I need buoyancy

Conozco situaciones en las que pones tu vida en manos de la electrónica: el avión que se guía en la espesa niebla por los instrumentos de aproximación para aproximarse y tomar tierra. El tren de gran velocidad que corta la niebla del páramo mesetario a velocidades que no darían para pararlo a la vista. Quien dice niebla dice noche. Ambas son más o menos circunstanciales y el pasajero viaja con la tranquilidad de que el piloto a fin de cuentas no está ciego. No es el caso del submarino, el casco ciego, donde todo se confia a la naútica, la carta de navegación, la electrónica y principios elementales de la física. «Give me a stopwatch and a map, and I’ll fly the Alps in a plane with no windows» dice el oficial de navegación Kamarov al oficial de hundimiento cuando el Red October atraviesa los Thor’s twins. «If the map is accurate enough», le recuerdan. No se espera un obstáculo en medio del aire o en medio de una vía vallada.

Hace justamente seis años, el 8 de enero del 2005 a las 0200UTC la USS San Francisco (SSN 711, sub-surface nuclear 711) se desliza por el pacífico Sur hacia las islas Carolinas buscando su ruta hacia Australia. Probablemente había abandonado su base de la isla de Guam hacía unos días pero dado el secretismo que rodea el mundo submarino nada es seguro. Navega a 150 metros de profunidad y a flank speed cuya traducción técnica viene a ser a carajo sacado: una de las ventajas de los submarinos nucleares es, probablemente, su capacidad de navegar a velocidad máxima sin resentirse en demasía. En un segundo todo cambia: la San Francisco choca contra el fondo por la banda de babor. El fondo se había elevado sin previo aviso.

Los segundos que siguen al impacto deben ser de película. Todos los marineros han caído o han cochado contra las infinitas paredes del ataúd metálico. Unos se han fracturado algunos huesos, otros la cabeza. La alarma general está sonando y no es posible mantener una conversación. La proa del bote está seriamente dañada y con ella sus tanques. El bote pierde flotabilidad y por momentos se precipita hacia el fondo, poco profundo. En algún momento el capitán de fragata Kevin Mooney, al mando, exclamará «I need buoyancy». Mientras en el reactor nuclear no sabemos lo que pasa, porque es alto secreto altísimo pero como está en la popa se ha salvado del choque.

Tras los minutos de zozobra el capitán consigue hacerse con el control y el submarino emerge malherido y se traslada, por sus medios, hasta su base de Guam, donde llega el 10 de enero. El incidente deja un marinero, Joseph Allen Ashley de Akron, Ohio, muerto. Mooney sabe también que su hoja de servicios ha terminado: más tarde recibirá una reprimenda oficial, será relevado del mando pero evitará el juicio según el UCMJ gracias, sin duda, al buen hacer del abogado defensor del JAG. Otros seis miembros de la tripulación fueron declarados culpables de dereliction of duty (incumplimiento del deber) que es algo que siempre queda bien y por lo que particularmente yo empuraría a muchos (re)conocidos; consecuentemente fueron degradados. Off the record, supongo que el XO fue ascendido, as he always has to be, ya que, de seguro, habría prealertado al capitán del submarino quien le gritaba «gimme the goddamn map, joder.»

Desgraciadamente para la armada estadounidense la San Francisco acababa de pasar su revisión de parada y fonda. Un submarino nuclear tiene una vida útil de unos 30 años pero a los 20 años pasa una temporada en dique seco para ser revisado a fondo y, lo más importante, recargar el reactor nuclear. Es una operación nada sencilla y nada barata. Y que con tan poco tiempo no está amortizada. La proa del submarino está destrozada y no hay forma de acometer el arreglo en Guam; la armada decide mandarlo a Estados Unidos luego de asegurarse que puede cruzar el Pacífico con garantías: son muchas leguas sobre el mar para un bote diseñado para navegar bajo el mar. Llegará en agosto del 2005.

Allí dan con la solución. Evalúan costes y ven que es más barato hacer un transplante de proa que una operación de recarga de combustible. Así que deciden que el próximo submarino que tenga que entrar en dique para recarga será «sacrificado». Dará su proa por la patria y se la transplantarán a la San Francisco, que tomará su medicación de anticuerpos de por vida. Tal honor le corresponderá a la USS Honolulu (SSN 718) que, obviamente, es un hermano menor que la San Francisco. Después de la cirugía de precisión la San Francisco se hizo al Pacífico el 10 de octubre del 2008 y asignado a la base de San Diego, California. Probablemente sea una forma de señalar que es un lisiado transplantado y que sus días de gloria en alta mar han terminado.

Me intersa la historia de SS de Woodlands, Tejas, relatada por Robert Kaplan en Hog Pilots, Blue Water…. SS está abordo de la USS Houston (SSN 713; incidentally la Houston interpretó el papel de la USS Dallas en The Hunt for Red October: Release countermeasures. Emergency blow. Fly.) donde Robert Kaplan hace un viaje de Honolulu a Guam. SS de Woodlands Tejas estaba abordo de la San Francisco el día del incidente. Me resulta profundamente desasosegante. Los cojones que hay que tener para tener que volver a embarcarse en una lata de sardinas y volver navegar a ciegas. Robert Kaplan señala dos aspectos lógicos: primero que a ningún barco (salvo un submarino) le preocupa que las cartas de profundidad fallen por debajo de 150 metros. Segundo que el Pacífico, hacia donde bascula la maquinaria militar, está bastante más inexplorado que el Atlántico. Siquiera sea por su tamaño.

Obviamente he buscado referencias del incidente en la prensa de referencia del país sin resultados. Así que me remito al propio libro, al artículo wikipédico, donde pueden ver fotos del estado del submarino y enlaces externos, y al Times(1) y Times (2).

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