Una aberración

El abogado desenvuelve el legajo. Por casualidad, abre el tomo que está más arriba y se encuentra con la traducción de una carta y unas fotografías unidas. Son fotografías familiares. En todas ellas aparece un hombre, llamémoslo P. Es la casualidad la que crea el punto de vista. La carta le parece, al principio, algo afectada. En ella se habla de P. Se le elogia como hombre bueno y se cuenta una historia pequeña y trágica.

El abogado escarba un poco más. La carta es una aberración entre las palabras frías que nos cuentan otra historia. Es curioso cómo hacen falta cientos de hojas para explicar unas pocas horas y cómo solo dos folios nos bastan para compartir un pésame. P está muerto. Su dinero servía para pagar su droga y la de otros. Un día los otros no quisieron esperar más. Lo golpean, lo maniatan y le roban su tarjeta de crédito, la navaja en el cuello. Mientras uno de ellos, de esos a los que les compra cocaína, comprueba el número de la tarjeta en un cajero, los demás le meten una bolsa de plástico en la boca hasta que le obstruyen las vías respiratorias. No sabemos lo que tarda en morir, quizás cinco minutos, quizás más. Puede que muera en el asiento de atrás del coche, o en el maletero. Si hay una pequeña rendija que le permita respirar, su agonía se alarga hasta que sus amigos paran en mitad del campo, le echan encima cinco litros de gasolina y le prenden fuego. Apenas tres mil euros sacarán de la tarjeta de crédito.

P sonríe en las fotografías. Con su hermana y su madre; con su padrastro. Es difícil para el abogado no imaginárselo boqueando o retorciéndose entre las llamas. La historia pequeña es más sencilla y común. La madre se está curando de un cáncer cuando recibe la noticia de que su hijo ha muerto en otro país, a miles de kilómetros. La enfermedad se ceba en ese caldo y la mata. La hermana, tan joven y tan guapa en esa fotografía que ha salido de un álbum cualquiera, no puede soportar la pérdida de la madre y el hermano y se suicida.

Solo queda el cronista. Escribe con gran corrección una carta que dirige al fiscal de un país del que no sabe nada. Solo quiere contar quién era P y el dolor que ha provocado su muerte. Eso y pedir que sus asesinos sean castigados tal y como dicte la ley. Lo hace en una carta que es una hermosa aberración.

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