Diez medidas poco meditadas para volver a ganar la champions


El “hombre de la plancha” me lleva hasta esta megaentrada de García Amado. No soy amigo de las listas, sean listas o tontas, aunque no parece que haya otra manera razonable de proponer un programa (y de eso habla García Amado) que listando. Y le echa un par. Ya saben que si levantas la mano y dices ¿por qué no hacemos esto?, los sicilianos de alma te llaman ingenuo, adanista y osito de peluche. Lo peor es que quizás tengan razón. Lo mejor es que ellos son más adanistas que tú, pues creen en la inmutabilidad de sus mitos infantiles (si esto no se entiende, no se entiende nada).

Yo, por si acaso, por el simple placer de llevar la contraria, y porque la entrada tiene un admirable sabor progresista, voy a hacer mi contradecálogo. Ahí va:

1. Educación, educación y educación. Hay que recuperar los buenos modales: dejar el paso a los ancianos y preguntar si se puede no fumar en el tren. Y volver a la formalidad: ¿cómo sé si alguien sabe? Porque lo dice un papel, ya me contarán si no. Eso sí, centrándonos en lo que significa cada cosa: así que dará igual que usted sea titulado en Física o Medicina o en Turismo o Gastronomía, ya que todos sabemos a quién llamar si estamos enfermos. No haga caso de los clasistas que están preocupados por que ser universitario signifique algo especial; lo que importa es para qué sirve lo que usted estudia y si alguien le paga por ello. Al fin y al cabo, que sea universitario el que corta las entradas sólo le importa al que colecciona títulos. Sí, educación a machamartillo, educación a raudales, para todos, para que la gente pueda acceder libremente al saber y la información, y luego hacer con ella lo que quiera: desde contar sin gracia la canallesca vida de León, o de Bertold, o Jean Paul, hasta ver el canal Real Madrid las 24 horas del día. No se fíe, amigo, sólo con educación cerraremos el paso a los que nos explican qué está mal, pero por nuestro bien.

2. Igualdad de oportunidades. Por ejemplo, que todo el mundo tenga la oportunidad de nacer blanco, guapo, con padres doctorados en psicología evolutiva y matemáticas, que den cada noche conciertos de flauta de pico y viola da gamba, y le transmitan el amor por el saber, por el bien y por la tolerancia con los otros desgraciaos que nacen morenos, feos y con padres que ven la telebasura y el furbo. El Estado debe garantizarnos, recuperando el sentido y el crédito de la izquierda o el progresismo, que en la competición social entre el blanco guapo y el negro feo, las reglas del juego y las posibilidades de victoria sean exactamente las mismas para uno y otro.

3. Lo público debe defenderse, porque sin determinados servicios públicos y en manos del Estado, la igualdad de oportunidades es empeño vano, pero lo público debe gestionarse como si no fuera público. Así, la única diferencia entre un funcionario público y un trabajador de la empresa privada será la del color de la gorra y el anagrama (“Gobierno de España”) y el hecho de ser funcionario. Si, por ejemplo, el trabajador no tiene derecho al cafelito mañanero, el funcionario no debe de tenerlo, y si se lo toma, se le, se le, se le, ¡se le quita la gorra! Porque los controles y la responsabilidad (que están en manos de otros funcionarios) y la exigencia laboral y productiva deben de ser los mismos. Que no haya un tío jugándose los cuartos no es excusa: basta con publicar una norma que diga que los funcionarios tienen que hacer su trabajo y que si no lo hacen, se les, se les, se les ¡¡quitará la gorra!! … hasta que lo hagan.

4. Es necesario adelgazar la Administración de personal inútil, quitarle grasas, y luego fortalecer su músculo. Se echa a la calle a los que sobren (y si recurren les echamos otra vez) y a los que se quedan se les aplica el número 3. Gracias a esa medida, la administración española alcanzará las cotas de los Han, que ya hacían censos hace veinte siglos. Para ello crearemos un nuevo ministerio, contrataremos unos cuantos expertos, y les pondremos a trabajar en un plan de recorte de la Administración. Con suerte, y gracias a la medida de supresión del cafelito, el veinte por ciento que cumplirá el horario y el ochenta por ciento que andará sin gorra, en un proceso glorioso de gestación y parto como no han visto los siglos, darán a luz un sistema basado en dos principios básicos:

a) La administración estará bien musculada y sin grasas, y tendrá el tamaño justo para cumplir con las funciones que le son propias.

b) El tamaño justo será fijado por la administración.

5. La democracia tiene que dejar de ser orgánica. De esa ya hubo aquí en tiempos. Las decisiones legislativas las toma el poder político legítimo. Que se escuche a todo el mundo, que se llene todo de buzones para sugerencias; pero las decisiones políticas las toma el poder político. Ya está bien de que la gente se organice y presione a los políticos, defendiendo sus intereses. Menos lobos y lobbies. Si se suprime a todos esos intermierdiarios lograremos la comunión entre el pueblo y el poder político y si el que manda no cumple, se le quita, que es cosa fácil. Esas organizaciones que presionan, que vigilan, que miran por lo suyo, sólo sirven para enfangar el proceso legislativo, y privarnos del espectáculo sublime del padre de la patria desinteresado jugando, como Ivanchuk, una partida sublime con la Historia.

6. Partidos sí, patitocracia cutre no. Hay que acabar con ese horror que garantiza a los partidos mayoritarios obtener siempre la victoria y que ha dado lugar al espectáculo de las de las pseudodemocracias norteamericana, británica o francesa. No, hay que huir del horrible voto útil, ese monstruo basado en la idea de que hay es racional escoger entre males el mal menor, sumando y restando. Hay que cambiar el sistema. Pero, ¿cómo hacerlo? Es imprescindible devolver la política a los ciudadanos, para que los partidos vuelvan a ser instrumento de la política ciudadana y no los ciudadanos borregos al servicio de dos partidos y poco más, como ahora. Naturalmente, eso no se puede hacer a través de grupos organizados (porque no queremos contradecirnos y parecer demócratas orgánicos). Ese cambio debemos imponerlo desde la calle (por ejemplo, cantando a coro el coro de Nabucco) y, en las urnas, votando a los Panteras Grises.

7. Es urgente re-responsabilizar a los ciudadanos. Cada cual es responsable de su vida y de las consecuencias de sus acciones. La sociedad no es un sistema universal de seguro para cuando nos pintan bastos; el Estado, tampoco. Si yo salgo a la calle y piso una monda de plátano y me parto un hueso, me jodo y santas pascuas, que hay que mirar por dónde anda uno. Ya está bien de andar con chorradas. Que el Estado funciona mal es cosa sabida. Las cosas de palacio van despacio. Si se piensa bien, siempre podremos hacer algo para evitar que nos pase algo desagradable. Por ejemplo, quedarnos todo el día en casa. La gente, ya se sabe, es muy ignorante y muy despistada. Menos paternalismo estatal, por tanto y que cada perro se lama su pijo.

8. Tenemos que volver a trabajar, aunque fastidie. Y si hace falta entrullamos al que no curre. Más aún, hay que recuperar la muerte civil y la prisión por deudas. Más aún, desde Manetón es sabido que hay una conspiración letradomédica para provocar una crisis global mediante el simple expediente de dar pábulo a las supuestas dolencias de una corte de vagos y maleantes que pa qué. Fíjense en que incluso nueve de cada diez médicos llegan a considerar que es causa para no currar cosas desonocidas como el estrés o la mal llamada enfermedad mental. Para comprobar que se trata de una patraña, basta con acudir a sociedades diversas, como la de los yanomamis o los !kung, en las que nadie sufre de estrés ni acoso laboral. Y no les quiero decir nada de las falsas víctimas que engañan a esas asociaciones de beneficiencia conocidas como Compañías de Seguros. Sólo hay un medio para resolver esto, ya que no se puede confiar en los matasanos del seguro. Un sistema de inspección: al tipo de baja se le arrea una patada en el costillar; si no se queja está muerto, si se queja pero aguanta, o está malo de verdad o merece la baja, por animal; si se levanta, a currar, después de darle otra patada.

9. Zurück zu Kant. Hay que recuperar la moral y las buenas costumbres. Tenemos que hacer como hicieron nuestros padres: hacer imperativo el imperativo categórico. A la mierda lo de la teoría de juegos, lo del altruismo evolutivo, el potlach y todos esos cuentos modernos. No hay nada mejor que lo que ya está probado. Actuemos de manera que mi comportamiento pueda ser regla universal. Por ejemplo: to pa mí y na pa’l vecino, salvo que me caiga bien. O mejor: to pa Tse. Jeje. Kantitos a mí. En fin, y volviendo a lo que importa: hay que hacer pedagogía del juego limpio y dejarse de gritos y berridos y de cosas que nos acercan más a las bestias que a los seres racionales con mirada profunda. Hay que dar la mano, ser angloirónico, y levantar la ceja izquierda cuando algo o alguien nos disgusta. Y si alguien nos disgusta mucho le entrullamos, salvo que sea miembro del poder legislativo; en ese caso, simplemente le echamos votando cada cuatro años al ritmo de Nabucco.

10. No hay bienestar o progreso local sin buena política global. Los localismos y particularismos son una enfermedad infantil de las democracias y una dolencia consustancial de los ciudadanos más lerdos. Deje ya de mirar por su aldea, so aldeano. Qué cojones importará la rotonda o el parque que hay a la vuelta de su casa. Lo que importa es la política blogal, los grandes objetivos milenarios, y evitar memeces que nos convierten en grupales. No sea usted leonés, imbécil. Más aún, no sea castellano-leonés, tarugo. Ni español. Ni europeo. ¡Ni terráqueo! Tenga amplitud de miras. ¡Hágase del Real Madrid, cojones! Y luego fusile al primer pedagogo que encuentre (cuidado, no le hablo del pobre podólogo que tiene consulta en la casa de enfrente).

En fin, este decálogo, como todo buen decálogo, se resume en dos grandes principios. Por desgracia, no está Lacónico, así que se tienen que conformar con el himno.

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3 comentarios en “Diez medidas poco meditadas para volver a ganar la champions

  1. [0] Muy bonito ese punto de cinismo y de desmadre. Reconozco que, a veces, no me he enterado a qué lado carga usted en ciertos párrafos, pero me ha recordado una escena que he leído hace poco en un libro sobre Stalin, y me he sentido un poco como un líder comunista de la posguerra. Es que tras la SGM, en una reunión en el Kremlin entre Stalin, Togliatti, Dimitrov y muchos líderes de partidos comunistas europeos, el bigotes traza las líneas a seguir en la estrategia para conformar las “democracias populares” en el este de Europa. Plantea la trampa que ya sabemos que hizo, pero advirtiendo del peligro de los enemigos y de la mala prensa de la palabra “comunista”, a pesar de la victoria reciente. Por eso propone que creen partidos o se rebauticen como laboristas, progresistas, populares, proletarios, pero que obvien la palabra comunista, que puede levantar muchos recelos e impedir que la zorra se cuele en el gallinero. Un líder -no recuerdo cuál-, inocente como un niño, le dice al Vozhd que entiende el recelo de las fuerzas capitalistas hacia el comunismo, pero que esos enemigos ya los tuvieron en el 18 y les vencieron y que el pueblo confía en el comunismo como su liberación, porque ellos son el pueblo y gobiernan para el pueblo: son el gobierno del pueblo, vamos. Stalin lo mira fijamente, mira a Togliatti, que está a punto de partirse de risa, y le espeta algo así como: “Vamos a ver, ¿tú te has enterado de algo? Los capitalistas saben bien quiénes somos, pero ellos no son los enemigos a batir. ¿Es que acaso no te has enterado que para imponer el socialismo en la Unión Soviética tuvimos que matar algunos zaristas y millones de personas del pueblo? Los que nos temen son precisamente las personas llanas, del común, y es a ellos a los que tenemos que engañar y combatir, que los capitalistas ya están sobre aviso y no son tantos.” Es que la política ha llegado al punto del cinismo en que es difícil distinguir si hasta lo más descabellado no es en realidad verdad.

    Perdone mis cortas entendederas.

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