Un campanario con vistas


Un día, de principios de agosto de este año, subí con mis hijas a lo alto de la torre de Santa María la Mayor, en Trujillo. Desde allí se veían, algunos casi a plomo, patios y jardines rodeados por muros de piedra. Me parecieron buenos lugares para leer un libro, jugar una partida de ajedrez, echar unas risas con amigos o dormitar.

Eso pensé.