E la nave va


Hoy, mirando los últimos comentarios de ayer, me encuentro con un post de lehningen en el que anuncia la noticia del nacimiento de su primer retoño. En nombre de los esquinados y en el mío propio, no sólo le (les) felicito sino que, comportándome como un auténtico cuñado virtual (ya saben, ése que corre a hacerlo socio del Madrid o del lo que sea), le concedo un puesto de bloguero honorario. Ya le mandaré el carnet.

Dicho lo cual, y antes de finalizar, no puedo no dejar constancia del post-contestación de FdM (cierto es que a instancia del maltrecho progenitor) que es una joya. Vean:

Enhorabuena. Ahora sólo tiene que pensar en una cosa: ¿si usted fuera un bebé, estaría en la gloria, O NO ESTARÍA EN LA GLORIA, con lo que le están haciendo?

(Deténgase a pensar en eso, porque es lo básico, lo único, lo definitivo.)

Si la respuesta es negativa, entonces su hija llorará. Como es normal, llorará. Los bebés no lloran porque sean unos puñeteros cabrones que gustan de jorobar. Llorar porque les pasa algo. Y generalmente ese algo tiene bastante que ver, más con la incapacidad de los padres, que con ellos mismos.

Si la respuesta es afirmativa y está cómoda, la niña SEGURO, y me juego todas mis muelas y las de Mercurio y las de Goslum y las tuercas del robot, se portará como lo que es, un pedacito de gloria que sólo quiere estar seca, con la tripa llena y sin apreturas, lanas y tejidos picajosos, chupetes enormes que le darían angustia y ganas de vomitar hasta a Carmen de Mairena, gomas en la cintura que la estrangulen y un lugar cómodo (cómodo no es con medio trillón de mantas, ni obligándola a dormir boca abajo porque han dicho, ni…; cómoda es, cómoda) donde no haga ni demasiado frío, ni demasiado calor, desde el que ir lanzándole pestañeos y sonrisas reflejas a sus padres.

Después, para ligar con la primera frase, hay que olvidarse de “no hay que cogerlo”, “no puedo correr si llora”, “es mejor que duerma ahora tres y luego dos”, “se tiene que tomar 250”, “no le puedo dar más porque me han dicho que”. Olvidarse. Verla a ella, a lo que le gusta. Y dárselo. Y disfrutar a la criatura, y darle cariño, y darle un montón de sobos y dormirla en brazos que es uno de los mayores placeres que hay en el mundo. Y así.

¡Son 1.000 euros!

No vean lo que me he reído con este post postmoderno. Digo lo de postmoderno ¡porque es muy largo, pero no dice nada! Y es que así son las hembras intuitivas. Bueno, no es cierto, sí dice algo. Le dice al afortunado insomne que no haga caso, después de ponerle la cabeza como un bombo advirtiéndole de la necesidad de ¡¡pensar como un recién nacido!!

En fin. Como no es posible que un p@dre no explique a otro p@dre recién llegado algo sobre los hijos, yo daré el único consejo que creo puedo dar: cuidado con los laxantes.

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