Antología de música clásica occidental (31)


Para Ana Nuño

Hace muchos años, en un libro, vi una fotografía de Richard Strauss que me impresionó. Con apenas dos años, su mirada es tan increiblemente melancólica y madura, que la fotografía casi parece una falsificación. Para escribir esta entrada, me he puesto a buscarla por internet, pero no aparecía, así que he desempolvado el libro, un ejemplar de una enciclopedia que hace años que no miraba.



Richard Strauss es un músico irritante. Sus obras están repletas de pasajes brillantísimos, pero su desmesurada afición por lo teatral, en el mejor y en peor sentido de la palabra, le llevaron, demasiado a menudo, a poner su genio, su capacidad melódica, su orquesta deslumbrante, al servicio de la búsqueda de un efecto directo e inmediato en el oyente. Escuchar sus poemas sinfónicos es un ejercicio de percepción de la banalidad de muchas ideas musicales, envueltas en brillos y brumas inadecuados, y de admiración por su capacidad, pese a todo, para empujar el discurso musical.

Strauss es un genio irritante, digo. Capaz de algo tan sublime como esto …



… y algo tan pretencioso y tontorrón como esto …



No importa. Ya habrá tiempo, dentro de cuatro o cinco años, de hablar más detalladamente de lo bueno. Sobre todo de sus espectaculares arranques (ya lo he dicho, dominio del drama), como el de la Sinfonía Alpina …



Ya hablaremos, pero Strauss es grande, sobre todo, para mí, por sus cuatro últimos lieder. No se trata tanto de las cualidades musicales de estas sublimes obras. No hay, en ellas, nada que no pertenezca a Richard Strauss, a toda su obra anterior. No son sorprendentes, sólo son maravillosas.

Existe la música balsámica. Esta pertenece al género. Sobre todo dos de ellos, Beim Schlafengehen y Im Abendrot. Curiosamente, terminaron juntos por una decisión del editor, ya que Im Abendrot se basa en un poema de Joseph von Eichendorff, mientras que las otras tres canciones usan textos de Hermann Hesse. No importa; el editor acertó. Las canciones son crepusculares, visiones manifiestas, incluso literales, de la muerte, pero el efecto que producen es de tal serenidad que es mi mejor recomendación para cuando tengan un mal momento. El otro día, en el coche, mientras escuchaba, una vez más, Im Abendrot, pensé en la diferencia entre lo que estaba escuchando y algunas obras, por ejemplo, de Mozart, tan serenas y claras, tan perfectas y equilibradas, tan inefablemente inhumanas. Si tienen un mal día, escuchen las dos obras de Strauss que les recomiendo: su hermosura no es tan atemporal, porque en ellas hay dolor y humanidad, porque acaso esto sea la muerte.

153: El lied con orquesta Beim Schalafengen de Richard Strauss:


Nun der Tag mich müd’ gemacht,

soll mein sehnliches Verlangen

freundlich die gestirnte Nacht

wie ein müdes Kind empfangen.

Hände, laßt von allem Tun,

Stirn, vergiß du alles Denken,

alle meine Sinne nun

wollen sich in Schlummer senken.

Und die Seele unbewacht,

will in freien Flügen schweben,

um im Zauberkreis der Nacht

tief und tausendfach zu leben.

154: El lied con orquesta Im Abendrot de Richard Strauss:


Wir sind durch Not und Freude

gegangen Hand in Hand;

vom Wandern ruhen wir

nun überm stillen Land.

Rings sich die Täler neigen,

es dunkelt schon die Luft,

zwei Lerchen nur noch steigen

nachträumend in den Duft.

Tritt her und laß sie schwirren,

bald ist es Schlafenszeit,

daß wir uns nicht verirren

in dieser Einsamkeit.

O weiter, stiller Friede!

So tief im Abendrot.

Wie sind wir wandermüde–

Ist dies etwa der Tod?

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14 comentarios en “Antología de música clásica occidental (31)

  1. Creía que esto del “imperativo legal” solo se daba en el Congreso de los Diputados.
    Pero no. Los tres de ICV (aunque aquí sólo se vean dos) y los cinco de CiU se srivieron del “imperativo legal”.

  2. Déjeme por una vez, amigo Tse, meter baza con el asunto de la interpretación: es absolutamente imprescindible escuchar estas canciones en la versión, otoñal como ninguna otra, de Elisabeth Schwarzkopf con George Szell y la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín. Grabación del mítico productor Walter Legge (esposo de la soprano) para EMI en 1966. De Schwarzkopf hay alguna grabación anterior en la que estaba incluso mejor de voz (como la que hizo con Otto Ackermann en el año 1953, si no recuerdo mal), pero es que el color orquestal que consigue Szell (¡esas maderas, ese violín en Bein Schlafegehen!) y el cuidado con cada palabra, con cada matiz, con cada acento de la soprano se funden de manera tal que la forma deviene contenido. Hay otras versiones maravillosas, como la de Lisa della Casa con Karl Böhm, la de Sena Jurinac con Fritz Busch o, una que personalmente me fascina, la de Leontyne Price con Fritz Reiner, pero lo de Schwarzkopf del 66 es uno de esos hits que ningún amante de la música (o, más genéricamente, de la belleza) debería perderse por nada del mundo.

  3. [0] ¡Qué bonita entrada! He escuchado muchas veces -hace mucho- los “Vier Letzte Lieder”, porque a mi padre le encantaban. Ignorante de mí, no sé qué versión tenía mi padre, que tampoco era un gran conocedor de la música clásica, sino que le gustaba mucho y disfrutaba. Esta tarde mismo me compro la versión de la señorita Cabezanegra. Gracias, oiga.

  4. de Der Rosenkavalier lo que más me gusta es el nombre… en alemán eso sí.

    En las lenguas romances tampoco está mal.

    En inglés disgusta.

    En finés da una buena contraseña.

  5. Ya veo porque me preguntaba lo de Schwarz… en fin no había visto su entrada de hoy, ocupado hasta ahora con asuntos de Johannes Eisen distintos de los de Ud., aunque -qué casualidad- algo escuché esta mañana. Esperaremos pacientemente esos cinco años.

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