Antología de música clásica occidental (1)


In principio creavit Deus

Por ahí hay que empezar, por el principio. Sin embargo, hay trampa. Eso que se llama genéricamente Canto gregoriano es resultado de una evolución de siglos, uno de los productos más excelsos de una forma de construir y ejecutar música que provenía de diferentes fuentes y diferentes tradiciones.

Como se trata de escoger obras musicales y de ir escuchándolas, es mejor ir sobre seguro. Si profundizan en el tema leerán que antes del gregoriano hay una serie de tradiciones locales, la galicana, la romana antigua, la beneventina, la mozárabe, la ambrosiana (la única que conserva un corpus importante de música escrita). Leerán que esas tradiciones bebieron de la música cristiana oriental, tal como se practicaba en Siria y en Bizancio, a su vez influidas por la práctica en la sinagoga hebrea de canto de los salmos conforme a fórmulas de recitación y a la alternancia de los solistas y la congregación. Leerán sobre los “sistemas” musicales de Grecia y de Bizancio, sobre el origen de los himnos y, quizás, de las tradiciones musicales de lugares como Rusia o Armenia. Es esta una materia difícil y controvertida, en la que hay que dar cosas por supuestas y en la que los ejemplos disponibles son escasos.

Esto es lo que hace especial al gregoriano. Se conserva y se ha ejecutado sin interrupción desde hace diez siglos. Es cierto que su práctica se había ido “corrompiendo” (permítanme usar este término tan poco apropiado) por la influencia de la música de siglos que fue depositando una especie de pátina que hubo de ser limpiada. Aún se anda con esa tarea. Y no podrá nunca terminarse satisfactoriamente, porque es imposible saber realmente cómo se interpretaba en la época en la que fue definitivamente codificada. Y, a lo mejor, porque la pregunta es falsa, ya que, a pesar de la real unidad del material musical, estamos hablando de siglos y de tradiciones locales. Es igual, la limpieza que iniciaron los monjes de Solesmes, en el siglo XIX, y que han continuado musicólogos e intérpretes, nos permite escuchar una música viva, de la que forman parte algunas cumbres absolutas de la melodía.

Sé que esto va a quedar algo largo, pero es necesario explicar algunos conceptos.

Llamamos música gregoriana a la música que se utiliza en la práctica religiosa de la Iglesia Católica y que aparece fijada en manuscritos que comenzaron a escribirse en el siglo IX, y que supuestamente es resultado de una fusión de la música de la Schola cantorum de Roma y la música religiosa francesa. Se la llamó gregoriana para dotarla de un sello de autoridad, la del papa Gregorio I el Magno, que habría sido el autor de la mayoría de las obras. En realidad, la música gregoriana proviene del norte, porque fue allí, en Francia, en Suiza, en Alemania, en donde se escribió por vez primera. Parece que fue resultado de la decisión de los monarcas francos de unificar una práctica que se había ido complicando con los siglos. Esa práctica puede que fuera una mezcla de una música bastante uniforme (ya conocemos la existencia de “memoriones”, de personas que pueden aprenderse un Corán o un cantar de gesta) y de prácticas improvisatorias basadas en fórmulas conocidas. Quizás la necesidad de empezar a poner esa música por escrito y la necesidad, típica de un poder real creciente, de ordenar algo tan políticamente importante como la liturgia, llevasen al desarrollo de una escritura musical, primero muy básica, casi de recursos nemotécnicos, y luego más desarrollada, con el uso de líneas, cuatro, y de neumas para detallar las alturas relativas y la duración.

Los reyes francos se basaron en la autoridad de Roma y sus enviados trajeron de vuelta un material para sustituir la práctica galicana, la propia de su tierra. Sin embargo, ese material tuvo que verse afectado por la música local y, además, el gregoriano, como música viva, siguió creándose en esos siglos. No se sabe bien hasta qué punto el resultado acumulaba más material de uno u otro origen. Ni siquiera se sabe si parte de ese material era común a toda la cristiandad occidental, como puede deducirse de la similitud, muy grande, entre obras de canto ambrosiano y gregoriano.

El gregoriano es música religiosa. Se destina a la misa y a los oficios u horas canónicas: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Las más importantes son las dos primeras y las dos últimas. Esta música, interpretada sobre todo en los monasterios, aparece recogida en un libro llamado Antifonario y su texto se recoge en el Breviario.

En cuanto a la misa, consta de partes fijas, llamada en conjunto Ordinario de la Misa. Lo forman el Kyrie (la única parte con texto en griego), el Gloria, el Credo, el Sanctus, en Benedictus y el Agnus Dei. Sólo la Misa de Réquiem tiene un ordinario diferente, en el que se suprime el Gloria y el Credo y en el que se introduce una secuencia (ya veremos qué es esto en otra entrada) específica, el Dies irae. El resto de la misa, se conoce como Propio y varía según las fechas del año. Las partes del Propio más importantes son el Introito, el Gradual, el Aleluya, el Tracto, el Ofertorio y la Comunión. La música de la Misa está recopilada en el Gradual y los textos en el Misal.

Por hoy es suficiente. Ya hablaré la próxima semana de los diferentes tipos de obras según su interpretación, de la recitación de los salmos, de las antífonas, de los himnos, de la notación, de la estructura melódica, de los modos … Demasiadas cosas para una sola entrada. Tenemos que pararnos el tiempo suficiente: el gregoriano es clave en la evolución de la música de occidente. Puede resultarnos extraño, con cadencias que no sentimos como tales, demasiado desnudo, sin una armonía que lo sustente, sin un ritmo identificable; puede parecernos una música irreal, incapaz de expresar sentimientos claramente identificables, una música sin dirección. Esto nos exige un esfuerzo. Porque realmente realza y acentúa el texto sagrado, y porque es un producto intelectualmente refinado, que pretende crear un estado “ideal”. Y en cualquier caso, hay que acostumbrarse al canto llano, porque es la base de la evolución de los siglos siguientes.

OBRA UNO: el Responsorio Media vita in morte sumus, escrito en el Modo IV, que se canta en el Oficio en Cuaresma.



OBRA DOS: EL Introito Statuit ei Dominus, escrito en el Modo I. (Añadido: roto el enlace, les dejo una versión “adornada”).

OBRA TRES: La antífona Salve Regina, que se canta en el oficio de Completas, desde la Trinidad hasta el Adviento, en modo I.

OBRA CUATRO: El ofertorio Jubilate Deo universa terra, del quinto domigo de Pascua, en el Modo I.