Valor de ley




Esta entrada es una ocasión estupenda para enlazar expresamente una entrada del blog de Fernando Couto, Desenfocado.

He tardado en hacerlo, porque quería hacerlo el día en que pudiera discrepar de una de sus críticas. Yo no haré, como él, ningún recorrido por la historia del western. Ni siquiera para discutir sobre la supuesta maestría de Raíces Profundas. Antes, sin embargo, es importante dejar constancia de lo siguiente: la banda sonora es excelente …



… y Jeff Bridges hace una interpretación magnífica. Tampoco es una novedad. ¿Alguna vez está mal Jeff Bridges? Les pondré un ejemplo. Vean a Jeff Bridges en la lamentable Starman de Carpenter.



Ahora imaginen en el mismo papel a, no sé, Dustin Hoffman, y entenderán lo que digo.

También es cierto que Hailee Steinfeld mejora a la actriz de la peli de Hathaway, pero joder, ¡eso era inevitable!

Hablemos de la película. Los hermanos Coen son, en mi animalario particular, el negativo de Tim Burton. Cuando Burton estrena una película siempre pienso: “no, otro bodrio de Tim Burton”. Luego veo, por casualidad, la formidable Ed Wood, la estupenda Sleepy Hollow, o la maravillosa Big Fish, y termino imaginándome que existe un Hugo del “Bart” Burton, que hace sus películas buenas.

Con los Coen es al revés. Voy al cine esperando ver una gran película, no sé, como Barton Fink, O Brother, o Fargo, y te encuentras con sus últimas películas.

Vamos, te encuentras con esta Valor de ley. Los Coen tienen tres maneras de rodar: la dura, que cuando sale bien nos regala Fargo, y cuando mal, nos azota con No es país para viejos. La infantil y cachonda, capaz de producir la escena de la sirenas de O Brother, …



… o hacernos bostezar con Tim Robbins haciendo el majadero en El Gran Salto. Y la enfática. La enfática está siempre en el filo. Cuando vimos (vean el uso del plural mayestático) Muerte entre las flores, hace veinte años, pensamos que estaba bien, pero es que éramos jóvenes y el producto nos pareció nuevo. Y, joder, molaba lo de la canción irlandesa mientras suenan las ametralladoras (además siempre es mejor eso -suena la música porque hay un gramófono- que la patética escena supuestamente similar de la sobrevalorada Camino a Perdición). Ahora, veintiún años después, ver la nieve caer sobre el cadáver del padre, tal y como el viento movía las ramas que mira Tom Reagan, resulta enfático, enfático, enfático.

El problema del western crepuscular es que los que lo practican llevan cuarenta años empeñados en que nunca anochezca. Para conseguirlo, los planos generales se mueven lentamente, los tipos siempre miran como si conocieran un salmo apropiado para cada momento, y los villanos nos muestran su lado filosófico. Y esta terrible noche de los tiempos es la que explica que la flojísima Million dolar baby sea considerada una obra maestra, o que esta película de los Coen, que padece de un guión lamentable (diosss, toda la parte de negociación con el tratante de caballos) esté nominada por ese apartado en los Óscar. Aunque quizás se explique esto considerando la lista de películas nominadas.

En fin, una película menor, con una estupenda fotografía, bien interpretada y que cuenta una historia que hemos visto, igual, mil veces. Digo igual, porque lo que filman los buenos no se repite, ni siquiera cuando se filma otra escena igual.



Y no crean que digo lo de la historia vista mil veces por la escena más famosa de la película de Hathaway, que como menciona Fernando Couto, es muy parecida en la versión de los Coen. Lo digo por cualquier western de Mann, por ejemplo.



Eso sí, y para terminar, repitamos el primer mandamiento: Centauros es insuperable.