Preocupados por la fachada


No termino de comprender la alegría por la decisión de los suizos de no permitir la construcción de minaretes. He leído razones de lo más extravagante para justificarla. Por ejemplo, que en la mayoría de los países árabes no se permite la construcción de iglesias (o que persiguen a los cristianos o impiden su práctica religiosa). También me ha llamado la atención que se hable de fundamentalismo laico por lo del italiano crucifijo y de débiles multiculturalistas cuando se critica el resultado del referéndum; y que haya quien dice que los suizos son muy dueños de gobernar su país como quieran.

Mucha gente mezcla churras con merinas. Por partes:

1.- Los suizos pueden votar lo que quieran, claro está. Pero ese voto puede tener consecuencias. Por ejemplo, podemos considerar que es un país que no respeta sus compromisos internacionales o en el que se discrimina a las personas (aun moderadamente) por razones religiosas.

2.- Que en muchos países no exista libertad religiosa es un argumento que sólo sirve para desautorizar las quejas de los musulmanes. Pero no sirve para nada más. Lo que diga no sé qué mufti egipcio sobre este asunto no vale una mierda. En realidad, no creo que valga una mierda nada de lo que pueda decir sobre nada que me interese. Pero eso pasaba ya; pasaba antes. Más aún, lo que diga cualquier musulmán sobre este asunto, siempre que no empiece diciendo “quiero protestar, pero antes reconozco que puedo hacerlo gracias a que vivo en Europa y no en esa basura de países de los que proceden la mayoría de los musulmanes”, nos debe entrar por un oído y salir por otro. Sin embargo, no se trata de eso. Se trata de qué creemos nosotros. Cuando se aprueba algo así, lo que hacemos es atentar contra nuestra manera de ver el mundo, no contra la suya.

3.- Mezclar el asunto del crucifijo con el “minaretecidio” es especialmente idiota, a mi juicio. La sentencia del TEDH, que comparto por completo, se refiere a la presencia notoria (en un lugar prevalente) del símbolo de una religión, en las aulas de las escuelas públicas. No se refiere a las iglesias, las catedrales, las procesiones (o las banderas, por ejemplo). Tampoco se refiere a las mezquitas, claro. Una mezquita (que sea lugar de culto) es un sitio al que se va por razones muy concretas, todas voluntarias (al menos en Occidente). Como lo es también un Sex shop, por ejemplo, o una galería de arte. El problema además es simple: si están autorizados otros templos, con sus torres y sus gárgolas, prohibir los minaretes es arbitrario.

Ha habido gente que nos dice que esto pasa porque hemos mezclado el multiculturalismo con el tocino. Esa reflexión es más interesante. Hace tiempo dije que estaban ganando la batalla de la censura. También escribí que una sociedad sana, en el momento en que se amenazaban las embajadas danesas, habría optado por algo muy sencillo: corresponsabilizarnos. Habría bastado con que el parlamento europeo y todos y cada uno de los parlamentos nacionales hubieran publicado las viñetas.

El camino no es prohibirles hacer cosas que están permitidas en Europa. El camino es prohibirles cambiarnos a nosotros. Hacer lo mismo que hacen ellos es darles la razón. Ahora un musulmán puede decir, un poco más alto: son como nosotros, sólo que nuestra fe es la verdadera.

La decisión, en resumen, es estúpida y atenta contra la libertad de los ciudadanos. Esto es algo que se olvida, por cierto. No es un asunto entre culturas o estados. El musulmán europeo tiene derecho a construir un lugar de culto, sin otras limitaciones que las que se impondrían a cualquier otra confesión.

Ésa es la clave. Por eso, precisamente, nadie debería poder hacer, en Europa, nada que esté prohibido a cualquier ciudadano, cualesquiera que sean las razones, culturales o confesionales que se invoquen. Ése es el principio que evitaría que nos relajemos tanto con personas que pretenden crear (o han creado) guetos en los países occidentales en los que aplicar leyes “particulares”.

Sin embargo, la mezcla entre los que se empeñan en mantener “señas de identidad” que se amoldan, casualmente, a sus creencias, y los que relativizan los principios en cuanto se ponen el salakov del Coronel Tapioca, ha producido está victoria de los retrógrados. De los retrógrados de todas partes.