Yo sólo recibía órdenes


Arcadi Espada se mosquea por la cosa Factual. Vale, no le gusta que nadie hurgue en una herida que considera inexistente. O mejor, no le gusta que nadie intente inventarse una herida en la que hurgar. Sus explicaciones, sin embargo, no son convincentes. Personalizaré: no me convencen. Después de unos años, nos vamos conociendo. Después de leer tantas columnas de Arcadi algo voy sabiendo, no de la persona, sino del pensamiento publicado de la persona. Creo que, de vez en cuando, habla y opina, con suficiencia, de cosas que, o no conoce o conoce muy superficialmente. Si se me dice que este es un mal muy tertuliano español, sólo diré que sí, pero yo sólo me entretengo con la gente que opina cosas interesantes. Y es que Arcadi tiene un ojo cojonudo para algunas cuestiones importantes. Sobre todo lo tiene para los dobles lenguajes. Y ahí quería llegar.

Que yo no esté de acuerdo con él en esto o aquello, no me supone ningún problema. La verdad es que mi meta vital era llegar a tener en contra a todo el universo mundo, y sólo he rebajado mis ilusiones cuando descubrí que no era capaz de eliminar cierta simpatía por la opinión de algunos inadaptados que, a veces, también coincidían conmigo. El asunto Factual sí supuso, sin embargo, un problema, porque no tenía que ver con las opiniones de Arcadi, sino con su comportamiento y su justificación posterior.

Arcadi se comporta como un socialdemócrata en esto. Ayer, sin ir más lejos, habla de los grititos de la señora Rahola, recordando que lo de Vic (y no hablo del atentado) fue una hijoputada. Y en una gran columna, dice algo tan revelador como esto:

Hace dos años, dos, se avinieron a poner un placa en el lugar de los hechos: «A todas las víctimas del terrorismo». Otra exquisitez. Todas. Un disparo por elevación. La solidaridad con las víctimas remotas cubre nuestra indiferencia hacia las próximas. En cualquier caso en la lengua está todo.

Pues sí, no le falta razón. En la lengua está todo. Arcadi habla de Factual como la empresa, y de sí mismo, como el director. Por un lado insiste en que él no se llevo un euro y por otro le larga el muerto a otros. Yo soy dueño de dos empresas. Intento tener cuidado de con quién me juego los cuartos. Mis empleados y proveedores cobran todos los meses. Cuando cierro un presupuesto con un cliente, lo cumplo. A veces me he equivocado presupuestando y me he comido un marrón muy mal pagado. La vida del empresario es ésa. Ahora piensen en lo que he dicho e imaginen que les miento: mis empleados no cobran, no pago mis facturas y no cumplo con mis clientes en cuanto puedo. ¿De quién sería la culpa? Mía, claro. Puede que saliera con bien, pero mi habilidad para el escaqueo sería sólo eso: habilidad.

Cuando inviertes tiempo y dinero en un proyecto y no sale bien, te jodes. Estoy a punto de crear una tercera empresa. Llevo año y medio desarrollando el asunto. Puede que al final no salga, pero lo primero es hacer cálculos y cuentas de qué pasa si todo va mal. Ya he reservado el dinero por si acaso.

En la lengua está todo. Arcadi ha invertido mucho en algo que es suyo. Los otros, los clientes, los proveedores, y los empleados son terceros. Las discusiones y problemas con sus socios no deben afectar a esos terceros. Si les afectan has hecho algo mal. De momento, por la parte que me toca, este tercero, un humilde cliente, no ha recuperado sus cincuenta euros.

Para mí Arcadi es la empresa. Y cuando habla de la empresa como si no tuviera nada que ver con ella, me da por pensar qué estupenda columna haría el propio Arcadi con el tema de Factual y el lenguaje socialdemócrata de su primer director. De poder, claro.

En cierta ocasión, Arcadi me mando a comer risotto con el alcalde de Atenas (creo) deseando que no me atragantara. Hoy quiere que todas las monjas queden satisfechas. Hay en esas órdenes un puntillo autoritario que revela cierta ansiedad por que el asunto desaparezca. Es comprensible.

Yo, para agradecerle su preocupación por mis procesos digestivos, declaro solemnemente que esta monja ha quedado totalmente satisfecha y que dedicará sus actividades monjiles a otros menesteres.

Hasta los huevos de que no lleguen los putos ladrillos

Releyendo En las Antípodas, el divertidísimo libro de Bill Bryson, me he encontrado con una anécdota que me ha resultado familiar. Habla Bryson de algo que le había contado una amiga fallecida. Una familia se muda a una casa contigua a una parcela vacía, en la ciudad de Adelaida. Al poco llegan unos obreros que empiezan a levantar una casa en la parcela. Uno de los miembros de la familia es una niña de tres años que termina siendo “adoptada” por los obreros. La dejan que merodee por las obras, y la convencen de que está trabajando en ellas. Incluso le dan, al final de la semana, un sobre con media corona de paga. La niña llega a casa y la madre hace que se emociona y al día siguiente van juntas al banco, a ingresar el dinero en la cuenta de la niña. El cajero también se hace el impresionado y le pregunta a la niña cómo ha conseguido tanto dinero:

— He estado construyendo una casa esta semana.
— ¡Cielo Santo! —contesta el cajero— ¿Y construirás otra la semana que viene?
— Claro, si llegan los putos ladrillos.

Me ha hecho mucha gracia, sobre todo porque he recordado otra anécdota. Unas navidades decidimos, a última hora, ir a Tenerife. Solo quedaba un vuelo que salía muy tarde, a eso de la una de la madrugada. Mi hija pequeña tenía entonces tres años. Nos retrasamos un poco y nos subieron en el último autobús que llevaba a los pasajeros al avión. No éramos los últimos, faltaba alguien y las puertas permanecieron abiertas. Hacía mucho frío. La pequeña estaba en las rodillas de su madre, cuando de repente, con todo el mundo en silencio, dijo, con gran claridad:

– ¡Estoy hasta los cojones!

Se oyeron unas risitas y decidí reprenderla por su ordinariez inexplicable. Le dije algo así como “nena, ya sabes que no debes decir palabrotas”. La niña me miró muy seria y contestó:

– Bueno, ¡pues estoy hasta los huevos!

Como comprenderán, ya no tuve ánimo suficiente para regañarla.