Uno de los nuestros


Yo creo en la responsabilidad. No hablo sólo de la legal. Cuando analizas lo que te rodea y descubres las zonas peligrosas, es ventajista desconocer que es peligroso jugar en ellas o pretender que te saquen las castañas del fuego. Eso no implica que no puedas hacerlo para cambiar los límites. Por ejemplo, hay bastante gente que se está jugando la vida en países como Egipto para cambiar los límites y que muy probablemente fracase. A veces tu juego pretende poner a la luz algún lugar común (cierto o falso) como la hipocresía de la sociedad, la estructura del poder o yo qué sé, busquen algo así. Lamentablemente, hace mucho que se empezaron a vender biografías de “héroes” populares y el negocio resultó tan rentable que los avispados se apuntaron con gran rapidez. Es algo parecido a la retahíla de aventureros con seguro e instructor, ya me entienden.

Cuento todo esto por el asunto de Vigalondo y su tweet, pero no me malinterpreten, no lo digo por él. Ignoro qué le llevo a decir lo que dijo. Ni siquiera tengo claro que pretendiera hacer un chiste. Me encontré con la noticia en otro periódico, en el que se hablaba de un chiste antisemita. La noticia se refería al tweet inicial y es una manipulación. Si se lee, sin más, parece ser una especie de proclamación coñera de liderazgo: ya me sigue tanta gente que puedo decir una parida conspiranoica.

Los chistes posteriores parecieron una respuesta soberbia (“no sabéis con quién tratáis”) a los que le decían que eso era un chiste antisemita. La cuestión de la fortuna o no a la hora de responder me la suda, la verdad. Y ahí enlazo con lo que decía al principio: el señor Vigalondo jugó en un lugar peligroso y, a pesar de que parecía de la tribu adecuada, le han volado la cabeza. ¿Que se la han volado injustificadamente? Bueno, tratándose de El País no lo creo. Si me preguntan qué habría hecho yo, desde luego no encuentro ninguna razón para echarle. ¡Estaba haciendo chistes! Otra cosa es que fuese el director financiero o el principal accionista del periódico.

Salvo que sean ustedes de esos que piensan que hay materias con las que no se debe bromear. Es algo perfectamente legítimo. Parece ser la postura que sigue la defensora del lector de El País. Al fin y al cabo, se puede usar el humor para esparcir ideas peligrosas. Esto se relaciona con algo sobre lo que he hablado a menudo. El único delito de opinión justificado debería ser la injuria y la calumnia, ya que se refieren a una persona concreta. Afirmar que hay ideas peligrosas o afirmaciones que no se pueden admitir por ser “falsas” es una puerta abierta a la censura previa. Y parecía que nos estaba yendo bien no restringiendo la capacidad de pensar y exponer ideas, ya que las “malas” ideas se iban depurando por la exposición pública. Es una postura difícil de defender cuando se enfrenta a asuntos como la apología del terrorismo o del crimen o a la negación de hechos históricos (como sucede con el negacionismo). Sin embargo, la ley es arbitraria por definición porque pretende crear límites bien definidos, y me parece más peligroso limitar el pensamiento que dejar que se extiendan algunos de sus peores productos. Estamos viendo precisamente algunos resultados de tesis “blandas” en esta materia: desde el islamismo se está haciendo fuerte la idea de que cualquier ofensa al Islam es una ofensa a sus fieles y que eso no debe permitirse, como si tuviera que ser pacífico que las creencias de alguien deban limitar mi capacidad de expresión.

Así que El País ha demostrado una vez más que forma parte de ese grupo que cree que hay cosas que no se pueden decir. Ni siquiera en broma. Ya lo sabíamos. A lo mejor hay quien se ha sorprendido de que el periódico reaccione teniendo en cuenta la materia de que se trata. No lo entiendo, la verdad. Que el periódico, o algunos de los que en él publican artículos o viñetas, sea antiisraelí o propalestino, no prevalece sobre una de sus más notorias características: es un medio políticamente correcto. Y el negacionismo y los chistes sobre el genocidio judío encajan perfectamente en la lista de sitios prohibidos. Otra cosa es que algunos quieran aprovechar el genocidio judío para tildar de judeófobo a todo el que critique al Gobierno de Israel o que haya quien sea judeófobo y oculte su judeofobia en forma de crítica. En esto, sólo los tarados como el iraní enseñan la pata sin pudor.

Sin embargo, este asunto de Vigalondo sí sirve para demostrar lo tribales que somos. Muchos que se descojonan, con razón, del nuevo puritanismo de origen izquierdista han criticado a Vigalondo de manera harto tortuosa. Por ejemplo, Santiago González al criticar a las “almas bellas” que creen que el progre, por serlo, es inmune al error, cae en el vicio que denuncia, ya que habrá que concluir que sólo los que no están afectados por el mal de la progresía pueden hacer chistes sobre según qué cosas: por ejemplo, sobre el genocidio judío e Israel. Hoy mismo, Cristian Campos, nos explica por qué Vigalondo es gilipollas, y lo hace de forma algo estresante, repitiendo una y otra vez lo mismo, como si no estuviese muy convencido y pensase que dándole más vueltas al asunto resultará más convincente.

Decía lo de tribales, que no se me olvide, porque no hace mucho tiempo expliqué que me parecía que la gente tenía derecho a pedir que se echase a Dragó de una televisión pública. Ya ven, sólo decía que la gente tenía derecho a que algo no le hiciera gracia. Y hay que ser responsables de las exploraciones de los límites, que el artisteo está echando panza. Sin embargo, hubo una legión de peña que puso al personal de vuelta y media, hablando de censura y denunciando dos cosas: la insufrible tiranía de lo políticamente correcto y la doble vara de medir de los socialdemócratas. Las dos son ciertas. Hoy también. Parece que hay materias con las que no caben las bromas, pero eso no les impide disculpar al vejete gorrino y al calvo atropellado, aunque hoy nos avergüencen, porque hay que evitar el fuego amigo.

Y es que, como bien sabemos todos, sólo se puede reír de nosotros uno de los nuestros.