Porno

Me incorporé al mundo del porno bastante rezagado, entrada ya la adolescencia. Fue por medio de revistas alemanas o danesas, tal vez suecas, cuando descubrí que las imágenes valían más que las palabras pero bastante menos que los orgasmos. Luego vino internet. La primera vez que entré en la red y descubrí la descomunal oferta de porno con la que se nos regalaba a los mortales me acordé del legendario  comentario del ama de casa cuando pretende justificar su ardua tarea doméstica: “Joder, yo no tengo cuatro manos”. Aquella tarde empleé el mismo tiempo en salir de mi asombro que de mi habitación.
– ¿Qué tal el ordenador? -me preguntó mi madre tras verme aparecer al fin.
– Complicado. Me voy a tener que encerrar muchos días para sacar algo en claro.
Luego vino la especialización, el estudio concienzudo de los géneros y el siguimiento casi ilegal de las actrices. Considero al porno un elemento esencial para el desagüe de nuestras inquietudes pasionales  solitarias. Además, una película porno no te exige verla hasta el final para saber cómo termina… porque sabes que siempre termina bien. Para el recuerdo, clásicos inolvidables como “Onan el bárbaro” , “Rocíame con tu colonia, Pep”, “Mi Rabobank es el sillín” y la genial “Insert cony”.

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