I confess



Tout conspire, que decía la reina Dido. Estos días de atrás he estado leyendo Técnicas de golpe de estado de Curzio Malaparte. No les recomiendo el libro; su autor gasta más de doscientas hojas en decir algo para lo que no se necesita más de medio folio. Pero ésa es otra cuestión. Influido por el libro he intentado dar un pequeño golpe de estado, haciéndome con la sala de máquinas de un blog de éxito que irreflexivamente dejé escapar. Sin embargo, como Trotsky en 1927, he sido derrotado. Ayer, antes de saber que mi golpe de mano había fracasado, estuve viendo un rato El último emperador. Fue como una premonición. Cuando llegué al momento en que Pu Yi se corta las venas, dejé la película. Tuve el pálpito de que algo estaba saliendo mal y corrí hacia el ordenador. Había preparado todo muy cuidadosamente: un agente infiltrado daría a los incautos administradores el instrumento que me serviría de excusa. La mejor excusa es la excusa auténtica: la arbitrariedad manifiesta de los administradores podría incendiarlo todo. Sólo era necesaria una buena mecha.

No importa demasiado qué ha salido mal. No quiero ser su Curzio Malaparte. Es evidente que he fracasado. Cuando tienes que improvisar, en un par de minutos, un blog, y la única fotografía de cabecera que encuentras es la de una cucaracha, es que todo ha salido mal. No me consuelan las trescientas visitas nocturnas al nuevo blog. La gente es voluble, pero dentro de poco quedará claro para todos ustedes hasta qué punto es profunda mi derrota.

Hoy he borrado las dos entradas de ayer hechas ex profeso para el golpe de mano. Supongo que esto me convierte en un apestado y comprendería que ninguno de ustedes vuelva a escribir aquí.

En cualquier caso, no se fíen. No se fíen de mí. No se fíen del «honesto» Tsevanrabtan.

Me voy al jardín, a plantar unos nabos.