Ánimo compartido


¿Qué camino hay que seguir para llegar al punto de decir una majadería así?

Si en una carrera yo soy coja, a no ser que me den un kilómetro de ventaja, jamás podré llegar antes, ni a la vez

No me interesa la noticia. Me interesa el proceso mental que lleva a alguien a escribir un párrafo así: la mujer por coja, e incorregible, tenida.

Hay una figura retórica, la jitanjáfora, que consiste en utilizar, por que viene bien su sonido, palabras inventadas. Esto es una especie de jitanjáfora lógica.

La noventainuevepies se llama MART.

Ánimo gratuito


¿Qué camino hay que seguir para llegar al punto de decir una majadería así?

Del mensaje, fuentes de la lucha antiterrorista destacan la expresión “cancelada”, que interpretan como la liquidación definitiva de la deuda que la banda imponía a cada empresario extorsionado y que ya no recuperará. En el caso de romper la tregua, los terroristas empezarían de cero en su chantaje, añaden.

No me interesa la noticia. Me interesa el proceso mental que lleva a alguien a escribir un párrafo así. ¿La voluntad del extorsionador como fuente de extinción de las obligaciones?

Hay una figura retórica, la jitanjáfora, que consiste en utilizar, por que viene bien su sonido, palabras inventadas. Esto es una especie de jitanjáfora lógica.

El animal de bellota se llama Pedro Águeda.

El rapto de la tsabina


Como cabía esperar, casi nadie ha acertado la respuesta correcta. Lo que me ha extrañado es que la respuesta más votada no sea ésa que dice que es simplemente imposible que Tse haya bebido de la copa del fracaso. A esa habría votado yo, si no fuera porque conozco la verdad.

Lo cierto es que repetí cuarto de EGB, que suspendí Selectividad y que tampoco fui capaz de superar unas oposiciones que me habrían convertido en funcionario.

Sí, amigos, un tribunal de siete señores mal encarados me impidió hacerme notario. La culpa no fue mía, pero no me detendré en explicar por qué. No quiero que la UEFA me abra expediente.

Y sí, suspendí Selectividad. Estaba en Pamplona, en sanfermines, cuando recibí una llamada de uno de mis hermanos mayores. Me dijo: “has suspendido Selectividad”. Luego se descojonó y añadió, “pero la has aprobado”. No sé ahora, pero entonces había que sacar al menos un 4 para aprobar, y los examinadores decidieron que la nota que merecía era un 3,6. Sin embargo, en mi papeleta terminó apareciendo 4,2. ¿Por qué? Muy sencillo. El director de mi colegio se enteró (no sé cómo) de cuál era la nota. Mi media en COU era de 10, y el colegio presumía de que sus alumnos aprobaban sin problemas. Supongo que el hombre debió de pensar que era catastrófico que suspendiese, así que entró y pactó unos retoques suficientes para que aprobase. Aún conservo la papeleta, rascada con una cuchilla, con la nota corregida. Por cierto, la culpa no fue mía. La única explicación que se me ocurre es que mi porte aristocrático sumiese a los profesores en un estado de odio y su inquina les llevase a actuar de forma tan ontológicamente injusta. Por cierto, si no recuerdo mal, la media se corrigió gracias a que en el examen de filosofía me aumentaron la nota de 1 a 2,5.

Y sí, también repetí 4º de EGB. Este fracaso es el que más me duele. Mi madre me metió en un colegio de “monjitas” con mis hermanos mayores, supongo que para perderme de vista; pero no tenía edad. Como a las monjas les daba igual, me enseñaron a leer y las cuentas y esas cosas. Luego cuando cambiamos de casa, entré en otro colegio también laxo con las normas y me dejaron empezar primero de EGB con un año menos. Sin embargo, cuando había aprobado cuarto volví a cambiar de colegio y en el nuevo se empeñaron en que tenía que estudiar con los de mi edad.

Y ahí comenzó todo. Podría haberme examinado un año antes de Selectividad y quizás mis disquisiciones sobre San Agustín habrían encontrado un destinatario menos plebeyo, y podría haberme examinado en una convocatoria anterior y haber alcanzado mi sueño: optar a la incongrua notaría de la isla de Hierro y allí dedicar mis trabajos y mis días al estudio de las sabinas, que no son esas hembras promiscuas que tan fácilmente sucumbieron a la lujuria romana, sino unos arbustos de belleza dionisíaca.

Así se truncó mi carrera como naturalista, ya ven, doblado pero digno, como la más hermosa sabina.


El fútbol es para hombres


Ayer dos jugadores del Barcelona fingieron una agresión en una semifinal de la Champions League.



Ese vídeo, que incluye otro caso de golpe súbito a Mascherano, en otro partido, se refiere a jugadores del Barcelona, aunque es un mal tan extendido en el fútbol que nos sirve simplemente de ejemplo.

Esto sucede simplemente porque no se castiga a los tramposos. Los árbitros se confunden, las jugadas pueden ser dudosas y tampoco hay que dar a eso más vueltas. Pasa en todos los deportes. Sólo en fútbol, sin embargo, se beneficia tanto a los tramposos. Tanto que no hay falta o entrada en la que el jugador no exagere. A los niños se les enseña a fingir y a dejarse caer.

Veamos el caso del rugby. Esto forma parte del rugby.



Sin embargo, sólo ha habido un caso famoso, en los últimos tiempos, de intento de fraude. Un jugador simula una lesión (en realidad sangra porque ha mordido una cápsula con sangre que lleva oculta) para ser cambiado. Se ve que guiña un ojo mientras se le está sustituyendo.


Cuando se descubrió el pastel, se le sancionó a una suspensión de un año. Al club le cayó una multa de 260.000 libras, al entrenador tres años de suspensión y dos al fisioterapeuta.

Aquí, y aquí, y aquí, cuenta Phil la historia.

El fútbol no es un juego de hombres, sino de fulleros.

Arriba España, ajajajajajaj


El otro día, por casualidad, surgió en una conversación uno de mis fracasos académicos. La verdad es que hacía muchos años que lo tenía olvidado. Una buena manera de tshumanizar mi colosal figurar es precisamente dar a conocer esas facetas, atrevimiento al que sólo estamos llamados los grandes hombres, y que ejecutamos normalmente en autobiografías o diarios escritos con desgarradora sinceridad. ¿O quizás todo lo anterior sea mentira? Para dar una respuesta les propongo, en tono lúdico, un juego.



Hace tiempo, mis hijas insistieron en enseñarme un youtube que andaba circulando por su colegio. Por lo que me contaban, su gracia se encontraba en tres ancianos que decían cosas disparatadas. Sospechando que era el típico vídeo estilo Crónicas Marcianas hecho precisamente para reírse en la jeta de alguien, las regañé y me negué a verlo. Como me insistían tanto, terminé viéndolo y la verdad es que no parece que se hiciera con mala intención. No tiene desperdicio.





Escribo esta entrada antes del acontecimiento planetario. Espero que haya prevalecido el fair play, que haya ganado el mejor, y que durante esos pocos minutos (noventa más el descuento) un manto de felicidad se haya extendido sobre tantos y tantos que lo necesitan.

El pseudomontanelli

En un par de ocasiones he escuchado (¿leído?) al dueño de esta yurta ponderar a un columnista del cómic que se intitula “Público”, panfleto de edición diaria en colorines llamativos para mejor divulgación de consignas, estridencias y exabruptos variopintos. Creo que el meritado fue, tiempo ha, director de la cosa y sé, porque lo he visto en alguna ocasión, que participa en tertulias dirigidas al vapuleo del Enemigo (como las contrarias, añado). El caso es que se vende en las librerías un librillo editado por Península que firma con su señor padre: salen ambos orgullosos en las solapas de la cubierta, el periodista y el progenitor, cuyos títulos académicos no recuerdo. El libro, presuntamente divulgativo y desmitificador, versa sobre Castilla, “la nación inventada”, y su propósito es deshacer esas leyendas que presumen aún están engarzadas en la “cultura popular”, algo así como probar que el buen apóstol matamoros no ayudó al rey Ramiro, si es que esa hubiera sido empresa castellana, ya me entienden. Aunque lo cierto es que esos años son ya objeto de interés de los destacados Escolares, pues a los pobres Nuño Rasura y Laín Calvo les hacen mercedores de su crítica atención, como a Ruy Díaz, San Fernando III, el Camino de Santiago, las Navas de Tolosa y algunas cositas más. La torpe imitación de Montanelli va ya por la 4ª edición, para ilustración y esclarecimiento de los que crecimos en la adhesión inquebrantable a los mitos fascistas (Sancho de Navarra lo era también ¡y no lo dicen! por arrebatarle sus preciosas cadenas al amable y multicultural Miramamolín) y para asombro y sorpresa de los que, víctimas de la LOGSE, nunca supieron de la Corona de Castilla y sus supercherías imperialistas. Así saldrán de su ignorancia los lectores de los empobrecidos territorios de lengua única, que en los otros las tropelías castellanas están en boca de todos. La verdad es que como ironía el título vale, pero el uso del término con carga de profundidad les pierde. No hay nación más allá de la acepción geográfica del vocablo en los tiempos que glosan y no obstante se apuntan al vicio que imputan a los cronistas castellanos, que no en vano los de su cuerda llevan treinta años elaborando la historia que les gusta. Derecho de conquista, por demás: han ganado.

Diez medidas poco meditadas para volver a ganar la champions


El “hombre de la plancha” me lleva hasta esta megaentrada de García Amado. No soy amigo de las listas, sean listas o tontas, aunque no parece que haya otra manera razonable de proponer un programa (y de eso habla García Amado) que listando. Y le echa un par. Ya saben que si levantas la mano y dices ¿por qué no hacemos esto?, los sicilianos de alma te llaman ingenuo, adanista y osito de peluche. Lo peor es que quizás tengan razón. Lo mejor es que ellos son más adanistas que tú, pues creen en la inmutabilidad de sus mitos infantiles (si esto no se entiende, no se entiende nada).

Yo, por si acaso, por el simple placer de llevar la contraria, y porque la entrada tiene un admirable sabor progresista, voy a hacer mi contradecálogo. Ahí va:

1. Educación, educación y educación. Hay que recuperar los buenos modales: dejar el paso a los ancianos y preguntar si se puede no fumar en el tren. Y volver a la formalidad: ¿cómo sé si alguien sabe? Porque lo dice un papel, ya me contarán si no. Eso sí, centrándonos en lo que significa cada cosa: así que dará igual que usted sea titulado en Física o Medicina o en Turismo o Gastronomía, ya que todos sabemos a quién llamar si estamos enfermos. No haga caso de los clasistas que están preocupados por que ser universitario signifique algo especial; lo que importa es para qué sirve lo que usted estudia y si alguien le paga por ello. Al fin y al cabo, que sea universitario el que corta las entradas sólo le importa al que colecciona títulos. Sí, educación a machamartillo, educación a raudales, para todos, para que la gente pueda acceder libremente al saber y la información, y luego hacer con ella lo que quiera: desde contar sin gracia la canallesca vida de León, o de Bertold, o Jean Paul, hasta ver el canal Real Madrid las 24 horas del día. No se fíe, amigo, sólo con educación cerraremos el paso a los que nos explican qué está mal, pero por nuestro bien.

2. Igualdad de oportunidades. Por ejemplo, que todo el mundo tenga la oportunidad de nacer blanco, guapo, con padres doctorados en psicología evolutiva y matemáticas, que den cada noche conciertos de flauta de pico y viola da gamba, y le transmitan el amor por el saber, por el bien y por la tolerancia con los otros desgraciaos que nacen morenos, feos y con padres que ven la telebasura y el furbo. El Estado debe garantizarnos, recuperando el sentido y el crédito de la izquierda o el progresismo, que en la competición social entre el blanco guapo y el negro feo, las reglas del juego y las posibilidades de victoria sean exactamente las mismas para uno y otro.

3. Lo público debe defenderse, porque sin determinados servicios públicos y en manos del Estado, la igualdad de oportunidades es empeño vano, pero lo público debe gestionarse como si no fuera público. Así, la única diferencia entre un funcionario público y un trabajador de la empresa privada será la del color de la gorra y el anagrama (“Gobierno de España”) y el hecho de ser funcionario. Si, por ejemplo, el trabajador no tiene derecho al cafelito mañanero, el funcionario no debe de tenerlo, y si se lo toma, se le, se le, se le, ¡se le quita la gorra! Porque los controles y la responsabilidad (que están en manos de otros funcionarios) y la exigencia laboral y productiva deben de ser los mismos. Que no haya un tío jugándose los cuartos no es excusa: basta con publicar una norma que diga que los funcionarios tienen que hacer su trabajo y que si no lo hacen, se les, se les, se les ¡¡quitará la gorra!! … hasta que lo hagan.

4. Es necesario adelgazar la Administración de personal inútil, quitarle grasas, y luego fortalecer su músculo. Se echa a la calle a los que sobren (y si recurren les echamos otra vez) y a los que se quedan se les aplica el número 3. Gracias a esa medida, la administración española alcanzará las cotas de los Han, que ya hacían censos hace veinte siglos. Para ello crearemos un nuevo ministerio, contrataremos unos cuantos expertos, y les pondremos a trabajar en un plan de recorte de la Administración. Con suerte, y gracias a la medida de supresión del cafelito, el veinte por ciento que cumplirá el horario y el ochenta por ciento que andará sin gorra, en un proceso glorioso de gestación y parto como no han visto los siglos, darán a luz un sistema basado en dos principios básicos:

a) La administración estará bien musculada y sin grasas, y tendrá el tamaño justo para cumplir con las funciones que le son propias.

b) El tamaño justo será fijado por la administración.

5. La democracia tiene que dejar de ser orgánica. De esa ya hubo aquí en tiempos. Las decisiones legislativas las toma el poder político legítimo. Que se escuche a todo el mundo, que se llene todo de buzones para sugerencias; pero las decisiones políticas las toma el poder político. Ya está bien de que la gente se organice y presione a los políticos, defendiendo sus intereses. Menos lobos y lobbies. Si se suprime a todos esos intermierdiarios lograremos la comunión entre el pueblo y el poder político y si el que manda no cumple, se le quita, que es cosa fácil. Esas organizaciones que presionan, que vigilan, que miran por lo suyo, sólo sirven para enfangar el proceso legislativo, y privarnos del espectáculo sublime del padre de la patria desinteresado jugando, como Ivanchuk, una partida sublime con la Historia.

6. Partidos sí, patitocracia cutre no. Hay que acabar con ese horror que garantiza a los partidos mayoritarios obtener siempre la victoria y que ha dado lugar al espectáculo de las de las pseudodemocracias norteamericana, británica o francesa. No, hay que huir del horrible voto útil, ese monstruo basado en la idea de que hay es racional escoger entre males el mal menor, sumando y restando. Hay que cambiar el sistema. Pero, ¿cómo hacerlo? Es imprescindible devolver la política a los ciudadanos, para que los partidos vuelvan a ser instrumento de la política ciudadana y no los ciudadanos borregos al servicio de dos partidos y poco más, como ahora. Naturalmente, eso no se puede hacer a través de grupos organizados (porque no queremos contradecirnos y parecer demócratas orgánicos). Ese cambio debemos imponerlo desde la calle (por ejemplo, cantando a coro el coro de Nabucco) y, en las urnas, votando a los Panteras Grises.

7. Es urgente re-responsabilizar a los ciudadanos. Cada cual es responsable de su vida y de las consecuencias de sus acciones. La sociedad no es un sistema universal de seguro para cuando nos pintan bastos; el Estado, tampoco. Si yo salgo a la calle y piso una monda de plátano y me parto un hueso, me jodo y santas pascuas, que hay que mirar por dónde anda uno. Ya está bien de andar con chorradas. Que el Estado funciona mal es cosa sabida. Las cosas de palacio van despacio. Si se piensa bien, siempre podremos hacer algo para evitar que nos pase algo desagradable. Por ejemplo, quedarnos todo el día en casa. La gente, ya se sabe, es muy ignorante y muy despistada. Menos paternalismo estatal, por tanto y que cada perro se lama su pijo.

8. Tenemos que volver a trabajar, aunque fastidie. Y si hace falta entrullamos al que no curre. Más aún, hay que recuperar la muerte civil y la prisión por deudas. Más aún, desde Manetón es sabido que hay una conspiración letradomédica para provocar una crisis global mediante el simple expediente de dar pábulo a las supuestas dolencias de una corte de vagos y maleantes que pa qué. Fíjense en que incluso nueve de cada diez médicos llegan a considerar que es causa para no currar cosas desonocidas como el estrés o la mal llamada enfermedad mental. Para comprobar que se trata de una patraña, basta con acudir a sociedades diversas, como la de los yanomamis o los !kung, en las que nadie sufre de estrés ni acoso laboral. Y no les quiero decir nada de las falsas víctimas que engañan a esas asociaciones de beneficiencia conocidas como Compañías de Seguros. Sólo hay un medio para resolver esto, ya que no se puede confiar en los matasanos del seguro. Un sistema de inspección: al tipo de baja se le arrea una patada en el costillar; si no se queja está muerto, si se queja pero aguanta, o está malo de verdad o merece la baja, por animal; si se levanta, a currar, después de darle otra patada.

9. Zurück zu Kant. Hay que recuperar la moral y las buenas costumbres. Tenemos que hacer como hicieron nuestros padres: hacer imperativo el imperativo categórico. A la mierda lo de la teoría de juegos, lo del altruismo evolutivo, el potlach y todos esos cuentos modernos. No hay nada mejor que lo que ya está probado. Actuemos de manera que mi comportamiento pueda ser regla universal. Por ejemplo: to pa mí y na pa’l vecino, salvo que me caiga bien. O mejor: to pa Tse. Jeje. Kantitos a mí. En fin, y volviendo a lo que importa: hay que hacer pedagogía del juego limpio y dejarse de gritos y berridos y de cosas que nos acercan más a las bestias que a los seres racionales con mirada profunda. Hay que dar la mano, ser angloirónico, y levantar la ceja izquierda cuando algo o alguien nos disgusta. Y si alguien nos disgusta mucho le entrullamos, salvo que sea miembro del poder legislativo; en ese caso, simplemente le echamos votando cada cuatro años al ritmo de Nabucco.

10. No hay bienestar o progreso local sin buena política global. Los localismos y particularismos son una enfermedad infantil de las democracias y una dolencia consustancial de los ciudadanos más lerdos. Deje ya de mirar por su aldea, so aldeano. Qué cojones importará la rotonda o el parque que hay a la vuelta de su casa. Lo que importa es la política blogal, los grandes objetivos milenarios, y evitar memeces que nos convierten en grupales. No sea usted leonés, imbécil. Más aún, no sea castellano-leonés, tarugo. Ni español. Ni europeo. ¡Ni terráqueo! Tenga amplitud de miras. ¡Hágase del Real Madrid, cojones! Y luego fusile al primer pedagogo que encuentre (cuidado, no le hablo del pobre podólogo que tiene consulta en la casa de enfrente).

En fin, este decálogo, como todo buen decálogo, se resume en dos grandes principios. Por desgracia, no está Lacónico, así que se tienen que conformar con el himno.

Sí. Si …


Alguna vez, cuando estoy cansado (o aburrido), me digo que es un poco tonto tener un blog y plantearse eso de actualizarlo y tal. Al principio me gustaba pensar que algo que hacía (solo o en compañía de otros) pudiera tener “seguidores”. Para burlar al ego, añadía al pensamiento una gruesa de comunidad de afectos, que diría AE. Creo que ahora, la excusa es más verdad que antes y de eso hablaba hace poco con el robot. Un día pasa algo, un volcán de nombre impronunciable, una riña en un callejón, el Apocalipsis, unas míseras elecciones, o nos da simplemente por discutir, y la cosa se anima. Y hay que dejar abierto algún sitio para que la gente acuda. La parte mala de la madurez bloguera es que ya no se cuida mucho la casa, y las cosas que se cuentan en portada sirven sólo para ir tirando. El caso es que, incluso esas razones a veces me parecen insuficientes. Me pasa cuando me apunto a algún proyecto que luego dejo a medias. A bote pronto recuerdo las inexistentes entradas sobre derecho penal internacional, las truncadas sobre el tiempo, y las que crucé con cierto sabio entrópico. No renuncio a ellas, pero es que me he puesto a estudiar algo de física recreativa para no dar demasiados tumbos. Y no sé si me pasará con la antología (que ya ha llegado bastante lejos, es verdad).

Decía (bueno, no lo decía, pero incluyan lo que falta) que, a veces he pensado en no seguir con la antología. Entonces me acuerdo de Lacónico.

No lo tomen a mal. Él es el lector más fiel de este blog. Él es el que siempre comenta la entrada. Él es el ¡¡único!! que comenta la Gosluviñeta. Fíjense: hay 63 comentarios. Creo que ni siquiera Goslum se ha dado cuenta.

Nunca le he invitado a escribir entradas. No quería, no quiero, perder al mejor lector del blog.

Impunidad, poeta arquitectónico y John Rabe

Imagen (hace un par de días) de un coche aparcado en el barrio de Montigalà de Badalona. Tiene adosado un cartelito en donde se avisa de su venta. Hace tiempo hubo tal epidemia de este tipo de vehículos ocupando la calzada que el ayuntamiento tuvo que tomar medidas para que aquello no se convirtiera en un mercadillo del automóvil.

Pero fíjense en la peculiaridad de este anuncio unido al hecho de que debía pasar la ITV en octubre de 2010.

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El arquitecto español Pablo de Soto está en fase de elaboración de una cartografía alternativa de la frontera entre Egipto y Gaza, algo así como un ‘mapa de Rafah para la acción’ que refleja el drama de los palestinos frente a Israel. ‘Rafah es un símbolo del urbanismo insurgente, una ciudad horadada de túneles elaborados como una respuesta a un bloqueo’, apunta De Soto, que reside en Egipto gracias a una beca del Centro de Arte Laboral. Tras cuatro viajes a Rafah, se ha informado de cómo se elaboran y se utilizan los túneles que comunican clandestinamente la frontera; asegura que sólo el 10 por ciento se emplea para el contrabando de armas. A estos túneles, De Soto, los denomina ‘arquitectura subterránea insurgente’.

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Tremenda película sobre la ocupación japonesa de Nanking. Nada que envidiar a los nazis.

Diez y una clave para gastar menos

Diez

  1. Arrancar el motor sin pisar el acelerador.

    ¿Eso se hace aún?

  2. Usar la primera marcha solo para el inicio y cambiar a segunda a los dos segundos o seis metros aproximadamente.

    ¿Alguien va en primera a Segovia? Sí, lo cuentan de un jugador americano que pensó que el coche era automático. Historia apócrifa. Piensen cómo arrancaría.

  3. Cambios de marcha. Según las revoluciones: en los motores de gasolina, en torno a las 2.000 r. p. m. En los diésel, en torno a las 1.500 r. p. m. Según la velocidad: en tercera, a partir de 30 km/h; en cuarta, de 40 km/h; y en quinta, de 50 km/h.

    Vale, vale, pero sin agobiarse.

  4. Circular lo más posible en las marchas más largas y a bajas revoluciones. Mejor circular en marchas largas con el acelerador pisado que en marchas cortas con el acelerador menos pisado.

    Cuando se circula con marchas largar también se circula con el acelerador “menos pisado”. Ver la clave. Ahora bien, no se duerma en los laureles buenrolliteros: velocidad más larga implica peor respuesta ante la necesidad de una demanda de aceleración brusca para, por ejemplo, solventar un imprevisto.

  5. Mantener uniforme la velocidad de circulación.

    That is the real question. Ver la clave

  6. A más de 20 km/h con una marcha engranada, el consumo de carburante es nulo si no se pisa el acelerador. Al ralentí, el coche consume entre 0,4 y 0,9 litros por hora.

    Vean la contradicción en términos. No se consume nada a 20km/h con una marcha engranada pero sí al ralentí y parado. Incide, de nuevo sobre la clave.

  7. Deceleración: frenar de forma suave y progresiva con el pedal.

    O de forma más abrupta y regresiva. Tanto da lo mismo si se viaja por inercia.

  8. Detención: si es posible, detener el coche sin reducir la marcha.

    Detención: si es posible no detener el coche.

  9. Parar el motor en paradas de más de un minuto.

    Elementos de un coche: el cinemómetro, el contador de revoluciones y la bola de cristal. La ley de Murphy indica que tendremos que retomar la marcha tan pronto hayamos apagado el motor.

  10. Anticipación y previsión: conducir con la distancia suficiente para anticiparse a los obstáculos.

    Prever el impredicible futuro es la madre de todo éxito.

La clave

Don Frenando me dice que estos diez mandamientos se resumen en uno: pise el acelerador lo menos posible. El consumo del coche lo podemos relacionar con tres factores:

  1. Se tiene el motor encendido: el inevitable consumo residual que agota el combustible aunque no hagamos nada.
  2. Se circula a velocidad constante. A lo anterior hay que añadir el vencer las resistencias del asfalto y la aerodinámica. Eso cuesta. Una velocidad constante en unas circunstancias constantes se mantiene con nivel de presión sobre el acelerador constante. Y en el caso de un control de velocidad con una admisión constante. Se necesita más admisión (pisar más el acelerador) para mantener un nivel mayor de velocidad.
  3. Se acelera. A lo anterior hay que añadir la necesidad de aumentar la energía cinética del vehículo. Más aceleración implica más pisada y más gasto.

Acelere lo más suavemente posible: pise menos el acelerador. Gastará menos y se anticipará más fácilmente a las circunstancias del tráfico: si va a detenerse cien metros más adelante (un semáforo en rojo, por ejemplo) deje de acelerar. Viaje por inercia. El rozamiento detendrá el coche y los metros que recorra por inercia y con menos consumo de combustible compensarán, en buena parte, el necesario aumento de gasto que supondrá poner el coche de nuevo en marcha. Si llega a la boca del semáforo en rojo a 40km/h frene bruscamente: ante todo no se salte el semáforo. Simplemente laméntese y reconozca que podía haber dejado de acelerar antes para después haber llegado con velocidad cercana a cero a la detención. Mejore en el próximo semáforo.

Acelere lo más suavemente posible es más importante cuando más “urbano” es el tráfico. Es decir, en las circunstancias que hacen que el ciclo aceleración/deceleración sea más frecuente.

La optimización del consumo conlleva una disminución de la velocidad media y un aumento del tiempo del viaje. En un ciclo urbano este aumento puede ser significativo porcentualmente (un 25% más por dar un número) , pero más matizable en valor absoluto (5 minutos más por dar otro):

No tenga prisa.

Regla de oro de los sistemas de transporte

El tiempo es oro: menor tiempo de viaje, mayor precio.