que al cerrar el libro, sin hablar siquiera del sentimiento como de vergüenza ajena que uno tiene, ni de las ganas de salir a pasearse al aire fresco, una impresión se destaca imperiosamente, que un análisis más detallado permitirá precisar. Y es que, en fin de cuentas, la primera parte de la novela, unas cien páginas, es la única que presenta algún interés (ya se verá luego qué clase de interés). Lo demás está como añadido superficialmente, sin necesidad interna, como si hubiese la autora diluido largamente un relato más breve. En rigor podría no haberse escrito la última parte. Ahora bien, las cien primeras páginas son casi exclusivamente documentales -sin duda autobiográficas. Allí se esboza la situación, se presentan los personajes. Pero se trataba precisamente de desarrollar esa situación, de hacer vivir esos personajes, pues en eso consiste el trabajo de creación propio de un novelista. ¿Lo consigue la autora? En modo alguno. Los personajes no viven, los aspectos específicamente novelescos de la obra fracasan rotundamente. Y que no se busquen para explicar esto razones —50→ complicadas. Es sencillamente que una novela lograda plenamente tiene que ser la expresión realista de una concepción del mundo, el reflejo de las aspiraciones auténticas de los hombres avanzados de nuestro siglo. Esa familia de la calle de Aribau, de Barcelona, no puede ser para un novelista tema de creación y de vida, porque es precisamente la expresión de una sociedad moribunda y sanguinaria.

Si ya es significativo de por sí solo el fracaso de la novela, en tanto que obra de creación, más significativas aún son las constataciones que un análisis profundo permite hacer. ¿Cuál es, en efecto, el contenido real de Nada, o sea, qué fuerzas sociales se expresan en ella y con qué perspectivas?

Con bastante claridad pueden distinguirse en Nada dos medios sociales diferentes. La familia de la protagonista principal, de Andrea, es típica representación de aquella fracción de la pequeña burguesía vacilante que no ha sabido comprender cuáles son sus intereses verdaderos, intereses que coinciden, de hecho, en la etapa de la revolución democrática que tenemos que realizar en España, con los de la clase obrera, los campesinos, los intelectuales, y que se ha vendido a la reacción fascista. Esta fracción de la pequeña burguesía, se encuentra en un estado de descomposición. Ésta es económica, primero, y moral como consecuencia inevitable. Porque en la casa de la calle de Aribau no trabaja nadie. Juan pinta unos cuadros muy malos que nadie le compra; su mujer, Gloria, «gana» unos duros jugando a las cartas con trampa; Román hace «negocios» de contrabando y estraperlo -después de haber sido espía falangista en la zona republicana durante nuestra guerra- y el resto del tiempo lo dedica al chantaje o a intentar seducir a las jovencitas tocando románticamente el piano a la luz de un candil; Andrea vive de una beca miserable. Familia de parásitos, familia sin principios morales de ningún género, en que las palizas del marido a la mujer, el odio entre los hermanos, los turbios sentimientos de Román por su sobrina y su cuñada, la hipocresía de la beata, crean ese «clima asombrosamente nuevo» que saludaba la crítica franquista, ese ambiente irrespirable como -y ahora cito textualmente a la autora- «como si el aire estuviese estancado y podrido».

Más lejos dice uno de los personajes: «Aquello es como un barco que se hunde. Nosotros somos las pobres ratas que al ver el agua no sabemos qué hacer». Y, en efecto, el barco se hunde, ¿qué duda cabe? Y las ratas franquistas no saben qué hacer. Su actividad se limita al crimen y al escándalo.

Igualmente aparece en Nada, aunque de manera más episódica, el gran capitalismo financiero. Algunos de los amigos de Andrea pertenecen a las ricas familias de Barcelona y a través suyo se puede atisbar su mentalidad. Ésta es, claro está, muy distinta de la que reina en la casa de la calle de Aribau. La concentración financiera, la posibilidad de explotar sin freno a la clase obrera y los prodigiosos aumentos de los beneficios capitalistas que trae consigo la dictadura franquista, hacen que en esas familias parezca la vida fácil y agradable, Sólo se piensa en paseos, bailes y excursiones. Los padres se ocupan de negocios, venden, compran, calculan las ganancias que podrán obtener con motivo de la guerra mundial. Los hijos se las dan de «bohemios», llevan «chalina y pelo largo» -textualmente. Si escriben, es en estilo surrealista; si pintan, sólo les interesa el arte abstracto. Ningún sentimiento —51→ humano se refleja en ellos. Con la inconsciencia brutal de los explotadores edifican sobre la miseria y la sangre de la clase obrera una vida de engañosa apariencia feliz. Engañosa porque en esta vida, y en este siglo, todo se paga. Habrá en España mucho trabajo para todos, muchos puentes, pantanos, carreteras y estaciones de tractores que construir. Esos jovencitos aprenderán a trabajar. Y, ¿quién sabe?, aunque pierdan chalina y pelo largo, quizá descubran en el trabajo el sentido auténtico de la vida.

Sentido de la vida que la protagonista principal, Andrea, aún está lejos de sospechar, cuando se cierra el libro. Su actitud merece ser analizada, porque encierra en ella todos los síntomas del confusionismo, del pesimismo individualista. Andrea asiste a todas las depravaciones de sus familiares sin una palabra de protesta y acaba eligiendo la fácil solución de hacerse mantener por la rica familia de su amiga Ena. Y es que para Andrea nada tiene importancia, nada vale la pena de luchar. Conviene recordar aquí lo que en cierta ocasión escribió Máximo Gorki criticando la obra de Dostoievski. Decía así: «Su filosofía (la de Dostoievski) alimenta hoy a la reacción, la orienta hacia el individualismo y el nihilismo: en ella se basa el «enemigo interior» de la democracia. Ha llegado la hora de pronunciarse contra todos los puntos de la doctrina de Dostoievski».

Sí, ha llegado la hora de pronunciarse contra todos los aspectos del nihilismo, del pesimismo que sólo sirven a la reacción franquista, porque desvían de su cauce de lucha y protesta a las jóvenes generaciones descontentas -mil hechos lo demuestran- de la atmósfera asfixiante del régimen. Y conviene hacerlo con el mayor vigor. Porque no es el nihilismo un tema nacional, nada tiene que ver con las tradiciones auténticas de nuestra cultura. El nihilismo de la literatura actual en España es el mero reflejo del proceso general de corrupción ideológica del imperialismo. Es un tema del cosmopolitismo reaccionario con el que conviene enfrentarse sin demora.

Y conviene hacerlo también porque hay en nuestro campo antifranquista quienes, después de haber leído Nada, reaccionan diciendo: «Desde luego, el contenido es una basura, pero, hombre, como novela no está mal. Desde el punto de vista artístico no está mal. ¿Qué es eso del punto de vista artístico? Con ese criterio puede justificarse una novela tan monstruosa como la de Hemingway sobre nuestra guerra, puede intentar justificarse cualquier barbaridad, cualquier obra de corrupción y desmoralización. Que mediten los que eso dicen las palabras más arriba citadas de Mao Tse Tung. Que reflexionen sobre el sentido auténtico de la literatura y sus influencias. En su lucha de liberación, las fuerzas populares tienen que rechazar todas las obras que difundan, aunque sea de soslayo, la ideología de sus adversarios por bella que sea, y éste no es el caso, la forma literaria que la revista y encubra. Y, por su parte, la crítica literaria democrática tiene que ayudar a esas fuerzas, que representan el porvenir de la cultura, de una manera positiva, a fin de esclarecer más y más cada día el papel y los objetivos de la literatura progresiva.

También puede haber quienes piensen que, por el mero hecho de revelar la corrupción del régimen franquista, la novela de Carmen Laforet reviste un carácter positivo de acusación. Ésas son, a mi parecer, ideas de otros tiempos, —52→ de una época lejana en que las fuerzas populares se hallaban en una situación defensiva y que podían reforzarse ideológicamente con la lectura de obras que mostrasen la corrupción interna e inevitable del sistema capitalista. Hoy día ha sido superada la etapa dialéctica de la sola negación. Hoy día se ha construido en la sexta parte del mundo una sociedad radicalmente nueva, basada en la justicia, basada en la desaparición de la explotación del trabajo humano. Hoy día, las fuerzas populares de paz y de progreso se encuentran en lucha por un mundo mejor, mientras se desmorona la estructura económica y la superestructura ideológica del imperialismo. Desde Pekín hasta las llanuras suramericanas, el hombre nuevo forja las armas luminosas de la felicidad en que soñaban nuestros antepasados. En esas circunstancias, no tiene valor alguno la exposición puramente negativa de la decadencia capitalista. A la clase obrera, al campesinado, a las fuerzas populares, ya en lucha contra el franquismo, no sirven obras como Nada. Y por otra parte, puede esta novela difundir, en las capas sociales menos decididas, pero que han de incorporarse y se incorporarán a la lucha, una ideología de derrotismo sumamente nefasta. En modo alguno puede justificarse, por consiguiente, una novela como ésta.

Habla en cierto momento Carmen Laforet de «los arrabales tristes, con la sombría potencia de las fábricas». Y en efecto, los arrabales obreros de las grandes ciudades capitalistas son tristes, son miserables. Pero la potencia de las fábricas y de los hombres en ellas explotados no es sombría. Es la potencia decidida y firme de la justicia, de la certidumbre de la victoria. Porque hoy, la poesía, el arte, la ciencia -la cultura en una palabra- es como la libertad: se conquista cada día, se da a luz cada día en la lucha y por la lucha popular contra la dictadura bárbara del franquismo.

En todo caso, y para terminar, no puede negarse que el titulo de la novela sea un acierto. ¡Nada! Más que un acierto, un programa, la profesión de fe, es decir, de falta de fe, de una sociedad condenada por la historia.




Para que no les quede un amargo sabor de boca, en homenaje a un amigo, les regalo dos canciones. Una de Julio Bustamante: Sur del corazón. (Si tienen problemas para escucharla, aparece en esta página) que, sospecho, gustará a más de uno.

Y otra de Javier Bergia,


Nullus pudor est ad meliora transire


Estas semanas pasadas he escrito un par de entradas sobre el asunto de los crucifijos, ya saben. Anteayer escuché a un sacerdote, en televisión, defender el mantenimiento de los crucifijos hablando del lugar de las creencias en el espacio público. Llegó, en un momento dado, a plantear si le iban a terminar prohibiendo ir vestido de cura. Todo el mundo es ducho en el uso de la reducción al absurdo. Sin embargo, en asuntos como éste, el problema con el que te encuentras es que el camino es de doble dirección. Podríamos, usando la misma carretera, preguntar si quieren recuperar el rezo en las escuelas. Siempre me escama el que se pongan otros ejemplos (banderas, juramentos, romerías y fiestas) cuando uno plantea lo de la llamativa presencia del símbolo de una religión concreta en las aulas de las escuelas públicas. Tanta escapada me lleva a pensar que no se puede discutir sobre lo que objetan personas como yo.

Sin embargo, no quería volver a plantear sin más este asunto. Pasa que me puede la verborrea, disculpen ustedes.

Saco el asunto porque al escuchar al sacerdote, recordé el episodio del Altar de la Victoria, sucedido en 384. Se trata de la famosa polémica entre el pagano senador Símaco y el cristiano obispo San Ambrosio, realizado mediante alegatos escritos dirigidos al emperador niño Valentiniano II, acerca del restablecimiento o no de la estatua, después de haber sido retirada por el emperador Graciano.

Aunque toda la argumentación de los contendientes merece un análisis detallado (uno interesante lo encontrarán aquí), me quiero centrar en los textos que recoge Boorstin en su obra Los pensadores.

Dice Símaco, hablando como si por su boca lo hiciese la propia Roma:

Dejadme seguir mis ritos ancestrales, dice, pues no me arrepiento de ellos. Dejadme vivir a mi manera, pues soy libre. Este era el culto que atrajo a Aníbal a los muros de Roma y a los galos al Capitolio. Por ello he sido celebrada, y ahora, a mi edad avanzada, ¿me queréis reformar? … Sólo pido la paz para los dioses de nuestros padres, los dioses nativos de Roma. Es justo que lo que todos adoran se tenga por uno. Todos miramos hacia las mismas estrellas. Tenemos un cielo común. El mismo firmamento nos acoge a todos. ¿Qué le importa qué tipo de teoría aprendida cada hombre considera la verdad? A un secreto tan sagrado no nos conducirá una sola senda. Todos estos asuntos son objeto de discusión por los hombres ociosos. No les ofrezco un debate, majestades, sino una súplica.

A lo que contesta Ambrosio:

¿Por qué aducir ejemplos de los antiguos? No es una desgracia cambiar a mejor. Pensemos en los días antiguos del caos, cuando los elementos vagaban por el cielo en una masa desorganizada. Pensemos de qué manera esa confusión se estabilizó, dando lugar al nuevo orden de un mundo, y cómo el mundo no ha dejado de desarrollarse desde entonces, con la invención gradual de las artes y los avances de la historia humana. Supongo que en la feliz época del caos, las partículas conservadoras se oponían al advenimiento de la novedosa y vulgar luz del sol, que corrió parejas con la introducción del orden. Pero, pese a todo, el mundo cambió. Y nosotros, los cristianos, también hemos crecido. Pese a las injusticias, pese a la pobreza, la persecución, hemos crecido. Y la gran diferencia entre nosotros y vosotros es que, lo que buscáis mediante conjeturas, nosotros ya lo sabemos. ¿Cómo puedo instigar la fe en ti cuando confiesas que no sabes qué adoras?


Esas son las citas -tremendas y actuales- del libro de Boorstin, pero ¿cómo resistirse a añadir una más que aparece en el trabajo de D. José Luis Moreno Martínez?



Condición común en el lugar común, sin la afrenta de la estatua pagana, pese a la tradición de siglos. ¡Qué razón tenía Ambrosio!

Huelga de hambre


He sacado estas noticias …

1.

2.

3.

4.

5.

6.

7.

… de internet. Todas se refieren a huelgas de hambre que están produciéndose o acaban de finalizar. No incluyo ninguna de las huelgas de hambre por simpatía de la de la señora Haidar.

Aunque las noticias están sacadas de diarios, blogs y foros, comprendo perfectamente que no aparezcan en todos los periódicos.

Y comprendo que una (y sus consecuencias) aparezca, no sé, unas cincuenta veces.

Lo comprendo, porque, aunque huelgas de hambre hay todos los días, no todas las huelgas de hambre son iguales.



Aquí, Hermann Tertsch y las peligrosas metáforas sobre su espalda y la espalda de España.

Aquí, Antonio G. Ferreras, considerando moderado lo que ayer, en Madrid Opina, Antonio Elorza llamaba manipulación calumniosa.

Y, en España, cada vez más gente compitiendo por decir la mayor burrada, en un monólogo ruidoso que empieza siempre con un ¿No habrá nadie capaz de librarme de …?, seguido de risas enlatadas.

Luego nos sorprenderemos con las extrañas lecturas de la gente «de acción», de la gente poco entrenada para la ironía, el humor y las figuras literarias.

Tsé el marchante


Estimados amigos, ya nos lo explicó Max Weber:

Sucede que la riqueza es objetable sólo como tentación de holgazanería improductiva y como goce pecaminoso de la vida; el afán de obtenerla lo es cuando se orienta a poder vivir luego en forma despreocupada y desprejuiciada. Pero como resultado del deber de trabajar, la riqueza no sólo está moralmente permitida sino que es algo directamente exigido.

Considerando que todo trabajo debe ser productivo, y que los frutos deben ir destinados al incremento de la utilidad global mediante la irrigación de los propios saberes, les expongo estas obras realizadas por dos jóvenes llenas de talento, por si alguno de ustedes está interesado en su adquisición.

Nº 1: Xilografía realizada por la joven artista M. de nueve años de edad.



Nº 2: Xilografía realizada por la joven artista J. de doce años de edad.



Nº 3: Grabado a punta seca sobre plancha de plástico, del Torii del santuario Itsukushima, realizado por la joven artista J. de doce años de edad.



Están a la venta quince impresiones de cada una de las xilografías y siete impresiones del grabado, todos con certificado de autenticidad. Desgraciadamente, más impresiones son imposibles sin que se resienta su calidad.

El precio de cada xilografía es de 20 €, y el de cada grabado es de 30 €. Pueden escoger el color de la cartulina.

Los gastos de envío (en su caso) se los facturaremos aparte.

Si desean efectuar una adquisición, mándenme un correo electrónico con sus datos personales a la siguiente dirección tsevanrabtan@gmail.com.

Serán atendidos por riguroso orden de recepción.

Gracias

La cena de anoche


Son las 20h45′ del domingo cuando escribo esto. ¡Y la actualidad rebosa de noticias! A Berlusconi le han lanzado una catedral a la cara y, claro, le han acertado. Un 22 % de un no sé qué por ciento de habitantes de un no sé qué por ciento de pueblos de Cataluña se ha convertido en el centro de la prensa internacional. ¡Y yo tengo una explicación!: España es el país que más fiestas crea. Véase el caso de Buñol: la tomatina tiene poco más de cincuenta años, pero hasta hace veinte no pasaba de cosa gamberra para los mozos locales. Hoy es Fiesta de Interés Turístico Internacional, el Ayuntamiento pone los tomates, y ves en televisión a australianos, norteamericanos o suecos, llenos de mierda y encantados. ¿Cómo no va a gustar en esos mundos, siempre al acecho de lo típico y lo exótico, que se celebren ciento y pico «referendos» por la independencia? Es como ese comentario (no sé si es leyenda urbana) producido en una televisión centroeuropea cuando aparecieron las imágenes del Tejero, en el golpe de estado del veintitrés de febrero, con su tricornio y su pistola, en el Congreso de los Diputados. Alguien dijo algo así, «sí, sabemos lo que es un golpe de estado y eso, pero ¿por qué tiene que ir vestido de torero?»

Pero hay más, hay más noticias. He visto a Rosa Díez haciendo de cartera y jugándose el peinado en El Aaiun, y no me han gustado algunos comentarios leídos acerca del supuesto carácter populista, demagógico y electoralista del gesto de la diputada. Del gesto …



También he leído que ha muerto Samuelson. Yo lo vendí cuando estudiante … ¡y el Samuelson era de mi mujer! (Espero que no lea esto)

Hay huelgas pasadas contra nadie, y huelgas del día de los militares, y hay palabras de Hermann Tertsch, hablando de profesionales.

En fin que no sé con qué quedarme.

Menos mal que me interrumpe mi hija pequeña, que quiere leerme una poesía por teléfono. Luego les digo cuál.

Camino de casa, con un frío tremendo, leo sobre los ruidos desagradables y sobre el trabajo del profesor de acústica Trevor Cox, que en su web te permite escuchar y votar.

Y me entero de que, después de más de un millón de votos llegados desde todo el mundo, va en cabeza de los ruidos más desagradables el del vómito.

Y ahora, la poesía:

Los piratas vomitan en el mar tormentoso,
y los gigantes potan desde el árbol frondoso.
Los reyes en el váter arrojan la papilla,
y los perros la sueltan debajo de la silla.
A los bebés les gusta vomitar en mi ropa,
pero a veces prefieren devolver en la sopa.
Y siempre acaba oliendo,
después de un viaje en coche,
a los restos podridos,
de la cena de anoche

Menudencias

Tres días atrás representé a un amigo en una junta de copropietarios. No venía, porque se discutía el ejercicio de acciones judiciales contra él. Me acompañaba su mujer. Tras mucho frío y muchas horas, sus vecinos decidieron que sí, que iban a demandar. Para lo que quiero contar no importa por qué, sólo importa que la decisión cuestiona su honradez. Uno de los vecinos, uno que había estado discutiendo sobre las flores del jardín, sobre los vigilantes y la pintura de las puertas del garaje, al pasar al lado de la mujer de mi amigo, cuando ya nos íbamos, le murmuró: «a sufrir». Me lo contó luego. Ella nada tiene que ver con los hechos que habían motivado la decisión. Nada en absoluto.
Qué miserable.

* * * * *

Mi padre tenía un conocido al que llamaba «Quintín, el amargao». Era un tipo desagradable y hosco. Había pasado, adolescente, mucha hambre en el Madrid de la Guerra Civil, y contaba peripecias asombrosas, brutales, que desgraciadamente no recuerdo con detalle.

Fui abogado suyo en un par de asuntos sobre arrendamientos, cuando empezaba. En una ocasión, tomando una cerveza, me contó una historia terrible: había tenido un enfrentamiento con un vecino que había durado décadas de discusiones, peleas y demandas. El vecino había muerto hacía poco de un infarto, y le vi, con un brillo maligno en los ojos, vanagloriarse: estaba sinceramente convencido de que le había causado la muerte con el último de sus pleitos.

Ya murió. Supongo que sólo nos acordamos de él algún sobrino heredero y yo.

* * * * *

Un hombre es detenido por agredir a su mujer en presencia de los hijos pequeños de ambos. El atractivo de ella es sobresaliente; parece una modelo.

La historia se aclara lentamente. Son nigerianos. Ella se fue hace meses de la casa. Y él ha cuidado a los niños desde entonces. Hasta que un día regresa y se empeña en llevárselos. Él se niega, y ella llama a la policía, acusándole de haberla pegado.

También lentamente se va percibiendo la sinceridad de él y la mendacidad de ella. En un momento dado, la juez le pregunta a él: «¿su mujer se dedica a la prostitución?»

Y él contesta: «ha habido …, entiéndame, está el asunto del dinero y de las llamadas …, pero yo no he visto nada, y no puedo decir eso». Y se calla.

La juez sólo añade: «esto le honra».