Une émanation de la vertu


Unas entradas atrás (seguramente muchas, ya que éste es un antiblog) Jacobiano, creo, me dijo que no había comentado unas declaraciones de Carlos Jiménez Villarejo. Ni las había leído ni las leí entonces. Ayer hizo otras, y si son parecidas, no merece la pena buscarlas y menos aún leerlas. Más que nada porque sonrojan a cualquiera y no sé si son propias del Sr. Jiménez Villarejo, el de toda la vida, para entendernos, o si son producto de algún tipo de decadencia intelectual.

Para empezar, resulta chocante que hable tanto del estado democrático y que un jurista de carrera intervenga en un acto de apoyo a un magistrado por el hecho inaudito de que se le esté juzgando conforme al procedimiento establecido. Salvo que democrático para el Sr. Jiménez Villarejo equivalga a una inmunidad por razones de ideología. No es un cualquiera el que socava con ese comportamiento las instituciones que resultan de nuestra Constitución y nuestro ordenamiento jurídico. Estamos en el año 2010. Hace más de treinta años que el poder judicial está sujeto a la Constitución y hace más de treinta años que está sujeto a normas aprobadas por un parlamento elegido democráticamente.

Si ese apoyo fuera simplemente moral, un algo así como “Jesús, ¿qué cosas hemos visto Maese Baltasar?” tendría un pase. Es lo que pasa con los amigos, que les echas una mano aunque no se comporten como debieran. Pero no. Además pontifica y dice cosas de lo más extraordinario.

Por ejemplo, afirma que las querellas han sido “perfectamente calculadas y estudiadas” y que eso presupone la “persecución de un juez que es un ejemplo”. ¿Y qué? Qué cojones importa como sean las querellas? Lo que hay que saber es cómo son las resoluciones del Tribunal Supremo. No diré nada sobre el ejemplo que da Garzón, porque eso precisamente es lo que al Sr. Jiménez Villarejo le parece más importante y a los demás nos parece justo lo contrario. Y no me refiero a mi opinión sobre el magistrado, sino al hecho de que se pretende precisamente saber si ha cometido concretos delitos y no si es un santo varón en el conjunto de su vida adulta. Para eso ya están los hagiógrafos.

Eso sí, que su visión no es la de un jurista, sino la de un robespierre, queda perfectamente claro cuando se atreve a afirmar que es un “atropello” que Correa pueda acusar al magistrado. Para empezar, ya resulta siniestro que se haya decidido, por el que pregunta, que Correa es culpable cuando aún no se le ha juzgado, pero más siniestro aún es que se niegue (¡por un señor que ha sido fiscal anticorrupción!) el derecho de un acusado (por el delito que sea, aunque se haya comido a trescientos bebés) de defenderse acusando al juez. Como si los jueces fuesen inmunes y los acusados fuesen culpables. Y añade que es él el que está siendo investigado. Pues no, son él y el señor Garzón.

Y además no para. El hombre se ha embalado y va cuesta abajo, camino de los juicios populares. Se atreve a afirmar que la admisión de la querella supone una alianza “objetiva” (¿y eso qué coño significa?) “de los tribunales y los corruptos, porque transmite un mensaje evidente de amparo de sus conductas y de posible impunidad”. ¿Y quién es el corrupto? ¿Quién decide eso?

Lo peor, además, es que esa opinión se sustente en el hecho de que la “persecución del juez” haya sido “consentida y tolerada por el Tribunal Supremo, incluso por magistrados progresistas” y que eso suponga que se ponga aún “más de relieve que la persecución de la corrupción sigue siendo una asignatura pendiente”. ¿Qué tipo de razonamiento lleva a alguien a hacer afirmaciones tan graves (manifiestamente injuriosas y calumniosas) llegando al punto de convertir la presencia de “jueces progresistas” (él siempre mezcla ideología y derecho) en un argumento más? ¿Si esos molestos “jueces progresistas” no estuviesen presentes, el razonamiento le habría llevado a otra conclusión? Seguro que no. Y lo sabemos porque más tarde afirma que la admisión de las querellas demuestra el poder de la “extrema derecha” en España.

Y además, que se trata de una cuestión moral, queda claro. Nos lo dice el entrevistador que apela a la ciudadanía y al hecho de que las querellas se refieran a cosas tan diversas, como si eso tuviese que tener alguna consecuencia exculpatoria. Cualquiera pensaría, a bote pronto, que esa “casualidad” demuestra que el magistrado Garzón tiene un modus operandi. Sin embargo, lo blanco y lo negro, todo sirve. Porque si la querella fuese una, se diría que eso no implica nada, un simple caso aislado, y si son muchas, es que hay una persecución. Como los mentalistas, todo es prueba del poder benéfico del magistrado bueno. Porque de eso se trata, de evitar consecuencia asociales o inmorales. Para el Sr. Jiménez Villarejo, que el Tribunal Supremo actúe conforme a los procedimientos establecidos, en uso de su función jurisdiccional, socava los “cimientos del Estado democrático” y supone una “inmensa derrota jurídica y moral”. Lo que no lo supone y lo que no socava nada es que el magistrado, un hombre progresista y bueno, sea inmune frente a los corruptos, que lo son porque él (el SR. Jiménez Villarejo) ya lo ha decidido, sin juicio y sin defensa, sin contradicción ni audiencia. Él es la voz del pueblo soberano, del pueblo que clama indigno, de la puta muchedumbre que dice que a la horca con ellos, y que si se interponen esos del supremo que también les acompañen. No exagero: ¿cómo se compadece la afirmación de que el comportamiento del Supremo equivale a “poner al poder judicial bajo los pies de los caballos de los corruptos”, que han “conseguido ya una victoria”, con el hecho de que ese comportamiento sea resultado de decisiones voluntarias del propio Tribunal Supremo? Sólo hay una forma: el Tribunal Supremo también es corrupto. Aquí el Tribunal Supremo no es un órgano pasivo. Puede no querer decirlo, y de ahí eso de que la extrema derecha somete “objetivamente” (¡¿Y eso qué cojones es?!) al Tribunal Supremo, pero no hay más alternativa. Y vuelvo al principio: la cuestión para Jiménez Villarejo es simplemente ideológica. Sólo así se entiende que se atreva a afirmar que las decisiones del Tribunal Supremo se sostienen “únicamente” (sí, lo dice) sobre los argumentos de la extrema derecha y del Partido Popular, y que eso es “dramático”, porque “están aflorando las sombras del pasado”. Este hombre es un sectario infame. Así de sencillo.

Y en fin, la guinda, ¿qué decir de la guinda? Su última respuesta:

Llevamos 25 años en que las asociaciones de jueces y fiscales, conservadoras y progresistas, han celebrado congresos comiendo en la mano de los bancos y cajas de ahorros, que han aportado cantidades importantes, han pagado gastos de alojamiento y seguramente algo más. ¿Por qué no se preguntan los jueces y fiscales cómo encaja esto en el ejercicio libre e independiente de su función si cualquiera de ellos ha tenido algún asunto con las entidades que les han subvencionado tan generosamente?

Esto lo afirma quien ha ejercido un cargo que le obligaba a perseguir los casos de corrupción. Acaba de acusar a sus compañeros de carrera y a los jueces de España, de eso, de corruptos, no crean que se trata de otra cosa.

Todo simplemente repugnante.

Me voy a evitar cualquier otro artículo del Sr. Jiménez Villarejo, con su permiso. Y no vean lo que me alegra saber que está jubilado.