La Sexta y la caspa


Hace unos días hablaba con una amiga acerca de la sencillez con la que cierto discurso “progre” es capaz de utilizar cualquier instrumento sin que se le afee su conducta, a la vez que ese mismo discurso sataniza a cualquiera que no sea de su secta si hace lo propio.

Y le puse un ejemplo: la Sexta. Pero, para que resulte más comprensible, vean algunas fotografías.

Los presentadores de la Sexta son algo menos fotogénicos: Wyoming, Buenafuente, un tal Berto, los de Sé lo que hicistéis … Eso sí, son todos muy graciosos.

Ellas, además, suelen ir muy bien vestidas. Ellos, digámoslo así, van algo más informales. No importa, se trata de que se las vea a ellas. Habitualmente la “realización” de un programa de la Sexta consiste en que nos fijemos bien en las piernas y en las tetas de sus presentadoras.

Ellos, ya lo ven, son bajos, feos y graciosos. Ellas están buenas (y son simpáticas) y nos lo demuestran a la primera, sin perder el tiempo.

El modelo es algo tosco, pero qué más da si funciona. A mí me recuerda a esto:



Lo curioso del asunto es que si otra televisión, digamos que una con un discurso más de “derechas”, llegara a utilizar un modelo similar, los mismos que permanentemente ponen falditas y tacones kilométricos a sus presentadoras, les acusarían de casposos y de presentar un modelo estereotipado de mujer, alejado de la realidad y basado exclusivamente en el físico.

Sin embargo, a éstos de la Sexta, que quedan resumidos en fútbol, películas de Chuck Norris, tías buenas y feos graciosos, nadie les acusa de nada.

Es lo que tiene que los intelectuales estén de tu parte.



Nos cuentan los periódicos que Hermann Tertsch ha sido agredido y ha terminado en un hospital. Como somos muy aficionados a la elucubración, muchas personas (de forma comprensible, pero precipitándose) han relacionado el hecho con el vídeo manipulado de El Intermedio.

El cómico conocido como Gran Wyoming siempre me ha parecido un hombre admirable. Que alguien con tan pocos dones para la escena haya sido capaz de mantenerse ahí, con su altos y sus bajos, es una prueba de algún otro talento. Desconozco si es la constancia en el mensaje y la forma, el sentido de la oportunidad o la “inteligencia” práctica de un superviviente. Opto por la primera respuesta, porque su forma de trabajar es la propia de un especialista, como lo demuestra que siga diciendo básicamente lo mismo y sólo haya cambiado el volumen emitido. Sigue trastabillándose, sigue repitiendo caca-culo-pedo-obispo-yo, pero cada vez lo dice más alto. Pronto llegará a la culminación de los grandes humoristas: abrirá la boca, mirará lascivo a la hembra de al lado, berreará y, sin hacer más, la gente se reirá.

Yo, que soy serio y soso por naturaleza, tardo en procesar su humor, a la vez, socarrón e intelectual. Por eso no me pareció divertido el vídeo sobre Hermann Tertsch. Luego me di cuenta de que quizás sólo pretendía ser una reducción al absurdo: Hermann había sido de los suyos, pero ya no. ¿Y qué mejor manera de dejar constancia que cambiando sus palabras por otras, para demostrar cuán inconsecuentes son?

Y no me parece lógico que, porque (quizás) un descerebrado que (quizás) no ha entendido un programa de humor tan irreverente y de “buen rollo”, haya agredido a Tertsch, debamos concluir que existe una relación de causa-efecto.

Eso equivaldría a decir, aunque sólo en un plano teórico, que el Gran Wyoming ha dado una patada por la espalda a Hermann Tertsch o está conforme con que otro se la dé.

Eso, amigos míos, sería manipular la realidad. Y hay que tener mucho cuidado cuando se pone en boca de alguien cosas que no ha dicho.

El Rey-de-las-ratas


En el museo Mauritianum de Altenburgo se encontrará usted con esto:



Es el “Rey de las ratas” más famoso del mundo. Fue encontrado (muerto) en 1828 y está formado por 36 “partes”. Digo lo de partes, porque el folclore popular (desde el siglo XVI) los consideraba una especie de “superrata”, capaz de dominar a sus congéneres, obligándoles a “alimentarla”.

Como se mostraban en barracas de feria, los investigadores han sido siempre tela escépticos con el monarca. Más aún considerando que el candidato a pegamento de las colas es la orina, el semen o los restos de alimentos, y eso no cuadra mucho con la proverbial limpieza de las ratas. Además, estos góticos seres han aparecido sobre todo en Alemania, y su localización se solía “cocinar” con espeluznantes batallas de algún molinero atacado. Demasiado bueno para ser cierto.

Sin embargo, aun hay esperanza para el bicho. Salvo dos casos de rey formado por ratones de campo (uno de ellos, ¡en Java!) y un rey de las ardillas (y no me fío mucho de éste), todos están hechos de ratas negras (rattus rattus), esos aristocráticos animales que estuvieron a punto de cargarse a la humanidad. Cada vez quedan menos ratas negras (la rata que vio usted el otro día, seguro que era una plebeya y “alcantarillesca” rata común o rattus norvegicus). La razón de que los reyes sean “negros” tiene, posiblemente, que ver con la longitud de la cola. Las ratas negras tienen colas más largas y las utilizan para escalar (suelen vivir en la parte alta de las casas, en buhardillas y desvanes).

Además, las acusaciones de fraude (probables en algunos casos) no parecen sostenerse cuando se trata de hallazgos (algunos recientes, en Francia, en 1986, y en Estonia, en 2005) de reyes tristemente fallecidos en lugares inaccesibles, y tras la demolición de alguna pared. Y las imágenes tomadas usando rayos X muestran anudamientos poco marineros, como en el caso del último rey francés.

Para probar si la monarquía constitucional era posible, unos holandeses con bata blanca, pegaron, en 1965, unas ratas comunes y las dejaron a ver que tal se llevaban. Lo malo es que empezaron a matarse a mordiscos. Pero claro, la rata plebeya tiene una mala hostia también proverbial, así que el experimento no parece que estuviese muy bien diseñado. Y es que, por otra parte, no parece que a uno le tomen muy en serio si se dedica a estudiar estas cosas. Por eso hay pocas referencias. Yo, personalmente, aporto otra teoría a este campo tan poco hollado: quizás suceda que algo hace bostezar a las ratas al unísono (admito hipótesis) y el bostezo las empalma inmediatamente (sepan que las ratas, al bostezar, tienen una erección fulminante).

Al final, la ayuda para el “multirroedor” ha venido de las matemáticas. Jan Eggers, un matemático de la Universidad de Bristol, y sus amigos, estudiaron las condiciones en que cables de diferentes longitudes pueden llegar a anudarse. Y concluyeron, al parecer, que los cables deben tener cierta longitud mínima (a partir de dieciséis cm la cosa va que no vean), y además, que no hace falta pegamento: es suficiente con revolver los cables unos cuantos segundos para formar los primeros nudos. Así que bastaría con apretujamientos producto del frío, o de la lucha por la fembra placentera, y algo de mala suerte.

Si se preguntan por qué me he puesto a escribir sobre esto, les diré que esa idea de ratas que no dejan de mezclarse, hasta el punto de terminar unidas definitivamente por sus colas, me ha parecido la leche de humana. No me digan que no conocen más de un “Rey de las ratas” por ahí, revolviéndose, intentando despegarse y, a la vez, apretando más y más fuertemente sus nudos.