El cuarto oscuro

Justo un segundo después de que Jeremías hubiera roto el equilibrio sonoro del ambiente al tropezar con una silla en el comedor de la casa, el hombre se levantó iracundo del sofá y fue a su encuentro:

– ¡Mierda de niño! -y lo tomó del brazo con fuerza, arrastrándolo violentamente hasta que la presencia de una puerta le obligó a detenerse.

– ¡No, por favor! ¡Al cuarto oscuro, no! ¡Ha sido sin querer! -se disculpó el pequeño mientras el hombre sacaba una llave de su bolsillo.

– ¡Vas a pasar la noche aquí dentro, calladito! ¡Así aprenderás a tener más cuidado!

Abrió la puerta con apremio, y de un empellón, la criatura dio con sus huesos en la oscuridad de la estancia.

Cómodamente instalado frente al televisor y sin la perspectiva de una nueva interrupción, el padrastro de Jeremías respiró aliviado mientras las imágenes que brotaban de la pantalla absorbían toda su atención.

El temido cuarto oscuro era en realidad un viejo trastero al que solía ir a parar cualquier cachivache cuya utilidad hubiera flaqueado durante meses hasta desfallecer por completo. Así pues, dos lámparas, cinco garrafones, y restos de un mobiliario enclenque que ya no servía ni para hacer madera se apiñaba en el lugar a la espera de un destino peor. Al padrastro no le gustaba tirar nada sin antes haber meditado a fondo cualquier posibilidad de intercambio o venta. Decía que todo lo que se compraba por un valor podía volver a venderse por otro. Desde la muerte de su mujer, hacía ya un año, había decidido llevar bien recto al muchachito. La advertencia de no hacer ruido cuando él estuviera en casa había sido una norma tajante, una cláusula de obligado cumplimiento que dejó muy clara entre los muchos deberes impuestos al crío. Iba a aprender, sí señor, ya lo creo que aprendería el mocoso aquél.

Jeremías comenzó a temblar. Le aterrorizaba la visión de aquel cuarto incluso cuando su padrastro lo abría en pleno día, y entonces ni siquiera miraba. Pero ahora, dentro, acurrucado en mitad de aquella amenazadora oscuridad, su cuerpecito latía de espanto, brincaba de horror. Odiaba a su padrastro. Cómo lo odiaba. Permaneció durante unos minutos en posición fetal, sin moverse, pero expectante, como si le fuera posible escrutar a su alrededor y atisbar el peligro incluso envuelto en aquella cortina de sombras. “Primero se ha de advertir el peligro, luego podremos hacerle frente”, le había dicho su madre una vez. Jeremías respiró hondo y trató de serenarse, de recuperar la prudencia mental necesaria para  encarar la situación. Allí dentro no podía haber nada malo, fue lo primero que se le ocurrió pensar para darse ánimos. Luego pasó a enumerar los imaginarios habitantes del recinto: ¿qué tal una silla vieja y un jarrón amarillento con moho para empezar?… Bien, se dijo, eso está bien, pensaré en algo agradable. Y entonces le vino a la cabeza la imagen de su madre riendo, mientras él se enjabonaba la cabeza. Recordó que se había tirado encima el recipiente de la miel. El intento de alcanzarlo después de abrir el armarito resultó un tremendo fracaso, demasiado elevado para su metro diez de estatura. La masa pringosa le cubrió el cuero cabelludo y descendió a mayor velocidad de lo imaginable hasta llegar a humedecer el dedo gordo de su pie derecho. De haber podido contemplarse en un espejo Jeremías habría disfrutado con la sonrisa que se dibujó en su cara. ¿Qué tal debía lucir una  sonrisa en plena oscuridad?, se preguntó. El crío se relajó. Bueno, aquello no parecía ser tan malo como sospechaba. Estaba oscuro, pero no pasaba nada. Al menos nada se movía. Y eso ya era un auténtico alivio. Pero, de pronto, la luz inundó el cuartucho. Jeremías pudo contemplar los “terribles misterios” que encerraba el lugar. El niño sonrió. Allí dentro no había nada que pudiera asustarlo. Lo primero que pensó Jeremías fue que le había sido perdonado el castigo. Tras levantarse, estirar un poco sus adormecidas piernas y colocar su mano en el picaporte para abrir la puerta, su opinión ya no fue la misma. La puerta no se abría. Escuchó ruido en el exterior, como de estar cambiando mobiliario de sitio. Algo muy extraño. Jeremías pegó la oreja a la puerta.

Ahora, las sombras, como si dispusieran de entidad física propia, habían decidido mudarse del cuartucho al comedor.

– ¡Esa maldita luz! -gritó el padrastro mientras intentaba levantarse del sillón donde se encontraba adormilado con la tele encendida.

Pero antes de que pudiera llevar a cabo el movimiento, sus rodillas se doblaron y le impidieron ponerse en pie.

– ¡Joder! -exclamó.

Algo golpeó su cabeza, cerca de la coronilla. No había sido un porrazo, más bien un cachete. De todas maneras, fue lo suficientemente intimidador para considerar que mantenerse quieto sería la mejor opción por el momento.

– ¿Qui… quién es?

No hubo respuesta. Tan solo otro cachete. Este ligeramente más fuerte que el anterior.

– ¿Quiere dinero?

Cachete.

– ¿Busca dinero?

Cachete.

– Yo no tengo dinero.

Cachete.

– Bueno, sí, un poco, pero no vale la pena que me mate por él. Se lo daré si me suelta.

Cachete.

Necesitó siete medidas de aquella medicina para darse cuenta de que, de momento, quien estuviera detrás de él no parecía dispuesto a mantener ninguna charla.

El padrastro se hallaba encogido de miedo. Sus músculos ya no respondían a las órdenes que el cerebro les enviaba, y su sentido más preciado (la vista), le impedía hacer uso de los cuatro restantes con la destreza acostumbrada. Comenzó a temblar. Ahora, su cuerpo parecía un flan recién sacado del recipiente, como si alguien lo hubiera dejado caer a peso en el sillón. Tuvo miedo de que lo asesinaran. Pánico de morir en su propia casa y sin poder verle la cara a su asesino. Horror a morir sin saber el porqué. Se sintió inocente como… como un niño; eso era, inocente como un niño.

– ¿Te asusta la oscuridad?

La voz no parecía venir de su espalda. Más bien daba la impresión de hallarse sobre su cabeza. O peor aún, estaba seguro de que procedía de dos sitios a la vez. No era un sonido desagradable. Al contrario. La voz era suave, incluso dulce.

– ¿Te asusta la oscuridad?

El padrastro rememoró la anterior ración de cachetes. No sabía si aquello era una trampa. Antes de arriesgarse a que su respuesta pudiera ampliar la dosis, quiso curarse en salud:

– ¿Puedo contestar?

– Claro -le invitó la voz.

– ¿Me hará daño?

– ¿Tienes miedo a que te haga daño?

Bueno, pensó el hombre, esto se complica, porque ahora ya eran dos preguntas las que tenía responder.

– Sí, señor, tengo miedo a la oscuridad y tengo miedo de que me haga daño.

El padrastro apretó los dientes y cerró los ojos en previsión de nuevas acometidas. Era terrible no saber de dónde te venían los golpes. Los de antes le habían llegado desde lugares distintos. Nunca en su vida había tenido tanto miedo.

– ¿Y crees que eres la única persona en el mundo que le tiene miedo a la oscuridad?

– No, claro.

– ¿Dónde está el niño?

– En el trastero -dijo, tragando saliva y temiéndose lo peor.

– ¿Lo enviaste a buscar algo?

El hombre no sabía a qué jugaba aquel tipo, pero estaba convencido de que era el único que conocía las reglas del juego.

– No, lo castigué.

– ¿Lo haces a menudo, verdad?

– Es la única manera de que aprenda a comportarse -se defendió desde su atalaya de responsable máximo de la criatura.

– ¿A comportarse?

– Es muy travieso.

– Ya.

– ¿Quién es usted? –se atrevió a preguntar, esta vez sin pensar en las consecuencias.

– Soy el vigilante.

– ¿Una especie de Ángel de la Guarda del niño?

– No digas tonterías. Soy el Vigilante de las Sombras.

Aquello sonaba fuerte, muy fuerte. Había leído algo a cerca de diablos, de demonios, de seres de las tinieblas. ¡Vaya, así que le había tocado vérselas con uno de ésos! ¡Bueno, qué se le iba a hacer!

– ¿Y eso es bueno o malo para mí? -preguntó, intentando hacer una pequeña broma.

Cachete.

– Vale, vale, malo -admitió el hombre después de recibir aquella respuesta reveladora.

– ¿Sabes lo que le pasa a la gente que se vale de las tinieblas para realizar sus fines?

El padrastro meneó la cabeza negando por dos veces. Durante unos segundos se olvidó de la oscuridad reinante. Pero antes de que tuviera tiempo de responder oralmente, el otro se le adelantó:

– No lo sabes. Bien…

Cachete.

– ¡Jolín, deme una pista para orientarme sobre lo que tengo que responder! ¡Nunca sé cuándo va a arrearme!

De pronto, el hombre advirtió el cambio. Sus músculos se relajaron. La presión sobre sus piernas había desaparecido. Ahora ya podía moverlas a voluntad. Aquel ser era bastante rarito, se dijo el padrastro.

– ¿Mejor así?

– Dónde va a parar -dijo, dando unas pataditas en el suelo para que los ligamentos volvieran a funcionar como sabían.

– Escucha atentamente. Mi morada es la oscuridad, pero no soy una presencia más en la penumbra. Yo soy la penumbra. Envuelvo las cosas, los objetos, la masa. Soy su velo, su manto, su esencia. Yo soy el responsable, el leal custodio de todo lo inanimado. Pero lo humano me perturba, me agita, me violenta. Por eso, cuando un ser de vuestra especie osa invadir mis dominios, mi energía se dispara como una alarma frente a la figura de un ente animado, de una naturaleza viva. Sobre todo cuando las vibraciones de ese ser son negativas y recelosas, cuando están propagadas por el pavor, por el miedo. En mi reino quiero paz, quietud y ondas positivas. Nada de cargas de profundidad ni métodos represivos que puedan alterar el equilibrio de mis súbditos. No deseo volver a ser molestado.

La voz cesó aquí su perorata. ¿Habría acabado?, se preguntó el hombre.

– Espero que hayas captado el mensaje.

– Por supuesto. A partir de ahora, nada de cuartos oscuros cuando decida castigar al niño.

– Exacto.

– ¿Eso es todo? -preguntó con cierta urgencia, como si quisiera dejar zanjado el asunto cuanto antes.

Cachete.

– Esto para que no se te olvide -. Y entonces la luz volvió a lucir majestuosa, con todos sus vatios. El padrastro miró a su alrededor. Nadie. De buena se había librado. Respiró hondo. Reflexionaría, se dijo. Aquello iba a hacer que todo cambiara en su manera de tratar al niño. Se encaminó hasta el cuarto trastero y abrió la puerta. No se sorprendió al descubrir que dentro había luz.

– Sal, Jeremías-. El crío lo miró con cierto recelo, aunque agradeció no tener que pasarse la noche allí dentro.

Una semana más tarde, Jeremías tropezó con la base de la mesita sobre la que padrastro tenía apoyados los pies. El hombre se levantó enfadado:

– ¡Mierda de crío!

Iba a cogerle de la mano para arrastrarlo hasta el cuarto trastero cuando aquella advertencia, grabada con letras de oro en la portada de su cerebro, lo retuvo. Y de inmediato, fue otra imagen, mental, sentida, experimentada también en iguales circunstancias, la que le dio la clave para discernir de qué manera debería actuar en lo futuro.

– ¡Toma! – Y le dio a Jeremías un cachete de pronóstico reservado.

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45 comentarios en “El cuarto oscuro

  1. Por un lado, el sábado Santiago González: “** Así se escribe la historia, entre fogones menestrales y leyendas, para que luego, el periodista catalán con pujos de cocinero se permita llamarme despectivamente ‘el Pochas’ en nombre del periodismo-verité. Hay día en los que todos somos un poco Javi Cercas, qué quieren que les diga.”
    Hoy, Cercas:

    Pero lo peor es lo de ayer: el otro criticando que su cocina no se estuviera fundamentada sobre ningún deseo de mundo mejor, sobre ninguna belleza
    Lo repito: Malo fue cuando los artistas se pasaron a la “filosofía”, pero es peor que lo hagan los cocineros (que ya han dejado de serlos para convertirse en restauradores). Ya lo dijo Tomás de Kempis: La mucha filosofía conduce a la indigestión”.

  2. Funes, con F en lugar de f, si no le importa.

    Un respeto, ¿eh?, que se empieza quitando la mayúscula y no se sabe dónde se termina, a este paso acabará por insultarme cualquier día de estos.

    Por otro lado, espero que todo el mundo haya tomado nota. A partir de ahora, el chascarrillo es “enlazas peor que GARVEN”

    (Gracias, Garven)

  3. [7] En esa época, hubo varios que prefirieron vivir deprisa: John Keats fue otro de esos. Y también dejó una obra imperecedera. Eso sí, como sabía que moriría pronto, escribió aquello de la urna griega, seguro que para que recogieran en ella sus cenizas.

    Juan Benet escribió un ensayo sobre Schubert. Hoy, o ayer, escribió Trueba. Es lástima que no incluyera la distancia que media entre ellos en ela rtículo. Habría mejorado mucho.

  4. En el siglo XIX moría mucha gente joven. Y la gente empezaba a producir una “obra imperecedera” mucho antes que ahora. Si Beethoven hubiera palmado a los 31 años habría dejado una obra imperecedera.

  5. [9] No, ya lo sé. Ironizaba con el artículo de Trueba. Podía haber dicho que ya entonces se notaba que eso del motor de explosión estaba en el aire, y que, sooner than later, alguien lo inventaría.

    Siempre me ha resultado muy extraño eso de: Se dedicó a escribir obras imperecederas. ¿Sabía el artista que sus obras lo serían?, ¿quería él que lo fueran?, ¿no tuvo que ver nada las vueltas que da la vida, o la historia?

  6. [13] Bueno, teniendo en cuenta que se cachondeaban de Keats, es posible que el lo quisiera, pero seguro que tenía algunas dudas. Además, hablando de obras imperecederas, no hay más que recordar el epitafio: eso de aquí yace uno cuyo nombre está escrito en el agua.

  7. [11] Sí, pero no habría dejado las últimas obras, que no son “obras imperecederas” (porque son mucho más).

  8. Ahora estoy muy puesto en Keats: estoy releyendo Hyperion y el cíbrido John Keats se encuentra en plena euforia poético-copulativa con ayuda de la lusiana Brawne Lamia.

  9. [15] Jeje, usted no podría decir eso, porque habría muerto a los 31 años. ¿Se imagina que la Flauta Mágica, la sinfonía Jupiter, el concierto 25 o el quinteto en sol menor no fuesen consideradas obras insuperables? Es lo que le pasa a Beethoven por no morir en 1802, cuando le dio el yuyu del oído.

  10. [0]

    -Padre, me acuso de descojonarme con la fiction de Goslum.
    -¿Otra vez contra el sexto, hijo, y encima con rarezas?

  11. Leí este fin de semana a Rosa Belmeonte, creo que citaba a alguien, lo siguiente: “Los hombres temen de las mujeres que se rían de ellos; las mujeres, de los hombres, que las maten”

    Tendrá razón, no digo que no. Pero falta esto: los hombres también temen de otros hombres que los maten. De hecho, los hombres matan a muchos más hombres que a mujeres.

  12. Buenas esde Hollywood…que me ha gustao mucho el relata del senor Goslum e se me ha ocurrío una peli mu buena…el padrastra del nino puede ser Bruce Willis, y el nino el del sexto sentio…e resulta que Willis stá muerto pero non lo sabe…el fatasma de los cachetas podía haserlo Bardem…al final todo saclara y el nino va con su mamá…¿A que es buena, senor Tse? Pues stoy a la espera de sus notissias…muchas saludas, e grasias.

  13. (11) Por ejemplo, Henry Purcell no quería llegar a los cuarenta y por eso compuso su funeral por la reina Mary, para morirse enseguida y que fuera una obra imperecedera…todo lo contrario que Reinken, que alcanzó casi los 100 años y está casi olvidao…

  14. “La belleza es verdad y la verdad es belleza”…lo dijo un poeta que no confiaba mucho en la validez de su obra y tuvo que morirse joven para escribir unos de los epitafios más bellos que se han escrito…

  15. Ayer, titular de Público: “La segunda caida del Madoff español”, referido a Ruiz Mateos.
    Como dos gotas de agua, vamos.

  16. Oh, usted disculpe.

    Del article en inglés que su 28 enlazaba con la destreza que le falta a Garven, sólo entendí finger; se me escapó todo lo referente a moon.

  17. Umbarak, se refiere usted sin duda al Espanyol.

    Ignoro si Bassets también juega al fútbol, y mucho menos si forma parte del primer equipo de Cataluña, – quitando a los equipos suizos. ¿Quien coño se sabe algún jugador del Espanyol, una vez lo abandonó Tamudo?

    Por lo que sé, Bassets se dedica a la esgrima, pero sólo con Espada. Ni florece ni sabe. Perdón: ni florete ni sable.

  18. Lo de Schubert es así: En un salón vienés, Franz se acerca a besarle la mano a la Condesita de Estarais. Y, al inclinarse, la etiqueta del frac, alquilado para la ocasión, se enreda en el dedo estirado de una estatua de Venus, la diosa del amor, provocando la hilaridad de la Condesita.

    Schubert huye humillado y deja una Sinfonía inconclusa.

  19. Lo que Espada le dice a Cercas en su enésima entrega es que no vuelva a medirse con él, o la próxima vez caerá aún más bajo para dañarlo. Le creo.

  20. [6] Es usted un vicioso incorregible. Ve un artículo firmado por David Trueba ¡y va y se lo lee! Yo es que no soporto al buen hombre, me parece un plasta de tomo y lomo. No sé, sinceramente, si es interesante lo que dice o no, porque me aburre más que un discurso de Rajoy en un mitin.

  21. “Balada triste de trompeta”… joder, y tan triste. Dirigida y escrita por de la iglesia. En la dirección no me meto, pero en la escritura… no es que su antiguo y asiduo guionista fuera un genio, pero creo que la obra del bilbaíno pierde.

  22. – Hola, ¿el hijo de Gaddafi?
    – Sí, quién eres.
    – Soy el hijo de Funes.
    – ¿Y qué quieres?
    – Decirte que eres un hijo de puta.

  23. golsum,

    no digo nada de su entrada porque pienso leerla en mykindle (article mode, recuerde eso jacobiano) al finalizar el día.

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