De cómo “qué narices” puede devenir “Was zum Teufel!”

Antes de ayer iba en el U-Bahn de la línea 2 de vuelta desde Nollendorfplatz (ya impartiré doctrina del lugar a su debido momento, que es fascinante) a Alexanderplatz, donde haría transbordo para pasar por la estación de Weinmeisterstrasse y rezar algo con un estado de ánimo que sobrepasaba la indigencia justa, esa que todo ser humano ha de llevar a cuestas en la vida para no hundirse en el trágico, y sagrado, abismo entre no ser más que un ser finito pero ser capaz de, al menos, poder pensar la infinitud, que diría Cusano. Aquella equivocación, meterme en la cola de los cursos “de integración” para inmigrantes impartidos por el Estado alemán, me hizo sentir como nunca antes: una emigrante en Berlín. Una inadaptada, un ciudadano del mundo de segunda clase, un no-integrado, tercermundista, alguien al que hay que explicarle Grecia, Constantinopla y Florencia, los diez mandamientos y, lo peor, la Ilustración. Una especie de “Vente pá Alemania, Pepe” pero en versión techno-remix´11, y a lo bestia, y compartiendo destino con tías cargadas de bebés con lamparones en las bufandas, hiyab, turbantes, el marido, la suegra (o la madre, a saber), y con la tarjeta para fichar de la fábrica entre los dientes. Un espanto.

Total, que así volvía, en el U-Bahn lleno completo, cuando llegamos a una estación que no recuerdo ahora. Un grupo de unas seis personas entran en el mismo vagón por puertas distintas pero parecen llenarlo todo. “Ejjjjjjjjpañoles”, me digo. No falla. A los tres segundos el diálogo eterno a voz en grito y de lado a lado del vagón:

-¿Y en dónde nos bajamos?
-Todavía quedan… Ya os aviso: ¡¡¡en la Alesanderplas!!!!

Siguen risas. Y a todo trapo siguieron: que si que qué alta “la antena”, que si que no tienes ni puta idea de alemán, que si qué frío, que si qué caro, que como venga el revisor nos cruje, que menuda te agarraste, que qué grande el “raistaj”… Así hasta la siguiente estación, repito, SIGUIENTE, estación:

-¿Es ésta, no? ¿Nos bajamos aquí? Joder, qué frío, tío. Eso, ríete. Qué cabrón.
-No, en la Alesanderplas, quedan unas cuantas. Ya os aviso.

Siguen las risas, los comentarios privados a voz en grito, la coña y el rioja hasta la siguiente, repito,SIGUIENTE, estación:

-Tío, que no, que no es ésta. ¿A que no?
-Que nos os bajéis, joder, que ya os he dicho que os aviso.Todavía quedan. Que ésta no es. Es la Alesanderplas.

((((SILENCIO)))) El personal teutón no se lo cree. Algunos levantan la vista del Iphone, desconcentrados de su tarea, y miran intentando localizar de dónde tanto follón y ruido. Al cabo de milésimas de segundo y, como todo el trayecto, con el loro a tope:

-¡¡¡¡¡¡¡CAMAMERO!!!!!
-¡¡¡QUÉ!!!!!
-¡¡¡¡UNA DE GAMBAS!!!!!!
-JA,JA,JA,JA,JA,JA.

Confusión ya total entre los demás viajeros aunque ya algunos se percatan de que están asistiendo al conocido fenómeno del turismo en masa español en Berlín. Tengo mis dudas de que sea “en masa”, como dicen, más bien es que es un turismo “muy vistoso”.

Sigue el trayecto… Más de lo mismo. El vagón llega, por fin, a “la Alesanderplas”:

-¡¡¡AQUÍ!!!! ¡¡¡ESTA ES LA PARADA!!!
-¿Qué?
-¡¡¡¡QUE AQUÍ NOS BAJAMOS!!!!
-¿Aquí?
-Que sí, que es aquí. ¡¡¡Bajarse!!!!
-Tía, que es aquí.
-Joder, “haber avisado antes” (¿?). Ufff, pues no hay gente “ni ná”.
-¿Aquí? Ufff.
-Que es ésta. Joder, tío, que nos bajamos aquí.
-¿Aquí? ¿Estás segura?
-¿Estamos todos?
-¿Qué?
-¿Es aquí?
_¿Qué dice?
-¿No es la próxima?
-Pues en el plano no dice que sea ésta.
-¿Qué?
-Ja,ja,ja,ja,ja…

Lo dicho: desconfío asaz harto de los euroescépticos. Una panda, por otra parte, de aguafiestas. Sí, una UE existe. Was zum Teufel! Me quiero morir.