¿Te has enterado de la de hoy?


Ayer, reunido con unos amigos, nos echábamos unas risas a cuento de muchas cosas. Sí, estimados lectores del blog, ¡ríanse! La ventaja del desolador panorama que nos rodea es ésa. No hay ninguna razón para la seriedad. Todo está manga por hombro. Tenemos un Gobierno y un Presidente del Gobierno capaces de superar las cotas más asombrosas del dislate. ¿Recuerdan cuando nos reíamos de aquella ministra, la de Pixie y Dixie? Pues ahora tenemos de ésas, cada día. Vivimos en el descojone permanente y parece que hubiera un concurso para superarse. Sólo así se explica que Alonso diga lo de la guerra y los anglosajones. Sabe que con su chiste no queda ni nominado a cachondo de la semana. ¿Qué se puede hacer cuando tu Presidente ha dicho lo de los parados que trabajan para España? Una genialidad así descoloca a todo el mundo. ¿Recuerdan los hilillos de plastilina? ¿Lo del bichito que se caía y se mataba? Nada. Gracias de aprendiz de chistoso al lado de esta escalada. Además, parece que se haya propagado un virus entre todos los que mandan y los que aspiran a mandar. Ves a Rajoy abrazando al santo con cara de pasmado y ni te sorprendes. Ves lo vídeos de los sindicatos y bostezas. Joder, si hasta Fidel se ha apuntado diciendo que el comunismo nos les vale ni a ellos (eso sin especificar quiénes son ellos). Sí, esto se está poniendo muy complicado.

Y la que es un hacha a la hora de localizar “zonas calientes” es Esperanza Aguirre. Qué tía. Tiene un ojo clínico para el populismo. Me recuerda al francés, el que expulsa miles de gitanos individualmente. Que se me entienda bien: el populismo que de verdad triunfa es el que se basa, al menos, en una parte de la realidad. Sacar lo de los liberados ahora es una obra maestra. Pasa que la gente está hasta los huevos. Y ahora les toca pagar. Quizás pensaban que podían seguir con su rollo para siempre. Les pongo un ejemplo de la que viene: esta noticia. Lo que no se explica ahí es que los abogados de los sindicatos cobran por su trabajo. Es como si a mí me reprochasen por cobrar honorarios en un proceso por despido. Sin embargo, ¿cuál es la parte de verdad? El escenario. La estructura paraestatal creada, en la que los que pagan son otros. Los sindicatos sacan dinero de la administración y de las empresas. El único modelo respetable sería el de un sindicato exclusivamente mantenido por sus afiliados. Más aún, debería prohibírseles todo tipo de negocio. Sin embargo, están metidos en montones de enjuagues (ah, los cursos, ah las cooperativas) y aprovechan su capacidad de presión para obtener beneficios: y ojo, esos beneficios son básicamente para los que trabajan allí, en el sindicato. Así que, ahora, les sacarán los colores, a veces justa, a veces injustamente. Les va a pasar lo mismo que a los políticos, que no pueden quitarse la sospecha de que la corrupción es generalizada. Se lo han ganado a pulso. Y los que les defiendan hablando del papel de los sindicatos, lo tienen crudo de cojones.

Pasa algo parecido con Sarkozy. Su política es deleznable, pero la realidad está de su parte. Y no creo que llamarle nazi ayude mucho. No hay duda de que está incumpliendo la ley, porque las expulsiones se basan en la pertenencia a un grupo. Y es elemental que definir lo que le pasa a alguien (cuáles son sus derechos y deberes) por pertenecer a un grupo es un camino (por cierto, tantas veces transitado por algunos de los que ahora claman) contrario a la libertad individual. Sin embargo, el dato estadístico no se puede excluir porque no nos guste. Puede ser falso, o interpretarse de forma perversa. Pero hay que discutirlo no enterrarlo. Si se dice que hay un porcentaje mayor de extranjeros en las cárceles que el que debería haber considerando su número, no se está mintiendo. Y lo decente intelectualmente es buscar una explicación, aunque sea para no encontrarla. Hace poco leía sobre los pogromos en Ucrania en el siglo XVII. En el análisis de su origen (que lo es por cierto del antisemitismo de los ucranianos, bielorusos, lituanos, etc) no se puede obviar el dato de la posición de muchos judíos como explotadores de los campesinos (que además eran ortodoxos), en su condición de administradores (y explotados) de los nobles polacos (que para echar más leña, eran católicos). Por cierto, las tropas polacas, cuando se pusieron las cosas difíciles, abandonaron a los judíos a su suerte (se masacró a miles). Algunos judíos de la época alertaron sobre el peligro (más considerando la tradición de siglos de vivir en el filo). Ahora se dice que los gitanos son los judíos del siglo XXI. Una comparación así sólo es admisible si se trata de advertir de la deriva y de los abusos. Sin embargo, ¿por qué lo son? ¿Esta pregunta es ilegítima? Parece que lo es para muchos. Yo creo que hay dos alternativas: que se la hagan los que son capaces de esforzarse por dejar de lado los prejuicios (todos) o, al menos, conocen la historia y la espinosa materia del gregarismo, o (si seguimos con esta visión beatífica de las cosas) dejar que la gente saque sus conclusiones, que estarán fundadas en datos reales, y vestidas con otros que no lo son y que sirven para explicar la causa de nuestros males. Luego alguien les venderá no sólo el producto, sino la solución.

En fin, como hoy estoy disperso, les cuelgo la foto que me mandó una amiga hace un mes. Había estado en un crucero por el Báltico y preguntaba, al mandar la foto, “¿sabéis quién es éste?”. Hoy esto se ha convertido en noticia:



Mi amiga, al confirmarnos de quién se trataba, escribió:

Si reaparece con una barbita canosa típica de intelectual, es él. Ya os digo que no era fácil confirmarlo porque se escondía detrás de las columnas en los sitios donde había más posibilidad de encontrarlo. Pues, allí estaba, y por el lugar que ocupaba en las mesas con vistas más privilegiadas, iba en una suite fetén. Seguro que estuvo todo el tiempo pensando en los cuatro millones y medio de parados, sufriendo muchísimo y sintiéndose solidario con ellos según entraba por el puerto de San Petersburgo, aspirando los aromas revolucionarios que se pudieran esconder entre grúa y grúa y saltándosele las lágrimas al ver las letras gigantes en las que, todavía hoy, se identifica el nombre de LENINGRAD.

La verdad es que también nos sirvió para echamos una risas.