Los magistrados del Supremo leen este blog


Intitula El País:

Un magistrado del Supremo discrepa de dos resoluciones contra Garzón

Ajá. Ya tenemos la brecha, la quinta columna. Por desgracia no nos dicen en qué discrepa. ¿Quizás le da la razón a Garzón y a todos los que se indignaban porque el magistrado Varela le daba plazo a los fascistas?

Pues no. Y ahora una de autobombo.

En abril escribí:

2.- Sobre la nulidad de lo actuado: esta parte tiene más chicha. Sobre todo por el hecho de que se trata de acusaciones populares. Por partes.

Yo creo que Varela ha hecho algo discutible procesalmente. Ahora, se está dando por sentado que con esos escritos de acusación el juez puede no abrir el juicio. Y esto no es así. El juez puede abrir el juicio si, a pesar de que sobren calificativos y a pesar de contener excesos, se pueden extraer del escrito de acusación aquellos elementos exigidos por la ley y la jurisprudencia para considerar que la acusación está fundamentada. O lo que es lo mismo: el instructor Varela podía haber aceptado ambos escritos sin más y en su auto de apertura poner a caer de un burro a las acusaciones, dejando claro que abre juicio por a), b) o c), con independencia de que los escritos tengan un montón de grasa que sobre. Esto es, por cierto, lo que haría la mayoría de los instructores (casi siempre, sin dejar claro en su autos de apertura de juicio qué partes de los escritos rechazan claramente). Y por cierto, esto complica mucho la labor de la defensa, que tiene que responder, a veces, a acusaciones no suficientemente perfiladas.

Sin embargo, al optar por exigir a las acusaciones que rectifiquen y dar una oportunidad a la subsanación, el hecho de que no lo hagan le carga de razón para inadmitir. Digo esto porque se está dando por sentado que Varela ayuda a las acusaciones y ésta no es la única interpretación posible.

Más aún: creo que Varela actúa dentro de la ley, no perjudica a Garzón y es garantista. Sin embargo, al caber otra interpretación, le da a Garzón razones para defenderse. La prueba es que estemos hablando de ello.

El escrito es hábil e incide en la naturaleza de las acusaciones (que conforme a la jurisprudencia del TC tienen una posición “debilitada” frente a los perjudicados directos por un delito).

Sin embargo, en el escrito se pide (y yo comprendo y aplaudo al abogado de Garzón) algo inadmisible: que la nulidad implique que los escritos de acusación se tengan por no presentados (ya que, en un acto de equilibrismo, dicen que lo que hace Varela es nulo, pero que los presupuestos -los defectos de los escritos- son auténticos). Si hay nulidad debería considerarse que esos escritos se presentaron tal cual y debería darse oportunidad al instructor a pronunciarse sobre si con ellos abre o no juicio. Hay aquí algo muy interesante: el auto de Varela sobre Falange cita otro del Tribunal Supremo (dado en el caso Filesa). Y en esa oportunidad el Supremo declaró nula la acusación por estar mal formulada, pero sin dar oportunidad a la acusación (que era del PP) a rectificar. Es un argumento muy bueno para Garzón; sin embargo, hay que precisar que la resolución del caso Filesa analizaba precisamente el escrito de acusación (y después de que el instructor hubiera abierto juicio mucho antes). Es decir, que declara que están mal formulados y por eso no da una segunda oportunidad. Si se pretende reproducir en este caso, no basta con que los presupuestos de la actuación de Varela sean correctos (ya que, además, el no ha dicho que no fuera a abrir juicio): es necesario que la Sala que resuelve decida que, efectivamente, esos escritos no cumplen los mínimos exigibles (al margen de sus excesos). La solución más razonable, en mi opinión, es, si se declara la nulidad, permitir al instructor decidir si, con esos escritos, abre o no juicio.

Naturalmente, el Supremo ha optado por ratificar mi opinión. Aunque, es cierto que hay un voto particular. En él, el magistrado D. Joaquín Giménez García, considera que las resoluciones en las que daba trámite a las acusaciones son nulas, pero que esa nulidad no implica dar por precluido el trámite, sino que Varela, con los escritos originales, debe decidir si abre o no el juicio. Como ven, el voto discrepante simplemente considera la segunda opción que yo daba. Ninguno de los magistrados le da la razón al abogado de Garzón.

No es por enredar, pero Don Baltasar debería de pensar en cambiar de abogado.

Más de putas y putadas


Leo en El Mundo la triste historia de Vicky:

Sin embargo, el comportamiento más común entre los hombres ha sido “humillarla, realizarle tocamientos y arrancarle algunas de las extremidades”.

Es repugnante comprobar hasta qué extremos llegan algunos. Menos mal que la policía, consciente de lo real que estaba siendo el experimento, llevó a Vicky al hospital más cercano.

El caso es que, curioso como soy, me he ido a ver a los autores de este experimento que, por qué no decirlo, ha cambiado el mundo.

Hacen muchas cosas y todas son muy solidarias y comprometidas. No sé si les pasa: yo, cada vez que entro en la web de una ong como ésta, me visualizo como un hombre egoísta y que mira siempre hacia otro lado. He pensado en afiliarme o hacerme socio. Por desgracia, como todas sus actividades están planificadas desde la perspectiva de género, hacerlo sería terriblemente hipócrita.

Así que, al final, me he decantado por la moto.



En El País llevan un tiempo dando la murga con historias de jóvenes la hostia de preparados que pasan terribles necesidades. Te se ponen los vellos como escarpias con algunas de ellas. Uno, que les agradece sus solidaridad con España, en estos tiempos de crisis, les animaría a dejar de hacer sacrificios por este país que tan poco valora el conocimiento: ¡venga chicos, es hora de pirarse por ahí!



Mi primer despacho (¡propio!) estuvo en un edificio de apartamentos, en el barrio de Salamanca. El edificio estaba tan bien que me fui a vivir allí. Además, pensaba, era un lugar decente: casi vecino de un colegio mayor de jovencitas comprometidas con las enseñanzas de San Agustín y con ventanas al patio de un colegio.

Un día, al poco, reunido con unos clientes, vi que uno de mis socios empezaba a balbucir extrañamente. Hasta que se levantó y se fue. Luego me explicó que se escuchaba el chirrido de una cama. Las putas del piso de arriba trabajaban mucho a media mañana y siempre sospechamos que mantenían sin engrasar la cama por razones morbosas. Alguna vez, cuando estábamos solos, jóvenes y crueles como éramos, al escuchar los hierros de la cama, empezábamos a jalear al intrépido al grito de “venga, machote”; y más de uno perdió el empuje, supongo que desconcertado por la presencia de animadores.

También descubrí, al poco, que las vecinas de enfrente de mi propia casa eran putas. Tuve una relación muy cordial con ellas -compartíamos patio-, y llegué a acostumbrarme a la luz anaranjada y a las sombras chinescas.

El día que nos cambiábamos a otra oficina, uno de mis socios se encontró con un amigo. Empujaba la silla de ruedas de su hermano: un accidente de moto. Ya saben, qué tal la familia o el trabajo; lo demás se daba por sobreentendido.