Nullus pudor est ad meliora transire


Estas semanas pasadas he escrito un par de entradas sobre el asunto de los crucifijos, ya saben. Anteayer escuché a un sacerdote, en televisión, defender el mantenimiento de los crucifijos hablando del lugar de las creencias en el espacio público. Llegó, en un momento dado, a plantear si le iban a terminar prohibiendo ir vestido de cura. Todo el mundo es ducho en el uso de la reducción al absurdo. Sin embargo, en asuntos como éste, el problema con el que te encuentras es que el camino es de doble dirección. Podríamos, usando la misma carretera, preguntar si quieren recuperar el rezo en las escuelas. Siempre me escama el que se pongan otros ejemplos (banderas, juramentos, romerías y fiestas) cuando uno plantea lo de la llamativa presencia del símbolo de una religión concreta en las aulas de las escuelas públicas. Tanta escapada me lleva a pensar que no se puede discutir sobre lo que objetan personas como yo.

Sin embargo, no quería volver a plantear sin más este asunto. Pasa que me puede la verborrea, disculpen ustedes.

Saco el asunto porque al escuchar al sacerdote, recordé el episodio del Altar de la Victoria, sucedido en 384. Se trata de la famosa polémica entre el pagano senador Símaco y el cristiano obispo San Ambrosio, realizado mediante alegatos escritos dirigidos al emperador niño Valentiniano II, acerca del restablecimiento o no de la estatua, después de haber sido retirada por el emperador Graciano.

Aunque toda la argumentación de los contendientes merece un análisis detallado (uno interesante lo encontrarán aquí), me quiero centrar en los textos que recoge Boorstin en su obra Los pensadores.

Dice Símaco, hablando como si por su boca lo hiciese la propia Roma:

Dejadme seguir mis ritos ancestrales, dice, pues no me arrepiento de ellos. Dejadme vivir a mi manera, pues soy libre. Este era el culto que atrajo a Aníbal a los muros de Roma y a los galos al Capitolio. Por ello he sido celebrada, y ahora, a mi edad avanzada, ¿me queréis reformar? … Sólo pido la paz para los dioses de nuestros padres, los dioses nativos de Roma. Es justo que lo que todos adoran se tenga por uno. Todos miramos hacia las mismas estrellas. Tenemos un cielo común. El mismo firmamento nos acoge a todos. ¿Qué le importa qué tipo de teoría aprendida cada hombre considera la verdad? A un secreto tan sagrado no nos conducirá una sola senda. Todos estos asuntos son objeto de discusión por los hombres ociosos. No les ofrezco un debate, majestades, sino una súplica.

A lo que contesta Ambrosio:

¿Por qué aducir ejemplos de los antiguos? No es una desgracia cambiar a mejor. Pensemos en los días antiguos del caos, cuando los elementos vagaban por el cielo en una masa desorganizada. Pensemos de qué manera esa confusión se estabilizó, dando lugar al nuevo orden de un mundo, y cómo el mundo no ha dejado de desarrollarse desde entonces, con la invención gradual de las artes y los avances de la historia humana. Supongo que en la feliz época del caos, las partículas conservadoras se oponían al advenimiento de la novedosa y vulgar luz del sol, que corrió parejas con la introducción del orden. Pero, pese a todo, el mundo cambió. Y nosotros, los cristianos, también hemos crecido. Pese a las injusticias, pese a la pobreza, la persecución, hemos crecido. Y la gran diferencia entre nosotros y vosotros es que, lo que buscáis mediante conjeturas, nosotros ya lo sabemos. ¿Cómo puedo instigar la fe en ti cuando confiesas que no sabes qué adoras?


Esas son las citas -tremendas y actuales- del libro de Boorstin, pero ¿cómo resistirse a añadir una más que aparece en el trabajo de D. José Luis Moreno Martínez?



Condición común en el lugar común, sin la afrenta de la estatua pagana, pese a la tradición de siglos. ¡Qué razón tenía Ambrosio!

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7 comentarios en “Nullus pudor est ad meliora transire

  1. Su blog es todo un servicio público, don Tsé. Ya me ha dado usted muchas cañas con las que he pescado muy buenos y sabrosos peces. La de hoy, una de las mejores. Muchas gracias.

  2. ACABAD CON LOS SÍMBOLOS.

    Los que hemos sido buenos aficionados a los toros no tenemos más remedio, ante los simulacros de corridas que hace ya bastante tiempo nos tienen organizados los taurinos y las figuras, que propugnar la desaparición definitiva de la fiesta, y no sólo en Catalunya.
    De rito ancestral, ni los puros.
    De patrimonio intangible, ni los claveles.
    Estafa manifiesta.
    Lo peor de todo es que aún con toros descastados, drogados e inútiles como los que salen todas las tardes, las ‘figuras’, finos estilistas o bravos fajadores, y sobre todo sus subalternos, pueden perder la vida en la comedia.

  3. Yo, como ya no entiendo nada de nada, creo que me voy a hacer católico y carlista. Alá a la mierda, ¡¡viva Cristo Rey!! Y ahora, el Oriamendi:

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