Menudencias

Tres días atrás representé a un amigo en una junta de copropietarios. No venía, porque se discutía el ejercicio de acciones judiciales contra él. Me acompañaba su mujer. Tras mucho frío y muchas horas, sus vecinos decidieron que sí, que iban a demandar. Para lo que quiero contar no importa por qué, sólo importa que la decisión cuestiona su honradez. Uno de los vecinos, uno que había estado discutiendo sobre las flores del jardín, sobre los vigilantes y la pintura de las puertas del garaje, al pasar al lado de la mujer de mi amigo, cuando ya nos íbamos, le murmuró: “a sufrir”. Me lo contó luego. Ella nada tiene que ver con los hechos que habían motivado la decisión. Nada en absoluto.
Qué miserable.

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Mi padre tenía un conocido al que llamaba “Quintín, el amargao”. Era un tipo desagradable y hosco. Había pasado, adolescente, mucha hambre en el Madrid de la Guerra Civil, y contaba peripecias asombrosas, brutales, que desgraciadamente no recuerdo con detalle.

Fui abogado suyo en un par de asuntos sobre arrendamientos, cuando empezaba. En una ocasión, tomando una cerveza, me contó una historia terrible: había tenido un enfrentamiento con un vecino que había durado décadas de discusiones, peleas y demandas. El vecino había muerto hacía poco de un infarto, y le vi, con un brillo maligno en los ojos, vanagloriarse: estaba sinceramente convencido de que le había causado la muerte con el último de sus pleitos.

Ya murió. Supongo que sólo nos acordamos de él algún sobrino heredero y yo.

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Un hombre es detenido por agredir a su mujer en presencia de los hijos pequeños de ambos. El atractivo de ella es sobresaliente; parece una modelo.

La historia se aclara lentamente. Son nigerianos. Ella se fue hace meses de la casa. Y él ha cuidado a los niños desde entonces. Hasta que un día regresa y se empeña en llevárselos. Él se niega, y ella llama a la policía, acusándole de haberla pegado.

También lentamente se va percibiendo la sinceridad de él y la mendacidad de ella. En un momento dado, la juez le pregunta a él: “¿su mujer se dedica a la prostitución?”

Y él contesta: “ha habido …, entiéndame, está el asunto del dinero y de las llamadas …, pero yo no he visto nada, y no puedo decir eso”. Y se calla.

La juez sólo añade: “esto le honra”.