Cuento sin título



Vivían lejos, a una hora y pico. Al entrar en su casa tenías que poner los zapatos sobre unos paños. Era divertido, casi como patinar sobre un suelo de espejo. Al fondo se encontraba una habitación que no nos gustaba. Allí estaba «la abuela» que no era la abuela. Al acercarte percibías un olor desagradable, y no querías besarla. Quizás sospechásemos que en el ritual éramos simples objetos, nosotros y ella, tan vieja, tan delgada, tan arrugada. Bueno, creo que eso es una mixtificación; no creo que nos apresuráramos por razones tan filosóficas. Si preguntabas por qué la cuidaba M, recibías una respuesta evasiva, de ésas que tan pronto aprenden los niños a distinguir. Ahora lo sé. No estaba por caridad. Estaba allí por agradecimiento.

Se habla mucho de la memoria, pero se ha olvidado cómo hemos cambiado. Cómo han cambiado las cosas. Una mujer, casi una niña, se queda embarazada. Olvidémonos del padre, no sabemos quién es. Tiene una hija. Se hace un trato. Conozco otros: son murmullos que reptan por los suelos de las casas, entre conversaciones en voz baja de gente con mejillas hundidas por las privaciones de décadas, ahora disimuladas con bótox -una generación te separa del hambre, como dice Hannibal. Alguien necesita mujer; es un tullido. Ella también es una tullida. Una tullida moral, y la prueba crece. ¿Qué mejor acuerdo que unir a dos tullidos? Sin embargo, ella tiene que pagar un precio, y el precio es la recién nacida. En paralelo, crece la familia de los tullidos, él le hace hijos a ella, casi una decena, y crece la niña, criada por la abuela. El trato era bueno porque no había otro mejor, y no hay engaño, pero no estaban completas las cláusulas. No sé por qué bebe el cojo. Quizás porque es cojo. O porque se tuvo que casar con ella. A lo mejor simplemente le gusta. Lo que sí sé es por qué sólo parece que se soportan.

No era caridad. Era agradecimiento. Podría ahora contarse esta historia como un cuento moral. Hablar del cariño por los que nos cuidaron cuando hizo falta.

Sin embargo, yo recuerdo aquello, y pienso que es como un olor que repta y que sólo lo huelen los niños, justo antes de patinar por un suelo de espejo.