¿Hay alguien ahí?


Quedan cuatro días para que termine abril. Este blog que ascendía imparable gracias a la labor de propaganda de sus autores (incluyendo títulos atractivos para el gran público e imágenes impactantes) está a punto de estancarse (e, incluso, Dios no lo quiera, disminuir en el número de visitantes). No se me ocurre otra estrategia marquetinera que la de pedir, suplicar, rogar, arrastrarme. Sobre todo porque hoy, y para completar el cupo cultureta, he tenido que publicar una entrada con un montón de música coñazo, tocada y cantada por gente plasta y sin joie de vivre (mierda, ¡he vuelto hacerlo!). Quería decir: gente que no sabe disfrutar de la vida.

¡Escriban aquí, abran páginas, engorden las estadísticas, siéntanse importantes!




ACTUALIZACIÓN URGENTE



Antología de música clásica occidental (5)


Antes de dar el salto a la polifonía, hay que hablar aunque sea brevemente, de la monodia profana. Si teníamos dificultades con la monodia litúrgica, no les quiero contar con la profana. De los primeros siglos de la cristiandad no tenemos más que las letras de unas pocas canciones y casi todos lamentos por la muerte de algún jerifalte. Y hay que esperar al siglo X para encontrar una obra musical que podamos escuchar con cierta seguridad de ser fieles, gracias al hecho de que fuera interpretada durante muchos siglos como una especie de drama. Se trata de La canción de la sibila, que aparece ya en un manuscrito cordobés del siglo X, pero que se basa en un canto griego que recoge San Agustín en su Ciudad de Dios. Esta obra (en una versión más moderna y ornamentada, con el texto en catalán) se ha mantenido viva hasta nuestros días.

21: La canción de la Sibila, Iudicii signum.



En esa misma época, y durante dos siglos, los seguidores del falso obispo Golias, los goliardos, frailes menores, se dedicaron a tomar los caminos, vagando sin parar, llevando a todas partes sus canciones, de tema a veces poco recomendable. Sus obras se recogen en algunos manuscritos que contienen poca música y, casi siempre, de difícil interpretación, ya que se usó escritura neumática sin pentagramas. Las canciones de goliardos cobraron cierta fama cuando las reunidas en un manuscrito alemán del siglo XII (los Carmina burana) sirvieron de texto a Carl Orff para componer la banda sonora de todas las películas de caballeros que ha habido y habrá. Sucede algo parecido con los primeros conductus, unas obras que tienen un origen oscuro y que pueden deber su nombre a que se utilizaran en procesiones. En cualquier caso, aunque aparecen con ese nombre ya en el siglo XI, desde el siglo XII existen muchos conducti, obras de contenido religioso o profano, pero con temas serios y música nueva, que pronto serán polifónicos. Les propongo dos ejemplos tardíos:


22: El conductus Beata viscera Mariae virginia de Magister Perotinus Magnus (el primer gran nombre de esta antología).




23: El conductus polifónico del Codex Calixtinus, Congaudeant catholici, un conductus con caudae, es decir, con pasajes puramente melismáticos (sin texto)



A diferencia de los goliardos, los juglares ni siquiera eran frailes. Se trataba de auténticos profesionales del entretenimiento, que llegaban, en época de cuaresma, a reunirse en escuelas de juglaría, e intercambiar repertorio. Sabemos que acompañaban sus canciones con instrumentos, arpas, laúdes, salterios y antepasados de la viola da gamba, del estilo del rabel. Y normalmente interpretaban canciones de troveros y trovadores y canciones de gesta.

Precisamente con los trovadores y troveros (y sus parientes germanos y españoles) termino esta entrada. Los trovadores usaban la lengua de oc, provenzal, y los troveros, la de oïl (la que origina el francés moderno). La mayoría eran nobles desocupados, aunque los hubo de todas las clases sociales, y su música se conserva en cancioneros que revelan su origen, ya que se encuentran entre los manuscritos más hermosos y mejor iluminados de la Edad Media. Sólo de trovadores se conservan casi trescientas melodías, y aunque, a veces es difícil decidir cómo deben ser interpretados (sobre todo en lo relativo al ritmo), su música es más «sencilla» de captar para el oyente moderno que la litúrgica de esa época. Por un lado porque se acerca muy a menudo a los modos mayor y menor, y por otro porque es más sencilla, natural y libre. Las había de muchos tipos (canciones de amor, diálogos, pastorelas, albas …) y formas (letanías, rondeles, secuencias, himnos), algunas claros precedentes de formas que posteriormente tendrán mucho éxito. Se conoce el nombre de muchos trovadores y troveros (hay estudiosos que han llegado a afirmar que muchos de estos se limitaban a improvisar el texto, y que su fijación escrita y su música eran cosa de juglares; quién sabe).

24: El alba Reis Glorios de Guiraut de Bornelh (un alba es una canción que anuncia el amanecer, avisando a la pareja de amantes de que llega el día).



25: El rondeau Robins m’aime de Adam de la Halle, que forma parte de Les Grieus (le jeu) de Robin et Marion.



De la misma cuerda que los trovadores son los minnesinger, caballeros alemanes, aunque sus obras suelen ser más alemanas, claro. Más formales, más serias y más rígidas (aunque no tanto como las de sus sucesores, a partir del siglo XIV, los meistersinger, artesanos y comerciantes, que terminaron fijando unas reglas inamovibles de composición, ancladas en formas ya superadas; el más famoso es, claro, Hans Sachs, el protagonista de la ópera de Wagner). La influencia trovadoresca también llegó a Inglaterra, a Italia, dando lugar a la lauda, y a España, en la que el mejor ejemplo de ese hacer común es la cantiga.

26: Palästinalied de Walther von der Volgeweide, el más grande de los minnesinger.



27: La cantiga 105 Rotundellus de las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio.