Invictus



Acabo de ver Invictus, la última película de Clint Eastwood, basada en el libro de John Carlin, El Factor Humano. El libro y la película nos cuentan los primeros tiempos de la presidencia de Nelson Mandela, sus intentos para crear las condiciones para una reconciliación nacional, y cómo utiliza la Copa del Mundo de rugby que se va a celebrar en Sudáfrica con ese fin.

La historia es tan extraordinaria que se convierte, en cierto sentido, en un lastre para la propia película. Digamos, parodiando a Hitchcock, que Invictus no es un film de Eastwood. Su director tiene un pulso especial cuando los héroes de sus películas tienen un lado oscuro, como en el caso de Charlie Parker o de William Manny. Aquí ese lado simplemente no existe. Sólo aparece, y como con calzador, en una escena de Mandela con su hija. Todo el mundo es excesivamente bueno en la película. Es tan evidente el intento del director por demostrar la capacidad de Mandela para provocar un efecto a lo “capra” que las menciones al pasado y al horror terminan resultando excesivamente vagas, como si se estuviesen mencionando hechos sucedidos una generación atrás.

La historia, tal y como se cuenta, no tiene apenas tensión. Los guardaespaldas, negros y blancos, terminan unidos por la profesión y el deporte, pese a la violencia segura de su pasado y al odio previo entre ellos. El odio racial está presente de una manera demasiado diluida. Sobre todo el de los blancos hacia los negros. Y la evolución de Pienaar, el otro personaje central de la película, es demasiado basta. El director “pierde” demasiado metraje en mostrarnos a Mandela, pero ese gasto es excesivo e innecesario, porque el personaje no cambia (es imposible, es demasiado perfecto); son los demás los que evolucionan en contacto con él, pero lo hacen de forma brusca, poco sutil. Y a veces se cae en ciertos infantilismos en el guión (la explicación de la haka, dar por sentado que los sudafricanos ignoran -las cárceles, el odio a los springboks, la pobreza de los suburbios- asuntos que necesariamente conocían, porque eran absolutamente cotidianos).

Puede que sucediera así. Al parecer los grandes trazos de la historia real se parecen mucho a lo que se cuenta (salvo por el pequeño detalle de ocultar a Thabo Mbeki suministrando comida en mal estado a los neozelandeses, que jugaron el partido con diarrea), pero la pequeña historia, la importante cinematográficamente, no está bien hilada. Salta demasiado, y las transiciones no se aprovechan, como en otras ocasiones, sino que sólo sirven para llevarnos de un gran momento a otro: hay tantas y tan buenas anécdotas. Resulta muy curioso comprobar como, una vez más, tanto material termina produciendo una historia fría. Ni siquiera un momento de inflexión, la escena central, en la que Pienaar ve a Mandela en prisión, tiene la altura emocional que Eastwood consigue a menudo en sus mejores películas. Quizás sea producto de la cercanía, y algo así sólo pueda contarse cincuenta años después, con todos los protagonistas muertos.

Es, no obstante, una película que se puede ver. Está hecha con gran honestidad, y muy bien interpretada. Hay momentos estupendos, como el comienzo, con Mandela arreglando su cama, nada más levantarse de madrugada, o el equipo enseñando a unos niños negros en una barriada. Las escenas de competición son correctas, aunque a veces parezcan entrenamientos y sean algo torpes, y pese a que Eastwood juega un poco excesivamente con la progresión del clímax en el happy end, ¿quién no habría hecho lo mismo?




5 comentarios en “Invictus

  1. A pesar de ser rugbiadicto, no creo que vaya a ver esta película. Demasiado edificante para mi alma subsuelítica, sobre todo si tenemos en cuenta que Eastwood (igual que hiciera Carlin en su libro) se olvida olímpicamente de lo que usted señala del amigo M’Beki, responsable del decisivo envenenamiento a los All Blacks. Sin ese ‘pequeño’ detalle, todo, absolutamente todo en la historia, se habría ido a la puñetera mierda. Pero, como en ‘El hombre que mató Liberty Valance’, sigue pesando más el mito que la verdad. La verdad no vende libros ni entradas de cine.

    Más motivos para no verla: si encima resulta que es de las malas de Eastwood, que es un director al que considero muy inflado, sobrevalorado como pocos hoy en día, pues ya no hace falta darle más vueltas.

    Pero, si al menos sirve para que el rugby se difunda un poco más por el mundo, ya me parece que ha valido la pena el proyecto.

    saludos

  2. Tse, déjese de peliculitas para EpC y busque un youtube que se ha filtrado del estreno de Lost, que es la sustancia de estos días

  3. Eso del enevenamiento está muy feo. En mi pueblo, lo que hacen es llevar al equipo rival de parranda y allá cada cual con lo que toma.

    El garrafón no se puede considerar envenamiento, ¿no?

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