No existe el crimen pasional, pero no se preocupe que yo le pongo el adjetivo


Cuando decidimos castigar una conducta de una determinada manera, podemos ir contra natura. Yo, si está justificado, no me opongo. Es cierto que, desde un punto de vista de política criminal, es arriesgado, ya que resulta más difícil imponer una norma contra los instintos de la mayoría o de una minoría muy importante. Aunque, en esto, hay grados. Lo digo porque es más fácil convencer a la gente que actúe contra sus instintos si es capaz de imaginarse que eso refrenará los instintos dañinos de los otros. Ése es el origen del vigor de muchas prohibiciones. La paz social se basa precisamente en eso, sólo que para hacérnoslo más fácil se nos enseña desde niños que ciertas conductas son, además, malas. No digo que la gente no pueda sentir que matar es malo; sólo digo que es muy fácil que el sujeto llegue a considerar y sentir que puede que no lo sea en un momento determinado, o cuando se trata de cierta gente que no es la propia gente.

La prueba del nueve de hasta qué punto se legisla contra los instintos es histórica. Por ejemplo, el infanticidio. Siempre ha estado o justificado o penado levemente. Las madres (porque eran sobre todo las madres) mataban a sus hijos o les dejaban morir y eso no era igual que matar al cuñado. Siguen existiendo asesinatos legalizados: por ejemplo, en tiempo de guerra.

Otro ejemplo es el del crimen pasional. Personalmente creo que eso que se llama nebulosamente “violencia de género” es un cajón de sastre para el que se ha inventado una explicación simplista y voluntarista. Sobre todo porque se ha extendido tanto el término que ha quedado desfigurado. El tratamiento jurídico que piensa que no existe solución de continuidad entre la amenaza y el trato “degradante”, y el homicidio, me parece básicamente idiota. Es como sostener que las causas últimas de la violencia entre dos automovilistas son las mismas que las que guían el comportamiento de un psicópata. Y es idiota y la gente lo sabe. La peña se pega (o pega) y discute violentamente por razones concretas y esas razones afloran abundantemente cuando se trata de personas que tienen una relación permanente y que han creado un entramado personal, patrimonial y social bastante jodido de disolver. Como siempre, hay que ver, en cada caso, qué ha sucedido. Lo equivocado es independizar en el análisis la conducta de ellos y la de ellas, como si la de ellos fueran intrínsecamente peores. Eso es curioso, sobre todo porque es contrario a la experiencia y a la forma de resolver otros conflictos. Pensemos en las riñas mutuamente aceptadas. Al final se castiga a todos y básicamente igual.

El crimen pasional fue siempre minimizado e, incluso, justificado. Se dice ahora que eso obedecía a una estructura de dominación masculina. Sin embargo, de ser cierto, esto no sería obstáculo para un análisis que fuera más allá. Lo interesante del asunto es que el resultado de ese análisis podría no afectar a su tratamiento penal. Podemos seguir castigando la violación y el asesinato aunque se produzcan en contextos que se relacionan con ciertos comportamientos biológicamente frecuentes entre primates. Esto con seguridad no evitará totalmente este tipo de comportamientos, pero los hará más caros. Además, la cuestión (y esta es otra cuestión) de las consecuencias de la inevitabilidad (o no) de obedecer a esas pulsiones debe recibir el mismo tratamiento que la de cualquier otra circunstancia que pueda atenuar o eximir un crimen. Exigirá alegación y prueba, y por la misma razón, resulta inadmisible intelectualmente que se excluya afirmando como verdades de fe determinadas explicaciones que dan por sentado que no hay nada instintivo en el comportamiento violento de los hombres contra las mujeres.

Por esa misma razón, lo que es inadmisible es que esas teorías (que se autodenominan de “género”) pretendan hacer lo mismo, pero a la inversa. A pesar de que la esclavitud fue común y el racismo (y, en general, el odio a los de otro grupo) tiene un componente biológico, todos concluimos que una norma general de igualdad es benéfica. Creemos que las mujeres y los hombres son ciudadanos iguales y dejamos claro que los comportamientos de dominación deben estar castigados, con independencia de que puedan tener un componente biológico. También les decimos a las madres que matar a sus hijos recién nacidos no será menos grave que matar a un adulto. Si esto es así y hemos llegado a esa conclusión, y si creemos que instalar una base de igualdad jurídica es importante, por mucho que sea presunta y existan desigualdades biológicas entre los ciudadanos, cualquier intento de realizar ingeniería social con las normas penales, basado en una idea similar, aunque sea negativa, es un retroceso. Eso es lo que no se quiere entender. La simplificación de los principios de las legislaciones avanzadas no son un síntoma de simplismo, sino justo de lo contrario.

El doble lenguaje de los grupos privilegiados fue desbaratado por los movimientos ilustrados. Sin embargo, ahora, una determinada explicación de las cosas ha conseguido que retrocedamos. Yo no digo que el crimen pasional, que existe, reciba una sanción más leve. Sé que el derecho no puede instaurar un orden sin contrariar nuestra base natural. Por la misma razón, otras explicaciones (sean sociales, religiosas, económicas o teosofistas) tampoco deben admitirse para justificar el privilegio. No sólo por las razones ya expuestas, por otra más: si se admite la justificación del privilegio por unas razones, se abre la veda para otras justificaciones. Y lo gracioso del asunto es que esas otras justificaciones seguramente tendrán mucho más aparato a sus espaldas.

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