Antología de música clásica occidental (25)


Guillaume Dufay vivió mucho, viajó mucho y compuso mucho. Cosas de una época (que durará unos cuantos siglos) en la que los compositores tenían que buscarse las lentejas en las cortes y capillas, esperando que los fondos durasen lo suficiente. Por ahí cuentan que era ilegítimo de un sacerdote y los pérfidos ingleses han querido atribuirse su nacimiento. Sin embargo, si es difícil saber en dónde y durante cuánto tiempo se encontraba un compositor de esta época, calculen cuando se trata de conocer su origen y primeros años. Dejémoslo en que sospechamos que fue niño prodigio (ya verán la de niños prodigios que vamos a conocer) y que, siendo tan evidentes sus dones, recibió una formación de lo mejorcito en Cambrai (en todas partes nos cuentan que con once años recibió de regalo una gramática de Villedieu, su Doctrinale, y que eso era inusual). Sea como sea, pronto empezaría el vaivén entre Italia y su patria natal (o adoptiva). Vean: está en Italia al servicio de los Malatesta, luego se vuelve a Laon (lo sabemos porque compuso una chanson despidiéndose de sus vinos y mujeres), más tarde nos consta que le da permiso un cardenal (Luis Alemán), desde Bolonia, para “ir a un Capítulo” a Cambrai. Desde 1428 aparece como “cantor” del coro papal. En 1434 anda por Saboya. El asunto es lioso, porque el duque Amadeo VIII abdicó en su hijo Luis y se retiró a una chozilla a las orillas del lago Ginebra, hasta que decidió hacerse Papa y llamarse Félix V. Hoy le decimos antipapa, pero en aquél momento el asunto se discutía con cierta pasión. Dufay trabajó para el padre y para el hijo, que estaba casado con una tal Ana de Chipre, y que, además de hablar raro, disfrutaba como una enana con la música de Guillaume. Mientras tanto, Dufay seguía al servicio del “Papa de Roma”, un sujeto ubicuo que podemos llamar Eugeniofélix. El lío de la Cristiandad no pareció afectar a su carrera. A pesar de seguir viviendo en Italia, fue nombrado canónigo de la catedral de Cambrai (y cobró en consecuencia). Sus últimos años son un follón de consideración: anduvo por Saboya, pero se le nombra como cantor del Duque de Borgoña, y allí lo sitúa, ceñudo y enfadado, un poeta, Martin le Franc, que quiere alabar a dos vihuelistas españoles ciegos que la duquesa Isabel de Portugal se había llevado a la corte de su marido, Felipe el Bueno. En fin, todos le buscan y todos le alaban. Los príncipes se pirran por sus composiciones y le piden que ponga música a sus poemas. Murió famoso, como podía serlo un músico de su época, en Cambrai, en 1474.


120: El rondó a tres voces Je ne vis oncques la pareille, una obra de atribución dudosa. En un manuscrito se atribuye a Gilles Binchois y en otro a Dufay.



Esta chanson es famosa porque es casi seguro que se interpretó en un festorrio que celebró Felipe el Bueno con los caballeros del Toisón de Oro, en la que se juramentaron para recuperar Constantinopla de los turcos. Se celebró en Lille, y la crónica es alucinante. En el salón había tres mesas. Sobre la primera se había construido una Iglesia, con su campana, su órgano y cuatro cantores. En la segunda, había una tarta, y dentro de ella, veintiocho personas “vivas” (no me digan que la precisión no es genial) tocaban instrumentos. En la tercera, tres niños y un cantor se dedicaban a cantar chansons, con gran dulzura. También se paseaban por el lugar un pastor, con una cornamusa, y dos trompeteros a caballo. Todos estos músicos servían de fondo a la mascarada: la historia de Jasón, que terminaba cuando aparecía un gigante que guiaba a un elefante (ah, qué resonancias), sobre el que, una mujer vestida de duelo (que representaba a Constantinopla) pedía ayuda a Felipe el Bueno y sus caballeros. Supongo que después se cogerían una tajada de nota, pero de eso no dice nada la crónica. Partiendo de la música de este festorrio, el Ensemble Gilles Binchois publicó un disco muy recomendable.

Les dejo también una versión instrumental, que está muy bien.

Dufay es uno de esos compositores que se caracterizan no por inventar nuevos procedimientos musicales, sino por la perfección formal de sus obras, a las que incopora todos los recursos de los antiguos y de los modernos. Ya vimos en su momento que llegó a escribir motetes isorrítmicos (como el famoso Nuper rosarum flores). Su música fue influida por Dunstable y en sus manos el fauxbourdon se convirtió en el procedimiento armónico por excelencia, en el marco que permitía una cada vez mayor libertad melódica (dentro de límites modestos, casi nunca por encima de la décima) e independencia entre voces. Los momentos imitativos se convierten en recursos expresivos, y las cadencias se ven acentuados por melismas, por entrecruzamientos de las voces inferiores, y por progresiones dominante-tónica, cada vez más frecuentes, resultado del paso desde la sexta a la octava de la cadencia. El fauxbordon, en ciertos sentido, impone una progresión cadencial que los compositores aún no han teorizado, como se hará un siglo más tarde, pero que nos es muy familiar.

121: La canción a tres voces Quel fronte signorille, de Guillaume Dufay, escrita en Italia, y en italiano, y que presenta la particularidad de ser de ritmo binario. Dufay, como la mayoría de los compositores de la época, seguirá prefiriendo en la mayoría de su obra el ritmo ternario.



Dufay, sin embargo, pese a poner música a textos italianos, sigue siendo un compositor del norte, y la estructura de sus obras lo demuestra. En sus chansons, Dufay sigue la estructura de las formes fixes, rondós, baladas, virelais.

Hay una excepción muy hermosa: Vergine Bella, que pone música a un poema de Petrarca, en la que el músico se aleja de las formas tradicionales y se ajusta a la expresión del texto.

122: La canzone a tres voces Vergine bella, de Guillaume Dufay.


Sin embargo, en general, Dufay fue conservador en su música profana.

123: La chanson a tres voces Helas mon dueil, de Guillaume Dufay, que sigue la forma del virelai.


En los textos de las chansons de Dufay nos encontramos todas las posibilidades. Desde las que sólo llevan texto en el discantus, a las que lo llevan en todas las voces. Sin embargo, lo más usual es que la voz contratenor tenga muy poca entidad melódica, y que sean el discantus y el tenor las que prevalezcan. Esos tenores tan característicos, llamados tenores de discantus serán los que se utilicen más a menudo como cantus firmus de las obras sacras.


124: La chanson a tres voces Se la face ay pale, de Guillaume Dufay.




125: El kirie de la Misa Se la face ay pale, de Guillaume Dufay.


Es hora de terminar. En la próxima entrada hablaremos de la música sacra de Dufay, pero como regalo final, escuchen la animada música del rondó Ce jour de l’an.

126: El rondó de año nuevo Ce jour de l’an, de Guillaume Dufay.


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17 comentarios en “Antología de música clásica occidental (25)

  1. Vaya vida…entre papas y antipapas, señores de la guerra y demás personajes..pero cuando llegaba Dufay, todos decían “callarsus, que esto es cosa fina”…

  2. Formula para aligerar los Goya. Modelo común para los premiados:

    -Gracias por este Goya, y, lo dicho…buenas noches.

  3. Sugerencias para dar más aliciente a los premios Goya:
    -Goya a la maja desnuda y majo desnudo.
    -Goya a la maja vestida y majo vestido…

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