Eppur …


Sin tener a mi disposición, todavía, el auto de apertura del juicio oral contra Garzón en el asunto derivado de la investigación por crímenes del franquismo, leo en el blog de Escolar que ese auto es fruto de la prisa por expulsar al magistrado de su función, antes de que se marche al Tribunal Penal Internacional.

En esa entrada, Ignacio Escolar menciona seis escritos o recursos sin resolver, y afirma que es inusual que se dicte un auto así antes de que se resuelvan.

Entre los que menciona, hay que hacer dos grupos:

1.- Los cuatro últimos que menciona no deberían impedir esa resolución. La «solicitud del fiscal de que dicte sobreseimiento de la causa en aplicación de la doctrina Botín» en realidad se resuelve con el auto de apertura del juicio oral. Escolar se equivoca: al abrir el juicio está necesariamente dando respuesta, negativa a esa solicitud. En cuanto a las solicitudes de nulidad, por su carácter extraordinario, al margen de los recursos, no deberían paralizar el procedimiento. Discrepo en lo de que en cualquier otros juzgado se ordenaría la paralización. De admitirse una tesis así, bastaría con reiterar una y otro vez, al margen de los recursos ordinarios, solicitudes de nulidad. En cuanto a la petición de las Asociaciones de la Memoria Histórica, eso es un chiste: ¿cómo quieren personarse?

2.- Sin embargo, tiene razón en lo referido a dos cuestiones. El primero es el recurso contra la transformación en procedimiento abreviado y solicitud de nuevas diligencias. Es incomprensible que no se hayan resuelto, tanto el recurso presentado ante el propio instructor Varela, como el subsiguiente recurso de apelación ante la Sala. Es muy inusual. Yo nunca he visto que se abra sin que, al menos, resuelva el juez que instruye. Se trata de recursos ordinarios, previstos en la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

Y tiene razón (aunque esto es más discutible) en cuanto al recurso de Falange Española y su posible posterior apelación. Lo normal es que se resuelva sobre si esta acusación sigue o no siéndolo, antes de decretar la apertura del juicio oral. Digo que es más discutible porque se trata en realidad de dos resoluciones relativamente conectadas (la de exclusión de la acusación y la de apertura), por lo que puede defenderse que no es lógico mantenga en suspenso el auto. Yo opino, sin embargo, que lo natural es aclarar previamente cuáles son las partes en el proceso.

Naturalmente, el auto de apertura del juicio oral se puede ver afectado por todos esos recursos (aunque hay que dejar claro que ninguno de ellos tiene efecto suspensivo; es decir, lo que hace Varela se acomoda a la ley). Sin embargo, el efecto es inmediato: se aparta al magistrado de su función jurisdiccional.

Es muy difícil no creer en una relación.

Curiosamente, no veo ninguna razón por la que, pese al cargo que se le ofrece, no se le puede apartar de su función. A lo mejor se trata de ponerle el sambenito antes.

Y eso también es extraño: que estar imputado en tres causas no sea un problema para la fiscalía del Tribunal Penal Internacional.



ACTUALIZACIÓN:

Ya tenemos el Auto. Nada nuevo bajo el sol. Sólo un rapapolvo al fiscal sobre la propia opinión de Varela y del Tribunal Supremo.




NUEVA ACTUALIZACIÓN:

¡Ah!

Veo que Varela no se ha limitado a dictar auto de apertura del juicio oral, sino que ha resuelto lo que debía resolver, el mismo día.

Bueno es comprobar que el magistrado está de acuerdo con uno. Je je.

Otra cosa es la chicha que cada cuál quiera sacarle a la celeridad.

Dos bromas y un asunto muy serio


Después de pagar una pasta a un informante, he recibido por fin el vídeo que nos cuenta la infancia de qtyop. Al verlo uno comprende su mal carácter y su olor a establo:





Al parecer Garzón se tiene que exiliar por culpa de Franco. He estado pensando y se me ha ocurrido una solución. Si es un perseguido retroactivo, podríamos aplicarle la Ley de Amnistía.



No suelo afirmar que tal o cual obra es imprescindible. Al final, supongo, que de todas las obras se puede prescindir. Sin embargo, acabo de leer un libro que me parece está cerca de ese calificativo. Así que no lo diré, pero queda dicho. La obra es El Tercer Reich y los judíos (1939-1945): los años del exterminio y su autor es Saul Friedländer. En realidad es una segunda parte, pero puede leerse independientemente de la primera. Se lo aseguro.

La obra está organizada de manera cronológica y tiene una enorme virtud. Los historiadores siempre ponen entre paréntesis el método basado en los testimonios de testigos. Hay muchos ejemplos de percepción poco objetiva de la realidad, de memoria distorsionada e, incluso, de simple mendacidad. En el caso del genocidio judío, además del enorme volumen de documentos disponibles, se cuenta con un enorme volumen de testimonios. Muchas personas creen que es injusto dejarlos de lado, y se han centrado precisamente en ellos. Su trabajo es reivindicativo. Por desgracia, incluso cuando se trata del trabajo más honesto, este procedimiento suele deslizarse hacia una forma, en el mejor de los casos, sutil, de propaganda emotiva. Los seres humanos tendemos a gregarizar todo, y a absorber vicariamente el sufrimiento de los «justos» (que reciben ese nombre por haber sufrido). Quizás por mi nula emotividad (modo de cachondeo privado) prefiero los libros de historia que manejan datos sin caras y sin nombres, antes que las memorias.

Todo esto lo cuento porque Friedländer ha conseguido algo prodigioso. Su libro está construido sobre dos pilares: la exposición pormenorizada y documentada de datos históricos, y las voces de la época. Y entre esas voces sobresalen las de personas «sin importancia». En el libro se presta mucha atención al pensamiento escrito de los dirigentes de la época; sin embargo, de forma pausada, y sin énfasis, también vamos viendo cómo percibían la evolución de las cosas, personas que fueron escribiendo diarios y documentos que producen en el lector un efecto descarnado de realidad. Ese efecto es resultado de un tono aparentemente gris, ayuno de sentimentalismo. Todo lo más, a veces, a menudo, se perciben gotas de ironía. Y es resultado del fin previsto, que es inevitable para nosotros. Vemos como el horrible final va vistiendo el proceso, acumulando una sensación informe, ilocalizada. Es un libro lleno de memoria, pero engarzada dentro de la historia global.

Naturalmente, esos logros no son casuales. Son resultado de un proceso de selección. El mérito es extraordinario: escribir una historia objetiva de un período y un proceso terrible, una historia clara y ordenada; y conseguirlo incluyendo centenares de voces que no recuerdan, que son contemporáneas a lo que narra el autor, escogiendo precisamente aquello que nos dibuja mejor un escenario infame de desolación moral.

Es una gran obra.