Hasta los huevos de que no lleguen los putos ladrillos

Releyendo En las Antípodas, el divertidísimo libro de Bill Bryson, me he encontrado con una anécdota que me ha resultado familiar. Habla Bryson de algo que le había contado una amiga fallecida. Una familia se muda a una casa contigua a una parcela vacía, en la ciudad de Adelaida. Al poco llegan unos obreros que empiezan a levantar una casa en la parcela. Uno de los miembros de la familia es una niña de tres años que termina siendo “adoptada” por los obreros. La dejan que merodee por las obras, y la convencen de que está trabajando en ellas. Incluso le dan, al final de la semana, un sobre con media corona de paga. La niña llega a casa y la madre hace que se emociona y al día siguiente van juntas al banco, a ingresar el dinero en la cuenta de la niña. El cajero también se hace el impresionado y le pregunta a la niña cómo ha conseguido tanto dinero:

— He estado construyendo una casa esta semana.
— ¡Cielo Santo! —contesta el cajero— ¿Y construirás otra la semana que viene?
— Claro, si llegan los putos ladrillos.

Me ha hecho mucha gracia, sobre todo porque he recordado otra anécdota. Unas navidades decidimos, a última hora, ir a Tenerife. Solo quedaba un vuelo que salía muy tarde, a eso de la una de la madrugada. Mi hija pequeña tenía entonces tres años. Nos retrasamos un poco y nos subieron en el último autobús que llevaba a los pasajeros al avión. No éramos los últimos, faltaba alguien y las puertas permanecieron abiertas. Hacía mucho frío. La pequeña estaba en las rodillas de su madre, cuando de repente, con todo el mundo en silencio, dijo, con gran claridad:

– ¡Estoy hasta los cojones!

Se oyeron unas risitas y decidí reprenderla por su ordinariez inexplicable. Le dije algo así como “nena, ya sabes que no debes decir palabrotas”. La niña me miró muy seria y contestó:

– Bueno, ¡pues estoy hasta los huevos!

Como comprenderán, ya no tuve ánimo suficiente para regañarla.