Tsé el marchante


Estimados amigos, ya nos lo explicó Max Weber:

Sucede que la riqueza es objetable sólo como tentación de holgazanería improductiva y como goce pecaminoso de la vida; el afán de obtenerla lo es cuando se orienta a poder vivir luego en forma despreocupada y desprejuiciada. Pero como resultado del deber de trabajar, la riqueza no sólo está moralmente permitida sino que es algo directamente exigido.

Considerando que todo trabajo debe ser productivo, y que los frutos deben ir destinados al incremento de la utilidad global mediante la irrigación de los propios saberes, les expongo estas obras realizadas por dos jóvenes llenas de talento, por si alguno de ustedes está interesado en su adquisición.

Nº 1: Xilografía realizada por la joven artista M. de nueve años de edad.



Nº 2: Xilografía realizada por la joven artista J. de doce años de edad.



Nº 3: Grabado a punta seca sobre plancha de plástico, del Torii del santuario Itsukushima, realizado por la joven artista J. de doce años de edad.



Están a la venta quince impresiones de cada una de las xilografías y siete impresiones del grabado, todos con certificado de autenticidad. Desgraciadamente, más impresiones son imposibles sin que se resienta su calidad.

El precio de cada xilografía es de 20 €, y el de cada grabado es de 30 €. Pueden escoger el color de la cartulina.

Los gastos de envío (en su caso) se los facturaremos aparte.

Si desean efectuar una adquisición, mándenme un correo electrónico con sus datos personales a la siguiente dirección tsevanrabtan@gmail.com.

Serán atendidos por riguroso orden de recepción.

Gracias

La cena de anoche


Son las 20h45′ del domingo cuando escribo esto. ¡Y la actualidad rebosa de noticias! A Berlusconi le han lanzado una catedral a la cara y, claro, le han acertado. Un 22 % de un no sé qué por ciento de habitantes de un no sé qué por ciento de pueblos de Cataluña se ha convertido en el centro de la prensa internacional. ¡Y yo tengo una explicación!: España es el país que más fiestas crea. Véase el caso de Buñol: la tomatina tiene poco más de cincuenta años, pero hasta hace veinte no pasaba de cosa gamberra para los mozos locales. Hoy es Fiesta de Interés Turístico Internacional, el Ayuntamiento pone los tomates, y ves en televisión a australianos, norteamericanos o suecos, llenos de mierda y encantados. ¿Cómo no va a gustar en esos mundos, siempre al acecho de lo típico y lo exótico, que se celebren ciento y pico “referendos” por la independencia? Es como ese comentario (no sé si es leyenda urbana) producido en una televisión centroeuropea cuando aparecieron las imágenes del Tejero, en el golpe de estado del veintitrés de febrero, con su tricornio y su pistola, en el Congreso de los Diputados. Alguien dijo algo así, “sí, sabemos lo que es un golpe de estado y eso, pero ¿por qué tiene que ir vestido de torero?”

Pero hay más, hay más noticias. He visto a Rosa Díez haciendo de cartera y jugándose el peinado en El Aaiun, y no me han gustado algunos comentarios leídos acerca del supuesto carácter populista, demagógico y electoralista del gesto de la diputada. Del gesto …



También he leído que ha muerto Samuelson. Yo lo vendí cuando estudiante … ¡y el Samuelson era de mi mujer! (Espero que no lea esto)

Hay huelgas pasadas contra nadie, y huelgas del día de los militares, y hay palabras de Hermann Tertsch, hablando de profesionales.

En fin que no sé con qué quedarme.

Menos mal que me interrumpe mi hija pequeña, que quiere leerme una poesía por teléfono. Luego les digo cuál.

Camino de casa, con un frío tremendo, leo sobre los ruidos desagradables y sobre el trabajo del profesor de acústica Trevor Cox, que en su web te permite escuchar y votar.

Y me entero de que, después de más de un millón de votos llegados desde todo el mundo, va en cabeza de los ruidos más desagradables el del vómito.

Y ahora, la poesía:

Los piratas vomitan en el mar tormentoso,
y los gigantes potan desde el árbol frondoso.
Los reyes en el váter arrojan la papilla,
y los perros la sueltan debajo de la silla.
A los bebés les gusta vomitar en mi ropa,
pero a veces prefieren devolver en la sopa.
Y siempre acaba oliendo,
después de un viaje en coche,
a los restos podridos,
de la cena de anoche