Ánimo gratuito


¿Qué camino hay que seguir para llegar al punto de decir una majadería así?

Del mensaje, fuentes de la lucha antiterrorista destacan la expresión “cancelada”, que interpretan como la liquidación definitiva de la deuda que la banda imponía a cada empresario extorsionado y que ya no recuperará. En el caso de romper la tregua, los terroristas empezarían de cero en su chantaje, añaden.

No me interesa la noticia. Me interesa el proceso mental que lleva a alguien a escribir un párrafo así. ¿La voluntad del extorsionador como fuente de extinción de las obligaciones?

Hay una figura retórica, la jitanjáfora, que consiste en utilizar, por que viene bien su sonido, palabras inventadas. Esto es una especie de jitanjáfora lógica.

El animal de bellota se llama Pedro Águeda.

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El rapto de la tsabina


Como cabía esperar, casi nadie ha acertado la respuesta correcta. Lo que me ha extrañado es que la respuesta más votada no sea ésa que dice que es simplemente imposible que Tse haya bebido de la copa del fracaso. A esa habría votado yo, si no fuera porque conozco la verdad.

Lo cierto es que repetí cuarto de EGB, que suspendí Selectividad y que tampoco fui capaz de superar unas oposiciones que me habrían convertido en funcionario.

Sí, amigos, un tribunal de siete señores mal encarados me impidió hacerme notario. La culpa no fue mía, pero no me detendré en explicar por qué. No quiero que la UEFA me abra expediente.

Y sí, suspendí Selectividad. Estaba en Pamplona, en sanfermines, cuando recibí una llamada de uno de mis hermanos mayores. Me dijo: “has suspendido Selectividad”. Luego se descojonó y añadió, “pero la has aprobado”. No sé ahora, pero entonces había que sacar al menos un 4 para aprobar, y los examinadores decidieron que la nota que merecía era un 3,6. Sin embargo, en mi papeleta terminó apareciendo 4,2. ¿Por qué? Muy sencillo. El director de mi colegio se enteró (no sé cómo) de cuál era la nota. Mi media en COU era de 10, y el colegio presumía de que sus alumnos aprobaban sin problemas. Supongo que el hombre debió de pensar que era catastrófico que suspendiese, así que entró y pactó unos retoques suficientes para que aprobase. Aún conservo la papeleta, rascada con una cuchilla, con la nota corregida. Por cierto, la culpa no fue mía. La única explicación que se me ocurre es que mi porte aristocrático sumiese a los profesores en un estado de odio y su inquina les llevase a actuar de forma tan ontológicamente injusta. Por cierto, si no recuerdo mal, la media se corrigió gracias a que en el examen de filosofía me aumentaron la nota de 1 a 2,5.

Y sí, también repetí 4º de EGB. Este fracaso es el que más me duele. Mi madre me metió en un colegio de “monjitas” con mis hermanos mayores, supongo que para perderme de vista; pero no tenía edad. Como a las monjas les daba igual, me enseñaron a leer y las cuentas y esas cosas. Luego cuando cambiamos de casa, entré en otro colegio también laxo con las normas y me dejaron empezar primero de EGB con un año menos. Sin embargo, cuando había aprobado cuarto volví a cambiar de colegio y en el nuevo se empeñaron en que tenía que estudiar con los de mi edad.

Y ahí comenzó todo. Podría haberme examinado un año antes de Selectividad y quizás mis disquisiciones sobre San Agustín habrían encontrado un destinatario menos plebeyo, y podría haberme examinado en una convocatoria anterior y haber alcanzado mi sueño: optar a la incongrua notaría de la isla de Hierro y allí dedicar mis trabajos y mis días al estudio de las sabinas, que no son esas hembras promiscuas que tan fácilmente sucumbieron a la lujuria romana, sino unos arbustos de belleza dionisíaca.

Así se truncó mi carrera como naturalista, ya ven, doblado pero digno, como la más hermosa sabina.