Arriba España, ajajajajajaj


El otro día, por casualidad, surgió en una conversación uno de mis fracasos académicos. La verdad es que hacía muchos años que lo tenía olvidado. Una buena manera de tshumanizar mi colosal figurar es precisamente dar a conocer esas facetas, atrevimiento al que sólo estamos llamados los grandes hombres, y que ejecutamos normalmente en autobiografías o diarios escritos con desgarradora sinceridad. ¿O quizás todo lo anterior sea mentira? Para dar una respuesta les propongo, en tono lúdico, un juego.





Hace tiempo, mis hijas insistieron en enseñarme un youtube que andaba circulando por su colegio. Por lo que me contaban, su gracia se encontraba en tres ancianos que decían cosas disparatadas. Sospechando que era el típico vídeo estilo Crónicas Marcianas hecho precisamente para reírse en la jeta de alguien, las regañé y me negué a verlo. Como me insistían tanto, terminé viéndolo y la verdad es que no parece que se hiciera con mala intención. No tiene desperdicio.





Escribo esta entrada antes del acontecimiento planetario. Espero que haya prevalecido el fair play, que haya ganado el mejor, y que durante esos pocos minutos (noventa más el descuento) un manto de felicidad se haya extendido sobre tantos y tantos que lo necesitan.

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El pseudomontanelli

En un par de ocasiones he escuchado (¿leído?) al dueño de esta yurta ponderar a un columnista del cómic que se intitula “Público”, panfleto de edición diaria en colorines llamativos para mejor divulgación de consignas, estridencias y exabruptos variopintos. Creo que el meritado fue, tiempo ha, director de la cosa y sé, porque lo he visto en alguna ocasión, que participa en tertulias dirigidas al vapuleo del Enemigo (como las contrarias, añado). El caso es que se vende en las librerías un librillo editado por Península que firma con su señor padre: salen ambos orgullosos en las solapas de la cubierta, el periodista y el progenitor, cuyos títulos académicos no recuerdo. El libro, presuntamente divulgativo y desmitificador, versa sobre Castilla, “la nación inventada”, y su propósito es deshacer esas leyendas que presumen aún están engarzadas en la “cultura popular”, algo así como probar que el buen apóstol matamoros no ayudó al rey Ramiro, si es que esa hubiera sido empresa castellana, ya me entienden. Aunque lo cierto es que esos años son ya objeto de interés de los destacados Escolares, pues a los pobres Nuño Rasura y Laín Calvo les hacen mercedores de su crítica atención, como a Ruy Díaz, San Fernando III, el Camino de Santiago, las Navas de Tolosa y algunas cositas más. La torpe imitación de Montanelli va ya por la 4ª edición, para ilustración y esclarecimiento de los que crecimos en la adhesión inquebrantable a los mitos fascistas (Sancho de Navarra lo era también ¡y no lo dicen! por arrebatarle sus preciosas cadenas al amable y multicultural Miramamolín) y para asombro y sorpresa de los que, víctimas de la LOGSE, nunca supieron de la Corona de Castilla y sus supercherías imperialistas. Así saldrán de su ignorancia los lectores de los empobrecidos territorios de lengua única, que en los otros las tropelías castellanas están en boca de todos. La verdad es que como ironía el título vale, pero el uso del término con carga de profundidad les pierde. No hay nación más allá de la acepción geográfica del vocablo en los tiempos que glosan y no obstante se apuntan al vicio que imputan a los cronistas castellanos, que no en vano los de su cuerda llevan treinta años elaborando la historia que les gusta. Derecho de conquista, por demás: han ganado.