San José Obrero, día del trabajador sin tacha

José Antonio Peñascales Robles-Ripoll no fue un estudiante brillante. El niño Peñascales, para ser sinceros, era bastante malo en casi todas las asignaturas, a la par que un punto díscolo y lenguaraz, cualidades que había heredado de su habladora y fértil madre, esposa del contable Pedro Peñascales e hija de un notario arruinado por culpa de unos desalmados estafadores, valones creo, que le vendieron, allá por 1950, unas acciones en la sociedad explotadora de las minas de diamantes de Songoro-Cosongo, en la frontera entre el Congo Belga y Tanganica. Siendo un hombre tan culto y preparado, nadie entendió como no vio venir a esos malandrines, cuya mercantil decían domiciliada en Moulinsart Castle, en Gravesend, Londres, y además llamándose uno de ellos Archivald Kurtz. Lo cierto es que nadie lamentó su ruina, que colmó de paz y dicha a los que le habían conocido como Pere Roures i Ripoll en los tiempos de su militancia en la Lliga. Claro que ese desafortunado golpe de fortuna truncó los planes que la familia tenía para la unigénita y mimada Monserrat Robles-Ripoll Fornieles, que solamente pudo hacer casamiento con el joven Pedrito Peñascales, a secas, alguien que a duras penas terminó perito mercantil en una escuela nocturna de Tarrasa y único candidato al alcance de una familia tan venida a menos. Así que el niño de la nueva España se crió entre lamentos de su ajada mamá por el oropel perdido y las fatigas del esforzado progenitor de familia de aluvión, que no en vano Pepito fue el mayor de siete hermanos engendrados, casi, casi, cuando el chupatintas iba y venía de los múltiples trabajos que afanosamente compaginaba en jornadas de veinte horas. Además salió vago y resentido. Contra los fascistas, por haber dado de lado a su ingenuo y dúctil abuelo. Contra los capitalistas, por explotar a su padre y contra los Hermanos Maristas porque le hacían estudiar, formar en fila india antes de entrar en clase y levantar el brazo sin flexionar el codo para preguntar. Contra su madre también, que le sometía noche tras noche a sesiones malévolas y empalagosas de inquina y resabio, destinadas a recordarle su obligación, como primogénito, de recuperar la posición del abuelo y de encontrar el camino de baldosas amarillas (había visto a la Garland en una sesión doble, allá por 1948, saltar por ese sendero acompañada por unos curiosos personajes y su término le parecía, inexplicablemente, el colmo de la felicidad). Ocurre que el infante no tenía inclinaciones definidas, salvo por la molicie y ese improbable retorno a la buena sociedad que le había grabado a fuego su doliente mamá. Eso sí, demostraba un agudo instinto de supervivencia que le hizo acercarse, una vez iniciados sus estudios universitarios -ya imaginaran que le matricularon en Derecho- a las Juventudes Socialistas, lo que le facilitó el tránsito por las más áridas asignaturas de la carrera entre manifas y encierros, al tiempo que desarrollaba unos lumbares flexibles, resistentes y tonificados, algo que anticipaba ya una incipiente capacidad para el medro personal. Terminada sin pena ni gloria la carrera ejerció de laboralista en Magistratura, al amparo de la federación del metal de la UGT, para lo que tampoco había que saber mucho, salvo tocar las narices en la Seat y acudir trufado de pegatinas a cuanta movilización se convocara, y además siempre había algún compañero, de esos que las habían pasado canutas con los grises, que podía dar una solución de última hora, esto es, entre el momento de recoger la toga y entrar en sala. Claro que esa es una vida de tensión y fatiga que nunca había querido para sí, y algo, era palmario, que había que cambiar, puesto que, sin descanso, su madre le recordaba que para cuándo el traslado al piso de Paseo de San Juan con la Diagonal que hace tiempo tenía mirado. Tuvo suerte, porque la corriente de los tiempos fluía con él. Los suyos acaban de ganar las elecciones, como quien dice, y el asalto al Poder Judicial se había desatado, furibundo, en 1985, que no en vano allí residían las peores alimañas de la represión, agazapadas y sonrientes bajo las satinadas togas, arteras y taimadas, no como los militares, a los que se veía venir y eran torpes en sus componendas y ya se habían encargado los suyos con la modélica pinza de Narcís y Enrique, el de todas las sopas, de laminarlos. Afortunadamente era abogado de sindicato y Ledesma (pena que su apellido fuera fascistoide) había urdido normas para que los suyos ocuparan lo que por derecho les pertenecía. Entre la instancia y las puñetas apenas transcurrieron seis meses. Una batalla ganada, al fin y al cabo ya había dicho Guerra que eso de la división de poderes era algo rancio y burgués. Sin embargo el combate continuaba, pues desde las covachuelas del gobierno de los jueces, aún mal dominado, se le exijía fallar, fallar y fallar, algo un punto excesivo y que, en demasía, no entraba en su planes. Incluso reprimendas le llegaron desde Jueces para la Democracia, asociación a la que se había apresurado a incorporarse en cuanto llegó al juzgado por el turno del reconocido prestigio (y cuan orgullosa se veía a la Sra. Viuda de Peñascales -sí, el padre murió de infarto en una casa de mala nota, aunque dijeron que fue por exceso de trabajo, que también-).

Pobre José Antonio. Haber sentado plaza en juzgado de instrucción no le había gustado, pues el Derecho Penal es enjundioso y desagradable, ¡pero que le hicieran trabajar a destajo era inaudito! Por eso se adhirió con fervor a la doctrina constitucional que declaró, bien declarado, que los instructores no podía resolver asuntos que hubieran investigado. Su fino olfato, sin embargo, le hizo ver que con una reconversión industrial casi finiquitada, la gente corriente y moliente sin un duro y con Solchaga y Boyer inoperantes, esa jurisdicción no iba a ofrecerle más que sinsabores porque el no era quien para condenar a reos de hurto famélico. El siguiente paso en su carrera era lógico: Magistratura (sí, ya la llamaban “lo Social”, para olvidar el vocabulario de la Oprobiosa), donde era conocido, se sabía -más o menos- la materia y era todo fácil y campechano. Además allí el rey era el trabajador, faltaría más, y la empresa poco menos que iba a hacer autocrítica. Un repaso al Estatuto y a sentenciar alegremente. Además aquello es el paraíso de la justicia rápida y popular: inversión de la carga de la prueba y testigos y más testigos. El imperio absoluto del principio pro operario, tan nítido, tan bien diseñado por el Supremo, tan -duele decirlo- joseantoniano, tan cómodo. Tanto que hace unos meses, después de, no se vayan a pensar, veintitantos años en la Carrera, han expedientado al niño Peñascales, dicen que porque el sesgo de sus sentencias es unívoco desde entonces; dicen, mal pensados, que la prueba reina en su juzgado, intangible en suplicación, es la testifical; y dicen, en fin, que víctima de algún tapado popular que desató el bulo de que su aversión a ninguna promoción al Tribunal Superior de Justicia (oportunidades hubo incluso con la criatura Michavila) ocultaba una escasa afición a los legajos, rollos –stricto sensu, no sean retorcidos- y autos. Envidiosos y traidores los creo más bien, vendidos al bandazo zapateril, entregado a las órdenes de la prusiana Merkel, enemiga natural de los obreros, que tantos derechos tenían en el Estado de las Autonomías. Menos el de trabajar.

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3 comentarios en “San José Obrero, día del trabajador sin tacha

  1. En las primeras líneas he escuchado la feliz voz ultratumba de Tip: José Antonio Peñascales Robles-Ripoll no fue un estudiante brillante. El niño Peñascales, santo varón…

    Luego ya he visto que la cosa iba de algo bastante más surrealista y fantasioso que los relatos improvisados pero verídicos del genio de la chistera.

  2. los cuatro eventos que aceleraron el siglo veintiuno casi hasta estrallarlo según BI

    1 Las revueltas árabes,
    2 el tsunami japonés,
    3 la lucha contra Gadafi,
    4 las pitadas a Berlusconi a la entrada de una misa oficialísima…

    ja ja ja ja ja

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