Babe

El repaso a algunos acontecimientos de la semana me tiene perplejo. Por ejemplo, el caso del diputado borracho. Las palabras, empezando por borracho. Oía la radio y me enteré de que había nada menos que «estrellado contra otro coche que estaba parado en un semáforo en rojo». En seguida me pregunté por la pertinencia semántica del estrellamiento. Después me enteré alarmado que la reparación del daño costaba más que el bien dañado. Lo que es estraño para un alcance por detrás… salvo quizá que se trate de un BMW de tracción trasera o… que el coche dañado tuviera más de veinte años de antigüedad; en cuyo caso topamos con un viejo problema de resarcimiento. Más tarde y entre líneas me pareció leer que había sido todo más normal: un alcance, un parte amistoso, una patrulla que pasa cerca, se acerca, y cumple con su deber.

El caso de la diputada gallega. No he visto sus declaraciones ni sus no disculpas ni nada. Solo por referencias. Oigo que los gallegos están muy cabreados. Pero parece ser que se trata, sobre todo, de los políticos gallegos: no imagino acolasada la centralita de la televisión al momento de la declaración. Políticos contra políticos. Las declaraciones, claro, son de lo más desafortunadas y desgraciadas; sobre todo porque gallego en el peor sentido de la palabra parece signficar algo así como indefinido, dubitativo, ambivalente, tibio o algo por el estilo. Y tampoco es para ponerse así.

Y el increíble caso del patrimonio menguado del señor Camps Pac. Sólo comparable con el tan o más increíble caso del patrimonio menguado del longevo señor Chaves Manuel; con quien ha debido compartir más de una reunción.

El día ha terminado con el paseo en charca de de la Vega, de Griñan y de Rajoy; no revueltos. Cada uno con sus botas y en las charcas del bajo Guadalquivir. La imagen es desoladora. La imagen por la imagen. Perdidos como un zapato en una olla.

Me despido un tanto tierno y cursi. Con este momento de amor entre un teleñeco y una cantante. Scred y Lily Tomlin (transcript). Pertenece a la primera temporada de SaturadayNightLive. Capítulo sexto. Emitido el 22 de noviembre del 1975: el día en que Juan Carlos de Borbón fue proclamado Rey de España ante las Cortes Generales y con el cuerpo del generalissimo aún presente. Otro día les cuento la relación entre SNL y Franco.

Yo también

zzzzzzzzzzzzzzzzzzzZZZZZZZZ. Yo también zzzzzZZZ esta noche y no sabía de qué escribirles. Estaba zzzzzzapeando y nada me ha venido a la cabeza. Y eso que primero topo con Moratinos. Estamos salvados. Moratinos en la CNN (la de verdad) con Anonpour Christine. Estamos salvados; Moratinos hablando de la crisis económica. Y en inglés. Estamos salvados.

Después he zapeado por un apasionante programa sobre el skunk ape o mono-mofeta que es como un abobinable hombre de las nieves pero en Florida. He sabido lo que es la criptozoología; e, incluso, que existen los criptozoologistas.

Quería haberles contado algo acerca de los casi-enteros que son unos números la mar de graciosos que muestran que los matemáticos son la mar de juguetones. Un casi entero es un número extraño que difiere muy poco de un entero. Uno de los más famosos:

Un casi entero

del que se puede sacar con más provecho que:

Un entero casi

La pena es que nadie sabe «por qué» e elevado a pi menos pi es tan tan cercano a 20.

El asunto se torna tragicómico cuando el casi entero lo encuentra un físico. Estos saben que la constante de estructura fina es casi 137. Bueno, su inversa. La constante de estructura fina es una de las constantes más importantes y mejor medidas. Es importante, entre otras cosas, porque involucra a otras renombradas constantes físicas (la constante de Planck, la carga del electrón, la velocidad de la luz o la constante eléctrica) y, además, porque se trata, simplemente, de un número. Pero nadie sabe por qué su inversa es tan cercana a 137. Y lo que es peor; alguno se lo pregunta.

En la serie Flashforward la humanidad sufre un blackout que dura ciento treinta y siete segundos. Se entiende, así, que la series también tuviera su blackout.

Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz

Zzzzzzzzzzzzz


¿Cómo escribir sobre Pérez Reverte y sobre su entrevista? Hay amigos que me mandan, de vez en cuando, un artículo suyo, siempre con un comentario del estilo: “leedlo, es cojonudo”. Y digo “leedlo”, porque aparece en uno de esos correos que van dirigidos a veinte o treinta personas. Y uno lo leía, cada vez con mayor melancolía. Y luego iba recibiendo las contestaciones, entusiásticas, repletas de exclamaciones y referencias a los cojones del buen hombre, a las verdades como puños y a la bendita facultad de que se le entienda todo; y con cada contestación aumentaba la melancolía. Y con el tiempo Pérez Reverte se ha ido convirtiendo en una especie de “antítesis de la lujuria”, como en un alérgeno. Es el hombre del mazo. El tipo que te recuerda qué es lo que la gente quiere oír. Alguna vez he pensado en comentar este o aquel artículo, pero me puede la desidia. Por no hacerme, no me hace ni gracia.

Hoy, mientras leía la entrevista, iba cayendo en esa especie de sopor cazurro ya conocido. Es una cosa física; parecido a lo del efecto de los ritmos persistentes en la gente. Pero no crean que hablo de algo mínimamente elaborado, algo así como el candomblé; ni siquiera de lo que le pasa a los que van a un estadio a desfogarse con un melenas aporreando una batería. Hablo de algo parecido a ir sentado en un tren, mejor con algo de solecillo, en un asiento de madera, y notar como te vibran los huevos, una y otra vez, así, cuando el tren hace bubum, cada rato, y te vas amodorrando, y te aparece un satisfactorio y sincero gesto de imbécil, un ralentí, una versión a prueba de errores, que muchos confunden con la sabiduría de la madre naturaleza y no pasa de amorcillamiento. Es algo contra lo que no puedes luchar. Y lo malo es que, para comentar el artículo, y reírme de él a las claras, o ser irónico, o para llamar indocumentado o imbécil perfecto al autor, tengo que volver a leerlo, y anotar esto o aquello. Pero no puedo, porque si lo intento, otra vez empezaré a notar el bubum.

Y es que con las experiencias inefables no cabe otra que la emulación. Les propongo su propio viaje intelectual: hacia “arriba” o hacia “abajo”. Puede que salgan de él diciendo cosas como “con dos cojones”, “eso es hablar claro” o “verdades como puños”. O puede que noten el bubum y perciban que e m p i e z a n a p e n s a r m á s l e n t a m e n t e.

Si es así, ya saben a qué me refiero.

Empieza el viaje:

Antes de que trescientos mil ejemplares de El asedio (Alfaguara) tomen el próximo miércoles las librerías de España, Arturo Pérez-Reverte se fue a navegar solo, “nada, fui a Ibiza y volví”, para pertrecharse de la soledad y los silencios que le van a faltar en la vorágine de promoción en la que ya está metido. Ha trabajado duro dos años, dice este marino lector “que ocasionalmente escribe novelas”. Dos años de ensamblaje, después de tanto ir y venir, y leer, y pisar Cádiz. Cuenta Pérez-Reverte que El asedio es una novela moderna con personajes y sucesos de dos siglos atrás. Con esa vehemencia imposible que se gasta, cuenta, como verán, muchas más cosas. El Cultural publica hoy en exclusiva un capítulo de la novela.

Ha escrito Pérez-Reverte una novela con todos los palos de su baraja y los triunfos que viene acumulando de sus partidas anteriores. El asedio es una novela de misterio, de mar, de amor, de política, de ciencia y de historia de España, por decirlo a la velocidad con la que Arturo habla. Es el relato de un gran fracaso. La historia de un mundo que se acaba y otro que no llega a nacer. Poblada de personajes con vidas derrotadas, entre los que destaca esa Lolita Palma que bien pudiera ser una Jane Austen enamorada del Cayetano Rivera de la época. Comerciantes avispados, artilleros franceses, jovencitas asesinadas, corsarios, policías corruptos y mucha pólvora completan la escena. Ya se sabe que en las novelas de Pérez-Reverte pasan muchas cosas. Estamos en la Cádiz de 1811.

– ¡Qué Cádiz! ¿Era, efectivamente, la ciudad más liberal de Europa?
– Lo era, lo era. Pero esta novela podía haberla situado en Troya, en el Leningrado cercado por los nazis, en el Madrid de 1936 o en el Sarajevo del 92. El problema que se plantea es un conflicto moderno. Pero Cádiz me daba unas características especiales: es una ciudad sometida a los vientos, con una topografía muy definida que no ha cambiado apenas en dos siglos: pones un mapa de hoy sobre un mapa del siglo XVIII y coincide casi exactamente. Todo eso me permitía moverme por ella con mucha seguridad. Es decir, Cádiz tiene esos elementos climatológicos, urbanos, arquitectónicos y geométricos que se adecuaban a mi historia.

“Lo que España tenía que haber sido y no fue”
-Además preparaba una constitución… Históricamente vivía una etapa importante…
– Sí, pero yo no quería contar eso. Eso ya lo contó Galdós y lo contó muy bien, y lo contó Ramón Solís, en Un siglo llama a la puerta, también muy bien. Yo no quería reescribir una novela histórica sobre Cádiz. Habría sido estéril, absurdo… Yo quería escribir mi novela, y que pasara en Cádiz. Una Cádiz que fue el ejemplo de la España que pudo ser y no fue. Donde la aristocracia no era de nobles, ni siquiera de dinero, sino de comerciantes, una aristocracia moderna, comparable a la Inglaterra o la Holanda de entonces, y con una clase dirigente abierta, liberal, que viajaba, que hablaba idiomas, donde la religión no era un elemento determinante, donde la política estaba supeditaba a la economía, y no al revés.

– Y era ese mar, lleno de comerciantes y corsarios, de intrigas, contrabandistas y asesinos el que lo hacía posible, ¿no?
– Sí, claro, ese continuo contacto con la civilización, con la cultura, con el comercio, con la guerra, con lo que venía de fuera, tanto libros como periódicos. Su relación ultramarina con las colonias de América hacía de Cádiz una ciudad especial, que no tenía nada que ver con el resto de España. España era entonces un lugar cerrado, oscuro, donde estaban los curas, los reyes, los ministros, y la aristocracia corrupta y acabada, mientras que Cádiz era moderna, abierta, y era el mar, sí, el que la hacía posible. ¡Me entristecía tanto pensar, mientras manejaba toda esa documentación de la época, lo que Cádiz era, lo que España tenía que haber sido y que no fue por nuestra estupidez de siempre…!

España es un país históricamente enfermo
– Cádiz como metáfora de la gran ocasión perdida. ¿Por qué se truncó la historia?
– Porque España es un país históricamente enfermo. Se ve muy bien en cuanto escarbas un poco en la historia: desde Indíbil y Mandonio, los Austrias, la Ilustración… Hasta ahora mismo… Mira cómo nos estamos cargando la democracia. En cuando se empieza a perfilar una España distinta, esa España que empieza a ser posible, la destruyen los mismos españoles: la arrogancia de unos y el fanatismo de los otros. En Cádiz, los constitucionalistas liberales no supieron ver lo que era posible y no era posible. Quisieron hacer una constitución radical de la noche a la mañana, y eso era imposible. La misma constitución tenía el gen de su destrucción. Y cuando lees las actas de los debates, ves cómo se odiaban unos a otros, cómo se puteaban, cómo usaban la Prensa como arma arrojadiza… cómo ese esquema dialéctico, terrible y destructivo, se va reproduciendo en el siglo XIX, XX y XXI. El oportunismo político ya se da en la Constitución de Cádiz. Es desolador ver cómo el español repite los errores, cómo se carga lo que se le ponga delante.

– ¿Hasta qué punto El asedio es una especie de balance, de fin de ciclo como escritor, después de estos veinte últimos años?
– Sí, lo es. Quería escribir una novela en la que de alguna manera estuvieran todas mis novelas anteriores y cupieran en ella todos mis lectores; no una novela total, que me parece una palabra pedante, pero sí lo bastante amplia como para que cualquier lector de mis distintas novelas tuviera un eco de las otras; una novela, si quieres, de madurez, con todos mis trucos, mi experiencia….

– Y su memoria, su memoria histórica particular…
– Sí, al fondo está España, como siempre. Más diluida que en Un día de cólera, Trafalgar o Alatriste, indudablemente. Pero no es una novela didáctica. Yo no quería contarle al lector lo que era España entonces, sino mover a mis personajes por esa España, de manera que al lector, mientras los acompaña, se le esté quedando pegada casi sin darse cuenta cómo era aquella España y ese mundo fascinante.

La memoria analfabeta es muy peligrosa
Pérez-Reverte se embala. No es que le duela España, es que le indigna su incultura, su falta de espíritu crítico. Se revuelve porque, dice, un país inculto no tiene mecanismos de defensa, y “España es un país gozosamente inculto”. Tiene el escritor en la punta de los dedos las batallas, los hombres, las tragedias que han hecho la historia para apuntalar sus argumentos.

– Mi memoria histórica tiene tres mil años, ¿sabes?, y el problema es que la memoria histórica analfabeta es muy peligrosa. Porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un periodo concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia, es un error, porque el cainismo del español sólo se entiende en un contexto muy amplio. Del año 36 al 39 y la represión posterior sólo se explican con el Cid, con los Reyes Católicos, con la conquista de América, con Cádiz… Separar eso, atribuir los males de un periodo a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible. Que un político analfabeto, sea del partido que sea, que no ha leído un libro en su vida, me hable de memoria histórica porque le contó su abuelo algo, no me vale para nada. Yo quiero a alguien culto que me diga que el 36 se explica en Asturias, y se explica en la I República, y se explica en el liberalismo y en el conservadurismo del XIX… Porque el español es históricamente un hijo de puta, ¿comprendes?

– Hombre, Arturo…
– Sí, el español es históricamente un hijo de puta, pero para comprenderlo, para aceptarlo, para quererlo, con lo bueno y lo malo -ahí está también su generosidad, su capacidad de olvidar y de perdonar, de empezar de nuevo- hace falta conocer sus tres mil años de desarrollo y no un pequeño periodo en el cual por sí solo no explica nada…. Me parece muy bien la Ley de Memoria Histórica, pero necesita tener una letra pequeña, un apéndice que la contextualice… Yo soy de Cartagena, y en Cartagena, que era zona roja, hubo de todo, hubo represión brutal de los milicianos y represión brutal de los falangistas. Y a mí, cuando era pequeño, me contaron las dos represiones, las dos; por eso, hablar de unos buenos y otros malos a estas alturas… Cualquiera que haya leído historia de España sabe que aquí todos hemos sido igual de hijos de puta, TODOS.

“¡No me cuentes historias!”
– No sé si sólo es cuestión de incultura…
– Si este país no fuese un país analfabeto, cuando a la gente le dicen: estos son los buenos y estos los malos, diría, ¡no me cuentes historias, que yo sé muy bien de qué estamos hablando, que yo he leído, que sé que no, que sé que los carlistas, y sé que los isabelinos, y sé que Fernando VII y sé que la Constitución, y sé que los nacionales, y los rojos, y sé que los socialistas, y sé que los comunistas… Que yo sé! El problema es que España es un país inculto, España es un país gozosamente inculto, es un país deliberadamente inculto, que disfruta siendo inculto, que hace ya mucho tiempo que alardea de ser inculto, y con gente así, esa Ley de Memoria Histórica es ponerle una pistola en la mano. No estamos preparados para leyes como ésas.

“¿Sabes realmente cuál es mi lamento histórico? Es que aquí nos faltó una guillotina al final del siglo XVIII. El problema de España, a diferencia de Francia, es que no hubo una guillotina en la Puerta del Sol que le picara el billete a los curas, a los reyes, a los obispos y a los aristócratas… y al que no quisiera ser libre le obligara a ser libre a la fuerza. Nos faltó eso, pasar por la cuchilla a media España para hacer libre a la otra media. Eso lo hemos hecho luego, hemos fusilado tarde y mal, y no ha servido de nada. El momento histórico era ése, el final del XVIII. Las cabezas de Carlos IV y de Fernando VII en un cesto, y de paso las de algunos obispos y unos cuantos más, habrían cambiado mucho, y para bien, la Historia de España. Nadie lo hizo, perdimos la ocasión, y aquí seguimos todavía, arrastrando ese lastre que nos dejaron aquellos que sobrevivieron y que no tenían que haber sobrevivido”.

Se acerca un lector devoto, ignorante de la gravedad de la situación, preguntando por su próxima novela. Otro, más tarde, le pide que le firme Cuando éramos honrados mercenarios, que lleva en su mochila. Al escritor le ruborizan los elogios y quiere que termine la escena vaporosa lo antes posible. Aparece el gran tímido que lleva dentro, tan alejado del bravucón que se mete en mil batallas. “Estas muestras de afecto me hacen sentirme mal, sentirme responsable, yo sólo soy un tipo que escribe, que mete mensajes en una botella sin esperar retorno”.

Ajuste de cuentas con el mundo
Siempre he creído que Pérez-Reverte habla como sus rudos personajes, pero que es él quien se parece a ellos, y no al revés. “La literatura -dice- es como el alcohol: nadie pone lo que no tiene. O lo robas, o lo tienes. Y a mis personajes los he hecho yo. No he bebido en fuentes documentales solamente. Es mi propia mirada sobre el mundo la que vierto en los libros. En ellos está mi sentido de la amistad, de la vida, de la muerte, de la lealtad. Creo que soy un escritor coherente”.

-Esa fama tan cimentada que lo acompaña, fama de independiente y libre, también de cierta chulería…
– ¿Y qué tiene de malo eso?
– …fama de hombre herido…
– Herido no… ¿por qué? Bueno, acaba la pregunta…

– …de estar en un continuo ajuste de cuentas con el mundo.
– Es que a mí el mundo que he visto no me gusta. Sí, es verdad, estoy herido por el mundo. Mi vida ha sido una sucesión de haitís… Y de Haití es tan culpable el azar como la estupidez de los hombres… y en mi vida, en mis artículos y en mis libros intento ajustar cuentas con el uno y con el otro. Porque a mí me han hecho los libros que he leído y las cosas que he visto. Y los libros me han servido para digerir e interpretar las cosas que he visto. Sin los libros no habría podido sobrevivir personalmente a muchas de esas tragedias que he visto, a Sarajevo del 92, al Beirut del 76, a Eritrea del 77. Esa colección de fotos, de fantasmas, de haitís que tengo en la memoria, sin esos libros como analgésico, como clave, me habría sublevado, estaría disparando contra la gente. Los libros me han dado cordura. Me han hecho digerir lo indigerible. Sin todos esos libros, estaría perturbado seriamente, sería una persona muy desagradable.

Todo Titanic tiene su iceberg
-Las cosas parece que han cambiado poco desde su Territorio Comanche de hace 20 años.
-El hombre moderno se niega a aceptar las reglas: el mundo es un lugar peligroso, hostil, todo Titanic tiene su iceberg, y nos negamos a verlo. La gente se deja timar por las agencias de viaje que hablan de lugares paradisíacos, pero el mundo es un sitio muy jodido. Es que los barcos se hunden, y los virus te infectan, y las balas te matan… es asombroso que la gente se niegue a aceptar que el mundo es un lugar así, pero los viejos lo sabían y nosotros lo hemos olvidado. Mira el cuadro de Brueghel el Viejo del Prado: esos viejos lo sabían, y con nuestra estupidez lo olvidamos todo y pagamos el precio de ese olvido. Y oímos: “¡Que me saquen de aquí!… ¡Que el gobierno intervenga!…” Pero, gilipollas, ¿por qué te has metido?

“El mundo es un sitio muy duro, sí”, remata el escritor, y continúa: “Pero, escúchame una cosa: cualquier médico de urgencias de un hospital, cualquier penalista que se pasea por la cárcel, cualquier chica que trabaje con marginados conocen la dureza del mundo. No hace falta ir a la guerra… Esto que tenemos aquí, en Occidente, es la excepción, el mundo real es aquello. Y ya no estamos preparados para defendernos frente al mundo.”

Un trabajo, no un don divino
-Hace tiempo le oí decir que nunca pertenecería al mundo hipócrita, falso, lleno de envidias que es el mundo literario. “Prefiero -recuerdo que decía- estar fuera de todo esto y estoy muy feliz de no deber nada a nadie, en el terreno literario”.
– Ya ves que he sido coherente, que han pasado los años y he seguido mi camino. No debo nada, no, pero por eso no me creo mejor que nadie. Simplemente, no pertenezco a ese mundo; no voy a veladas literarias, ni a Hay festivales, ni a la Feria del libro (aunque a lo mejor este año voy). Me mantengo fuera. ¿Por qué? Porque no lo necesito. No veo que haya relación entre dar un ciclo de conferencias sobre la literatura del próximo milenio y escribir novelas. Y yo escribo novelas. Y trabajo todos los días y lo mejor que puedo. Esto es un trabajo, no un don divino. No soy un artista. Tengo una obligación moral conmigo mismo y con la gente que me lee. Tengo que concentrarme en eso y no ir por ahí teorizando sobre literatura, que me importa un carajo.

– Si, pero ahora es usted académico.
-Ya, pero eso no lo pedí. ¿Quién iba a rechazar ese honor? Estoy encantado, además. Estar entre gente sabia es un privilegio. Dice Javier Marías que la Academia es lo más parecido a un club inglés que ha visto en su vida. Pero no, no es un club, es algo abierto al mundo, a América; es un lugar de trabajo interesantísimo. Formar parte de ese grupo es un honor inmenso.

– ¿Lee los libros de otros colegas, o sólo libros de Historia?
-(Silencio largo, largo) Es evidente que algunos leo. Leo los libros de mis amigos. Leo poco, pero poco por dos razones: primero, porque tengo 58 años y me queda un tiempo limitado. Y prefiero leer historia, o clásicos griegos y latinos, que es lo que me gusta. Ya no leo prácticamente novela, pero releer a Montaigne, a Virgilio, a Suetonio, a Plutarco… eso sí me alimenta, me es útil. Yo voy cambiando, así que siempre me resulta una lectura diferente.

En el making-of de la entrevista se han quedado algunas curiosidades del escritor. Ahí van éstas: “Desde hace 25 años veo dos películas diarias en mi casa”… “De esta novela no sale una película, es demasiado compleja”… “Antes de tener éxito con mis libros, yo era igual de chulo”… “Sé que hay gente que mataría por mí y otra que no me soporta”… “No creas, yo también tengo mis ternuras”…

Y alguna perla más.

Filesa, Malesa, Time Export y el Gobierno


Ayer, el Tribunal Supremo admitió otra querella contra Garzón. El auto es muy escueto, aunque contiene ya algunas afirmaciones que no dejan en muy buen lugar al juez que resolvió no anular la interceptación de las comunicaciones en el caso Gürtel. Ya veremos, no obstante, dónde termina el asunto.

Eso sí, El País acaba de ampliar la trama. Ya no están sólo Correa, El Bigotes, Camps y el sastre.

Ahora también hay que incluir a los magistrados del Supremo.

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Y se fue la luz …



… y al volver faltaba esto:

Quería haber escrito, tirándome el moco, una interesante entrada sobre el candente tema económico. Algo sobre el origen de la crisis en las economías modernas y sobre qué deberían hacer los “inútiles” que nos mandan para sacarnos de ésta (crisis).

Así que me he ido al lugar al que van los listos: al rincón del vago. Pero todo era muy largo y muy complicado. ¡Necesitaba algo más directo y más accesible!

Menos mal que siempre nos quedará internet. Y menos mal que siempre hay alguien que supera nuestras expectativas.

Fíjense si soy vago que por no hacer no voy a hacer ni un copypaste. Eso sí, para hacerse una idea, no dejen de examinar, por ejemplo, el punto 3: ¡revolucionario!

Impostado


Vaya una pichalío que se hace David Trueba. Gasta un montón de palabras para explicarnos que lo del Mosad es una cosa real, gris y horrorosa. Y, para hacerlo, usa el subterfugio de, pretendidamente, referirse a la muerte en el cine. Lo gracioso es que no está filmado el asesinato del tipo “orondo”. Y no podemos comparar. En fin, en fin …



Yo, no obstante, le comprendo. Intenta decirnos algo. Lo verdaderamente asombroso no es que, a cuento del tipo de Hamas, descubra que la muerte real y gris no se parece a lo que nos enseñan habitualmente en las películas. La muerte es un tema tan cinematográfico que resulta poco creíble que un guionista o un director no haya reflexionado sobre ello. Y además, seguro que es difícil de filmar y por eso se habla de lo bien que se muere este actor o aquella actriz en tal o cual película. Sí, intenta decirnos algo. Y, sin embargo, se queda tan corto que su reflexión termina pareciendo algo infantil. David Trueba pertenece a un gremio convencido de su capacidad para contar cosas, para reflexionar sobre la vida y para explicarnos las profundidades del ser humano. Quizás por esa razón no cae en la cuenta de que sus pensamientos sobre la muerte pueden aplicarse a todo lo demás. ¿Por qué razón va el cine, que no es capaz de mostrar una muerte como esa muerte real y gris, a ser capaz de mostrar cualquier otra cosa real? ¿Por qué va a ser capaz de mostrarnos una conversación, el amor de un padre por su hijo, la pasión enajenada, la envidia? O siendo más trivial, ¿por qué va a ser capaz de mostrarnos la realidad y grisura de un tipo que compra un periódico o que se toma un café?

Es lo malo de ciertas metáforas. Quieres meterte con los tíos cachas del Mosad y, como la cabra tira al monte, te sale la metáfora campanuda. Y piensas que está muy bien traído. Sin embargo, luego alguien nos querrá explicar que eso que dura ciento veinte minutos nos da las claves sobre la agonía de un tipo tetrapléjico o sobre la incomunicación en el mundo moderno o sobre el retrato de la soledad o sobre personas.

Y el caso es que tampoco es complicado encontrar la muerte filmada …



…, yo la he visto, en varias ocasiones, en causas penales. Grabada por cámaras quietas, que no enfocan a nada concreto. Y siempre he tenido justo la sensación contraria: de irrealidad.

Al final, no puedo evitarlo, me quedo con la realidad del dedo sobre la empuñadura y me olvido del navajazo en las escaleras del metro.


Un hombre feliz


Hoy he visto a un hombre que con todos sus gestos nos dice: tengo el mejor trabajo del mundo. Durante hora y media, sin embarazo de ningún tipo, se lo ha pasado bomba delante de dos mil personas. Eso está muy bien; le reconcilia a uno con el destino.

Yo también me lo he pasado muy bien viéndole. Supongo que la banda sonora ha ayudado: la obertura de Los Maestros Cantores de Wagner, la Sinfonía de Cámara de Schoenberg y la segunda de Brahms. Buena música, ¿verdad?

Y al final, todo el mundo ha aplaudido a rabiar. No crean que nos hemos visto obligados por la cantidad de pasta gastada, por el hecho de que se tratase de la Filarmónica de Berlín, y porque el hombre feliz fuera Simon Rattle.

¡Qué va! Yo diría que las causas principales han sido el sonido, espeso y precioso, que se hunde en los huesos, capa a capa, el empaste, la precisión, la brillantez colectiva. Y más cosas: esos contrabajos, telúricos, y esa trompa, líquida. También ha ayudado la voz de los violonchelos, no crean.

En fin, que ha estado muy bien. Wagner ha sido Wagner, Schoenberg ha sido Wagner, y Brahms, ah, Brahms volaba en el lento y bailaba en el allegretto, en este con un tempo simplemente perfecto.

No les digo más. La crónica social se la dejo a mis hijas, que han observado que había señores que parecían guardaespaldas (porque lo eran) y que no había casi niños. La pequeña ha buscado a Gallardón, sin éxito (habíamos deducido que quizás estuviera porque aparecía en el programa contando no sé qué): pretendía leerle la cartilla por la obra de nuestra calle; como no le ha encontrado, al final ha dicho algo inconveniente en voz alta. No lo repetiré aquí. Y no nos hemos reído con los gestos de Rattle. Es imposible reírte cuando ves a alguien que te dice, con todo su cuerpo, que tiene el mejor trabajo del mundo.


Debió de ser eso, solo mala suerte.

Veit Harlan murió en 1964, en Capri. Tuvo mejor suerte que Dora Gerson, que murió en Auschwitz, en 1943, junto con su marido y sus hijos, de tres y seis años. Harlan había estado casado con Dora Gerson, en los años veinte, los años de más éxito de la cantante judía. La fama le llegaría más tarde a Harlan, a grupa del caballo ganador.Se le recuerda sobre todo por Jud Süß. La película llegó a ser vista por más de veinte millones de personas. Se dice de ella que fue brillantemente dirigida y brillantemente interpretada. La historia es sencilla: el judío Süß se hace amigo del príncipe Karl Alexander y termina siendo su consejero cuando este llega a la dignidad de duque de Württemberg. El malvado judío permite que Stuttgart se llene de otros de su raza, a la vez que extorsiona a los buenos alemanes y seduce a las doncellas, ayudado por un siniestro cabalista, llamado Loew. La escena cumbre es la violación de Maria, la joven esposa de un notario, que intenta salvar a su marido y termina suicidándose. Sólo cuando muere el príncipe, víctima de una apoplejía, el judío es arrestado, juzgado y colgado, dentro de una jaula, a la vez que se ordena la expulsión de los judíos de la ciudad.

La película se rodó en 1940, y en ella participaron ciento veinte judíos. Harlan pidió a Goebbels “extras judíos racialmente puros”. Los necesitaba para rodar el servicio de una sinagoga y la entrada de los judíos en Stuttgart. Los trajeron de Praga. Pueden imaginar su destino.

Fue León de Oro (nota de errores: en realidad, aunque participó no ganó: si lo hizo dos años después con otro film) en La Mostra de Venecia, en 1940. Aunque la buscarán en vano en su página oficial o en la oficiosa.

Sí aparece, sin embargo, el nombre de Antonioni. En 1965, un año después de la muerte de Harlan, Michelangelo Antonioni ganaba con la película El desierto rojo. Veinticinco años antes había escrito una crítica de la película nazi:

No dudamos en decir que si esto es propaganda, bienvenida sea la propaganda. Es una película potente, incisiva, extremadamente efectiva . (…) No hay un solo momento en que el film decaiga, ni un solo episodio que no esté en armonía con otro: es una película de una unidad y equilibrio perfectos (…) El episodio en el que Süß viola a la joven se ha rodado con asombrosa habilidad.

Antonioni murió en 2007. Tenía noventa y cinco años de edad. Recibió muchos homenajes.

Miriam Sluzier y Abel Juda: esos eran los nombres de los hijos de Dora.

Godoy




Ciertamente no entiendo a Godoy. Podría admitir que sus funciones (se autodenomina monologuista) se nutren de la recopilación de frases de personajes famosos, no en vano seleccionar pensamientos ajenos si se hace con criterio y habilidad hasta puede tener su mérito, oye. Con esta simple declaración de principios bastaría para que nadie pudiera pillarlo atribuyéndose la autoría de frases de Jaume Perich, Woody Allen, etcétera. Pero no, se presenta como creador de las frases que recita y eso me parece muy torpe por su parte. En el vídeo puede vérsele ufano y sonriente admitiendo la autoría de la cita que comenta el despistado presentador del programa.