La historia de Francisco T. contada por mí

 

Francisco T. nació en 1919 en un pueblo de la serranía de Córdoba, en la parte más alta de la Sierra Morena. Su padre era un empleado del Ayuntamiento que se encargaba de los abastos municipales y su madre una mujer casi analfabeta, de familia algo pudiente para lo que allí era común, pero, aberraciones y crueldades de los usos del lugar y el tiempo, destinada por la familia a ser cocinera de jornaleros desde los diez años de edad y condenada por tanto a ser pobre. Mientras, el hermano y otra hermana algo sacaron del patrimonio familiar, más bien corto. La hermana hizo buena boda y acabó rica, pero al hermano sólo le dio para ser agricultor muy trabajado toda su vida. Ya con muchos años, una mala cosecha y unas letras de un tractor lo dejaron arruinado, y dejado a su suerte por Antonia, su hermana rica, se ahorcó colgándose de una viga del desván de su casa. Era un buen hombre, dicen.

En la familia de Francisco T. llegó a haber cinco hermanos, nacido el último en 1931. Llevaban de pequeños una vida pobre, con escasa escuela, poco comer y muchas horas de golimbrear por el pueblo y por el campo, en pandas de amigos y parientes. Francisco T., por edad, andaba casi siempre con sus primos. Su padre, de igual nombre, era un republicano por reacción, con algo de resentimiento de clase pero bastante más de espíritu libertino. No dejaba de tener un cierto aire de señorito, si bien la condición económica y social que le había tocado no daba para tal, aunque tampoco es cosa importante, porque el señoritismo es un sentimiento interclasista en toda España. Ateo beligerante, cada Viernes Santo se plantaba en el casino del pueblo y pedía a grandes gritos un plato de chuletas de cordero que, evidentemente, no le servían. Ni a él ni a nadie. Pero él se exhibía así, chulandrón y pendenciero, ostentando su repugnancia agresiva hacia la Iglesia. Su mujer, Patrocinio N., era una mujer de cierta inteligencia natural, pero obstinada, terca y aferrada al mundo tradicional católico en que se crió, muy creyente y seguidora de todas las liturgias. Tras el Concilio Vaticano II se negó a volver a misa “hasta que los curas volviesen a dar la misa como Dios mandaba: de culo, con faldas, y hablando que no se entienda”. La casa la tenía llena de San Antonios y de imágenes pías que, su marido, borracho o al menos achispado, de vez en cuando, despeñaba de los altarcitos y las hornacinas a manotazos, cagándose en Dios y en todo aquello. Es que era, además, mal marido y mal padre. Infiel y mujeriego sobre todo, y bastante amigo de echar una copita o más con los conocidos, en el Casino o en la tasca del Coronel, al que llamaban así por provenir de la aldea de La Coronada, bastante cercana. Su mujer acabó odiándolo y de viuda no dejó de cagarse en él un solo día mientras vivió. Podía contar todas sus miserias a cualquiera que quisiera oírlas y el tiempo no mitigó jamás el desprecio y el odio que llegó a profesarle. Yo creo que le fue más fiel en el asco y en el odio que en cualquier otra cosa. En realidad, nada que no fuera común en un pueblo español de aquellos años.

Para Francisco T. el 19 de julio de 1936 la vida cambió de repente y para siempre. Sus primos fueron a buscarle a casa, salió y, sin entender por qué, los mismos con los que había jugado y hecho cuantas canalladas se les habían ocurrido hasta entonces, aplicaron su habilidad de los juegos en acorralarlo contra una esquina y apedrearlo, dejándolo bastante herido. Sus primos, azuzados por su padre, le habían apedreado por ser hijo de un “rojo”, supo por las explicaciones de su madre. Él mismo reconoce que ni sabia qué significaba aquello y que nunca pudo reponerse del dolor espantoso de ser apedreado por unos primos que eran su vida, sin venir a cuento. Tampoco nada especial dentro de la salvajada general que germinó en España entera. Por desgracia, si algo hemos de tener en nuestro acervo común, es la vergüenza brutal de que somos herederos de una de las más enormes bestialidades que el ser humano haya cometido nunca.

Pero ya no había vuelta atrás para nadie. Para colmo, el frente se estabilizó enseguida por aquella zona, pasando el pueblo de unas manos a otras decenas de veces a lo largo de la guerra. Cada cambio de bando que sucedía, se desataba una carnicería calculada que no entendía de parentelas o amistades. Más aún, las antiguas rencillas y odios jurados vieron ajustadas las cuentas por entonces escondidas en supuestas adscripciones políticas o en odios de clase, reales o supuestos. Francisco T. contaba, ya de mayor, que de primeras, como el pueblo quedó del lado nacional, la represión que los señoritos ejercieron sobre los que eran señalados de entre los republicanos de izquierda fue de una inquina y de un regodeo de psicópatas. No se conformaron con simplemente matar, sino que antes del trance no desecharon torturas, violaciones y vejaciones de lo más variado. Pero después vio que del mismo modo actuaron los del lado contrario, sin escatimar unos ni otros en la bestialidad más abyecta que se pudiera imaginar. Gente que se conocía de todos los días, que eran vecinos, hasta hermanos, se mataron y se vejaron como lobos enloquecidos sin el menor remordimiento por lo que hacían. El remordimiento, años después, persiguió a muchos y no pocos de los que más se aplicaron en la fiesta de la sangre ajena acabaron emigrando o suicidándose.

Como era evidente, le tocó la suerte a su padre. Los nacionales, por republicano y ateo lo querían matar. Pero los republicanos, al haberse negado a entregar el control del almacén de abastos al comisario comunista -dicen que siempre esgrimía que él sólo haría caso de las órdenes del alcalde, que fusilaron enseguida los nacionales, o del Gobierno de la República, que era allí tan inoperante como en cualquier otro lado-, también. Para evitar que las parentelas o el conocimiento entre los que formaban los pelotones encargados de las sacas, paseos y asesinatos y los ajusticiados abortaran las ejecuciones, para que la compasión o el remordimiento no pudieran evitar el asesinato, para que la cosificación del otro fuera efectiva, los comunistas -como hacía la Falange de la Sangre- formaban los grupos de milicianos ejecutores con gente de los pueblos cercanos. Los de un pueblo iban a matar al de al lado, los de éste al siguiente, y así sucesivamente, en una rotación destinada a garantizar la eficacia del terror y de la masacre. Un conocido del padre de Francisco T., del pueblo de al lado, al que había tratado por cosas de su ocupación en el ayuntamiento, miliciano reclutado, demostrando la decencia y la caridad que pocos fueron capaces de sacar de detrás de su miedo, enterado de que esa precisa noche irían por él para darle el paseíllo, fue a avisarle. Francisco T. dice que nunca más supieron de él y que, muy probablemente, lo mataron. Pero no podía huir de día, porque lo detendrían y no tendría escapatoria. Fingieron un día normal, pero programando la escapada de noche. Como en muchos pueblos de la Sierra, las casas tienen la estructura de la casa romana. El cuerpo que da a la calle aloja las habitaciones y, detrás, hay un patio que da a un corral. Al menos antes eran así y así se usaban. Esta forma de las casas, al agruparse unas junto a otras, con muros medianeros comunes, hace que la masa del caserío sea transitable por encima de los muros medianeros y los tejados sin pisar la calle. Las calles estrechas permiten saltar de un lado a otro las más de las veces con poco esfuerzo. Así, de noche, subiéndose a los muros de su corral y corriendo por el laberinto superior del caserío, el padre de Francisco T. escapó del pueblo. Los milicianos se presentaron en su casa y su mujer temió que, en represalia por no estar su marido, la fusilaran a ella, que era católica militante. Pero no sucedió, sino que se fueron contrariados dispuestos a encontrarlo.

Al día siguiente, la madre de Francisco T. mandó a los hijos a vivir al campo, a una casucha de una aldea de por allí cerca, bajo el cuidado de un campero, conocido como Juan el Guarda. Con él se educaron y vivieron durante casi tres años Francisco T. y sus cuatro hermanos. Francisco T. creía recordar que eso era a finales del verano del 36, porque recordaba haber cumplido los diecisiete poco antes de ir a la aldea a vivir.

Su padre había podido escapar aquella vez y los nacionales tomaron el pueblo de nuevo a los pocos días. Entonces sí lo detuvieron, aunque no fue fusilado inmediatamente, sino recluido en prisión a la espera de un juicio que lo condenaría a muerte con toda seguridad. La madre de Francisco T., aconsejada por muchos, fue a verle a la aldea para pedirle que hiciera lo único que podía para salvar a su padre. Había pasado casi un año desde que su marido fuera a prisión y si querían tener alguna oportunidad de que no lo mataran, era involucrándose en el bando que por allí daban todos por descontado que ganaría la guerra. Francisco T. tenía que alistarse y se alistó.

Cerca de su pueblo había un campo de aviación italiano y lo mandaron allí a servir a la causa. Su bautismo lo dejó aterrado y sin sueño para más de un mes: en una confusión, en una noche, la artillería italiana masacró una bandera entera de la Legión, dejando un campo de muertos descuartizados. Sólo al amanecer se dieron cuenta del error, pero la masacre ya había sucedido.

Como era avispado, los oficiales italianos convencieron a los españoles para que Francisco T., con otros, aprendiera a pilotar. Los aviones que estaban en ese campo eran unos trimotores Savoia Marchetti que la gente conocía como “las pavas”. Dicen que porque al bajar a bombardear sobre las encinas de las dehesas, al verlos pasar, se les asemejaban a las pavas cuando van a echarse al suelo. Francisco T. aprendió a volar y acabó la guerra como piloto militar del bando nacional, habiendo tenido que bombardear su propio pueblo en la última ofensiva que en febrero del 39 ejecutó el ejército republicano del Centro, intentando distraer los esfuerzos de los nacionales en Cataluña y Levante. La guerra acabó sin que lo mataran, que era el gran pavor de su madre. Sus servicios al bando nacional permitieron que su padre no fuera fusilado e, incluso, liberado bastante pronto.

El padre de Francisco T., sin embargo, no salió sin daño de la cárcel. El silencio acerca de él era obligado, en familia y en el pueblo, odiado por muchos y condenado en realidad a la exclusión más absoluta. Y la exclusión afectaba a toda la familia. Los de derechas más salvajes no soportaban que estuviera libre. Lo querían muerto y siquiera estaba preso. Los de la izquierda no lo tenían por más que un traidor, casi tanto como a su propio hijo. En realidad, el padre de Francisco T. lo que menos pudo soportar fue la culpa de haber tenido que arriesgar la vida de su hijo para salvarse él. Por lo visto, siquiera era capaz de mirarle a la cara, desgarrado por la brutal culpa que sentía, la conciencia del desastre que había amontonado sobre toda su familia. Y su mujer siquiera le hablaba, añadiendo a todos los reproches mudos el de haber puesto en riesgo a toda la familia y haberse salvado escudado tras la valentía de su hijo, que temió mil veces ver muerto. Así selló la madre de Francisco T. el odio hacia su marido. Esto no me lo contó Francisco T., sino una mujer que fue un tiempo su novia y acabaría por ser su cuñada. Una oclusión intestinal grave vino a acabar con el padre de Francisco T. en 1948. Durante nueve años no había vuelto a estar vivo, en realidad. Desaparecido su padre, sólo entonces, Francisco T. y su familia pudieron quitarse de encima el oprobio, ayudados también porque Jacobo, hermano siguiente a Francisco T., formaba parte del somatén. En contra de lo que muchos pensaron siempre, los beneficios que los actos de Francisco T. le procuraron a los miembros de la familia se limitaron a salvar el pellejo de su padre, porque en las instancias oficiales y en las menos oficiales, quiénes eran no se olvidó nunca. Y todos tuvieron el buen acuerdo, por conveniencia y por necesidad de sobrevivir, de no contar nunca quiénes eran en ninguna circunstancia. No habían fusilado a su padre,  hasta uno de ellos había comabatido en el lado vencedor, pero los vencedores sabían por qué y, en realidad, nunca perdonaron a ninguno ser hijo de quien lo eran.

Francisco T. siguió un tiempo siendo piloto militar, aprovechando los vuelos desde la base de Tablada, en Sevilla, para fingir averías que acababan siempre con el avión en Portugal,  donde cargaban el avión de ropa, pan, legumbres y todo lo que en España escaseaba. En la ficción participaban todos, porque todos tenían hambre y, decía Francisco T., todos tuvieron bastante caridad de todos. Dejó de ser piloto militar y pasó a ser piloto civil, en una pequeña compañía aérea que se fundó en 1951. Y así siguió viviendo, casado, luego padre de dos hijos, ayudando a que sus hermanos encontraran un trabajo y pagando con lo poco que ganaba lo que podía para que sus hermanos se examinaran de lo que no habían estudiado durante la guerra. Pero esto, ni él ni sus hermanos, no lo contaban como tragedia de pobrecitos, sino como el tiempo en que avistaron que se podrían liberar del infierno de su infancia y adolescencia. Contentos, muy contentos de aquel tiempo. Llegaron todos a poder tener una vida digna.

La mala suerte hizo que el hijo mayor de Francisco T.  muriera hace unos veinte años en un accidente de tráfico absurdo, a no más de 30 por hora. Y dejaba dos hijos, de los cuales uno era un poco retrasado. La nuera murió a los dos años de un cáncer galopante. El otro hijo de Francisco T.  sufre una enfermedad degenerativa que lo obliga a una vida muy dolorosa.

Hace muchos años, cuando Francisco T. me contó todo esto en una tarde, estaba presente uno de sus hermanos, Rafael. En realidad, no todo lo que les he contado, sino que una parte la he ido sabiendo después de lo que unos y otros me han contado que sabían de él. En cualquier caso, yo estaba muy sorprendido, porque jamás Francisco T. había hablado de su historia, de la que yo no tenía más que resonancias, ligadas todas en mi imaginación a una fotito vestido de piloto militar que su madre tenía encima de la mesa camilla, ante la que pasaba horas cada día, enmarcada en plata, un lujo para la austeridad absoluta de aquella casa. Lo de que no hablara me pareció siempre lógico, porque otra gente que he conocido que sufrió espantosamente en aquel tiempo tampoco ha hablado nunca. Entonces, cuando habló, entendí por qué su madre, cuando llegaba a verla, se deshacía en gestos de cariño desmedidos hacia él, en una actitud que era del todo ofensiva con sus hermanos, a los que no trataba con tanto cariño ni les expresaba tanta alegría al verlos. Porque ella había tenido que pedirle que fuera a la guerra, que se pusiera en riesgo de morir, para salvar a su marido, el padre de Francisco T., sí, pero había sido ella la que se lo había pedido. Ella había mandado a un hijo al que quería a la guerra para salvar la vida de un marido al que odiaba. Y bien habría podido ser que la fortuna le hubiera matado al hijo que quería para dejarle al marido que odiaba. Verlo cada vez, imagino, debía suponerle encontrar el consuelo de que estaba vivo, de que no había cambiado la vida de su hijo por la de su marido.

Aquella tarde Francisco T. confesó que nunca pudo soportar en su vida que unos lo miraran como depositario de la gloria inmarcesible de un héroe de la simpar Cruzada y que otros lo tuvieran por un sucio traidor a la causa de su padre. Se preguntaba apenado si toda esa gente se había preguntado siquiera por qué había sucedido todo aquello y si alguna vez habían atisbado el dolor tremendo e inacabable que a él, como a casi todos los que se vieron envueltos en aquella salvajada común, le había lastrado de por vida, no pudiendo nunca más tener como cierta la bondad del ser humano. Su hermano Rafael, acongojado y a punto del llanto, le preguntó si aún recordaba aquello con la misma fuerza que en su día. Y Francisco T., sentado en una mecedora, con los brazos estirados hasta alcanzar las manos el extremo de los reposabrazos curvos, los asió con fuerza, se estiró hacia atrás y, ladeando la cabeza y con la boca apretada, simplemente soltó un gemido ahogado y dos lagrimones de los que vacían el alma, negando tímidamente, rogando en realidad a su hermano que no le preguntara eso. Y luego lloró, inmóvil, mudo, tenso y agarrotado, agarrado a la mecedora.

Francisco T. murió el pasado 15 de noviembre de 2010, con 91 años, en Sevilla. Era un hombre bueno e íntegro, muy cariñoso y muy divertido. Yo lo quería mucho, por miles de cosas que a ustedes no les interesarían nada. Por eso les he contado lo que de Francisco T. sí puede ser interesante para ustedes.

Y por Francisco T. y por otras bastantes personas como él que he conocido, digo con toda conciencia que desprecio absolutamente a quienes quieren pervertir el relato de lo que en España sucedió. Porque no es precisamente para tenerlo a gala. O sí, pero por las personas que fueron como Francisco T.

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15 comentarios en “La historia de Francisco T. contada por mí

  1. Gracias por contar esa historia, la de Francisco T. Enhorabuena por haberle tenido tantos años, a D.Francisco, y mi pésame porque ya se haya ido.

    No puedo estar más de acuerdo con su último párrafo. Tanto, tanto, que el desprecio es lo que me me hace quedar callada cuando oigo contar batallitas ajenas, sin respeto ninguno por el dolor y la verdad.

    Tuve la suerte, como tantos supongo, de conocer a personas que fueron como usted describe a Francisco T.
    A todos ellos les tocó la mala suerte de vivir en este país, y que además fuera aquella una época de pobreza. Pero el país era y es así, antes y ahora: para echar a correr y no parar.
    También es cierto que los países los hacemos las personas. Pero ya es cuestión muy durilla de trajinar, y se la dejo de buena gana para el sr. Blakeway.

  2. Gracias por haberlo contado tal como lo ha hecho. Habrá sido una vida llena, aunque fuera de dolor. Le acompaño en el sentimiento.

  3. (0) La cruda realidad que unos antes y estos ahora niegan como miserables que son. Historia familiar de casi todos: Pozoblanco, Cerro Muriano, por poner un ejemplo cercano. Oficiales rebeldes en un lado y comisarios políticos en otro, eso sí, jugándose el tipo por salvar a los primos del otro lado. La vida sí, los trabajos forzados no. Y luego un pacto de silencio hasta que unos y otros murieron.

  4. Pues sí, impresionante y muy bien contado. (Mis condolencias, don Giuseppe).

    *

    Me quedé con ganas de decirle, qtyop, que de Beevor leí “El Día D” y, por ambicioso y exhaustivo, me pareció un poco barullo (y, en consecuencia, un poco coñazo). Me molestaba particularmente que algunas descripciones en el texto no se correspondieran con los p**os mapas (¿cosas de la traducción o incapacidad mía para leer un mapa?). ¿Son así también los que han pasado por sus manos?

    Desde luego me lo pasé mucho mejor viendo “Band of brothers”, aunque a lo mejor la lectura previa de “El Día D” fue una buena preparación.

  5. [10]

    Yo no pude terminar el D-Day. Creo que por haber conocido más la historia, vía Bands of Brothers, je.

    El caso es que empecé a leer Día D pero lo cambié por Stalingrad y, después, The Fall of Berlin que me gustaron mucho más. Al principio compartía lectura entre el frente occidental y el oriental… pero D-Day quedó rápidamente en la librería y me zampé de seguido Stalingrad y The Fall. Quizá me atrayeran más porque de esa parte de la guerra sabía menos (soy un intelectual de pacotilla).

    De los cuatro, Stalingrad, The Fall y The Battle for Spain comparten un discurso, por la lucha subyacente entre los grandes totalitarismos del siglo XX. Fueron escritos cronológicamente. Primero The Battle, después Stalingrad y finalmente The Fall. Y no habria estado mal leerlos en ese orden.

    D-Day es algo aparte. Supongo que la típica exprimación de la gallina.

  6. Muy buena la historia. Estremece pensar cuántos (o quizá todos, incluyéndose uno mismo) de los amables vecinos que ves por la calle y a los que saludas no dudarían en meterse en un somatén y participar en las sacas, en caso de que volviera a pasar algo así.

    Yo conozco un caso de muerte por remordimientos. Participó en las venganzas de la posguerra, dando palizas y matando; según iba envejeciendo, los gritos de los torturados se le hacían cada vez más claros e insoportables. Los últimos años de su vida los pasó en cama, aterrorizado, gritando que callasen, completamente loco. Si surgieron los remordimientos, es que algo humano quedaba en aquel desgraciado. Entonces, ¿cómo pudo hacer lo que hizo? Porque no lo hizo solo. La complicidad y la impunidad son los mejores aliados del crimen

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