Tiempo III


Yo sé que el tiempo tiene una dirección porque he sumado 7+13 y me ha dado 20. Cuando quise invertir el sentido del tiempo, me encontré con 20, pero no sabía en qué sumandos debía descomponer mi suma.



Los relojes renacieron (o quizás nacieron como son hoy) para evitar que el hermano ocupado de avisar las horas no cayese presa del sueño. Las campanas sonaban sin problemas al amanecer, al anochecer, a mediodía. Es fácil dividir el tiempo cuando se ve y eso exigieron los reformistas cistercienses. Sin embargo, qué hacer si te retrasas en maitines y llega la mañana. Acortar el oficio es impensable. Y el temor se hace mayor cuando la noche se acorta, como bien sabe el monje. La solución fue la combinación de los horologia, tablas que precisaban la duración del día y la noche, dividiendo el día en horae, puncti (cinco por hora) y ostenta (doce por punto), y los horologia nocturna, minuteros, muchos clepsidras, algunos foliotes con un antecesor del mecanismo de escape, relojes de sonería que no medían el tiempo constantemente, pero servían para avisar al hermano dormilón.

Y servían evitar que hiciera caso a las tentaciones del demonio, que le pregunta por qué tiene tanta prisa en salir de la cama, cuando basta un día, sólo una hora para alcanzar la eterna beatitud.

Aún pensaban que el reloj obstaculizaba los planes del maligno.

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