¡Cuidado!, mujer a la vista


Los señores del Tribunal Supremo se han puesto magnífic@s. Han decidido que no se puede “discriminar” a una mujer embarazada que deja de trabajar precisamente por su embarazo. Véase que no hablamos de una relación laboral, en la que el sometimiento a la disciplina y organización del empresario justifica la obligación de evitar conductas discriminatorias, sobre todo porque el embarazo da lugar a una baja laboral. No, en este caso, la mujer embarazada es una igual. Si se me dice que el arrendamiento de servicios podía ser fraudulento y encubrir una relación laboral, que se alegue y se pruebe. Y si no (como parece que ha sucedido) qué coño es eso de que la no discriminación por sexo es un pilar básico cuando hablamos de una relación jurídica entre iguales. Es acojonante.

Eso sí, las consecuencias prácticas pueden ser interesantes. A la hora de contratar con alguien, más de uno empezará a mirar si puede o no quedarse embarazado. Seguro que más de una profesional aplaudirá encantada.

Idealismo destructivo


Leyendo sobre la Conferencia del Opio de la Sociedad de Naciones, que tuvo lugar en 1924-1925, me encuentro con una perla que me viene al pelo. Los norteamericanos, puritanos sin fronteras, estaban empeñados en prohibirlo todo. Su postura, minoritaria, se encontró con la oposición de los países europeos, más pragmática e informada. Pues bien, el delegado holandés definió la posición norteamericana de manera brillante. La llamó “idealismo destructivo”.

Y añadió algo más: “Solamente elevando el nivel moral de la población podrá el pueblo norteamericano liberarse de este ‘mal tan arraigado'”. El mal no era el idealismo, sino el consumo de drogas.

En España, el mal no es el consumo de drogas, sino la corrupción.