Historias del barrio de la Estrella


El otro día me contaron que Carmen Romero, ¿la ex? (es que no estoy seguro) de Felipe González, declaró en cierta ocasión que todavía iba, de vez en cuando, a ver a sus amigos del extrarradio. Tenía amigos allí porque allí había vivido. Lo gracioso es que el barrio en cuestión, el barrio de la Estrella, no está precisamente en el campo. Ni es, por supuesto, un barrio muy marginal, la verdad (no se si poner aquí una jetilla). Digamos que lo de extrarradio puede calificarse como figura retórica. Debe de ser común en la zona. Allí están las “piscinas del mundial” (porque se construyeron para un mundial de natación). Una vez, hace muchos años, llamé por el anuncio de un piso. El anuncio decía “piso con piscina”. Pues sí, la piscina estaba enfrente y el anunciante también era amigo de las figuras literarias.

También me contaron que por allí andaba, hace un par de décadas, un famoso presentador de televisión. Era joven y tenía novia. Ahora está casado. Vamos, que ya no tiene novio. Y esto no es una figura literaria.

De las historias del barrio, sin embargo, la que más me gustó es la de un chico algo feúcho que tiene aproximadamente mi edad. Sus padres se habían separado. La madre se quedó con la casa molona y el padre se tuvo que ir a vivir, él sí, a un barrio algo más lumpen. Por decir uno, digamos que se fue al barrio de Usera. El muchacho, en fines de semana alternos, veía a su padre, y comprobaba de primera mano como vivían las personas de extracción social más baja y sin conciencia de clase.

(Nota: Y tanto. Éramos unos inconscientes de la leche)

Luego volvía a su piso espacioso con vistas al Canoe.

El caso es que el chico se hizo mayor y terminó dándole a la cosa espiritual. Viajó y conoció las vanguardias. Y al volver a España ya era un tío de fular en cuello, con pinta de ducharse poco y una gran formación humanística y artística. Así que escribió una maravillosa historia en la que se metía en la piel de la gente de los suburbios (buf, siento un cosquilleo que no vean). Para conseguir tamaña proeza sólo tuvo que echar la vista atrás y recuperar la memoria de los fines de semana de la infancia alterna. Bueno, la verdad es que la maravillosa historia la escribieron entre dos. Era tan maravillosa que ganó un famoso premio y le mandaron una invitación a cada uno de los premiados. Una invitación con su orla y todo. Fíjense si era importante el premio, que se iba a retransmitir por televisión. Él se había hecho famoso, y tenía preparado un speech comprometido y cañero. Y le sobraba el coautor. Así que la víspera, le recordó quién era él y que no se le ocurriera enseñar la jeta. El coautor se metió la invitación con orla por el culo y todo el mundo pudo ver, por televisión, cómo un hombre joven, de pinta cuidadamente descuidada, hablaba de los desfavorecidos, de los que no tienen nada, y de los proyectos que nacen en el corazón, sin la molesta presencia de alguien que por no tener, no tiene ni entrada en la wikipedia.

En fin, es un barrio tranquilo. Yo le tengo cariño porque fui capaz de convencer a un juez de que un cliente mío tenía una “servidumbre de tendedero” y una constructora le tuvo que construir una terraza para tender la ropa. Hoy los socialistas de carné se han debido de ir a otros barrios: lo digo por los fachas que hacen manifestaciones para que no se construya una pasarela sobre la M-30 (perdón, calle 30), no sea que les invadan los gitanos que viven en la “cárcel”.



Menos mal que a Gallardón no le para nadie cuando de construir se trata.

Fin