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Pensaba hablar de este hombre …



…, pero quería hacerlo en paralelo, usando un contrapunto. Sin embargo, no se lo merece. Había pensado enfrentarlo al mal grotesco de Eichmann, pero no lo haré. Dejaré que pase tiempo, para no mezclar escenas fantásticas, dignas de la imaginación de Capra, si Capra hubiese estado dispuesto a enseñarnos el mal, con esto:

Eichmann estuvo destinado en Viena. Después de ser capturado por los israelíes, décadas después del fin de la guerra mundial, contó, en uno de los interrogatorios, una escena que prueba, sin concesión alguna, cómo los hombres más míseros y estúpidos pueden producir un daño espantoso si se les deja. Eichmann se había relacionado en Viena con Berthold Storfer, un empresario judío. Tiempo después había sido detenido por la Gestapo y enviado a Auschwitz. Storfer le contó a Rudolf Höss, el inhumano comandante del campo, que conocía a Eichmann y le pidió que le avisara de su captura.

Cuenta Eichmann:

Me dije a mí mismo: bueno, este hombre siempre se ha portado bien, merece que haga algo … iré allá y veré qué le pasa. Fui a ver a Ebner [jefe de la Gestapo en Viena], y Ebner me dijo -lo recuerdo de un modo vago-: Storfer fue muy torpe; se ocultó, intentó escapar, o algo así. Y la policía lo detuvo y lo envió al campo de concentración, y, según las órdenes del Reichsführer [Himmler], nadie podía salir una vez dentro. No había nada que hacer; ni el doctor Ebner, ni yo, ni nadie podía hacer nada. Me fui a Auschwitz y pedí a Höss que me dejara ver a Storfer. Sí, sí [dijo Höss], está en una de las unidades de trabajo. Con Storfer, hombre bueno, normal y humano, tuvimos un encuentro normal y humano. Me contó sus penas y tristezas. Yo dije: “Bien, mi querido y viejo amigo [Ja, mein lieber guter Storfer], ¡nos ha tocado! ¡Qué cochina suerte!”. Y también dije: “Mire, en realidad no puedo ayudarle, porque según las órdenes del Reichsführer nadie puede salir. Yo no puedo sacarlo. El doctor Ebner no puede sacarlo. Me enteré de que cometió usted un error, que se ocultó o quería fugarse, cosa que, después de todo, usted no necesitaba hacer”. [Eichmann quería decir que Storfer, como representante judío, gozaba de inmunidad a la deportación] Olvidé lo que me respondió. Y entonces le pregunté si podía ayudarle en algo. Y dijo que sí, que deseaba, si era posible, que lo eximieran de trabajar, porque allí el trabajo era duro. después dije a Höss: “Storfer no debiera trabajar”. Pero Höss repuso: “Todo el mundo trabaja aquí”. Entonces yo dije: “Muy bien. Redactaré una nota al objeto de que Storfer se ocupe de mantener en buenas condiciones los senderos de grava con una escoba”, había muy pocos senderos de grava allá, “y le concederé el derecho de sentarse con su escoba en uno de los bancos”.[A Storfer] le dije: “¿Estará bien así, señor Storfer? ¿Le conviene esto?”. Entonces se sintió muy complacido, y nos estrechamos las manos, y luego le dieron una escoba y se sentó en su banco. Fue una gran alegría interior para mí poder ver, al menos, al hombre con el que había trabajado tantos años, y que pudiéramos hablar”.

Storfer fue asesinado mes y medio más tarde.


Tomo esta historia de Eichmann en Jerusalén,
la gran obra de Hannah Arendt. No dejen de leerla.