La vida de Lanzmann

De Claude Lanzmann sabía poco más que es el director de Shoah. No he visto completa la película, aunque sí casi toda, a salto de mata, por así decir, y en la Red. Y no por su extensión, sino porque hay fragmentos que te hacen abandonar, hasta que recuperas el ánimo para seguir, que no suele ser pronto. Debe de ser por eso que el dueño de esta casa retiene desde hace ¿dos años? los discos que Brazil le prestó y que me prometió “en cuanto yo los vea”.

Hace unos meses vi que Gallimard había publicado una especie de autobiografía de Lanzmann: Le lièvre de Patagonie. La compré en la librería Pasajes, en rústica, en la edición de Folio. Y la he leído como he visto la película, saltando de aquí allá. Unas setecientas cincuenta páginas que nos revelan una vida casi de aventura y, desde luego, que hubo detrás del lento camino hasta esa película en la que consigue que víctimas y verdugos revivieran aquello que a veces no se sabe ni nombrar, eso que sucedía mientras él colaboraba con la resistencia comunista en la Francia ocupada, en la que por circunstancias más bien casuales, como sus compañeros Womser y Hoffnung, no se vio en los vagones de mercancías.

El libro, muy bien escrito, con el oficio del periodista trotamundos que dice que no quiere ser, nos relata el camino tortuoso y un tanto inconsciente que le lleva a saltar de aquí allá, como el roedor del título, inasible como su vida. Un camino que va desde el exilio interior junto a un padre veterano de la Gran Guerra, abandonado por su muy semita mujer, y que es miembro también de la resistencia, pero de la que sostienen los aliados y los gaullistas. Condenado a muerte por el Partido Comunista Francés en 1944 por no traicionar a su padre, precisamente, y después estudiante en París, viajero subvencionado y desplumado en Italia, ladrón de libros de filosofía hegeliana, amigo de Israel y del Tsahal, profesor en la novísima Universidad Libre de Berlín durante el Puente Aéreo (y donde solivianta a la administración militar francesa con sus seminarios sobre antisemitismo, producto de su acercamiento a la cuestión desde la sartriana Réflexions sur la question juive), admirador del filósofo bizco y parte del círculo más que intelectual que formaba con la Beauvoir, pionero occidental en el reino opaco de Kim Il Sung, partidario de la independencia de Argelia y cineasta documental ejemplar.

Ya digo que me parece que escribe muy bien Lanzmann, que la obra se deja leer como una novela de aventuras, y que la agilidad narrativa se hace compatible con las reflexiones de quien ha militado -y mucho- en causas comprometidas y que -más allá de su razón- se ha jugado el tipo por ellas, lo que le permite distanciarse de la izquierda epatante y de salón, aficionada a la alfombra roja y las huevas de esturión. Que el autor sea honesto en lo que cuenta no lo voy a poner en duda, pues si afronta el relato de su vida con la honestidad que revela Shoah, le doy crédito, eso sí, con presunción iuris tantum.

Dos detalles me llaman especialmente la atención: la admiración por Sartre y su actitud ante los insurgentes argelinos. Sobre el primero diré que no es habitual para el lector español encontrar un perfil agradable del filósofo francés, y Lanzmann lo da. Deja claro que admira al autor existencialista y esto hay que tomarlo como viene, pues es el fruto de las relaciones personales con el personaje, su compartida concubina y su entorno. El tiempo ya ha puesto en su sitio al autor de La nausée y a muchas de sus opiniones y amistades políticas. Y en cuanto al segundo detalle, el entusiasmo por la causa argelina raya en la traición, que no es lo mismo manifestar el apoyo intelectual a la independencia de una colonia que andar pegando saltos de risco en risco por las montañas cabileñas con una columna de insurgentes. Los acuerdos de Evian que firmó Mendes France para acabar con la guerra colonial y que el antiguo maquisard tuviera ya formada una tupida red de relaciones supongo datos esenciales para hacer olvidar a los fiscales de la República su cometido acusador, que ya habían satisfecho en el famoso proceso Jeanson, en el que se juzgó y condenó a algunos de los que llevaron hasta sus últimas consecuencias los postulados del Manifiesto de los 121.

Una vida o muchas, todas interesantes. Filosofía, la historia reciente de Francia, Shoah y sus demás películas, Israel, la revista Les Temps Modernes, que dirige desde 1986, mil cosas más, como ramas del tronco robusto de una personalidad desbordante. No sé si está traducido, pero si leen francés, no dejen pasar la ocasión de hacerse con el libro.

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